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REAL CRÓNICA DE JUNIO DE 1659
(Número 398)

Nox atra cava circumvolat umbra
Virgilio, Eneida

GACETA MILITAR

Puesto de avanzada de los Pirineos, cerca de Graus

Un destacamento de españoles ha atacado por sorpresa el puesto fronterizo custodiado por el tercer batallón de los Cadetes de la Gascuña. La defensa ha sido feroz, tanto como la inesperada incursión española. El Mayor Olivier Montoya se ha desvivido coordinando la defensa, corriendo de un lado para otro, dando órdenes entre las distintas compañías y animando a las tropas a resistir ante la adversidad. Al finalizar el día la posición pudo ser sostenida, pero los capitanes de las compañías empezaron a preguntarse en cuál se había quedado Montoya, comunicándose los unos con los otros sin éxito. El Mayor no apareció por ningún lado.

* * *

Artois, a finales de junio de 1659

Las órdenes eran claras: el segundo batallón atacaría al amanecer a los españoles que estaban al otro lado de una explanada, poco más de setecientas varas. La compañía D tenía la poco grata misión de atacar a una batería de cuatro cañones, que los exploradores de la Segunda Sección habían descubierto hacía un par de días. Se encontraba en una posición avanzada, aprovechando un terraplén que los zapadores españoles habían reforzado con cestones. Desde su posición, amenazaban tanto el frente del segundo Batallón como el flanco del Primero.

El capitán François Fronsac dirigió su catalejo hacia el emplazamiento de los españoles. La batería, aunque se encontraba en una posición algo elevada, era casi invisible a causa de la vegetación. Difícil de ver incluso con el instrumento.

Fronsac le pasó el catalejo a su subalterno.

-El capitán de esa batería sabe lo que se hace, Raspeguy -comentó Fronsac a su Sargento Mayor, un gascón que ya peinaba canas en Rocroi, y con más cicatrices que la espalda de un nazareno-. Casi setecientas varas. Nos van a hacer polvo.

-Muchas varas son, mi capitán. Y al descubierto -asintió el sargento, lacónico-. El capitán sonrió levemente. En cierto modo le recordaba a La Mouche, el Sargento Mayor de De la Dêbácle en los Dragones, y eso le gustaba.

-Lo son -respondió el capitán asintiendo lentamente.

-Mañana por la mañana morirán muchos buenos hombres, mi capitán.

-No, si yo puedo evitarlo -dijo Fronsac sin dejar de mirar hacia la mortal posición española.

Raspeguy se quedó mirando fijamente el semblante de su joven capitán. Por un momento le pareció ver un reflejo audaz en sus ojos color acero.

-¡Sargento Raspeguy! -la voz de Fronsac sonó seca como el disparo de un mosquete. El veterano sargento se cuadró como si el mismísimo Rey Louis se hubiera dirigido a él-. Quiero hablar con los tenientes y sargentos de las tres secciones. Que se reúnan dentro de quince minutos detrás de aquellos carros de suministros.

-¡A sus órdenes, mon Capitain!

...

-¿Una encamisada? -exclamó sorprendido el teniente Triand de la Segunda Sección-. Mi capitán -dijo con tono apurado-, eso es cosa de españoles, nosotros...

El oficial dudó al ver la mirada furibunda de su capitán.

-¡Nosotros somos los Mosqueteros del Rey! -le interrumpió bruscamente Fronsac-. Esa batería tiene que ser silenciada. Y lo será esta noche. Cuando mañana por la mañana comience el ataque, esos cañones serán nuestros o estarán destruidos. No voy a permitir que nuestra compañía sea diezmada a campo abierto.

-Entendido, mi capitán -dijo con voz calmada el teniente La Fontaine, el más antiguo de la compañía y oficial al mando de la Primera Sección. Alsaciano como Fronsac-.¿Cuáles son sus órdenes?

-Quiero cinco mosqueteros de cada sección. Los mejores peleando al arma blanca. Si, ya sé que son todos buenos, pero para esta misión necesito a los más diestros. Gente de espada y pocas palabras. Que sepan matar y morir en silencio si es menester.

-¿Sin pistolas ni mosquetes? -interrumpió el teniente Triand.

-Mire, Triand -respondió Fronsac con vehemencia-. Estamos en verano, estos parajes son muy húmedos, aunque el sol ha estado luciendo todo el maldito día. Esta madrugada refrescará. Hay luna nueva y esas nubes del horizonte amenazan lluvia. La lluvia moja la pólvora y la oscuridad enmascara a los audaces.

-¿Quien dirigirá a los hombres? -comentó La Fontaine, mientras encendía tranquilamente su tercera pipa del día.

-Yo mismo, con el teniente Triand, el sargento Raspeguy y un par de cabos escogidos. Sólo llevaremos rapier y main gauche. Vestiremos con camisa blanca, la mas limpia que tengamos -se oyeron algunas risas sofocadas-. Y un pañuelo en el brazo izquierdo. Vos, La Fontaine, quedáis al mando de la compañía.

