REAL CRÓNICA DE ABRIL DE 1659 (Número 396)
La vida es una partida de ajedrez, y París es el tablero
Anónimo
GACETA DIPLOMÁTICA
Tenemos constancia de que su Cristianísima Majestad y su Eminencia convocaron a su Excelencia Le Comte de Rouen y al Ministro de Exteriores para reunirse con la delegación española encabezada por el embajador don Jorge Raposo de Pereira. La primera firma del tratado con los españoles se ha efectuado sin incidencia alguna. Por lo que hemos podido averiguar, ahora una delegación francesa deberá partir a Madrid para ratificarla por Su Majestad Católica el Rey Felipe IV y su valido, don Luis de Haro.
ECOS DE SOCIEDAD
Primera semana
Mediocre estreno en el Théatre Royale. Phillipe Le Clothes Du Lacoste, acompañado de Anne Lefèvre, se aburría soberanamente intentando seguir los entresijos de una obra sin pies ni cabeza. Finalmente acabó perdiéndose en sus propios pensamientos.
"Vaya desastre de obra", pensó. "Menos mal que Lucille no ha querido venir. Pero... ¿qué es ese ruido? Sólo faltaba eso... O a lo mejor es un alivio esa interrupción, pero, ¿de dónde viene?"
Levantó la vista y empezó a recorrer los palcos con la mirada. Finalmente encontró la causa del rugido que perturbaba el desarrollo de la obra: en uno de los palcos, Bernille Nienau roncaba sonoramente. Mientras, ajena a la siesta de su acompañante, Élise Leclerc había salido del palco y charlaba animadamente en el pasillo con unas amigas tan hastiadas de la obra como ella.
* * *
Francesco Maria Broglia, olvidando totalmente cualquier ceremonia o protocolo, se dejó caer a plomo encima de la cama lanzando un suspiro. Aunque los criados y cocheros obviamente se habían encargado del equipaje, estaba agotado. No entendía cómo Claire podía tener todavía tanta energía después de un maratoniano viaje a Montpellier a visitar a los familiares de ella. Pero en efecto, ella parecía recién salida de un profundo y reparador sueño... Y no dispuesta a darle tregua: en aquel momento entró en la habitación con paso decidido.
-Querido -el solo uso de este apelativo ya hizo que el barón se echara a temblar-, gracias por el viaje; ha sido estupendo ver a mis padres, hermanas y primos después de tanto tiempo. Pero imagino que habrá un detalle que no se te habrá escapado...
Aquí Broglia agarró un almohadón y se cubrió con la cabeza, como si esperara amortiguar el impacto de algo que cayera del cielo. Su esposa miró brevemente hacia arriba, comprobó que la enorme lámpara seguía en su sitio, y continuó:
-Ya has visto que todos viven en mansiones, especialmente mis hermanas y mi prima Sophie. Les ofreciste alegremente que nos devolvieran la visita cuando quisieran, pero ¿qué pensarán cuando vengan y descubran que vivimos en... -y aquí hizo un gesto con el brazo izquierdo, como abarcando su alrededor- esto?
Broglia apartó el almohadón y cometió la imprudencia de responder:
-¿La casa? Pues yo la veo estupenda. A mí me gusta mucho...
Claire se impacientó, y su tono de voz cambió sutilmente, convirtiéndose en aquél que tanto temía el barón.
-Se nos ha quedado pequeña, Francesco. Una simple casa no es vivienda digna para una baronesa. He aguantado hasta ahora por discreción, pero si mi familia viene a visitarlos sería una humillación no recibirlos en, como mínimo, una mansión, aunque obviamente un palacete estaría mucho mejor.
El barón intentó infructuosamente esquivar la bala.
-Lo pensaré.
La mirada y el tono de la bella se tornaron feroces:
-No lo pienses: ¡HAZLO!
