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REAL CRÓNICA DE FEBRERO DE 1659 (Número 394)
Rata de dos patas,
animal rastrero,
escoria de la vida,
te estoy hablando a ti 🎶
Paquita la del barrio
GACETA MILITAR
Alrededores de Graus. Tienda de campaña del Tercio Viejo de Villaviciosa.
Sobre la mesa, varios viejos mapas del Pirineo aragonés, con el detalle de pueblos, ríos, orografía y fortalezas, y uno más amplio de reciente impresión que abarcaba toda la zona de los Pirineos, del Atlántico al Mediterráneo, y buena parte del sur de Francia, incluyendo la Gascuña, el Languedoc y el Rosellón, con una distinguida flor de lis en la esquina superior derecha y la marca de la imprenta parisiense en la inferior. Los españoles parecían estar bien informados de las fuerzas francesas, a razón de las anotaciones escritas en el propio mapa.
Alrededor de la mesa se situaba la plana mayor del Tercio. En la cabecera, el Maestre de campo Fernando Manuel Zúñiga de Aranda y Villanueva, con rostro serio y ceñudo. A su derecha se encontraba el Sargento Mayor y a la izquierda el Fiscal Militar. En el lateral derecho los tres Coroneles del Tercio y en el izquierdo el Barrachel de Campaña, el Capellán Mayor y el Furiel Mayor. Al otro extremo de la mesa los cargos menores de la plana, aunque también importantes: el Médico, el Cirujano Mayor y el Tambor Mayor. Detrás de todos ellos, en una segunda fila de cabezas, los distintos ayudantes de campaña de cada cual.
-Señores, la derrota en Elvas del pasado mes nos ha colocado en una difícil situación -comentó Zúñiga con grave voz-. Se habla de solicitarles a los portugueses una suspensión de armas, cosa que, de aceptarla, los caminos de España y Portugal se separarán tras casi 80 años de unión. La reconquista del reino luso se habrá malogrado, quizás para siempre.
-¡Válgame Dios! -exclamó el Capellán Mayor.
-Y lo que es peor, esta terrible noticia está corriendo por toda Europa y nos ven ya como una monarquía débil. Sobre todo después de la derrota en las Dunas. Si bien Juan José de Austria frustró la toma por sorpresa de Dunkerque y aguantó tenazmente durante tres largos meses, la ciudadela cayó y con ella Francia se colocó en una espléndida posición. Se habla de que pronto se firmará en París un tratado de paz desfavorable para Madrid y que el duque de Medina de las Torres aconseja a su Católica Majestad aceptar tal acuerdo.
-Nuestros enemigos son numerosos -añadió el Sargento Mayor, a modo de justificación.
-Sea como fuere, hay otros planes en marcha. Don Luis de Haro tiene otra estrategia paralela en mente, que quizás le de la vuelta a toda esta situación. En cierta manera, al menos. Dejemos que los franceses atiendan a la delegación española en París. Nuestra labor es mantener la presión en el Pirineo, pero sin grandes batallas.
Zúñiga solicitó que le rellenaran la copa de vino, momento en el que reparó en el monje de hábito negro, jesuita sin duda, que hacia de copero de todos los presentes.
-¿Sois del Colegio de Graus? -preguntó el Capellán Mayor, al percatarse de la mirada del Maestre.
-Sí, padre, como los demás hermanos que están a vuestro servicio -contestó en perfecto castellano.
-¿Vuestro nombre? -insistió el capellán que, por los hábitos, el aludido identificó como dominico.
-Soy el hermano Oliverio, padre. Si he cometido alguna falta en mi labor, os ruego que me la señaléis para que el abad decida qué pena imponerme.
-Está bien, está bien, no pasa nada.
Montoya asintió con la cabeza, prosiguiendo con su cometido, pero el Maestre de campo aún guardaba ciertas reticencias.
-Vuestro acento... -continuó Zúñiga con las preguntas, lo que hizo enarcar una ceja al hermano lego, temeroso de que le hubieran descubierto- ¿Sois acaso vascongado?
-Su Excelencia tiene buen oído. Soy natural de Irún.
-¿Ah, sí? Curiosa coincidencia... Allí degusté los mejores oricios que he comido nunca, los cuales saben mejor sabiendo que los pescadores de la zona se juegan la vida contra las olas del mar recogiéndolos en las peligrosas rocas de la isla de los Faisanes.
Montoya sonrió bajo la capucha.
-Excelencia, conozco la isla de los Faisanes como si hubiera nacido en ella. Está en el río Bidasoa y si ha podido comer oricios recogidos allí, verdaderamente es un milagro de Dios nuestro Señor que los hace crecer hasta en agua dulce.
Varios de los presentes comprendieron la broma y rieron junto con el Maestre de campo. El resto se sumó por imitarlos, pues muchos de ellos eran de la meseta y no sabían ni lo que era un erizo de mar.
Días más tarde, Olivier Montoya regresó sano y salvo al puesto avanzado del Quinto Regimiento Fronterizo, presentándose de inmediato ante el Coronel Perrau, que esperaba con cierta preocupación tanto sus noticias como que volviera con vida. El gascón se había ofrecido voluntario una vez más para cruzar a territorio español, tan sólo abrigado con su sencillo hábito de hermano lego jesuita, a lo que inicialmente se negó el Coronel Perrau, conocedor del refranero popular «Tant va la cruche à l'eau...». Pero finalmente Perrau transigió, pues las montañas estaban tan tranquilas que sospechaba que algo tramaban los españoles.
El informe de Montoya le dejó aún más preocupado. ¿Qué nueva estratagema estaría planificando el general Luis de Haro y Guzmán, marqués del Carpio, conde-duque de Olivares y válido del Rey Felipe IV? Empezó a pensar en las cartas que escribiría lo antes posible, tanto al Ministro de Estado como al Ministro de la Guerra, plasmando en ellas toda la valiosa información recopilada durante la campaña de invierno, pero por el momento ordenó a su ayudante que gestionara el permiso solicitado por Olivier Montoya para acudir a un funeral en París, asegurarse de que lo mencionaran en la orden del día y ascenderlo a subalterno de los fronterizos. Aunque esto último quizás le sirviera más bien de poco, era lo mínimo que podía hacer por él.
ECOS DE SOCIEDAD
Primera semana
Un nervioso capitán Derrengué se presenta ante la puerta de Violette Fablet acompañado de su criado con carro que transporta varias cosas. "Tendría menos miedo si hiciera una carga contra los enemigos del Rey", piensa para sí mientras llama a la puerta de una convaleciente Violette. Aparece una doncella y Alain le dice, intentando sonar firme:
-Decidle a vuestra señora que Alain Derrengué desearía ser recibido y esperará el tiempo que sea necesario.