El veterano teniente, se cuadró y se dirigió a Fronsac, mirándole a los ojos con una mirada grave.

-¿Alguna orden en especial para el ataque de mañana, mon Capitain? -Fronsac nunca había visto a La Fontaine tan serio.

-Sólo una -exclamó Fronsac con una sonrisa maliciosa-. Mañana por la mañana no olvidéis encomendar vuestra alma a Dios.

Y tras una breve pausa dramática, añadió:

-Y mantened seca la pólvora.

En ese momento todos los subalternos soltaron una carcajada, dejando escapar la tensión acumulada.

...

Fronsac y sus hombres partieron en silencio tres horas antes del amanecer. Se fueron embozados en sus capas, para no ser vistos en la oscuridad. Sin sombreros y con las armas envueltas en trapos. Toda la noche había estado lloviendo, estaba oscuro como la boca de un lobo. Fronsac recordó una frase latina que tradujo de niño; Nox atra cava circumvolat umbra. Y así era, la noche les envolvía con su oscuro manto cuando cayeron sobre los españoles. En el combate no se dio ni se pidió cuartel y se prolongó hasta el amanecer.

...

Ya despuntaba el día cuando los Mosqueteros del Rey formaron para iniciar el ataque. Estaba nublado pero había dejado de llover. Los Mosqueteros de la compañía D formaron con la primera y segunda sección al frente y la tercera en reserva. El teniente La Fontaine marchaba al frente de su sección. No dejaba de mirar hacía la posición de los españoles que sus compañeros debían atacar. La artillería francesa comenzó el fuego y los batallones iniciaron la aproximación a la línea enemiga. No tardó en responder la artillería española, excepto la batería oculta. Sin duda esperaban a que estuvieran mas cerca para fusilarlos a placer. La Fontaine apretó los dientes. Pronto la compañía D del Segundo Batallón de los Mosqueteros del Rey sabría si Fronsac y el resto de incursores habían tenido éxito.

De pronto, en el emplazamiento artillero justo delante de ellos, tan cerca estaban ya de la posición española, vieron como se alzaba el estandarte del Rey de Francia.

-Ese Fronsac es un diablo -pensó La Fontaine mientras se desplegaban para atacar a la infantería española-. Ruego a Dios que esté vivo.

* * *

Del diario de Alain de la Débâcle:

En Artois, a 26 de junio del año del Señor de 1659

No he tenido tiempo de escribir en este diario con la regularidad que me gusta. Pero resumo lo mucho que ha sucedido desde que fui condenado a 6 meses en los fronterizos: merced a los buenos oficios de amigos muy influyentes, conseguí el indulto real. No sólo eso, también me decidí a hacer algo que fue mi objetivo desde que llegué a París y fui acogido por el difunto conde Dusel: me presenté para el cargo de capitán de los Mosqueteros del Rey. Y esta vez fui aceptado y soy el nuevo capitán de la segunda compañía del primer batallón de los Mosqueteros. Mi querido François Fronsac también consiguió plaza como capitán de la segunda compañía del segundo batallón. Y si a ello le sumamos el vizconde de Castelmore, que manda el tercer batallón, ¡somos tres Mosqueteros! (no sé de qué me suena eso...)

En fin, como parte de la brigada de Guardias y encuadrados en la primera división del Primer Ejército, nuestro destino era el frente de Flandes, en concreto esta localidad de Artois, que arrebatamos a los españoles no hace mucho. La ciudad estaba llena de soldados y rumores. Se hablaba de una paz inminente, de que los españoles estaban contra las cuerdas... Nuestro coronel no hizo caso de nada de eso y las primeras semanas fueron de patrullas y guardias incesantes. Me di cuenta de que el coronel y también el mayor al mando de mi batallón me vigilaban. Era comprensible: un recién llegado, con un episodio turbio en su historial (turbio para otros, para mí siempre fue algo claro y cristalino). Querían saber de qué madera estaba hecho. Suerte de mis lances con los Dragones y de las enseñanzas del sargento LaMouche. No era yo un veterano, pero tampoco un novato.

Así las cosas, cuando ya llevábamos tres semanas jugando al escondite con los españoles, los mandos se hicieron una idea clara de dónde podíamos plantear una pequeña ofensiva. El regimiento de los Mosqueteros del Rey tuvo el honor de ocupar el ala derecha de nuestra línea. Y el flanco derecho de esa ala derecha era el primer batallón. El terreno era bastante despejado y uno podía ver con claridad el perfecto alineamiento de las tropas de infantería. La caballería permanecía en reserva y oculta en parte por una pequeña elevación que se alzaba detrás de nuestro centro. Pero justo donde se terminaba nuestra línea, es decir, donde estaba yo con la segunda compañía del primer batallón, un sotobosque bastante frondoso impedía ver con claridad hasta dónde podíamos avanzar sin exponernos a un ataque por el flanco. El coronel se me acercó:

-¡Capitán de la Débâcle! Quiero que su compañía haga un reconocimiento de esa zona. Y que sea un reconocimiento agresivo, ¿me entiende?