* * *
Del diario de Alain de la Débâcle:
Abril del año del Señor de 1659
¡Detenido en La Bastilla! La Guardia del Cardenal me esperaba cuando salía de cerrar los trámites para volver a ser Mayor de la Brigada de Dragones. El teniente al mando de la patrulla fue muy cortés, pero no me dijo en ningún momento por qué se me detenía.
Al menos, no hay un confinamiento total y cuál no sería mi sorpresa al encontrarme allí con otro ilustre detenido (ilustre él, no un servidor). El conde de Gade, Ministro de la Guerra, que ya conoce lo que es un encierro en La Bastilla.
Gracias al conde, mis días no son tan largos porque hemos dado en jugar largas partidas de ajedrez (que casi siempre gana él, que para eso es Ministro de la Guerra). También hablamos de la próxima campaña de verano, en la que yo pensaba jugar un buen papel al frente de mis queridos dragones. Claro que el Ministro no suelta prenda de cuáles son sus planes para los distintos regimientos en el verano, y yo entiendo y alabo su discreción.
Por lo demás, la comida es razonable y mi celda, calabozo o como quiera llamársele, es incluso un poco más cómoda que mi buhardilla. Y, sin que ello implique crítica alguna a la labor de limpieza de mis carceleros, recibo habitualmente la visita de dos simpáticos roedores (ratas en vulgo) a las que sin duda atrajeron los restos que yo dejaba de mi cena (se duerme mejor con una digestión ligera). Al principio eran visitas furtivas, pero al cabo de unas cuantas noches, tras papearse las sobras, ambas ratas se quedaban a hacer su toilette delante mío y creo incluso que lo hacían para estudiarme con curiosidad. El caso es que las he bautizado, viendo sus rasgos personales: Méndez de Haro y Nickel. A veces se pelean por un resto de pollo o de salchicha y es entonces cuando sacan lo peor de sí mismas y muestran ese lado humano que me ha llevado a bautizarlas con esos nombres. Que entre Roma y Madrid la distancia más corta nunca fue la línea recta.
* * *
Segunda semana
El club L'Epée D'Or hervía de actividad: el juego del ajedrez, que ya cuenta con muchos años de presencia en Francia, se ha puesto de moda últimamente, y Thibaut Cul-de-sac, monsieur Nienau, Olivier Montoya y fray Marcel du Calais se han entregado a él con fruición. Léo Hardy le Castel, tal vez por ir acompañado de Catherine Dubois y no aburrirla, declinó participar, pero la pareja estuvo un buen rato observando interesada los distintos lances. Tras las diversas partidas, en las que hubo resultados diversos, se comenzaron a ponderar las ventajas y desventajas de la Ruy López frente a la tradicional defensa francesa y a otras aperturas modernas. Finalmente, Montoya zanjó la cuestión con un comentario: "La principal desventaja de la Ruy López es que, al ser una apertura de origen español, si la utilizas en una partida frente al nuevo Teniente General de la Policía acabas detenido", cosa que provocó la carcajada general.
* * *
Una preocupada Adèle Féraut acudió a la residencia de los Castelmore. Ingrid Svensson y Charles Batz-Castelmore, junto a la Comtese Dusel, recibieron a la dama. Al parecer Alain de la Débâcle ha sido llamado a la Bastilla, y la dama está razonablemente preocupada. Sin embargo, Charles le ha quitado importancia: "Es normal que el Teniente General de la Policía tenga que entrevistar e interrogar a posibles testigos para tener conocimiento de todos los pormenores". Tras tomar el té, y con el ánimo de distraer su atención, la pareja insistió a Adèle para que les acompañase en la preparación del Salón Literario de la tercera semana.
* * *
El Casino de París es un hervidero de risas nerviosas y tintineo de monedas. En la segunda semana del mes, el frío de la noche aún muerde, pero el lujo interior ignora las estaciones.
Tras algunas partidas sin excesiva suerte y charlar con el conde Cael de Rouen, Renné Gade se dirigía con su esposa a tomar algún refrigerio cuando, distraído charlando, chocó con alguien.