Para dar énfasis a su declaración hace un gesto a su criado, el cual comienza a descargar del carro una cómoda silla y una mesa y las dispone para que su señor pueda esperar la respuesta de Mlle. Fablet.
-Mademoiselle no puede recibiros: se encuentra todavía demasiado débil -responde al rato la criada volviendo a la puerta-.
-Está bien -responde un bienhumorado Alain-. Indicadle a vuestra ama que permaneceré en la puerta de su casa hasta ser recibido; mi criado irá a por los pertrechos de campaña por si fuera necesario pasar aquí las noches que sean menester. Dadle de paso este ramo de flores y esta nota de mi puño y letra.
Mi querida Violette: Sé lo duro que es perder a alguien querido y más cuando se sacrifica para que vos sigáis viva, mas ello no es óbice alguno para que paséis vuestro luto en soledad, permitidme entrar en vuestra casa y dejadme explicarme con palabras lo que estas letras no pueden decir.
Vuestro,
Alain
* * *
Charles Batz-Castelmore, Viscomte de Castelmore y Ministro de Humanidades, acude a su breve audiencia con el Cardenal Mazarino. Su caja de galletas es suficiente para que su Excelencia sonría nada más verle. Durante le reunión el Viscomte aprovecha para entregarle en persona la invitación para su sobrina a la Gala y Baile de Carnaval del Salón Literario y otra invitación personal para el propio Cardenal con una nota de la anfitriona, la Comtesse Dusel, solicitándole el honor de ser su pareja para participar conjuntamente en el concurso de disfraces. A la salida del encuentro, el viscomte busca al recién nombrado Teniente General de Policía para felicitarlo personalmente por su nuevo cargo. Vacila durante un instante al ver al recién nombrado, pero finalmente la etiquette puede más y se adelanta a estrechar la mano de su enemigo regimental.
-Monsieur -dice con voz seria-, sin sarcasmos ni rencores os felicito por vuestro nombramiento. Ahora tendréis que demostrar que estáis a la altura...
-No os quepa duda de que así lo haré, monsieur -responde André du Guerrier-. Y gracias.
Tras lo cual, con una leve inclinación de cabeza, ambos se separan y echan a andar en direcciones opuestas.
* * *
El estreno en le Théatre Royale fue, sin paliativos, un verdadero desastre. Francesco Maria Broglia y Renné Gade, acompañados respectivamente de Claire Lagaine y Eléonor d'Yberville, se dedicaron a lanzar pullas despiadadas contra la compañía de actores que, contra viento y marea, ponían todo su empeño (que no era mucho) en rescatar aquella pieza teatral que, más que una pieza, era un cacho: un cacho roto de algún desperdicio que alguien había abandonado en un terraplén. Las dos damas que los acompañaban, hartas de tal desatino y llenas de vergüenza ajena, abandonaron el palco al poco rato, dejando a los dos caballeros abandonados a su suerte en aquel desperdicio.
-Los hay con suerte -dijo le Baron de Broglie.
-¿Por qué lo decís? -preguntó el recientemente nombrado Comte Nadé.
-Nuestro querido Cael de Rouen estaba demasiado ocupado con la renovación de su cargo de Inspector General, así que se ha librado de este desmán.
-¿Seguro que no hizo uso de su prebenda como Ministro de Estado para asistir a los ensayos, y vio la que se avecinaba?
La respuesta vino acompañada de una sonora carcajada.
-¡También podría ser!
* * *
Las tres mujeres se adentraron en el bosque cuando el alba apenas lograba quebrar la escarcha. Llevaban las manos entumecidas y los hábitos remendados, pero caminaban con una paciencia aprendida en el silencio y la oración. El invierno estaba siendo frío y las despensas debían rellenarse con algo.
La más joven fue la primera en agacharse junto a un tronco caído. Apartó la nieve con cuidado y sonrió al descubrir unas hojas verdes, resistentes al frío. «Aún viven», murmuró, como si no quisiera asustarlas. La de mediana edad, más atrás, arrancó unas raíces finas que conocía bien: no sabían a mucho, pero calentaban el cuerpo cuando se hervían despacio. El aire olía a tierra húmeda y a corteza helada. Entre rezos casi inaudibles, encontraron también unas bayas secas olvidadas por los pájaros y un puñado de setas duras, escondidas bajo la hojarasca. No era un festín, pero bastaría. La anciana era casi ciega y caminaba despacio, guiándose por la voz de las otras dos y dando palos al suelo con una vara para evitar tropezar:
-Huele a muerto- dijo tras olisquear el aire con su nariz aguileña.
Las otras dos dejaron lo que estaban haciendo y vieron como la anciana señalaba con la vara una dirección. La joven brincó y casi corriendo se acercó hasta alcanzar una hondonada. Allí, en la parte más profunda, había algo parecido a una fosa cubierta donde en algún momento las bestias habían escarbado hasta alcanzar lo que podría haber sido un pequeño refrigerio, ahora más bien un esqueleto. Ahogó un pequeño grito de sorpresa. Pronto se le acercó la de mediana edad, más experimentada, que se detuvo a echar un vistazo. Dedujo que era el esqueleto de un hombre mediano, con un cráneo de considerable tamaño y tumbado sobre lo que podría haber sido una manta de piel. El resto de las ropas estaban demasiado hechas jirones como para reconocer algo.
-Es imposible que olieras nada -le dijo a la anciana-. Éste lleva demasiado tiempo muerto. Apenas le queda algo de carne seca en los huesos.
-¡Yo sé lo que me digo! -protestó airada- Mi olfato no me engaña.
-Ay, pobre -dijo la joven muchacha-. ¿Quién sería?
La anciana entrecerró los blancos ojos, como si aún pudiera ver, y empezó a refunfuñar vagamente, como si de su boca tuviera que salir una palabra que se negaba a revelarse.
-No me viene nada -se encogió de hombros.
-Vayámonos antes de que nos encuentre alguien y nos echen la culpa a nosotras -sentenció la de mediana edad, más sensata.
Las mujeres se alejaron del lugar al ritmo de la anciana, que se cogió del brazo de la más joven hasta encontrar el camino que las llevaría fuera del bosque, contentas porque en la cesta había algo para comer.
* * *
Segunda semana
Finalmente, después de una semana acampado frente a la mansión de los Fablet, una doncella, distinta de la anterior, abrió la puerta e hizo saber a Alain Derrengué que su señora se encontraba lo bastante restablecida de cuerpo y ánimo como para recibir visitas. "De todas formas, sed breve", remató.