-Perfectamente, mon coronel.

Me volví a Portheaux, uno de los tenientes de la compañía y lancé las órdenes:

-Que la compañía se despliegue en escaramuza. Avanzamos hacia ese bosquecillo.

Y para allí que nos fuimos. Mandé unos cuantos hombres en descubierta y a poco regresaron con un interesante hallazgo. A unos 300 metros de donde estábamos, el terreno descendía ligeramente y un camino bastante despejado iba desde la retaguardia de la zona española hasta trazar una paralela con la línea de nuestro ejército. Un buen recurso para traer refuerzos a los españoles si la cosa se les ponía apurada, como era nuestra intención. Pero había más; en ese momento por el camino avanzaban dos piezas de artillería de campaña tiradas por mulas, seguidas por dos carros de munición. La escolta no parecía muy numerosa. Me adelanté con uno de los hombres de la descubierta para calibrar el asunto. En efecto, los españoles no debían superar los 50 hombres. Pero además deduje que no todos eran soldados. Casi un tercio debían ser acemileros y paisanos para mover los cañones. Una oportunidad única.

Regresé al lugar donde me aguardaban los dos tenientes y los subalternos de la compañía:

-Que cinco hombres se queden vigilando los mosquetes de la compañía. Atacaremos con el acero, porque este será un baile íntimo y no quiero bajas por fuego propio. Oficiales y subalternos pueden llevar pistola.

Todos desenvainaron los rapiers. Los españoles avanzaban lentos y descuidados. Por lo visto, no les gusta engrasar los ejes de los carros de manera que con ese ruido no se apercibieron de nuestra presencia hasta que les caímos encima. Fue muy rápido. Una parte de los integrantes del convoy echó a correr. Pero había un oficial junto al primer cañón que comenzó a gritar insultos soeces y ruegos al Santísimo y la Virgen, hasta conseguir que un núcleo de soldados organizara una resistencia que yo, francamente, no esperaba.

Me fui derecho a por él. Pensaba en un intenso duelo de aceros, pero vi que el oficial también tenía una pistola y que la levantaba para apuntarme con ella. Es curioso como cuando uno se juega el pellejo, las cosas parecen ir muy despacio, pero los pensamientos se aceleran. Lo primero que pensé es que el español tenía un pistolón que dejaba en ridículo mi pistola. Al tiempo, ambos nos miramos y apuntamos en perfecta sincronía. Era como si hubiéramos ensayado aquel momento infinidad de veces. Pensé «O tú, o yo, ¡o los dos!». Disparé y el estruendo fue tremendo. Habíamos disparado a la vez y por un momento el humo ocultó a mi enemigo. Noté el zumbido del avispón de plomo junto a mi oreja izquierda. ¡Me había apuntado a la cabeza! Tiré la pistola y di un paso al frente dispuesto a acabar aquello con el rapier. Pero se disipó el humo y vi que el oficial español soltaba su pistola, casi que con delicadeza. También cayó su espada. Y entonces vi una flor de un rojo intenso en su pecho. ¡Le había dado a la altura del corazón! No sé por qué, pero conseguí llegar a su lado para sostenerle antes de que cayera y lo deposité en el suelo. Le cogí la mano derecha y se la apreté. Un valiente no se merece morir solo. Me miró y susurró: ‘Buen disparo’. Luego la mirada se le congeló y me di cuenta de que había exhalado el último suspiro. Me recuperé, recogí mis armas y me encontré con que un mosquetero veterano me miraba muy serio.

-Vaya, capitán, le ha ido de un pelo...

La refriega había terminado. Teníamos dos heridos que podían caminar y, por desgracia, dos mosqueteros que habían terminado allí su carrera. Pero los españoles se habían llevado la peor parte. Al ver caer a su jefe, los supervivientes se habían rendido y teníamos casi una veintena de prisioneros. El teniente Portheaux, siempre atento al dato, me informó: el enemigo había sufrido 15 bajas, 8 de ellas mortales. De los heridos, tres lo eran de gravedad. Ordené clavar los cañones. Luego dejé que tres de los prisioneros españoles se quedaran con sus heridos. Los demás, con las acémilas, nos iban a acompañar hasta nuestras líneas. Pero antes de eso, ordené alejar los carros de munición un centenar de metros por el camino y procedimos a su voladura. Creo que la explosión debió oírse en Bruselas.