-Disculpad, monsieur -se giró el conde-. No prestaba atención al camino...
-Parece que no sois el único en ir distraído, perdonadme vos, Excelencia -contestó el otro caballero-. Permitidme que me presente: soy el Capitán le Preste, de los Mosqueteros de la Picardía. Creo que vos sois el Conde Nade, Ministro de la Guerra, cierto?
Renné se quedó un momento pensativo. El nombre le sonaba...
-Cierto es -contestó, en parte para ganar tiempo para identificarle-. ¡Ah, ya sé de qué me suena vuestro nombre! Sois el Ingeniero Real, ¿no es cierto? Leí sobre vuestras hazañas en varios asedios y asaltos, parecéis tener un buen ojo para esas situaciones, según he leído...
-Vaya, hasta tanto han llegado mis acciones? -pregunto Le Preste-. No se trata solo de buen ojo, Excelencia, es básicamente ciencia, concretamente matemáticas y geometría, lo que permite reconocer el mejor uso de la artillería y los puntos fuertes y flacos de una fortificación.
Le comte de Gade se sorprendió por tal afirmación.
-Pues eso parece faltarles a muchos de nuestros oficiales... -comentó-. Tanto en el asalto a Recasens, hace algunos años, como en la defensa de las fortificaciones en que participé el año pasado he visto mandos con poca idea de lo que comentáis...
Le Preste pareció sorprendido también del interés del Ministro de la Guerra.
-Bueno, la mayoría son buenos oficiales, valientes y leales, pero les faltan conocimientos teóricos, y, hasta que los adquiere prácticos, se pierden muchos hombres... -comentó.
-Deberíamos hablar del tema con más Calma, Capitán, pero no creo que sea ahora el lugar más apropiado -se despidió RGN, viendo a su esposa ponerse nerviosa ante esa charla en la que no tenía interés-. Tendréis noticias mías para seguir con esa charla, pero, por hoy, disfrutemos de la velada.
Renné no pudo sacarse de la cabeza esa conversación el resto de la velada.
Mientras tanto, fuera, en la penumbra que la luz de los faroles no alcanza a barrer, aguarda una calesa negra. Sin escudo de armas, sin adornos. Los caballos, oscuros como el carbón, apenas resoplan. Dentro, André du Guerrier es una sombra más entre el cuero y el terciopelo del habitáculo. Observa a través de la pequeña rendija de la cortinilla. Espera.
Finalmente, el Conde de Nade y su esposa cruzan el umbral del casino. El rostro del conde parece pensativo. El aire fresco le golpea el rostro, pero antes de que pueda llamar a su propio carruaje, una figura se materializa a su lado. Du Guerrier lo observa discretamente, para asegurarse de que todo sale tal y como lo ha planeado. En efecto, uno de sus hombres, vestido de paisano, se acerca a la pareja. El subalterno, vestido con un austero traje civil que se confunde con la servidumbre de alto rango. No le cierra el paso. Se inclina con una deferencia gélida y le susurra al oído, lo suficientemente bajo para que los nobles que ríen a pocos metros no perciban nada.
-Señor Conde -dice el subalterno con voz de seda-, el Teniente General de la Policía le aguarda en esa calesa. Dice que es un asunto de extrema urgencia respecto a los informes del Pirineo. Sería... Prudente que subiera sin atraer miradas innecesarias. El honor de vuestra casa depende de vuestra discreción en este instante.
Gade palidece. Mira a sus amigos, luego a la calesa oscura. La duda le dura un segundo. Sabe que si se niega, la siguiente invitación no será un susurro, sino el silbido del acero. Con un gesto rígido, se separa del grupo fingiendo que ha olvidado un recado y camina hacia el vehículo.
La puerta se abre. Gade sube. Se encuentra de frente con la mirada de Du Guerrier, que no parpadea.
-Conde -dice André mientras la calesa se pone en marcha sin esperar órdenes-. Debemos hablar.
