Preux et audacieux: Una partida de En Garde!®por e-mail

 

REAL CRÓNICA DE JULIO DE 1659
(Número 399)

No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy
Marcel du Calais, citando a San Pedro

GACETA MILITAR

El conde de Nade entró en la tienda de mando de la Brigada de Guardias.

-¿Da vuecencia su permiso, mi Brigadier?

-Doy -respondió secamente el General, oliéndose a qué venía el recién llegado. Y éste no tardó en confirmar sus temores:

-¿En serio, Excelencia? -preguntó Renné Gade sin preámbulo alguno-. ¿Me ordenáis quedarme en el Estado Mayor de Brigada mientras mis hombres participan en el asalto? Mi sitio está con ellos, mi General...

-¡Vuestro sitio está donde yo os ordene, Mayor! -contestó el Brigadier, visiblemente molesto-. ¿O no fuisteis vos mismo quien le estuvo remarcando al Mayor Montoya en público la distinción entre cadena de mando militar y dirección política? -Renné tuvo que morderse la lengua para no contestar. Eso era un golpe bajo... El Brigadier notó la tensión de su subordinado y sirvió dos copas de vino.

-¿Qué esperabais, Conde? El general de División me ordenó teneros lejos del peligro. No quiere asumir la responsabilidad de que algo le ocurra al Ministro de la Guerra -dijo, en tono más tranquilo, ofreciéndole una de las copas a Le comte de Gade-. Sé lo que es no poder estar con vuestros hombres en combate, pero la diferencia entre cadena de mando y dirección política no es siempre tan clara como creéis y hay gente en la cadena de mando que no quiere correr peligros políticos. Confiad en vuestros capitanes para dirigir a vuestros hombres, Mayor -sentenció.

Resignado, Le comte de Gade se quedó con el Alto Mando, lejos del fragor del combate, analizando los movimientos del asalto y observando con su catalejo como la GR, pese a atacar con mucho coraje, era rechazada (otra vez) en el asalto. "¡Merde, el tercer batallón se ha metido en una encerrona!", gritó al ver como un contrataque les pillaba por el flanco. Desde su privilegiada posición puedo ver impotente (y al borde del colapso) cómo caía en combate su amigo Francesco Maria Broglia intentando cubrir la retirada con su compañía, y cómo el Mayor Hércule Delaveau caía prisionero al intentar asistirlo, o también cómo el Capitán Thibaut Cul-de-sac, al mando provisional del Segundo Batallón, conseguía rescatar a los restos del Tercero (por lo que recibió doble mención en la orden), mientras el Teniente Coronel Léo Hardy le Castel intentaba coordinar la retirada, consiguiendo ser mencionado también.

Dos días más tarde, Renné, todavía de un humor de mil demonios después de presenciar el desastre, se encontraba leyendo la Orden del día y su rostro se iluminó ligeramente.

"Por fin una buena noticia", pensó. "Si al menos lo hubieran hecho antes de comenzar la campaña, nos habríamos ahorrado muchas vidas. Ya hacía demasiado tiempo que la Guardia Real estaba sin cabeza visible, pero ¡por fin han ascendido a Léo Hardy le Castel! Seguro que las cosas cambiarán a partir de ahora".

Dejó la Orden sobre su camastro y salió de la tienda con la intención de ir a felicitar a su nuevo coronel.

* * *

Tras sufrir una derrota en el noble arte del ajedrez en el reciente torneo producida por un infantil error en el movimiento de uno de mis caballos -descalabro que mis soldados han celebrado con más entusiasmo que cualquiera de nuestras recientes escaramuzas contra nuestros enemigos- me he visto obligado a meditar sobre la utilidad de dicho juego para la guerra.

Muchos afirman que el tablero enseña estrategia. No les falta razón, aunque sospecho que quien inventó el caballo jamás tuvo que alimentar uno, ni hacerlo cargar cuesta arriba con un jinete enfundado en hierro.

El corcel de madera salta por encima de amigos y enemigos con elegante despreocupación; los nuestros, en cambio, prefieren preguntar antes dónde están el barro, las zanjas y las balas. Resoplan, se cansan y solamente la destreza de mis Coraceros les da sentido a sus movimientos.