Asintiendo con un gesto, Alain se dejó acompañar hasta un pequeño salón donde Violette Fablet, pálida y postrada en un sillón, le esperaba en silencio. Alain hincó la rodilla ante ella, besó una mano fría y falta de todo vigor, y dijo en voz queda:
-Mademoiselle, sé de vuestra pérdida y del dolor que os causa, más vengo aquí como vuestro humilde servidor para acompañaros en estas tristes horas. Tened en mi a vuestro amigo y compañero, un pobre remedo de lo que habéis perdido pero que espero poder remediar si confiáis en mi. Sabed, señora, que tendréis en mi el brazo donde poder apoyaros el tiempo que os sea necesario.
-Os lo agradezco, monsieur, pero ya veis en qué estado me hallo. Perdí mucha sangre que aún no he recuperado, y con ella se fue mi voluntad de vivir -no quedó claro si con "ella" se refería a la sangre perdida o a su difunta amiga, y Alain, discreto, no quiso insistir-.
-Mademoiselle, supongo que ya sabéis que la próxima semana se celebrará un funeral por el alma de mademoiselle Cornamusa. Disculpad mi indiscreción, pero ¿cuáles son vuestras intenciones al respecto? El motivo de mi pregunta es ofreceros mi brazo y mi carruaje para suplir vuestras fuerzas allá donde éstas no lleguen, en caso de que decidáis asistir.
-No podría faltar... -dijo con un hilo de voz-. Monsieur, acepto agradecida vuestra oferta.
De repente, casi por sorpresa, la doncella apareció detrás de Alain y le agarró suavemente de un brazo:
-Monsieur, mademoiselle Fablet está ya muy fatigada. Os ruego me acompañéis y la dejéis reposar.
Sin más palabras, el caballero hizo una reverencia y siguió a la doncella hasta el exterior.
* * *
El carruaje de los Castelmore, engalanado con flores y lazos de manera primorosa, hace parada en casa de mademoiselle Marie Dupont. En su Interior la Comtesse Dusel y la Viscomtesse Castelmore la acogen con alegría. El Viscomte y el pintor oficial de Luis XIV, Charles Le Brun, van a caballo junto a la calesa, y un carromato con dos criados del Viscomte sigue al coche de caballos. La comitiva llega a la abadía donde Hércule Delaveau y la hermosa Anne Gramme se unirán en matrimonio. Llegan pronto pues, como padrino, el Viscomte quiere ayudar a que todo salga perfecto además de apoyar al nervioso Hércule. En la capilla de la abadía esperaban
Alain de la Débâcle con Adèle Féraut, du Guerrier con Christine Daé, Bernille Nienau con Élise Leclerc, le Viscomte de Castelmore con Ingrid Svensson, el Barón de Broglie con Claire Lagaine, Léo Hardy le Castel con Catherine Dubois, Phillipe Le Clothes Du Lacoste con su hermana Lucille, Le comte de Gade con Eléonor d'Yberville y Thibaut Cul-de-sac con Madeleine Dubois. Obviamente, también el padre Marcel du Calais para oficiar la ceremonia.
Charles pide disculpas a Hércule por invitar, haciendo uso de su prerrogativa de padrino, a las damas como "damas de honor" para que acompañen a Anne. El carruaje con la Comtesse Dusel y mademoiselle Marie Dupont va a recoger a la novia para acompañarla al altar. Ingrid y Charles acompañan en la espera al novio dentro de la Iglesia. Le Brun toma esbozos de todo en un pequeño cuaderno; parece encantado con la idea de encargarse de hacer un reportaje gráfico de la ceremonia.
Tras el emotivo enlace nupcial, ya en la residencia de los Delaveu, los Viscomtes de Castelmore piden al pintor oficial de Luis XIV que haga entrega del retrato encargado como regalo de boda. Los criados del Viscomte tras sacar el paquete del carromato lo apoyan sobre la mesa del gran salón. Le Brun pide a la novia que desenvuelva el cuadro ella misma, como regalo que es, y acto seguido los criados lo colocan de pie para que todos los asistentes puedan contemplar la magnífica obra.
Pero no fue éste el único regalo que recibieron los novios: el Mayor le regaló al novio una baraja de naipes, a la novia un lujoso ramo de flores, y a la pareja una Biblia y una botella de un excelente vino. Por su parte, Gade regaló una mantelería con los escudos de armas de ambas familias.
Antes de terminar la recepción, Anne Gramme pidió un momento de atención. Los invitados e incluso el flamante marido la miraron sorprendidos: no es nada usual que la novia pida la palabra en una boda. Sin embargo, ante el gesto aprobatorio de Hércule, Anne pronunció las siguientes palabras:
-Mes amis, quiero agradeceros a todos vuestra presencia aquí, pero también quiero tener un recuerdo para un amigo de la infancia gracias al cual puedo estar hoy aquí, y que sin embargo ya no está entre nosotros. Quiero que todos levantemos nuestras copas en honor y recuerdo de alguien que no hizo sino el bien: Tessier, comte de Dusel. Gracias mon cher ami -levantando su copa al cielo- y gracias comtesse -dirigiéndose a ésta- por todo lo que habéis hecho por mí desde que tengo memoria.
Tras lo cual, con los ojos húmedos, agachó la cabeza con modestia ante el aplauso que todos dedicaron al Comte Dusel.
* * *
15 de febrero del año del Señor de 1659
Hércule Delaveau se ha casado. Y celebramos el acontecimiento en su casa, los sospechosos habituales: Gade, Du Guerrier, Le Clothes, Broglia, Batz-Castelmore, Le Castel, Cul-de-Sac, Nienau... Y el padre Marcel. Intento beber con moderación, pero no hay manera. Estoy viviendo una montaña rusa de emociones: mi relación con Adèle, la muerte de Hyazinthe, la pérdida de mi criado... Pero como que no está el ministro de Estado, esta vez no vomito, sino que salgo airoso de la prueba contando algún chiste que ahora no recuerdo.
La semana que viene será el funeral de Hyazinthe, que oficiará nuestro buen padre Marcel. Me ha hecho saber (bueno, él y también ese inquieto fronterizo que es ahora Montoya) que Hyazinthe me dejó un regalo muy especial. Espero darle el mejor de los usos en un futuro próximo.
* * *
Tercera semana
Los jardines del Palacete de los Castelmore parecen haberse convertido en los astilleros Reales. Lo que empezó con unos maderos y varios tablones a inicio de semana, se ha transformado en el casco de un navío con quilla y mástiles. El mismísimo Molière dirige la construcción con varias escuadras de carpinteros y artesanos contratados por el Viscomte. Los actores piden redes, cuerdas, telas y un sinfín de complementos para ir probando acrobacias y movimientos sobre el barco. La tarima de la cubierta va a ser espectacular según los comentarios del dramaturgo. Varios mecánicos están incorporando ruedas y engranajes para que toda la estructura pueda girar y moverse.