Una vez en la Bastilla, se le hace pasar a una estancia que se ha habilitado para él en una de las torres, amplia y caldeada por una chimenea encendida, con muebles, cama mullida... Al nivel de un conde, con cada detalle pensado para que se sienta confortable. En la mesa de escritorio, una botella de Borgoña con servicio de cubertería de plata.
* * *
Tercera semana

A media tarde, como si obedecieran a una señal oculta, todos los carromatos que se encontraban acampados a las afueras de París se pusieron en marcha. Formaron una fila y, uno tras otro, entraron en la Cité, ante la sorpresa de los guardias y de los comerciantes que entraban y salían sin descanso.
La caravana fue avanzando por las calles de París como un río de música y colores. Los carros, adornados con telas vivas y cintas que flameaban al viento, crujieron sobre el empedrado mientras los gitanos cantaban, bailaban y golpeaban panderos y calderos con un entusiasmo contagioso. Era una procesión alegre, casi indomable, que atraía miradas divertidas y alguna que otra desaprobación.
Pasaron primero frente al cuartel de los Mosqueteros del Rey, donde varios soldados asomaron entre risas para ver aquel desfile improvisado. Más adelante, al cruzar ante el cuartel de la Guardia del Cardenal, los tambores redoblaron con descaro, como si quisieran desafiar la severidad del lugar. El bullicio creció al llegar al Pont‑Neuf, donde la luz del crepúsculo se reflejaba en el Sena y los músicos improvisaron una melodía más rápida que hizo girar a las bailarinas sobre sus faldas multicolores.
Los bailarines gitanos avanzaron en medio de la caravana como un torbellino de vida. Las mujeres giraban sobre sí mismas con faldas que parecían llamaradas, y los pañuelos que llevaban en los brazos describían arcos de color en el aire. Los hombres, ágiles y descalzos, marcaban el ritmo con taconeos secos sobre el empedrado, acompañando cada giro con palmadas rápidas y gritos festivos.
En medio de la cohorte danzante destacaba Malartic Dulac, con la camisa abierta hasta el pecho, un pañuelo rojo atado al brazo y unas botas gastadas que repicaban sobre el empedrado con una precisión sorprendente. Marcaba el compás con un pequeño tambor que golpeaba con los dedos, casi sin mirarlo.
El ambiente de las calles de la Cité se transformó a su paso; los aprendices de los talleres asomaron entre virutas y martillazos; incluso los cocheros frenaron para dejar pasar aquella marea musical.
La caravana continuó hacia Saint‑Germain des Prés, llenando el aire de aromas a humo, especias y vino barato. Cuando por fin salió de la ciudad ya hacía un buen rato que había anochecido, y el fuego de las antorchas daba una luz mágica a la interminable fila de carromatos que se perdió hacia el sudeste.
* * *
Olivier Montoya salió de su habitual práctica de esgrima bien entrada la noche. Se había quedado charlando con un grupo de Cadetes con los que había coincidido en la práctica, y la cosa se alargó hasta más tarde de lo que él deseaba. Recorrió las calles oscuras con su habitual precaución, hasta que lo sorprendió un ruido en una esquina. Se puso en guardia al instante, pero se relajó al momento cuando vio al causante: un gato negro que salió corriendo del callejón. Montoya sonrió, guardó el arma y siguió su camino.
Justo cuando pasaba por delante del callejón, se desató el infierno. Un garrotazo en la cabeza lo tumbó al suelo, y a continuación se produjo una tormenta de patadas, puñetazos y palos que lo dejó inconsciente. En ese momento apareció una patrulla de la Guardia de la Vieja Ciudad que dio el alto a los verdugos, pero cometieron el error de gritarles cuando aún estaban demasiado lejos, y los agresores se escabulleron por los callejones. La patrulla recogió lo que quedaba de Montoya quien, al notar que habían dejado de sacudirle, recuperó parcialmente la consciencia y consiguió musitar una dirección antes de desmayarse por segunda vez.