Sin embargo, hay una enseñanza que bien merece conservarse: el caballo jamás avanza como todos esperan. Tal vez esa sea la verdadera lección para cualquier Mayor de un regimiento de caballería. Allí donde el enemigo aguarda una carga frontal, conviene aparecer por un costado, sembrando confusión antes que cadáveres. Habrá que diseñar esta estrategia.

Concluyo, pues, que el ajedrez no enseña a vencer batallas, pero sí a recordar que la victoria pertenece, muchas veces, a quien sabe moverse de forma inesperada. Y si algún oficial insiste en desafiarme de nuevo al tablero, ruego que lo haga después de la campaña, pues ya he perdido suficiente prestigio por una sola tarde.

Por cierto: ¿sabes quien se cayó del caballo sobre una de sus boñigas?. Te vas a reir: fue el Mayor que te dije que [borrón ilegible]

* * *

Era una mañana clara y despejada. Haría calor entrado el día, pero por el momento la temperatura era ideal para una corta marcha y un buen despliegue. Eso pensaba De la Débâcle, a la cabeza de su segunda compañía del primer batallón de los Mosqueteros del Rey. El día anterior se había comprado un catalejo y estaba feliz como niño con zapatos nuevos.

-Veré las caras de esos comeajos con todo detalle, amigo Portheaux.

El teniente Portheaux no estaba tan animado. Iban a ocupar una trinchera que cavaron los camaradas a las órdenes del vizconde de Castelmore, pero antes de salir del campamento en las afueras de Artois, el coronel había advertido a De la Débâcle: "Tened cuidado con el bosque que está a unos 200 metros de la posición, capitán. Ayer los arcabuceros españoles lo usaron como escondite para disparar a los que se asomaban demasiado."

"Pero como quien oye llover", pensó Portheaux mirando de reojo a su capitán que no hacía más que plegar y desplegar el maldito catalejo. La compañía llegó a la trinchera y se efectuó el relevo con las tropas que la habían guardado durante la noche. Un capitán de los fronterizos le dio el parte, sin novedad, a De la Débâcle. Luego, él y Portheaux iniciaron la ronda para verificar que todo estaba en orden. Al llegar la zona de la trinchera más cercana al bosque, un veterano se cuadró ante De la Débâcle:

-¡Mi capitán, ahí delante tenemos a un malnacido que nos está provocando.

-A ver -dijo De la Débâcle; desplegó su catalejo y se asomó un poco por el parapeto-. ¡No puede ser! ¡Él! ¡Aquí!

Y sin pensárselo dos veces, se encaramó sobre la trinchera para ver mejor a quien tenía delante. En el límite del bosque, donde comenzaba una zona despejada en la que se estaba desplegando un tercio español, un hombre a caballo se paseaba tranquilamente, consciente de estar fuera del alcance de las armas de fuego de los mosqueteros. Vestía jubón y calzas negras como el azabache. En el pecho, la roja cruz de los caballeros de Santiago. El teniente Portheaux vio todo eso sin necesidad de catalejo ni de exponer todo el cuerpo fuera de la trinchera. Pensó que hasta podría ser un Grande de España, tal era su porte. Tenía a la montura bien adiestrada, puesto que daba pasos saltarines, como esos caballos que los españoles usaban para rejonear toros en la Plaza Mayor de Madrid. Portheaux creyó ver que el caballero se paraba y saludaba a De la Débâcle.

-¡Capitán! ¡Voto a bríos! ¡Os exponéis sin necesidad!

De la Débâcle se giró un tanto para responder al teniente.

-Bah, Portheaux, a esta distancia no le darían ni a un elef...

Un estampido seco había surgido de la linde del bosque. De la Débâcle cayó cuan largo era dentro de la trinchera. Portheaux vio horrorizado que la bala le había alcanzado en la base del cuello, matándolo al instante.

* * *

Pocos minutos después, en un discreto claro del bosque, un arcabucero español se encontró con el caballero de la Orden de Santiago. Éste iba acompañado de un sujeto corpulento y de aspecto patibulario.

-Muy bien. He tenido que esperar un año, pero al final vos lo habéis conseguido -dijo el caballero.

-Esta vez no habrá recuperación milagrosa, Excelencia. Le he dado en la cabeza.