Esa noche, de vuelta en Artois coincidí con Charles Batz-Castelmore, vizconde de Castelmore, y con François Fronsac. Cenamos, aunque yo no tenía mucho apetito. Mis camaradas estaban contentos porque en la acción del día también habían jugado un papel destacado. El teniente coronel del regimiento se acercó a nuestra mesa y nos felicitó. Al día siguiente, los tres seríamos mencionados en la orden. Yo me retiré pronto, aludiendo cansancio, aunque ya sabía que no dormiría bien aquella noche, pensando en el caballero español. En otra vida, en otras circunstancias, estaba seguro de que habríamos sido buenos amigos.

* * *

En cuanto al resto de nuestros valerosos soldados, su suerte en campaña fue diversa, aunque por fortuna no hubo que lamentar desgracias. El más afortunado fue Armand Beaufort, que fue ascendido a Mayor del 53º Regimiento de Fusileros y mencionado en la Orden, además de obtener un sustancioso botín. Al parecer, durante un reconocimiento que insistió en dirigir personalmente localizó un transporte enemigo fuertemente escoltado. Sin dudarlo, mandó a un batidor a buscar refuerzos dándoles la orden de que se dirigieran en silencio a un punto situado un par de leguas más adelante, punto que él conocía y que era idóneo para una emboscada. Y en efecto, cuando pasó por allí la fila de carros, su compañía ya estaba pronta y atacó sin cuartel. Los sorprendidos españoles no supieron ni de dónde les vino el ataque, ya que Armand Beaufort tomó la precaución de separar dos de sus secciones y lanzar el ataque en horquilla. La operación fue rápida y letal, y al poco rato los del 53º se repartían el botín... Del que el todavía capitán tomó un rollo de lata que, una vez abierto, resultó ser un conjunto de mapas tácticos que a buen seguro fueron de gran interés para el Mando.

Otro que obtuvo un ascenso fue Cole Campbell, por su espectacular carga que fue más o menos secundada por Phillipe Le Clothes Du Lacoste, que a duras penas pudo seguirle en el asalto sorpresa al campamento enemigo. Yendo detrás de él con la intención de cubrirle, finalmente tuvo que desistir cuando perdió al gigantón en la niebla de guerra, pero cuando finalmente se detuvo con un resoplido tuvo ocasión de echar mano de un arcón, probablemente abandonado por algún enemigo de alto rango, que le supuso un interesante botín.

Por su parte, Bernille Nienau obtuvo una mención en la Orden y algo de botín, mientras que los Mosqueteros de la Picardía, en los que lucha el capitán Alain Derrengué y que estaban casi codo con codo con los Coraceros del Delfín, no obtuvieron ningún beneficio de este mes de campaña.

En cuanto a la Guardia Real, su asalto a las posiciones flamencas no tuvo resultados concluyentes, aunque reportó sendas menciones en la Orden a Léo Hardy le Castel, Francesco Maria Broglia y Thibaut Cul-de-sac. Por su parte, Renné Gade tuvo una caída del caballo que, aunque no tuvo consecuencias graves, lo dejó descolgado de las operaciones generales y le privó de la oportunidad de obtener algún beneficio.

* * *

Alrededores de Graus. Campamento del Tercio Viejo de Villaviciosa.

El Maestre de campo don Fernando Manuel Zúñiga de Aranda y Villanueva observó al prisionero capturado durante el asalto al puesto francés. La posición no había conseguido tomarse, pero los soldados del Tercio no se marcharon con las manos vacías. Era una valiosa captura que aumentaría la moral de sus hombres, aunque fuera por simple venganza. Los guardias lo obligaron a arrodillarse delante del Maestre. Montoya se sumía en un mar de dolores por el trato recibido, pero el dolor ya era un viejo conocido.

-Lamento las molestias, pero comprenda usted que los soldados se toman a mal que nos espíen -se excusó Zúñiga, mientras le indicaba con un gesto que podía ponerse de pie-. ¿Una copa de vino?

-No le voy a decir que no -respondió Montoya, levantándose despacio, sin sobresaltos-. Y me hago cargo. Nosotros actuamos igual.

El Maestre sirvió la copa con mucha calma y parsimonia, que Montoya bebió de un sólo trago a pesar de que la garganta también le dolía a rayos. Zúñiga le sirvió otra copa.

-Así que Mayor de los Cadetes de la Gascuña y Mayor de la Cuarta Brigada de a Pie. Ha progresado usted desde la última vez que nos encontramos.

-Está vuestra merced bien informado.

-Es mi obligación. Lástima que no le descubriera en su momento, cuando era miembro de los hijos de Loyola. Lástima para mí... Y para usted.

-Aún soy hermano lego -apuntó Montoya a la desesperada.

El Maestre hizo una mueca que se parecía a una sonrisa y chasqueó los dedos un par de veces. Aparecieron dos sacerdotes que se hallaban aguardando detrás de una fila de soldados. Uno, el dominico Capellán Mayor con el que se encontró la vez anterior. El otro lo reconoció al instante: era el abad del Colegio de Jesuitas de Graus, aquel al que entrevistó en noviembre; el mismo padre al que le había sonsacado la información del robo de las mil coronas. En fin, era lógico que se dejara caer, pero había que intentarlo.