* * *
En el Salón Literario de Ingrid Svensson, Viscomtesse de Castelmore, y Anne Lefèvre, Comtesse de Dusel, las mademoiselles Marie Dupont, Violette Fablet y Adèle Féraut han sido las invitadas de honor. Entre los participantes habituales también han acudido con sus damas: Nienau, le comte de Rouen, du Guerrier, François Fronsac, el Barón de Broglie, Hércule Delaveau y Phillipe Le Clothes Du Lacoste. El propio Charles ha acompañado a la Comtese Nadé en ausencia del Comte para que pudiera asistir al evento.
* * *
Cuarta semana
Lucille Brigitte Le Clothes Du Lacostte Blanche Montfort
París, 1 de mayo de 1659
A mi muy amado y siempre respetado padre.
Que la Divina Gracia acompañe siempre a Vuestra Merced es mi ferviente deseo al tomar la pluma en este día de triste necesidad, pues las nuevas que debo comunicarle son de índole muy diversa, y algunas de suma gravedad para nuestra casa.
Voy sin rodeos a los asuntos de importancia, pues bien sé que Vuestra Merced prefiere la verdad aunque amarga antes que la dulce mentira.
En cuanto al primer rumor que ha de llegado a sus oídos, debo confirmarle que es cierto: Phillipe ha iniciado un romance con la dama Anne Lefèvre, cuyo trato nació de sus frecuentes encuentros en el conocido Salón Literario. Dicha unión, hasta donde esta observadora puede discernir, parece sincera y mutuamente satisfactoria. Debo añadir, no obstante, que el duelo que Phillipe mantiene con le comte de Rouen --a quien antes conocíamos como Cael de Rouen-- se ha convertido en una especie de ritual dentro del Salón, hasta el punto de que los asistentes lo reciben como espectáculo fijo de cada velada.
Mas paso ahora a la segunda noticia, de la cual lamento profundamente confirmar su veracidad: el incendio de nuestra sastrería es cierto. La noche del martes pasado, las llamas del fuego infernal han reducido a cenizas el negocio que tantos años costó levantar. Hemos perdido todo: telas, herramientas, muebles, libros de cuentas y, lo más doloroso, la reputación de local seguro que tanto nos costó ganar. Sin mencionar todos los ahorros que Phillipe tenía.
Debo tranquilizar a Vuestra Merced en lo que más importa: los daños han sido únicamente materiales y económicos. Ni Phillipe ni yo sufrimos el menor rasguño, pues el siniestro ocurrió en horas de la madrugada cuando el local se hallaba vacío. Sin embargo, la situación es difícil y complicada, pues nos encontramos sin patrimonio alguno y con encargos pendientes que no podemos honrar. Necesitaremos ayuda para poder invertir y recuperarnos económicamente, pues por nuestra cuenta no alcanzaremos a levantar cabeza en tiempo útil.
En lo que respecta a nuestra actual residencia, yo me hallo acogida como invitada en la casa de Anne Lefèvre, quien con generosidad impropia de estos tiempos me ha brindado un aposento y sustento mientras rehago mi vida. Phillipe ha sido asimismo acogido, aunque en un pequeño espacio que le sirve de cuartel provisional. Él se prepara para la próxima campaña militar, esperando que el servicio a la Corona le reporte algún beneficio, y paralelamente busca financiación para invertir y recuperarse de este desastre que nos ha abatido.
Por mi parte, intento volver a reconstruir la sastrería, aunque por el momento me veo obligada a trabajar como costurera particular en la residencia actual de Anne Lefèvre, Comtesse de Dusel, donde resido a día de hoy. Lo cual me reporta unos ingresos modestos pero suficientes para no ser una carga total sobre mi generosa anfitriona.
Le prometo mantenerle puntualmente informado de todo en las próximas semanas, y le adjuntaré un recorte del periódico que relata el incendio para que Vuestra Merced tenga constancia oficial del siniestro.
Ruego a Vuestra Merced que medite con la prontitud que el caso exige cualquier ayuda que pueda prestarnos, pues el tiempo apremia y los acreedores no son pacientes.