-Lo he visto. Aquí tenéis una bolsa con quinientos reales de plata. Y cuando se confirme que nuestro objetivo está muerto y enterrado, os haré llegar los restantes quinientos. Ahora retiraos a nuestro campamento. Si el maestre de campo se entera de esto, lo considerará un asesinato. Yo me ocuparé de él, llegado el caso. Está hecho a las maneras antiguas.

-¡Decídmelo a mí! Siempre a las órdenes de Su Excelencia – el arcabucero hizo un torpe saludo con su sombrero y se alejó trotando en dirección a la retaguardia española.

El caballero se volvió hacía su escolta:

-Vargas, encargaos de ese hombre. Que no queden huellas. Ah, y os podéis quedar los 500 reales. Yo no los quiero, porque, al fin y al cabo, el arcabucero ha hecho bien su trabajo... Y yo siempre pago mis deudas. Ese maldito francés ya lo sabe.

-¿Y el otro?

-¿Montoya? No está aquí. Todo a su debido tiempo. Id y cumplid mis órdenes.

* * *

En París amaneció nublado y con aires de descargar tormenta. Pero eso no arredró a Adèle Féraut quien, acompañada por su fiel Babette, se acercó como cada mañana a la buhardilla de su amado para regar la siempreviva que su criada le regaló.

-En mala hora le di esa planta al caballero -rezongó Babette.

Llegaron a la pequeña habitación y Adèle abrió la puerta con la llave que le dejara Alain antes de partir al frente. A la luz del único ventanuco de la estancia, se veía la maceta y la planta. La siempreviva no hacía honor a su nombre. Estaba completamente seca.

Adèle sintió que el corazón se le encogía. Le costaba respirar.

-¡Alain! ¡Alain!

Y sin saber por qué, rompió a llorar desconsoladamente. Nada de lo que hiciera o dijera Babette iba a calmarla.

* * *

Malartic sale a pie de París, ataviado como un peregrino del camino de Santiago: zurrón, capa y bordón con su calabaza, y una concha de vieira en el sombrero. Le acompaña fray Marcel du Calais. A las afueras de Paris, el primero alquila un caballo y el abad una mula. Continúan juntos, a paso de mula, por Burdeos y Aquitania hasta Saint Jean-Pied-de-Port, donde devuelven las monturas.

...

En el paso de Bentartea se encuentran con un grupo de peregrinos. Les saludan, primero en francés y luego en un español bastante tosco, pero los peregrinos, aunque responden al saludo, no dan señales de entenderlos. Por los sonidos ásperos de lo que hablan entre ellos podrían ser flamencos, pero finalmente ante la falta de comunicación el abad y el gitano, que llevan un paso más rápido, los saludan y siguen solos su camino.

...

Poco antes de llegar a Roncesvalles, dos sujetos saltan en mitad del camino y les dan el alto. Van armados. A poco, se les reúne un tercero que parece ser el jefe.

-¡ALTO! Vaya, vaya... Así que peregrinos. Vamos a ver qué lleváis por ahí...

Uno de ellos le da un codazo al otro.

-Cuidao, que éste es cura. No llevan mucho y si te pillan vas derecho a la horca. Mejor dejarlos marchar.

-Bueno, eso de que no llevan mucho lo vamos a ver -dice el jefe-. Tú vigila al otro y tú sujétame el arma.

-No es necesario el maltrato, hermanos -dice el abad, dándoles una bolsa-. Aquí tenéis lo que libremente os entrego. "No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy", dijo San Pedro.

El jefe toma la bolsa, la abre, y un grito de sorpresa escapa de su boca. Sus dos compinches se giran a mirar, sorprendidos... Y en ese momento resuenan en las montañas dos detonaciones. Los dos que vigilaban caen instantáneamente al suelo. Malartic, rápido como el rayo, suelta una de las dos pistolas y empuña su daga. Pero el abad no ha perdido sus antiguas habilidades de combate, y consigue tomar por sorpresa al bandido y agarrarle el cuello por detrás.

Un rato después, la pareja sigue su camino, discutiendo animadamente.

-Pero, ¿cómo se te ha ocurrido matarlos? ¿Quieres que la ira de Dios caiga sobre nosotros?

-Era ellos o nosotros, páter. Lo único que me preocupa es si los estampidos habrán alertado a alguien. Si hubieran sido dos, me habría podido encargar de ellos a cuchillo. Más limpio y silencioso. Pero vos, ¿cómo podéis viajar con tanto dinero encima? ¡Y además le habéis dejado la bolsa allí, junto a él! Lo atamos a un árbol, lo amordazamos... ¿y le dejáis vuestro dinero? Además, ¿tanto?