-¡Este hombre ya no pertenece a la orden! -exclamó el abad que antaño se había mostrado afable y bondadoso-. Y no se llama Oliverio, sino Olivier; su homónimo en francés. Olivier Montoya, nacido de verdad en la Isla de los Faisanes. Lo criaron en un convento de monjas benedictinas hasta que lo trasladaron al Colegio de Pau. Pero abandonó la orden hace pocos meses.

-¡A la hoguera con él! -exclamó el dominico, dejando sin palabras a Montoya-. Un hereje es lo que es.

-Capellán, no vamos a quemar a nadie -intercedió Zúñiga-. Es un militar y lo trataremos como un militar.

Montoya suspiró aliviado. La idea de morir en la hoguera era más aterradora que encontrarse con aquel níveo Ángel de la Muerte, pero en el fondo no sabía cómo se iba a librar de ésta.

-Mayor Montoya -continuó el Maestre-. Asumo que comunicó a sus superiores la estrategia de don Luis de Haro, marqués del Carpio y conde-duque de Olivares, y a estas alturas ya deben de saber lo que se propone.

-Asume usted bien, Excelencia -era una estupidez negarlo.

-Entonces, dígame. ¿Por qué tal despliegue de brigadas, si saben lo que nos proponemos? No hay ningún motivo para ser beligerantes.

-Bueno, en primer lugar, permítame disentir cuando usted ha asaltado nuestra posición...

-Una incursión sin importancia, Mayor -le interrumpió con autoridad-. Vuestra posición sólo es un puesto de avanzadilla. Ninguna fortaleza reseñable.

-Pues bien que os dimos por... -calló Montoya, evitando terminar la frase.

-Y aquí estáis, Mayor. Delante mío. ¿Y en segundo lugar?

-En segundo lugar, no contáis con el genio militar de nuestro Ministro de la Guerra, que tiene todos los escenarios contemplados, todas las probabilidades calculadas, todas las órdenes dadas. Es un portento en el arte de la guerra, un estratega consumado, un militar experimentado con años de servicio contra los españoles y contra todos los enemigos de Francia, continentales o de allende los mares.

-Ya veo... -contestó Zúñiga sin saber si era un exaltado o si pretendía confundirlo-. Mayor, ya se habrá figurado que la pena por espionaje es la muerte. Será ejecutado mañana al alba, sin mayor dilación. Por decapitación, en consideración a su rango.

Olivier enmudeció. No es que no se lo hubiera imaginado. Y sabía perfectamente a lo que se exponía cuando se ofreció voluntario, hace ya tiempo, para espiar al enemigo. Pero la rudeza con la que se lo espetó lo hundió por dentro, aunque procuró mantenerse firme, sin mostrar miedo alguno.

-Aunque cabe otra posibilidad -dejó caer el Maestre de campo, consiguiendo que Montoya abriera atentamente los ojos-. Habéis demostrado talento para el espionaje. Os ofrezco trabajar para nosotros. Os dejaremos cerca de vuestra posición como si os hubiérais perdido en el fragor de la batalla. Seguro que podéis inventar una explicación convincente. Volved con vuestros cadetes, continuad como si nada, ascended de rango y seguid con vuestros compromisos. Pero un día alguien se acercará a vos y os dará instrucciones. Y, por si hace falta aclararlo, somos generosos con nuestros activos más preciados.

El comandante español no era, desde luego, ningún idiota. La oferta era innegociable. ¡Maldición!, cualquier cosa que significara seguir con vida era una salida. Ya buscaría cómo zafarse de la encerrona cuando estuviera a salvo en París, cómo eludir que lo desenmascararan los unos o los otros. La muerte es definitiva. No había otra alternativa. Si quería seguir vivo, debía aceptar la única posibilidad que se le ofrecía.

Estaba a punto de abrir la boca para responder afirmativamente. Lo iba a hacer... Pero... Entonces... Aunque fuera tan sólo por un instante... El Maestre alzó levemente la copa como si el trato ya estuviera cerrado, con ese aire señorial, vetusto, que caracterizaba a los españoles de sangre azul. En el fondo no era tan diferente de los condes y vizcondes parisienses. La herrumbre es la misma sin importar el reino. Esos gestos de suficiencia. Esa soberbia. Ese engreimiento. Y entonces, pensó, ¡qué cojones! Hagamos una cosa bien de una maldita vez. Que no se diga. Enséñale a los españoles lo que es un gascón. Por los cadetes. Por la Gascuña.

-Su Excelencia... -dijo Montoya mientras esbozaba una sonrisa socarrona.