Mientras, en el interior de la residencia, los preparativos son supervisados por Ingrid Svensson, la Viscomtesse de Castelmore, y Anne Lefèvre, Comtesse de Dusel, también como coorganizadora acude a la preparación Daphée Bourtagre. La orquesta realiza el ensayo general junto a la solista principal. Tambien se prepara los sonetos y su disfraz de Euterpe, la musa de la música y la poesía lírica y su acompañante el pintor oficial de Luis XIV Charles Le Brun también se prueba su disfraz de río Estrimón para ultimar todos los detalles.
El Par de Francia y miembro de la Académie Française César d'Estrées acude acompañado por las mademoiselles Marie Dupont y Magdalène Vien para ayudar con los preparativos, en concreto degustar las opciones de menú elaboradas para la cena de carnaval. Al asomarse a los jardines el siempre socarrón César d'Estrées exclama con emoción: "¡Charles, estáis construyendo el Arca de Noé! ¿Tenéis información fidedigna de cuando será el nuevo diluvio universal?" Todos ríen con la ocurrencia, pero a la vez quedan ensimismados ante las acrobacias sobre el barco de los miembros de la compañía teatral.
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En la abadía de Saint-Martin des Prés, una numerosa concurrencia de damas y caballeros acudieron a la misa de difuntos por el alma de Hyazinthe-Ambroisie Cornamusa, oficiada por el padre Marcel du Calais. Uno de los primeros en llegar fue Alain de la Débâcle, junto a Adèle Féraut y Magdalène Vien; tenían varios asuntos que preparar antes de la ceremonia. Posteriormente apareció el portentoso Cole Campbell junto a Marianne Moreau, tristes y pensativos. Alain Derrengué llegó sirviéndole de bastón y apoyo a la afligida Violette Fablet, quien llevaba entre sus brazos la viola d’amore que mademoiselle Cornamusa le había dejado en herencia, como si aún estuviera abrazando a la mismísima Hyazinthe; Alain por su parte llevaba el legado que a él le había correspondido: el manuscrito de una sonata compuesta para laúd y violín a la melodía, y un cifrado armónico para viola d'amore y clavicémbalo. "Unus Mundus" se llama la obra, y consta de cuatro movimientos: el primero, titulado "Lemniscata", es un allegro que culmina en allegro vivace, le sigue un cantábile que lleva por título "Mujer caminando en un bosque exótico", un tercer movimiento fugado a cuatro voces (sin título) y para terminar, la giga del Rey Pescador.
Al poco entró François Fronsac, en solitario y discretamente por uno de los laterales de la abadía, un poco adelantado a Armand Beaufort, que venía a su vez acompañado de Daphée Bourtagre. Luego Bernille Nienau llevado de la mano de Élise Leclerc, quien se había encargado de que su amado no se despistara con la hora. Cerca de la entrada esperaba Hércule Delaveau, C.d'H., al lado de Anne Gramme, observando a todos los asistentes y buscando con la mirada por si aparecía Olivier Montoya; se había molestado en escribir al Coronel Perrau del Quinto Regimiento de Fronterizos, intercediendo para que le concediera una semana de permiso. Se impacientó al ver que no estaba, aunque también se extrañó por la presencia de numerosos cadetes de la Gascuña que no atinaba a averiguar qué hacían allí. Dos o tres se animaron a entrar en la iglesia, pero la mayor parte deambulaba por la abadía de aquí para allá, como quien no tiene nada que hacer. Finalmente los últimos en entrar fueron los hermanos Le Clothes Du Lacostte por la entrada principal y Thibaut Cul-de-sac acompañado de Madeleine Dubois por el pórtico lateral. El padre Marcel ya daba indicaciones de que pronto comenzaría el oficio, así que Hércule se encogió de hombros y le dijo a madam Grame que no parecía que su carta hubiera tenido éxito. Entonces alguien llegó corriendo a toda prisa. Delaveu se giró esperanzado, pero resultó ser Léo Hardy le Castel, que se había retrasado porque no sabía donde estaba la abadía más prestigiosa de París. El Chevalieur d’Honneur cedió el paso al Barón y entró tras él con su dama, asegurándose de cerrar bien la puerta de la iglesia.
El sermón del padre Marcel du Calais se distinguió por hablar, entre metáforas, del valor de la vida, la amistad y la muerte, y de quien tiene el cielo asegurado por dar su vida por el prójimo, momento en el que una apenada Violette no pudo contener un sonido ahogado de dolor y ocultó su rostro entre los brazos de Alain Derrengué. El oficiante destacó también el valor de la tolerancia y el respeto que todos deberíamos tener para con los otros. Nadie podía saber cuales serían las circunstancias de la vida de sus semejantes, ni qué pesares y sufrimientos podían haber padecido en sus vidas, incomprendidos por sus propios vecinos. Recordó también los numerosos inventos de Hyazinthe-Ambroisie Cornamusa, que quizás servirían de inspiración para futuros científicos, con el fin de mejorar la vida de los franceses. Finalmente comentó que, aunque pocos lo supieran, mademoiselle Cornamusa se había ganado sus propias alas cuando ella misma se las fabricó, y que, aunque la materia tiene dificultades para salir adelante y pese a que aquello resultó en un trágico desenlace, las obras en la Tierra se ven recompensadas en el Cielo y que aquellas alas físicas se transformaron en unas angelicales con las que finalmente se elevó a buscar la compañía de las musas. Muchos creyeron que hablaba alegóricamente, más parece ser que alguno se sorprendió de las palabras del padre, pensando que revelaba algún acontecimiento pasado.
Llegó el momento de la plegaria eucarística y la mayor parte de los presentes se distribuyeron en dos columnas, una liderada por el padre Marcel y otra por uno de sus ayudantes. Uno a uno fueron recibiendo el cuerpo de Cristo para luego volver a sus respectivos asientos. Cuando le llegó el turno a Alain de la Débâcle, se sorprendió al descubrir que el ayudante del padre Marcel no era otro que Olivier Montoya, con su hábito de hermano lego, dándole una buena hostia en toda la boca. El trozo de pan ácimo se le hizo pesado en la lengua, procurando no masticarlo como manda el rito y dejando que se disolviera poco a poco en el paladar. El gascón había estado presente durante toda la ceremonia como oficiante menor, discretamente y sin que nadie se percatara hasta el momento de la eucaristía. Luego cantó uno de los salmos responsoriales, revelando un pequeño talento que nadie sospechaba que tuviera.