-Bueno... Es menos de lo que parece, jovencito. Sólo la fina capa superior del contenido eran monedas. Lo de debajo eran piedras. Mi idea era dárselas y que nos dejasen marchar sin derramamiento de sangre, pero tú has obrado como lo que eres: un jovenzuelo atolondrado. En fin, que el Señor los acoja en su seno.

La carcajada de Malartic al oír lo de las piedras pone punto final a la conversación.

...

No mucho después, un ruido cerca del camino alerta los sentidos del abad. Éste hace una señal con la mano a su acompañante y silenciosamente le señala en una dirección. El gitano saca el puñal y se acerca sigilosamente. En un momento dado pisa una piedra y resbala, lo que le hace lanzar una maldición en voz baja. Sin embargo, el ruido ha sido suficiente para alertar a quien se ocultaba tras los matorrales. De repente, un enorme sarrio sale de un salto y se pierde en la espesura del lado contrario del camino. La pareja se queda mirando en silencio los matorrales justo por donde el sarrio ha desaparecido, hasta que reaccionan y, sin decir nada, siguen su camino.

...

A dos días de camino de Graus encuentran una pequeña caravana de tres carromatos. Sin que parezca que muestran interés, la pareja acelera un poco el paso para adelantarlos. Malartic aguza el oído y, en efecto, confirma sus sospechas: los ocupantes de los carromatos hablan alegremente entre ellos en caló. Ante la sorpresa del abad, el gitano abandona toda precaución y los saluda ruidosamente en una jerga apenas comprensible. Intercambian un par de frases, tras lo cual Malartic se dirige a fray Marcel:

-Van a Pamplona, y Graus les viene de camino. Nos invitan a unirnos a ellos. Yendo en grupo iremos más seguros, ¿no os parece?

-Sí, pero... -el abad mira con recelo al grupo. "Ya no me quedan más piedras", piensa.

Como si le leyera la mente, Malartic le insiste:

-Tranquilo, páter. Son de los míos. Quizás incluso familia, aunque eso no podemos saberlo fácilmente. Creedme: no serán los más piadosos del mundo, pero son buena compañía y gente de fiar.

Fray Marcel da un suspiro, se encoge de hombros, y se pone a caminar junto al primer carro, saludando al conductor con una sonrisa nerviosa. Éste le invita a subir con un gesto, pero el sacerdote declina el ofrecimiento con una inclinación de cabeza. "Quiero hacer el Camino de Santiago a pie", le dice, sin estar muy seguro de si será comprendido.

...

Finalmente llegan a la basílica de la Virgen de la Peña. Se despiden efusivamente de la caravana, que se aleja en busca un claro cercano para acampar, y suben al santuario que se encuentra en la parte superior de la peña. Una vez arriba, lo primero que hacen es sentarse a recuperar el aliento. Un buen rato después, ambos se arrodillan y rezan una silenciosa plegaria, tras lo cual emprenden el descenso.

Se presentan en la abadía de Pau y solicitan hablar con el abad. Sin embargo, un miembro de la abadía les comunica que, desgraciadamente, el abad se encuentra de viaje por asuntos de la Orden y tardará en volver. Sin embargo, les ofrece hospitalidad.

Después de la cena, comunitaria y en silencio, el mismo monje de antes les acompaña a la que será su celda para pasar la noche. Malartic aprovecha el trayecto para preguntarle, a quemarropa, si conoce a un tal Oliverio, o Olivier, Montoya. El monje se muestra alterado.

-No pu-puedo deciros mucho de él, pero... ¿por qué preguntáis?

-Bueno, lo conocí en unos ejercicios espirituales en la Colegiata de Roncesvalles, haciendo el Camino con mi padre hace un par de años, y que la última vez que tuve noticias suyas fue por carta desde un Regimiento de los Pirineos a principios de junio. Después, simplemente desapareció. He estado recorriendo todas las casas hospitalarias, conventos y monasterios que he ido encontrando con la esperanza de dar con él, pero... Nada de nada. Como si se lo hubiera tragado la tierra.

El monje se santigua.