Empezó a alzar el brazo con la intención de extender el dedo corazón para dedicarle una peineta a maese Fernando Manuel Zúñiga de Aranda y Villanueva, cuando un sonoro ¡BOOM! estalló en la distancia. El peculiar silbido de una bala de cañón estremeció a todos, oyéndose cada vez más cerca, hasta que impactó de lleno en uno de los cuadros españoles, concretamente aquél en el que se había refugiado el Capellán Mayor, desparramándose sus vísceras sobre los soldados. A Montoya le hubiera gustado presumir de haber distraído al Maestre de Campo lo suficiente como para que los franceses lanzaran un ataque por sorpresa, pero la verdad que aquello o era tener una suerte de narices o era mano de la Providencia. Sea como fuere, oyó una inesperada carga de caballería al tiempo que los españoles reorganizaban a sus piqueros con disciplina y cabeza fría, con ánimo de contrarrestarla.

«¡Que me aspen si aquellos que vienen no son sino la Guardia de Dragones!», pensó Montoya, mientras se deslizaba por detrás de una tienda, habiendo perdido de vista a maese Zuñiga. Ni jarto de vino se iba a quedar a mirar dónde se había metido.

La confusión era máxima, los hombres corrían a formar los cuadros, las órdenes se daban aprisa y gritando, las tropas se reestructuraban y la caballería francesa atravesó el campamento al galope, aprovechando con pericia la llanura del valle donde acampaba el Tercio. Se deshizo del sombrero de cadete y se cubrió la cabeza con un morrión que recogió de un soldado muerto, ya que lo que abundaba a su alrededor eran españoles y no franceses, y en cualquier momento alguien podía acordarse de él y decidir ejecutar la pena impuesta por el Maestre de campo, sin protocolos ni leches. Atravesó una tienda vacía, salió por la parte de atrás y observó un camino que se adentraba en un bosquecillo. Sólo tenía que recorrer una distancia de unos ochenta metros sin cobertura, por lo que agarró brevemente el talismán egipcio que le había regalado Malartic, rogándole buena fortuna, luego se santiguó y echó a correr como alma que lleva el diablo. Nadie parecía haberse fijado en él. Corrió y corrió, pareciéndole una eternidad. Pensaba que la cosa ya estaba hecha cuando recibió un golpe de plano en el morrión que lo tumbó al suelo, con la cara en medio del barro. Levantó la vista lo justo para ver a un dragón a caballo, un caballero enorme, un gigante musculoso, alejándose con su corcel cortando cabezas españolas o acabando con ellos a tajos por la espalda, sus gritos salvajes resonando por encima del fragor de la batalla. El morrión le había salvado la vida por el momento, pero la vista se le oscurecía por el impacto y no estaba seguro de haber salido entero del golpe.

«¡Joder, juraría que ese jinete era el puto escocés!», fue lo último que pensó antes de perder el conocimiento.

* * *

ECOS DE SOCIEDAD

Primera semana

Bajo el palio de la luz de la alborada, los primeros haces de luz rielan sobre los cortinajes de las ventanas. Hércule Delaveau se ve sorprendido con un desayuno íntimo en la alcoba junto a su bella esposa. Mientras el mayor de la Guardia Real se engalana con su uniforme, su mujer, Anne Gramme, se acicala pues al parecer tiene la intención de acompañarle hasta el cuartel de la Guardia Real.

-¿De verdad quieres acompañarme hasta el acuartelamiento? -pregunta el Mayor a su mujer.

-No me vas a hurtar las últimas horas de tu presencia. ¡Qué mejor que ir juntos paseando en un día tan espléndido!

La pareja en su paseo levantó la admiración de todos, sus muestras de cariño, la pasión de sus miradas, la dulzura de sus gestos.. Como si de una pieza teatral se tratara, el dramaturgo demostró también su calidad actoral, todo lenguaje gestual. Casi no hubo palabras, ni un sollozo, ni un gemido, ni una queja, mas el adiós de la pareja fue tan intenso como desgarrador. Frente al cuartel de la Guardia Real, los miembros del regimiento y otros transeúntes pudieron disfrutar de la magistral escena interpretada por la pareja teatral. Fue tan entregada que algunos creyeron oír acompañamiento músical: hay quien mantiene que escuchó violines de fondo, otros un coro (que pudieran ser sollozos o suspiros de las espectadoras más emocionadas). Hay quienes comentan que la luz se tornó más rojiza y el cielo tornasolado por unos instantes, quizás alguna nube hiciera algún efecto de contraste, o el reflejo de los haces de luz solar hicieran a su vez de improvisadas candilejas. El caso es que ningún observador quedó ajeno a la escena, que nadie quedó indiferente. La despedida fue tan sublime como ajustada, sin dilatarse, con el tempo justo y equilibrado en una perfecta ejecución. Un carruaje, un sirviente que le abre la portezuela y Anne subiendo con un último beso lanzado al aire, que todos los presentes creyeron sentir con pasión y ternura en su mesura idónea. Un Hércule que siguiendo con la mirada trémula la marcha de la calesa, alejándose con su dama, pudo respirar hondo y recomponerse antes de entrar en el recinto del cuartel. Sin duda una de las mejores escenas escritas e interpretadas por el dramaturgo en toda su carrera.