No tengo más que agregar, salvo mi más humilde y afectuoso saludo.
De Vuestra Merced, humilde y obediente hija,
Lucille Brigitte Le Clothes Du Lacostte Blanche Montfort
* * *

Finalmente ha tenido lugar la boda más esperada de los últimos tiempos, tanto por la importancia de los contrayentes como por el tiempo transcurrido desde su anuncio, que ha propiciado incluso algún comentario del tipo "no lo creeré hasta que no lo vea". Pero sí, Su Excelencia el Ministro de Estado se ha casado. Por fin.
La iglesia estaba ricamente decorada con guirnaldas de flores blancas y rojas, y la ceremonia fue breve y solemne por deseo expreso del novio, siendo los padrinos los condes de Castelmore, Charles e Ingrid. El momento culminante llegó cuando Su Excelencia y la ahora condesa Laurélie Hagopian de Rouen salieron de la iglesia. Apenas unas bendiciones, unos votos pronunciados con emoción contenida y el repique jubiloso de las campanas. Nada más había sido necesario: el verdadero espectáculo aguardaba en su nuevo palacete parisino.
Allí, la recepción estalló con una magnificencia que rozaba el exceso. Los invitados, vestidos con sedas y brocados, atravesaron el vestíbulo iluminado por cientos de cirios, cuyos reflejos dorados se multiplicaban en los espejos venecianos. En el gran salón, un conjunto de violas y tiorbas interpretaba aires ligeros mientras los criados servían vinos de Borgoña, dulces de almendra y platos de caza preparados para el banquete.
Laurélie, radiante con un vestido azul pálido casi irreal, recibió felicitaciones con una gracia que desarmaba incluso a los más escépticos. El conde, orgulloso y sereno, guió a los invitados por los salones recién decorados con tapices que narraban antiguas gestas. En la terraza, el jardín, aún húmedo por las lluvias de abril, desprendía una fragancia fresca que se colaba en la fiesta.
Los invitados presentaron sus regalos de boda. El Mayor trajo dos regalos: para él, una pequeña cajita que contiene un dado de seis caras, de oro con pequeños rubíes engarzados como los números, para que pueda desafiar al Destino con el Azar. Para ella, un lujoso vestido, de negro cruzado de púrpura, realzando sus encantos femeninos, para que pueda enmudecer a los que la agasajen con palabras. Le Viscomte de Castelmore optó por un magnífico juego de té y vajilla para celebraciones con las iniciales de los recien casados esmaltadas en oro, y Hércule Delaveau y Anne Gramme ofreció "La Guirlande de Laurélie", resultado del certamen de poesía del mes anterior, impreso por ella misma, editado por Hércule y patrocinado por los Viscomtes de Castelmore.
La noche avanzó entre risas, brindis y murmullos de admiración. París, al borde de la primavera, pareció contener el aliento mientras los nuevos esposos inauguraban su vida con un esplendor que todos recordarían.
* * *
Al presentarse en el cuartel de los Cadetes de la Gascuña, Malartic Dulac descubrió que el tercer batallón al mando de Olivier Montoya no partiría a Marsella. Un incidente inesperado había ocurrido, pero por mucho que preguntó a los guardias de la entrada, ni le dijeron qué había pasado, ni le dejaron entrar. Resolvió acudir a la buhardilla de Montoya, pero tampoco lo encontró allí y la casera le avisó de que no había visto a su inquilino desde hacía una semana. Pero un niño que pedía limosnas le preguntó si era el gitano amigo de Olivier, a lo que al responder afirmativamente, le indicó que debía acudir al Collège de Clermont y preguntar por el hermano François. El
Colegio era uno de los centros más importantes de los jesuitas, sito en la rue Saint-Jacques, en el barrio latino. Se dirigió al lugar y el hermano portero lo recibió con amabilidad. Se hizo cargo del padre de
Malartic, al que los monjes atendieron con especial cuidado, ya que le faltaban los dos brazos, y al burro que llevaban con ellos lo condujeron a las cuadras. El hermano François no tardó mucho en aparecer.