-Ese... Montoya abusó de la confianza de nuestro Abad y se aprovechó de su bondad. Era un enviado del Diablo -y aquí se vuelve a santiguar-. Si aceptáis mi humilde consejo, apartaos de él. Si ha desaparecido, es para bien. Quizás incluso Satanás se lo ha llevado de vuelta a sus dominios. Creedme: cesad en su búsqueda.

Aquí interviene fray Marcel:

-Hermano, bien sabéis que en todo hombre, por malvado que sea, existe una chispa de origen divino que apunta hacia el bien. Es nuestra misión, como enviados de Dios Nuestro Señor en la Tierra, hacer que esa chispa salga a la luz y florezca en bondad. Aunque mi compañero no es hombre de Iglesia, su devoción y vocación están fuera de toda duda, y sus intenciones de encontrar a su amigo no ocultan doblez.

El monje responde con un suspiro:

-Ya sabéis que la política y otros asuntos mundanos son una tentación permanente para el alma. Vuestro amigo fue capturado por espía. Al parecer se infiltró en unas negociaciones muy importantes y fue hecho prisionero, pero consiguió escapar y ahora nadie sabe dónde está; nos han prevenido de que hay orden de retenerlo si aparece por aquí, aunque -y aquí baja la voz- dudo que se meta de esa manera en la boca del lobo. Pero quién sabe... Los caminos del Señor son inescrutables. Ésta es vuestra celda, hermanos. Buenas noches -remata, con un tono que no daba lugar a dudas sobre su deseo de terminar la conversación.

* * *

ECOS DE SOCIEDAD

Primera semana

Poco que destacar en París durante este mes. La campaña de verano ha convertido la normalmente bulliciosa Cité en un lugar casi de recogimiento espiritual. Cael de Rouen, en calidad de Gobernador Militar de París, había decidido acompañar personalmente a la Guardia de la Vieja Ciudad en sus patrullas, para captar de primera mano la situación general. Tampoco olvidaba el intento de golpe de Estado que había llevado a cabo Christian de Lacroix, hacía muy poco más de un año, así que mejor estar prevenido. Pero la verdad es que se aburría soberanamente, aunque no lo dejó traslucir a los hombres que le acompañaban. "Lástima que fray Marcel no aparezca por aquí", pensó. "Al menos me habría dado conversación. De todas formas, el resto del mes no me moveré del despacho."

* * *

Segunda semana

A pesar de su propósito inicial, la insistencia de su esposa pudo más y le comte de Rouen fue visto en L'Epée D'Or con Laurélie Hagopian, aunque lo cierto es que abandonaron el desierto club al poco rato, desanimados por la falta de ambiente.

* * *

Tercera semana

El Ministro de Estado acogió la reunión casi con alegría. "¡Por fin algo que hacer!", pensó. Se reunió con Jean Bartiz, embajador de Jacques Nicolas de Courgenon, marqués de Yenne y de Saint-Genis, gobernador general del Franco-Condado, y con Enrique de Chantilly, secretario del Príncipe de Condé, en el Palacio de Luxemburgo, bajo la custodia de un pequeño destacamento de Carabineros de La Reina que ha quedado en Paris, con el fin de iniciar negociaciones por el Franco Condado.

* * *

Cuarta semana

En el Salón Literario de Ingrid Svensson, la Vizcondesa de Castelmore, y Anne Lefèvre, Condesa de Dusel, el ambiente fue bastante serio, sin banquete ni baile ni grandes espectáculos. La Condesa Dusel acompañaba a una Adèle Féraut muy compungida. Las noticias del frente no eran halagüeñas, llegaban rumores de combates bastante cruentos y algún posible prisionero.

La Condesa Dusel rememoraba en su fuero interno la pérdida de su esposo apenas hacía un año. Aun así, las lecturas de Madeleine de Scudéry de sus últimas obras y algunos poemas por parte de Jean Desmarets hicieron muy amena la velada.

Entre los asistentes ya habituales destacaban el escritor y poeta Gédéon Tallemant des Réaux, el ilustrado Robert Arnauld d'Andilly, el marqués Simon Arnauld de Pomponne, la novelista Madeleine de Scudéry y su hermano Georges de Scudéry, el poeta y dramaturgo Jean Desmarets de Saint-Sorlin, el literato Valentin Conrart, el escritor Jean Chapelain, Honorat de Bueil de Racan, pintores como Charles Le Brun, Nicolas Robert, y otras personalidades como los embajadores de varios países, su Excma. Sra. Cristina de Suecia. Estuvieron el ministro de Exteriores con su esposa, el ministro de Justicia con su dama, y el cirujano Claude François Félix de Tassy, quien acompañaba a Marie Dupont.