Al finalizar la ceremonia, el padre Marcel rogó que esperaran unos minutos mientras los músicos se preparaban. Tan sólo sería un dúo, pues la habitual violoncelista, la querida Violette Fablet, aún no estaba en condiciones de dar un concierto. Mientras los músicos terminaban de preparar todo, el padre Marcel, de forma muy discreta, se acercó a Violette e inclinándose hacia ella y en voz muy baja le dijo:
-Sé lo unida que estábais a Hyazinthe y se que nada puede ni podrá consolaros, os ruego aceptéis esto que traje del otro lado del océano -y le entregó un pequeño trozo de madera tallado, con una boquilla en un extremo-. Las gentes que allí moraban decían que hay que usarlo cuando la pena os ahogue y sintáis que no podéis más de dolor, soplad con todas vuestras fuerzas y el sonido de este trozo de madera cruzará cualquier distancia hasta llegar a ella, y entonces sabrá cuanto la echáis de menos y cuanto la quisísteis, y ella os abrazará el alma y os hará sentir mejor porque os daréis cuenta que allá donde esté os sigue queriendo y cuidando para siempre.
Violette Fablet, con los ojos llenos de lágrimas, tomó en sus manos el trozo de madera levantando los ojos hacia el padre Marcel, que con una ligera inclinación de cabeza la saludó para separarse de ella justo cuando los músicos estaban a punto de comenzar.
A los teclados del clavecín se dispuso Magdalène Vien y Alain de la Débâcle recogió su laúd, no sin antes pronunciar unas palabras:
-Sé que Hyazinthe frunciría un poco el ceño al escuchar la música que tocaremos. Ella era un espíritu libre y, en el fondo, profundamente alegre. Me hubiera reconvenido: «Alain, toca una tarantela y aleja las penas». Pero Hyazinthe ya no está con nosotros y a mí me deja dos cosas: vacío y tristeza. Con eso he pergeñado lo que escucharéis a continuación.
Y sin más preámbulo, Alain y Magdalène interpretaron una sencilla pero sentida marcha fúnebre en mi bemol menor. Alain, conmovido por la misa de réquiem, volcó sus sentimientos más tristes y melancólicos en las cuerdas de su laúd, grácilmente sostenido por el clavecín de Magdalène. Más de uno de los presentes no pudo retener las lágrimas, llevado de la mano de la melodía que envolvía toda la iglesia. El sonido traspasó las paredes y los pájaros del bosque dejaron de cantar al considerar que su canto no igualaba las bellas y devastadoras notas de la pieza musical. Tal fue el sentido pesar que acompañó a todos que el escocés Campbell, el mejor amigo de Hyazinthe, se levantó como un tiro, elevándose sobre todos los demás, y atravesó el pasillo central con paso firme y seguro hasta abandonar la iglesia. Y, pese a su porte, no emitió sonido alguno que pudiera enturbiar la marcha fúnebre del laúd y el clavecín.
Tras la ceremonia, se vio salir a Montoya de la iglesia; detrás de él, los pocos cadetes que habían entrado. Al cruzar la puerta, el resto de la compañía de gascones se les unió en silencio, y sin mediar palabra desaparecieron todos camino del Pirineo.
* * *
Cuarta semana
el Palacete Castelmore se ha decorado con guirnaldas de flores tanto el exterior como el interior, para la Gala y Baile de Carnaval del Salón Literario de Ingrid Svensson, la Viscomtesse de Castelmore, y Anne Lefèvre, Comtesse de Dusel. Como invitado especial está el Cardenal Mazarino, al que se le ha solicitado sea la pareja de la anfitriona la Comtesse de Dusel, y también la sobrina de éste, la joven y bella Maria Mancini, que acude en compañía de un apuesto joven sobre el que algunos especulan se asemeja mucho a su Majestad el Rey. El Par de Francia y miembro de la Académie Française César d'Estrées aparece junto a su ex-Majestad Cristina de Suecia. El ministro de Exteriores con su esposa, el Ministro de Justicia con su dama, El embajador de Suecia con su esposa, varios Embajadores con sus respectivas acompañantes, el cirujano Claude François Félix de Tassy junto a Marie Dupont... La lista parece interminable. Magdalène Vien y Fronsac acuden con el carruaje cedido por el Viscomte de Castelmore.
El Palacete está custodiado por los Mosqueteros del Rey, con un gran despliegue de medidas de seguridad. Todo el perímetro exterior se encuentra ampliamente vigilado para evitar que nadie pueda saltar los muros e introducirse clandestinamente en la fiesta. En las azoteas, varios mosqueteros con antorchas vigilan todos los aledaños con sus mosquetes dispuestos a disparar si fuera necesario. En el interior del recinto, un destacamento de Mosqueteros del rey disfrazados como guardias pretorianos del antiguo Imperio Romano, bien armados y dispuestos a evitar cualquier escándalo o alboroto, con la orden de trasladar educadamente al jardín a cualquier personaje que altere o haga alterar el normal devenir de la velada. En la puerta se requisan todas las armas a los asistentes, cambiándolas por espadas de madera o atrezzo teatral para evitar que nadie pueda entrar armado a la celebración. Lo mismo ocurre con las pistolas: se canjean por pistolas de latón sin más uso que el adorno. Si alguien acude sin disfraz o antifaz se le ofrecen máscaras y accesorios como plumas de colores, capas o túnicas, pues es requisito indispensable ir disfrazados o al menos enmascarados. Se solicita aportar la invitación personal al evento para poder entrar. Dentro de la residencia, los mosqueteros disfrazados de guardia pretoriana limitan el acceso a cualquier zona de la residencia que no sean las estrictas a la celebración: Gran Salón, salón de Baile, sala de banquetes y los jardines, que están bien iluminados y vigilados en todo momento. No se permite la entrada de animales de compañía, ni aludiendo que sea la posible pareja de baile ni como aderezo al disfraz. Ni tan siquiera plantas. Los objetos o posibles presentes quedan custodiados en una zona reservada cerca de la entrada, por lo que no se permite el acceso con nada más que el disfraz o vestido y, en su caso, las armas de atrezzo proporcionadas por la organización de los anfitriones.
El padre Marcel du Calais acude sin disfraz aunque con un desgastadísimo atuendo de misionero, y en la entrada le informan que sin antifaz no puede asistir al evento de Carnaval. Dos amables lacayos junto a una doncella le ayudan a elegir un antifaz entre las múltiples opciones ofrecidas por la organización. Tras dudar un poco, el buen presbítero opta por una máscara negra con pequeñas plumas azabache con destellos dorados. Ya dentro de los jardines, el padre Marcel, pensando que ya estaba libre de la imposición del disfraz una vez flanqueada la entrada, hace el ademán de ir a retirarse la máscara, pero un leve susurro le sobresalta. Es un guardia pretoriano que le llama muy amablemente la atención, advirtiéndole que en caso de quitarse el antifaz tendrá que verse obligado a acompañarle a la salida. Du Calais se ruboriza por completo al sentirse pillado en falta; suerte del antifaz que le permite ocultar y disimular su azoro. Ya no vuelve a tener la tentación de quitárselo durante toda la velada, es más, se deja llevar y disfruta como nunca, incluso llegando a tomar un par de sorbos de vino.