-Monsieur Montoya le recibirá en su celda. Nos ha dado instrucciones de que le dejemos entrar. Sígame, por favor.
-¿Cuantos días hace que está aquí? -preguntó Malartic mientras caminaban por los pasillos del Collège.
-Unos cuantos, desde el desafortunado asunto que le trajo de vuelta a nuestras dependencias. Aunque ya no es hermano lego, lo tenemos en buena estima y decidimos darle cobijo mientras se recupera de sus heridas.
-¿Heridas? -se sorprendió Malartic.
-Oh, sí. Un asunto muy feo. Fue asaltado por unos matones y le dieron una paliza tremenda. Pero no le robaron nada ni le amenazaron. Simplemente lo golpearon una y otra vez. Tenga cuidado, está un poco paranoico.
Llegaron a la puerta de una de las celdas. Ambos escucharon a Olivier al otro lado. Hablaba sólo y en voz alta, casi gritando, nombrando a diversos caballeros de la Cité. El hermano François picó a la puerta y se hizo el silencio.
-Capitán, soy el hermano François. Su amigo Malartic Dulac está aquí para verle.
-¡QUE PASE! ¡QUE PASE! -oyeron como respuesta, acompañados de unos golpes extraños como el de alguien que recoge algo de una mesita y se le cae entre maldiciones.
Malartic abrió la puerta y se encontró a un Olivier Montoya tumbado en la cama, con vendas en la cabeza y también tapándole el ojo izquierdo. Un olor fétido a sudor, sangre y orín invadía la habitación. El pecho también estaba vendado y parecía manchado como si le hubieran aplicado varios ungüentos. La pierna derecha la tenía un poco levantada, sobre un cojín. El brazo izquierdo en cabestrillo. Pero lo que más le preocupaba a Malartic era la pistola que Montoya tenía en la mano buena, apuntándole directamente.
-¡TÚ! ¡SEGURO QUE HAS SIDO TÚ!
El zagal dio un respingo, sobresaltado, no tanto por la pistola temblona que le encañonaba, que también, como por el deplorable estado en el que se encontraba su amigo. Malartic respiró hondo, intentando mantener la sangre fría en semejante tesitura, antes de hablar lo más calmadamente que podía dadas las circunstancias.
-Capitán, que me caiga un rayo del cielo si hubiera sido yo. Os juro por mis muertos que no he tenido nada que ver con tamaño desmán. Pero esto es culpa mía -añadió, con aire más taciturno todavía-. Sabia que os iba a pasar algo malo, ¡lo sabía! Y en lugar de estar allí con vos o enviaros una cuadrilla para que os guardaran las espaldas... Mejor no os cuento lo que estuve haciendo, ya tenéis desgracias más que suficientes con vuestro descalabro. Os he traído una cosa, ¿puedo acercarme al catre para dárosla?
La mano que apuntaba a Malartic empezó a temblar hasta que el brazo cayó a plomo sobre la cama y la pistola quedó tendida sobre ella, afortunadamente sin llegar a dispararse.
-Ya veis que no tengo fuerzas ni para sostener una pistola. Si queréis matarme, aquí me tenéis indefenso, así que podéis enseñarme lo que queráis.
-No hagáis más esfuerzos, Capitán. Por las trazas que lucís ha tenido que ser una somanta de las gordas -replicó el muchacho mientras se sentaba a los pies del camastro-. Seguro que estáis vivo por algún milagro, tan cierto como que por ahora estáis a salvo entre estos muros. O eso espero. Acompañaré a mi padre a Marsella para visitar al conde Parrot, pero regresaré a Paris cuanto antes y os contaré los pormenores del viaje una vez esté de regreso. Y he pensado que os vendría bien contar con algo más de protección, mientras tanto. Quisiera regalaros mi amuleto de la suerte, proveniente de tierras de Egipto, que fuera de mi abuelo Malartic, pues me dieron el mismo nombre en su honor. Una defensa mágica contra los malos espíritus y contra las sierpes. Tanto los unos como las otras pueden colarse fácilmente por debajo de la puerta, mas esto os salvaguardará... Os ruego que lo aceptéis como símbolo de nuestra amistad.