También acudió Christine Daé, acompañando a la joven y bella Maria Mancini y a su tío, Su Excelencia el Cardenal Mazarino junto al par de Francia y miembro de la Académie Française César d'Estrées,

En medio de una interesante disquisición literaria, un mensajero procedente del frente hizo entrega de dos misivas: una para la anfitriona, la Viscomtesse de Castelmore, y otra para el Cardenal Mazarino, quien compartió el contenido con César d'Estrées. En ellas se comunicaba por parte del Mayor Castelmore las numerosas bajas sufridas en campaña, entre ellas la del capitán de los Mosqueteros del Rey Alain de la Débâcle; la misiva pedía a su esposa que confortara en todo lo posible a Adèle Féraut y rogaba al Cardenal que tuviera a bien preparar una ceremonia solemne junto a César d'Estrées por todos los caídos para la tercera semana de septiembre y que el Viscomte se comprometía a sufragar todos los gastos que fueran necesarios.

Ante tales noticias el también cardenal César d'Estrées se levantó para hacer un emotivo discurso loando a todos los valerosos soldados del Reino y se realizó un solemne brindis por todos ellos.

* * *

Quinta semana

No era, ciertamente, secreto alguno que se había anunciado un encuentro en la casa del Real Secretario. Mas, aunque la noticia había corrido con cierta libertad entre conocidos y allegados, pocos habrían imaginado que, llegado el día señalado, aquella reunión acabaría tomando un carácter mucho más reducido e íntimo del que en un principio podía esperarse.

Phillipe Le Clothes Du Lacoste, haciendo cuanto estuvo en su mano para disponer de unas horas libres, consiguió ausentarse brevemente de sus obligaciones para recoger a Lucille y acudir ambos al esperado encuentro.

A su llegada fueron recibidos, como ya es costumbre, con la mayor cordialidad. Y fue entonces cuando se hizo evidente la pequeña sorpresa de la jornada: lejos de convertirse en una concurrida recepción, el encuentro había terminado por transformarse casi en una reunión privada entre unos pocos presentes.

Lejos de restarle importancia, aquella circunstancia hizo del día una ocasión especialmente agradable, pues permitió que las conversaciones discurrieran con mayor libertad y que los allí reunidos pudieran disfrutar de la compañía mutua sin las formalidades que suelen acompañar a los grandes acontecimientos.

Entre los asuntos tratados, hubo uno que mereció particular atención: los desafortunados acontecimientos que habían reducido a cenizas la sastrería perteneciente a la familia Le Clothes Du Lacoste.

Tras considerar los datos disponibles y revisar las circunstancias que rodearon el suceso, pudo finalmente establecerse que aquello no había sido obra de la mano de hombre alguno, sino consecuencia de un accidente. Un accidente terrible, ciertamente, y cuyas consecuencias no podían ser ignoradas, pero accidente al fin y al cabo.

La cuestión del futuro de la sastrería también ocupó parte de las conversaciones. Los mellizos acudieron al encuentro portando consigo un presente muy singular, destinado precisamente a contribuir al renacer de aquel establecimiento.

Se trataba de una planta.

Una planta que, si todo marcha como se espera, habrá de ofrecer sus primeras flores durante este próximo otoño. Nadie puede todavía asegurar qué frutos traerá consigo semejante presente, pero existe la esperanza de que pueda llegar a representar una verdadera revolución para el sector textil.

El porvenir del negocio, por lo demás, parece menos oscuro de lo que pudiera haberse temido. No quedaron deudas pendientes que reclamar, ni se han impuesto nuevos tributos que impidan su reapertura una vez concluidos los trabajos necesarios. Las licencias fueron revisadas, así como los terrenos correspondientes, dejando despejado el camino para que la sastrería pueda, llegado el momento, volver a abrir sus puertas.

Lo perdido, sin embargo, perdido queda. No existe licencia, fortuna ni decreto capaz de devolver aquello que las llamas consumieron. Mas, aun con todo, los obstáculos que ahora se presentan ante la familia son de aquellos que pueden ser vencidos con paciencia, trabajo y determinación.