* * *

Segunda semana

le Viscomte de Castelmore no había podido liquidar todos los asuntos pendientes antes de irse, así que tuvo que tomarse una semana de permiso para resolverlo todo. Tras una breve audiencia con su Excelencia el Cardenal Mazarino, Batz-Castelmore le entregó, como era habitual, dos cajas de galletas, se despidió de Su Excelencia antes de partir de campaña y acordó que su esposa y la Comtesse Dusel seguirían invitando a su sobrina al Salón Literario durante esos tres meses. También puso en conocimiento de Su Excelencia la reunión entre el prepósito general Goschwin Nickel y el Par de Francia, miembro de la Académie Française, César d’Estrées, así como la petición de indulto al Rey del condenado Alain de la Débâcle, que quizás Su Excelencia tuviera a bien secundar dado que el presunto daño había sido resarcido y que la propia Compañía de Jesús solicitaba su perdón. Charles comentó además que él mismo, como Ministro de humanidades, secundaría la propuesta de indulto.

* * *

Y, de audiencia en audiencia, le Viscomte de Castelmore llegó a las puertas del Salón Real. Tras una breve espera, su Majestad el Rey Luis XIV de Francia dio comienzo a la audiencia mensual con su Ministro de Humanidades.

-Vaya, Teniente Coronel, teníamos ganas de veros.

le Viscomte de Castelmore había dejado hace tiempo de ser Teniente Coronel de La Guardia Real, pero no osó corregir al Rey.

-Siempre a vuestro servicio, Sire. Cumplí como una orden directa vuestra sugerencia de ayudaros a mejorar el regimiento de vuestros Mosqueteros. Me pedisteis además remediar también la constante sangría que suponen los duelos regimentales de vuestros Mosqueteros con la Guardia del Cardenal. Os desagradaba que el entonces Mayor Dusel perdiera constantemente los duelos regimentales con el Mayor de la Guardia del Cardenal du Guerrier...

Su Majestad sonrió satisfecho.

-Así es, Viscomte, así es y lo solventasteis con vuestro buen hacer. Ya os dijimos que La Guardia Real es para buenos soldados que no quieren molestias, sin duelos regimentales, con gran prestigio y la comodidad que conlleva. Pero vos estáis destinado a cosas más importantes: convertir a mis Mosqueteros en un cuerpo de élite que pueda solventar las misiones más complejas.

Mientras escuchaba, el Ministro de humanidades le ofreció la caja de galletas como obsequio al Monarca.

-Sabed que nos ya hemos recibido esta semana un par de cajas de vuestras galletas. Vuestra esposa estuvo tomando el té con la Reina Madre y ambas nos hicieron hincapié en sopesar el indulto a Alain de la Débâcle. Curiosamente también hemos recibido al respecto una misiva del mismísimo prepósito general de los Jesuitas, Goschwin Nickel, explicándonos que las acusaciones quizás fueran infundadas porque no hay constancia de ninguna apropiación de dinero de la Orden por parte del condenado. Y aún así, incluso han recibido la suma de 1000 coronas del acusado como resarcimiento y otra donación importante para la Orden de otro benefactor anónimo, por lo que sienten que tienen el deber moral de limpiar la imagen del acusado y pedir nuestro perdón. El Par de Francia y miembro de la Académie Française César d'Estrées también nos ha escrito para argumentarnos la misma historia y nos suplica tengamos a bien valorar el indulto Real al condenado. Y por si esto fuera poco, el mismísimo Cardenal Mazarino ha tomado cartas en el asunto: acaba de recalcarme que quizás sea una buena ocurrencia indultar al Mayor Alain de la Débâcle, y que tal indulto sería indirectamente beneficioso para nos, dado que proyectaríamos una imagen de clemencia. Así pues, vizconde, satisfaced nuestra curiosidad: ¿acaso tenéis algo que ver con este cúmulo de peticiones?

El Ministro de Humanidades inició una profunda reverencia y respondió:

-Majestad, ante tales argumentaciones y peticiones de personas tan cualificadas, uno sólo puede sumarse y adherirse a la propuesta. Como Ministro de Humanidades os suplico tengais a bien conceder el indulto al condenado Alain de la Débâcle. Pero además, como vuestro Mayor de los Mosqueteros del Rey, creo que sería una buena oportunidad para alcanzar vuestra petición de convertir a nuestro regimiento en una unidad de élite. Dejad bajo mi mando como capitán de los Mosqueteros del Rey a de la Débâcle, sería una lástima perder un valor como él batallando en los Fronterizos. Yo venía a pediros vuestra conformidad para que François Fronsac fuera admitido como Capitán bajo mi mando en los Mosqueteros, pero ahora será un honor incluir tambíen como Capitan bajo mi mando al propio Alain de la Débâcle si así gustáis. Será para mi un honor presentar vuestra sugerencia al Coronel para que los admita como capitanes bajo mi mando en los Mosqueteros del Rey.