El maestro de ceremonias no es otro que Jean-Baptiste Poquelin, alias Molière, disfrazado de pirata; él y su compañía irán cambiando de disfraces y realizando actuaciones y malabarismos durante toda la velada.
Tras el baile de Carnaval y antes de dar el veredicto de la pareja ganadora del Concurso de disfraces por parejas, se ofrece un espectáculo en los jardines del Palacete: un barco de madera de dimensiones reales es tomado por la compañía teatral realizando una actuación singular, acompañados por la orquesta se izan las velas y los actores cantan y danzan por la cubierta del barco. Ataviados como piratas, realizando acrobacias y piruetas entre mástiles y velas. El barco se ha construido en los jardines del palacete con ruedas y engranajes para que pueda moverse y girar mientras los actores deambulan, bailan y brincan como si fueran la tripulación real del barco.
Tras esta maravillosa actuación y nuevamente en el salón de baile, el maestro de ceremonias (Molière), disfrazado ahora de Arlequín, anuncia los nombres de los ganadores del Premio Tessier Dusel al mejor disfraz de Carnaval por parejas [NOTA DEL REAL SECRETARIO: Para aumentar la intriga, el veredicto aparecerá en el siguiente fragmento 😜]
Ingrid Svensson, la Viscomtesse de Castelmore, y Anne Lefèvre, Comtesse de Dusel hacen entrega de los trofeos, unas estatuas en bronce de una máscara de carnaval (una para cada miembro de la pareja) con la inscripción «Premio Tessier Dusel al mejor disfraz de Carnaval por parejas». Tras esto, la pareja ganadora baila al son de la orquesta una pieza musical y seguirá el baile con todos los asistentes hasta altas horas de la madrugada.
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28 de febrero del año del Señor de 1659
La fiesta de carnaval que organizó Batz-Castelmore fue todo un éxito. Adèle y yo fuimos de los últimos en abandonar el palacete de los vizcondes. Y ya en el carruaje de vuelta a casa de mi dama, ella me recordó una metedura de pata por mi parte. La cosa es que estoy muy orgulloso de mi disfraz de sultán de la Sublime Puerta. Pero me sabe mal que casi nadie apreció el detalle de que las suelas de mis babuchas mostraban el mapa de Austria en el pie izquierdo y el de Rusia en el derecho. Por eso, cuando ya nos íbamos, entablé conversación con un elegante enmascarado (¿quién no lo estaba esa noche?) y animado por el vino, le mostré mis suelas, una tras otra. "He pisoteado media Europa para llegar hasta aquí -le espeté-, y no me importaría pisotear la otra media para regresar a casa". El caballero en cuestión me miró de arriba a abajo y se limitó a decir: "Interesante", y se alejó. Me volví hacia Adèle y vi que hacía esfuerzos para contener la risa. Me lo aclaró todo: "Alain, ése era nuestro ministro de Asuntos Exteriores".
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LA GRAN FIESTA DE CARNAVAL EN EL PALACETE SVENSSON/BATZ-CASTELMORE
Un concurso de disfraces en homenaje al conde Tessier Dusel. Con invitados sorpresa y alguna ausencia notable. Disfraces para todos los gustos, y disgusto para algún disfraz.
Por Didier Paspartout, redactor jefe de La Nouvelle Gazette.
Mi editor me ha encargado mi primer trabajo importante. ¡Y a fe mía que lo es! Una gran fiesta de disfraces organizada por nuestro ministro de Humanidades, a la que se espera que acuda lo más florido de la sociedad parisina y, por qué no, también elementos de nuestra pujante clase humilde, que no servil. El carnaval es una buena excusa para borrar por un día las necesarias barreras que permiten el ordenado funcionamiento del reino de Sa Majesté, a quien Dios guarde muchos años. (Ya preveo colleja por parte de mi editor, cuando lea esta breve pero necesaria introducción: ‘Al grano, Paspartout, al grano’, me dirá mientras me atiza. ¿Y quién es mi editor? Ah, por ahora prefiere mantenerse en un discreto segundo plano, hasta que los ejemplares de La Nouvelle Gazette se repartan por las calles de París).
En fin, llego al palacete Svensson/Batz-Castelmore con bastante antelación, porque mi editor me ha urgido a que escuche las amables pero inflexibles instrucciones del ministro de Humanidades. Charles Batz-Castelmore muestra una actividad febril, contando siempre con la inestimable ayuda de su esposa, la bella Ingrid Svensson. El vizconde me lleva a un aparte y me deja bien claro qué espera de mí: «Es importante que estéis en todas partes, que lo escuchéis y veáis todo, pero que en ningún momento ninguno de los invitados perciba vuestra presencia, mirada inquisitiva o, peor aún, que os vean tomando notas. ¡No vayan a pensar que sois del Cabinet Noir!»
Me deja para seguir supervisándolo todo. Es evidente que habrá invitados de mucho postín porque veo más mosqueteros del Rey por aquí que en su acuartelamiento. Se están disfrazando de pretorianos romanos y no puedo dejar de pensar lo divertido que sería ver aparecer a la Guardia del Cardenal con atuendo de partos o dacios. ¡Se iba a animar el baile! Aprovecho para pasar un momento por las cocinas y calmar tanto mi sed como mi estómago vacío, porque preveo una larga velada.
Cuando regreso al Salón, los primeros invitados ya han llegado y los vizcondes les reciben con suma cortesía. No es para menos. Por mucho disfraz que se ponga, servidor siempre reconoce la figura de nuestro Cardenal Mazarino. Ha venido disfrazado de león (nadie podría decir de este león que no es tan fiero como lo pintan). Su pareja es la viuda del conde Dusel, Anne Lefebvre, convertida en una pantera hermosísima. Dos firmes candidatos al premio de esta noche, me digo. Pero me llama más la atención la otra pareja que ha llegado con ellos: una hermosa joven disfrazada de la Luna, y que no es otra que María Mancini, la sobrina del cardenal. Le acompaña el Sol, un joven apuesto e imponente... ¿será quien pienso que es? Mi discreción me impide seguir elucubrando. Veo también a los embajadores de Suecia, padres de la anfitriona, que con ese peculiar gusto por el pescado en salazón y las ideas extravagantes, se han disfrazado de pordioseros. Cosas del lejano norte.