Mientras hablaba, Malartic desató el nudo de un delgado cordel de bramante que llevaba al cuello y dejó el amuleto sobre la cama: una diminuta pieza de azabache tallada en forma de mano cerrada con el pulgar cruzado entre los dedos índice y corazón.
-Que no os lo vean los curas -apostilló Malartic.
-Gracias -dijo Montoya sin saber muy qué decir-. Ponedlo en la bolsa de la pólvora. Ahí no buscarán.
Y como quien no quiere la cosa, Montoya se sacó como pudo, con la mano sana, la cruz que colgaba de su cuello.
-Aceptad esto, por favor. Me la regaló el abad Delano Blanc cuando entré en los Jesuitas de Pau. Siempre la he llevado conmigo. Os guiará sabiamente.
-Gracias a vos, Capitán. La guardaré como oro en paño, cerca del corazón.
Malartic se puso el crucifijo al cuello y se incorporó para dejar la pequeña mano de azabache en la bolsa de la pólvora.
-Ahora descansad y dejad que sanen esas heridas. Podría haber sido peor, compadre... En cuanto vuelva a París, daré con esos canallas y me encargaré de ellos personalmente. Tenéis mi palabra. ¡Como que me llaman
Malartique Diabolique!
* * *
EL CABALLERO DEL MES
El título de Caballero del mes corresponde a:
Cael de Rouen
Por finalmente decidirse a aparcar sus obligaciones ministeriales para contraer matrimonio.
EL PATÁN DEL MES
El título de Patán del mes corresponde a:
Olivier Montoya
(Nota: No se indican las razones enviadas por los lectores porque se necesitaría una crónica entera para hacerlo).
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NOMBRAMIENTOS HABIDOS ESTE MES
- Alain de la Débâcle ha sido nombrado Mayor de la Brigada de Dragones (M15D)
- Olivier Montoya ha sido nombrado Mayor de la 4ª Brigada de a Pie (M15H)
- Renné Gade ha sido nombrado Mayor de la Brigada de Guardias (M15A)
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ANUNCIOS DE PRESENTACIONES A CARGOS
Este mes no ha habido anuncios.
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CARGOS PARA EL MES DE MAYO
| Cargo | Requisitos | N.S. mínimo | Quién nombra |
| Aides de Division | Teniente Coronel | 4 | Jefes Divisiones |
| Ayte. del Cardenal | Obispo | 12 | Cardenal |
------------ Inicio de la estación de VERANO ------------
CARGOS PARA EL MES DE JUNIO
| Cargo | Requisitos | N.S. mínimo | Quién nombra |
| Ministro de Ciencias | Brigadier o Baron | 10 | Min.Estado |
| Tte. Coronel Capellán | Obispo | 11 | Coronel |
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AGRADECIMIENTOS
- A José, por el fragmento del diario de Alain de la Débâcle
- A David, por los fragmentos para las semanas segunda, tercera y cuarta, y por la Guirlande (que podéis encontrar aquí)
- A Albert, por la carta de Lucille a su padre y por la página del periódico que incluye
- A Lluís, por el relato del encuentro en el Casino, que he fusionado con el de Enric
- A Enric, por la detención de Renné Gade (es decir, por el relato de la detención; el resto ya es otro tema)
- A Víctor y Kike, por el relato de la visita de Malartic Dulac a Olivier Montoya.
FECHA LÍMITE PARA EL PRÓXIMO TURNO
El plazo de entrega del próximo turno finaliza el viernes, 29 de mayo de 2026, a la medianoche (hora española peninsular).
¡Hasta pronto!
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