-Sea pues, vizconde -respondió Su Majestad-. Nos le damos el perdón a De la Débâcle y nuestra aprobación a vos para ponerlo bajo vuestro mando junto con Fronsac. Podéis retiraros.

Sabedor de que la frase era una orden más que una autorización, el aludido realizó otra reverencia y, sin levantarse y retrocediendo para no dar la espalda al Rey, abandonó el salón.

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Esta semana Cael de Rouen acudió a L'Epée D'Or acompañado de su reciente esposa Laurélie Hagopian. El Ministro de Estado aprovechó la calma de estos meses de campaña de verano para disfrutar de una tranquila velada en su club, mientras el resto del mes se dedicaba a sus quehaceres ministeriales sufriendo poca o ninguna distracción.

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Tercera semana

Marcel du Calais suspiró. Cada año era igual: en verano, con todos los caballeros fuera de París, las visitas de confesión a las damas se alargaban casi el doble, porque ellas, sin sus galanes o esposos cerca, no tenían con quién hablar más allá de dueñas, doncellas y personal de su propia casa, y estaban ansiosas por comunicarse con alguien procedente del exterior. Pese a que el buen sacerdote intentaba reducir las conversaciones en lo posible y ceñirse al sacramento de la confesión, ellas siempre divagaban y le pedían cotilleos y noticias que él siempre eludía apelando al secreto de confesión. Había pasado la primera semana estudiando en Les Chasseurs y la segunda dando y pidiendo limosna, pero el calor le agotaba. Por suerte, en cada visita se le ofrecía un vaso de agua fresca con menta o anís, cosa que le permitía recuperar energías.

Salió de la enésima mansión que visitaba y suspiró. Aún le quedaban unas pocas más...

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Cuarta semana

Después de un mes en el que el Théatre Royale apenas cubrió gastos, la cuarta semana vio finalmente un poco de animación. No mucha, es cierto, pero al menos se veía algo de gente en la platea. Entre ellos Malartic Dulac, que hasta se permitió el lujo de sentarse en el suelo para disfrutar de la obra, tan vacía estaba la platea.

Al final de la función, Malartic se mezcló con la troupe y conversó alegremente con los actores y el director de la obra entre bastidores, fascinado por el esplendor del Teatro Real. Les animó, con ayuda de unas botellas de borgoña. A iluminarlo aún más prendiendo una hoguera en la plaza frente al teatro para que todo el que quisiera cantase, bailase y bebiese en la calle alrededor del fuego, hasta bien entrada la madrugada.

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EL CABALLERO DEL MES

El título de Caballero del mes corresponde a:
 

Olivier Montoya
Por sus esfuerzos en ser el caballero más aborrecido de todo París.

EL PATÁN DEL MES

El título de Patán del mes corresponde a:
 

Olivier Montoya
Por ser el caballero más aborrecido de todo París.

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NOMBRAMIENTOS HABIDOS ESTE MES

  • Francesco Maria Broglia ha sido renovado como Ministro de Ciencias
  • Armand Beaufort ha sido nombrado Mayor del 53º Regimiento de Fusileros
  • Cole Campbell ha sido nombrado Teniente Coronel de la Guardia de Dragones

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ANUNCIOS DE PRESENTACIONES A CARGOS

  • Marcel du Calais anuncia que se presentará a Vicario

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CARGOS PARA EL MES DE JULIO
Durante este mes se renuevan los rangos religiosos (consultar reglas).

 

CARGOS PARA EL MES DE AGOSTO
Durante este mes no se renuevan cargos.        

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AGRADECIMIENTOS

  • A Víctor, por el relato de la captura de Montoya.
  • A Pepe, por el diario de Alain de la Débâcle.
  • A Joaquín, por el fragmento de la toma de la batería enemiga por parte de François Fronsac.
  • A Kike, por el breve fragmento sobre la visita de Malartic al teatro.
  • Y muy especialmente a Albert y Paula, por el fantástico domingo 💖

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NOTAS DE LOS REALES SECRETARIOS

¿No os ha pasado nunca que estáis viendo, qué sé yo, una película, un partido de fútbol, una diada castellera... Y os sentís frustrados por no estar allí, en medio de la acción, participando en lugar de verlo desde la galería? Pues a mí me pasa muy a menudo con la partida. Cada vez más, pienso qué habría hecho yo en tal o cual situación, o en lugar de tal o cual personaje. La trama me engancha, y eso que yo tengo una vista aérea de todo y muchas cosas ya me llegan espoileadas de origen... En fin, a ver qué nos deparan los dos meses de campaña que quedan. ¡Que paséis un buen verano!

FECHA LÍMITE PARA EL PRÓXIMO TURNO

El plazo de entrega del próximo turno finaliza el viernes, 31 de julio de 2026, a la medianoche (hora española peninsular).

¡Hasta pronto!

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