Pero no fueron los asuntos de negocios los únicos que ocuparon aquella jornada.

Hubo también lugar para conversaciones mucho más apacibles y agradables. La botánica, la jardinería y la horticultura fueron protagonistas de largas charlas, en las que se intercambiaron conocimientos, curiosidades y pareceres acerca de ese maravilloso mundo que tantas veces florece lejos de los salones y las cortes.

Y, como corresponde a toda buena reunión, no faltaron tampoco las exquisiteces que fueron llevadas a la mesa para deleite de los presentes. Entre conversación y conversación, entre asuntos serios y otros de naturaleza más ligera, el día fue transcurriendo con una armonía difícil de mejorar.

Sin duda, fue un gran día.

Y, como si la jornada no hubiera sido ya suficientemente generosa, algunos de los presentes recibieron además otros curiosos presentes cuidadosamente guardados en cajas.

Su contenido nada tenía que ver con negocios, tratados ni asuntos de Estado. Eran objetos destinados sencillamente al ocio: juegos de mesa concebidos para reunir a varias personas alrededor de una misma mesa, abrir sus cajas y dejar que durante unas horas fueran la diversión, la estrategia y la compañía quienes ocuparan el lugar de las preocupaciones cotidianas.

Quizá algún día, en un próximo encuentro, aquellas cajas vuelvan a abrirse.

Y quizá entonces podamos descubrir qué historias, rivalidades y pequeñas victorias aguardaban en su interior.

Pero eso, como tantas otras cosas, habrá de quedar para un próximo encuentro.

* * *

EL CABALLERO DEL MES

El título de Caballero del mes queda
 

DESIERTO
Por un sextuple empate a un voto.

EL PATÁN DEL MES

El título de Patán del mes corresponde a:
 

Olivier Montoya
Por dejar tan alto el listón de "patán del mes" que dudamos que tenga un sucesor digno.

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NOMBRAMIENTOS HABIDOS ESTE MES

  • Léo Hardy le Castel ha sido ascendido a Coronel de la Guardia Real

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ANUNCIOS DE PRESENTACIONES A CARGOS

  • En agosto no se nombran cargos.

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CARGOS PARA EL MES DE AGOSTO
Durante este mes no se renuevan cargos.        

 

------------ Inicio de la estación de OTOÑO ------------


CARGOS PARA EL MES DE SEPTIEMBRE
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Ministro de Exteriores Brigadier o Barón 10 Min.Estado
Gobernadores Militares Tte.Gral. o superior 8/10*Rey
Aide del Dauphin Capitán 9 Dauphin
Aides de los Generales Subalt./Capt./Mayor(+) 6 Generales
Ayudantes de Regimiento Capitán 3 Coroneles
Vicario General Vicario 12 Arzobispo

(*: El Gobernador Militar de París necesita nivel social 10; los demás, 8)
(+: Para Brigadieres: Subalterno. Para Ttes.Generales: Capitán. Para Generales: Mayor)

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AGRADECIMIENTOS

  • A Pepe, por el final de Alain de la Débâcle.
  • A Xavi, por la carta inconclusa.
  • A Lluís, por el fragmento donde Renné Gade se queja.
  • A Ezequiel, por el breve fragmento sobre la reunión de negociaciones por el Franco Condado, que me ha permitido poner algo en la tercera semana.
  • A David, por la cuarta semana, también más breve de lo que nos tiene acostumbrados, pero siendo verano y época de campaña la cosa no da para mucho más.
  • A Albert, por el relato del minoritario encuentro en casa, por venir, y por todos los regalos que me trajo. Por cierto: la planta ha duplicado su altura.

NOTAS DE LOS REALES SECRETARIOS

Supongo que todos habéis visto la película Pulp Fiction. La escena del asalto a Marcel du Calais y Malartic Dulac está inspirada en ésta:

Y otra cosa: Si alguien quiere saber la verdad sobre la sastrería, que nos pregunte privadamente a Albert o a mí 😁

FECHA LÍMITE PARA EL PRÓXIMO TURNO

El plazo de entrega del próximo turno finaliza el viernes, 4 de septiembre de 2026, a la medianoche (hora española peninsular).

¡Hasta pronto!

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