Poco después hace su entrada en el salón una pareja cargada de simbolismo (lo sé porque ellos mismos se explican ante los vizcondes cuando les reciben). Son el Amanecer Dorado (Christine Daé) y La Sombra Marcial (André du Guerrier, como no podía ser de otro modo). Su amigo y rival, el vizconde, le hace un pequeño comentario al oído y Du Guerrier se apresura a presentar sus respetos al Cardenal, a la condesa de Dusel, a la sobrina del cardenal, y al joven Sol que, como su nombre indica, está por encima de todo. El león con la pantera y la luna con el sol se han acomodado en un pequeño reservado del salón y varios pretorianos con pinta de mosqueteros no les quitan el ojo de encima e impiden que nadie les importune. No he mencionado, por cierto, que los anfitriones van disfrazados de campesinos de Bresse, región del nordeste de nuestro gran país. Me pregunto si eso tiene alguna intención oculta, porque nuestro ministro de Humanidades no da puntada sin hilo.
Los siguientes en llegar son los hermanos Le Clothes du Lacoste, Philippe y Lucille. Se han decantado por el tema animal, como el cardenal y la condesa Dusel. Él es un espigado cocodrilo y ella una amable mariposa. Creo observar que el cocodrilo mira con fascinación a la pantera en su reservado. Incluso que hace ademán de acercarse, pero la mariposa le señala con discreción la cohorte pretoriana que rodea cuerpos celestes y felinos y el cocodrilo se frena y se dirige a por una copa de vino.
Siguen llegando invitados: Cole Campbell y Marianne Moureau parecen haber pensado lo mismo que los anfitriones porque han optado por el tema nacional, en este caso escocés: él luce una gran capa roja y esgrime una lanza para inquietud de la guardia pretoriana (aunque sea pieza de atrezzo, en las manos de alguien como Campbell resulta igualmente amenazadora). Ella viste un traje azul que resalta aún más su elegancia natural. No acabo de discernir el nombre de los personajes que representan, pero suena a algo muy gaélico, eso es evidente.
Luego veo entrar a una pareja de ¿beduinos? Son ni más ni menos que el ministro de la Guerra, Renné Gade, y su esposa, Eléonor d’Yberville. Y en un alarde de coordinación, tras los beduinos entran el Sultán de la Sublime Puerta y su esposa favorita, Roxanna (Alain de la Débâcle y Adèle Féraut). El sultán se felicita ante el ministro de la Guerra por encontrar a un par de creyentes de la verdadera fe entre tanto infiel y Gade felicita al sultán por su afilado alfanje de cartón, para excusarse rápidamente y dirigirse al reservado donde está el Cardenal, que ya es el felino que más órbitas ha trazado alrededor del Sol, mientras éste contempla todo el espectáculo con elegante indiferencia. Ministro y cardenal intercambian pleasantries, que dirían al otro lado del Canal, vigilados a distancia por La Sombra Marcial (Du Guerrier) y por un campesino de Bresse que lleva dentro a todo un ministro de Humanidades.
Me sorprende que aparezca el Padre Marcel du Calais. No viene disfrazado, pero luce una sotana que conoció tiempos mejores y que como el páter me confiesa en un aparte, ha visto más mundo que muchos de los reunidos en la fiesta. Veo que el páter se va a por el sultán De la Débâcle; es sorprendente ver al turco besar con devoción la mano de un sacerdote católico. Du Calais le reconviene su elección errónea de profeta y dios único, pero le otorga su bendición.
Otra sorpresa: he visto llegar al ministro de Justicia y señora, al ministro de Asuntos Exteriores... Pero ni rastro del ministro de Estado, Cael de Rouen. ¿Qué le habrá impedido asistir a este gran acontecimiento social, más teniendo en cuenta que el mismísimo Cardenal Mazarino ha entrado en el juego?
Entrada triunfal de La Justicia (Magdalène Vien) acompañada de un verdugo con uniforme de lansquenete del siglo pasado (Fronsac) y que esgrime espadón que compite con la lanza de Campbell. Nueva agitación entre la guardia pretoriana, pero tras comprobar que el espadón es de cartón, se les permite el paso. Se forma un pequeño conciliábulo de esta pareja recién llegada con los Sultanes de la Sublime Puerta, que se disuelve en cuanto suena la música y aparece la troupe de Monsieur Poquelin, con disfraces de piratas disparatados. Ahora la fiesta empieza a entrar en su apogeo.
Quizá porque los piratas se han convertido en el centro de atención, a los invitados se les pasa por alto la llegada de ¡dos Apolos!, uno acompañado por una diosa y el otro por una musa. Son Hercule Delaveau, al que acompaña Calíope (Anne Gramme) y Armand Beaufort, emparejado con Afrodita (Daphée Bourtagre). Menos mal que nadie se presenta disfrazado de Hefesto (marido de Afrodita para quien necesite reverdecer sus conocimientos de mitología clásica). Armand y Hercule se miran con cierto asombro y parecen decirse: ‘Perdone, caballero, pero Apolo soy yo’. Pero el ambiente es festivo y relajado y al final las dos parejas se saludan con risas y se mezclan con los demás invitados.
La mitología clásica realmente ha hecho furor en este carnaval porque tras los Apolos hace su entrada Marte, dios de la guerra (¿no debería haber sido este el disfraz de Renné Gade?), acompañado de Diana Cazadora. Son Bernille Nienau y Elise Leclerc; Bernille entabla conversación con el vizconde Batz-Castelmore y luego se enzarza en una animada discusión con Delaveau y de la Débâcle. A este plumilla le parece que algo están planeando, pero no puedo acercarme demasiado sin llamar la atención.
Le toca el turno ahora a la commedia dell’Arte, porque se presenta un arlequín (Francesco María Broglia) acompañando ni más ni menos que a la reina Cleopatra (Claire Lagaine). Y detrás de ellos viene Pierrot con Colombina (el par de Francia, César d’Estrées con la ex reina de Suecia, Cristina). Los piratas disparatados de Poquelin les rodean y cubren de zalamerías, para deleite de propios y extraños. En estas que aparece en el salón Euterpe, que reparte entre los invitados unos pergaminos que llevan escritos poemas que animan a la danza y a la alegría. Se inicia así el gran baile de Carnaval y este corresponsal es testigo de la destreza de algunas parejas en la danza, junto a la torpeza de otras... Pero a estas alturas de la fiesta a nadie le importa mucho lo bien o lo mal que lo está haciendo el de al lado.
Hay una sorpresa más: el ministro de Humanidades ha hecho construir un barco en sus jardines, para que los piratas disparatados de Poquelin deleiten al personal con acrobacias, canciones y chuflas generalizadas para con los invitados. Terminada esa función, todos regresan al calor de los salones (recordemos que esto es París y estamos en febrero), donde se va a declarar la pareja ganadora del concurso de disfraces.
Antes de hacer entrega del premio a los ganadores en compañía de Ingrid Svensson, Anne Lefèvre pronuncia unas emotivas palabras en recuerdo de su marido, el conde de Dusel: «Pienso en Tessier cada día, cada hora, cada minuto... Y me siento reconfortada al ver que sus buenos amigos han decidido recordarle con esta fiesta, alegre, como lo fue él en vida. Os doy las gracias y estoy convencida que, desde lo alto, Tessier nos contempla y agradece también esta fiesta en su honor».
Me doy cuenta de que algunos caballeros estaban esperando este momento, porque se adelanta de entre los invitados Alain de la Débâcle, alza su copa y exclama: "¡Por el conde de Dusel, ahora y siempre!" Los demás presentes responden con rotundidad: "¡Tessier Dusel, ahora y siempre!" La condesa de Dusel reprime unas lágrimas y se refugia un instante en los brazos de su amiga Ingrid. Pero se repone enseguida y, ahora sí, el vizconde de Castelmore abre un sobre lacrado y procede a leer:
Los ganadores del concurso de disfraces en homenaje al Comte de Dusel son:
- En primer lugar y como ganadores, el Nº 12: León y Pantera, Su Eminencia el Cardenal Jules Mazarin y la Comtesse de Dusel. Pareja de disfraces acorde, diferenciales, originales, bien detallados.
- En Segundo lugar el Nº 16: Euterpe y Estrimon, el pintor Charles LeBrun y Christine Daé7. Muy cerca del primer lugar, pero la originalidad de los primeros y el riesgo de disfrazarse así hacen que éstos se queden con el 2º puesto.
- Como premio Accesit, la pareja Nº 17: ¡Mendigos!, Su Excelencia Erik Svensson, embajador de Suecia, y su esposa Frida. Por su osadía, por romper moldes, por no querer ser "más", sino "menos", salirse de la zona de confort y arriesgarse a ser expulsados por su buena y real apariencia.
La condesa de Dusel y la vizcondesa de Castelmore hacen entrega de los premios a la pareja ganadora y se pide a ésta que inicien el baile final de la fiesta. Es entonces cuando me doy cuenta de que hace ya rato que no veo ni al león satélite del Sol, ni al astro rey, ni a su luna. Y que los pretorianos están notablemente más relajados que cuando estos tres personajes estaban presentes. Batz-Castelmore, que no pierde comba, me mira desde un corrillo de caballeros, y creo que me guiña el ojo tras su máscara, al tiempo que alza brevemente su copa.
Baste añadir para cerrar esta crónica que la fiesta se prolongó hasta la madrugada. Dios me libre de opinar si nuestra clase dirigente nos gobierna bien o mal, pero, a fe mía que saben divertirse.
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EL CABALLERO DEL MES
El título de Caballero del mes corresponde a:
Hércule Delaveau
Por su matrimonio
EL PATÁN DEL MES
El título de Patán del mes corresponde a:
Olivier Montoya (¡Y por unanimidad!)
Este mes, por primera vez todos los votos han ido al mismo personaje. Motivos, todos más o menos los mismos, pero me ha gustado particularmente el que finalmente he puesto como cita al principio de la crónica.
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NOMBRAMIENTOS HABIDOS ESTE MES
- Renné Gade ha sido nombrado Auditor General de Finanzas (C07)
- André du Guerrier ha sido nombrado Teniente General de la Policía (C09)
- Cael de Rouen ha sido nombrado Inspector General de Caballería (M03)
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ANUNCIOS DE PRESENTACIONES A CARGOS
- Charles Batz-Castelmore anuncia que se presentará a Ministro del Bienestar (C06)
- Cael de Rouen anuncia que se presentará a Mando del 1er. Ejército (M02A)
- Thibaut Cul-de-sac anuncia que se presentará a Aide de chambre de Mariscal (M12)
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------------ Inicio de la estación de PRIMAVERA ------------
CARGOS PARA EL MES DE MARZO
| Cargo | Requisitos | N.S. mínimo | Quién nombra |
| Ministro del Bienestar | Brgder. o Baron | 10 | Min.Estado |
| Ayudante General | General o superior | 8 | Maréchal France |
| Jefes de Ejercito | General o superior | 10 | Maréchal France |
| Aide camara Maréchal | Teniente Coronel | 6 | Maréchal France |
| General capellán | Arzobispo | 13 | Maréchal France |
| Jefes de Brigada | Brigadier General | 6 | Inspectores Generales |
CARGOS PARA EL MES DE ABRIL
| Cargo | Requisitos | N.S. mínimo | Quién nombra |
| Jefes de División | Tte.General o superior | 8 | Aide General |
| Aides de Ejercito | Coronel | 5 | Jefes Ejércitos |
| Mayores de Brigada | Mayor | 3 | Jefes Brigadas |
| Quartermasters | Brigadier General | 6 | Jefes Ejércitos |
| Administrador diocesano | Obispo | 12 | Cardenal |
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AGRADECIMIENTOS
- A Víctor por el relato de la campaña militar.
- A José por los fragmentos de diario de Alain de la Débâcle.
- A David por el fragmento de la boda.
- A David y José por los dos fragmentos del carnaval; son tan completos cada uno a su manera que no me he atrevido a fusionarlos en uno, y tan buenos que si lo hubiera hecho habría empeorado el resultado.
- A Víctor y Charli, por el funeral.
- A Xas, que se ofreció a hacer de "mano inocente desde fuera de la partida" para hacer de jurado basándose en una lista numerada y anónima de los disfraces presentados, de modo que escogió el disfraz ganador por su descripción sin saber de quién era... Hasta el punto de que todos los ganadores han resultado ser personajes no-jugadores 😆
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NOTAS DE LOS REALES SECRETARIOS
En poquísimas ocasiones he tenido el problema de encontrarme con un exceso de material; exceso en el sentido de que dos jugadores han escrito, separadamente, dos excelentes relatos del mismo acontecimiento. Lo que he hecho normalmente en estos casos ha sido unificar los dos relatos en uno, pero en este caso son tan buenos y tan distintos entre ellos que al hacerlo me los cargaría sin remedio, así que los he dejado tal cual. Espero que no os importe leer dos veces sobre lo mismo; de hecho, la literatura clásica china funciona muchas veces de esta manera, mediante lo que ellos llaman "ventanas", donde un capítulo narra unos hechos y el siguiente narra los mismos hechos pero desde el punto de vista de otro personaje (con esto no pretendo justificarme sino simplemente decir que no hemos inventado nada). Espero que lo disculpéis y no os importe leer dos relatos del carnaval, más la breve reseña del diario de Alain de la Débâcle.
FECHA LÍMITE PARA EL PRÓXIMO TURNO
El plazo de entrega del próximo turno finaliza el viernes, 3 de abril de 2026, a la medianoche (hora española peninsular).
¡Hasta pronto!
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