Preux et audacieux: Una partida de En Garde!®por e-mail

 

REAL CRÓNICA DE ENERO DE 1659
(Número 393)

Tengo que vivir dos vidas. La mía, y otra que debo.
Violette Fablet

ECOS DE SOCIEDAD

Primera semana

Mientras esperaba para su audiencia con el Cardenal Mazarino, el Ministro de Humanidades Charles Batz-Castelmore se acercó a saludar y felicitar por su renovación en el cargo al Ministro de Estado y al Ministro de la Guerra. Tras estar conversando con ellos de varias cuestiones y como realizar la reunión ministerial durante la tercera semana, el Viscomte de Castelmore tuvo el honor de ser recibido por su Eminencia el Cardenal.

Tras un breve encuentro muy cordial y el obsequio de dos cajas de orfebrería por parte del Ministro de Humanidades al Cardenal, el Viscomte le hizo entrega de dos invitaciones para el Salón Literario de la Comtesse Dusel y la Viscomtesse de Castelmore: "Una para Vuestra Eminencia y la otra para vuestra sobrina, la distinguida señorita Maria Mancini, al igual que las cajas que contienen galletas de mantequilla de nuestro obrador familiar. Estoy seguro que el Mayor du Guerrier, como miembro de la guardia de Vuestra Eminencia, estará encantado de acompañar, junto a su reciente esposa, a vuestra sobrina ya que ambos asistirán la tercera semana al Salón Literario", explicó el Ministro.

El Cardenal Mazarino abrió una de las cajas y degustó una de las galletas. Mientras comía una segunda se mostró encantado, no sabía si más por las galletas o por la idea de que por fin tendría una buena excusa para poder separar a su sobrina de su Majestad.

* * *

Adèle Féraut estaba en el gran invernadero de la mansión de sus padres, como cada mañana. Ese era su refugio y su reino, donde llevaba a la práctica y comprobaba muchas de las teorías que el estudio de la botánica le hacía elaborar. Apareció con cara de pocos amigos su criada y dama de compañía, Babette, que la había cuidado desde muy niña y se permitía con ella grandes familiaridades cuando no había terceros delante.

-Adèle, el caballero De la Débâcle ha venido y solicita veros.

-¿Alain? -Adèle se dio cuenta que a Babette no le hacia ninguna gracia que mencionara al susodicho caballero por su nombre de pila-. Quiero decir, ¿el Mayor De la Débâcle? Hazlo pasar. Y prepara un té con algunas pastas, que el día está muy frío y el caballero vendrá helado.

-Como gustéis, 'señora'.

A poco, Alain de la Débâcle entró guiado por Babette.

-Monsieiur De la Débâcle, no os esperaba hoy. ¿Ha sucedido algo? -preguntó Adèle.

Tras asegurarse de que Babette se había marchado a preparar el té, Alain, descolgó el laúd que llevaba a la espalda, se acercó a Adèle y besó su mano, dejando que sus labios se demoraran quizá un instante más de lo necesario. Miró a Adèle:

-Mademoiselle Féraut. No, no ha sucedido nada... Pero todo puede suceder -y sonrió con un punto de picardía.

-¿Vais a tocar una pieza para mí? No veo a vuestras compañeras de cuarteto... -ahora la que sonreía con picardía era Adèle.

-Señora, esto es para vos y sólo para vos y no estaría bien que nadie me acompañara en la empresa... Son los primeros versos de una canción que ya hace semanas que me ronda la cabeza.

-¿Una canción? No sabía que cantabais, monsieur.

-Yo tampoco...

Esta última frase de Alain provocó que ambos compartieran una sonora carcajada. Luego Alain templó su laúd, pulsó un acorde de Sol Mayor y el ambiente se cargó de tensión. Y Alain comenzó a cantar:

 
Por todo el camino
De mi barrio a vuestro barrio
Cómo convenceros
Venía yo pensando
Nunca se recibe
Sin dar nada a cambio
Yo daría mi vida
Por teneros en mis brazos...
 

Ahí, Alain dejó de tocar y miró otra vez a Adèle. -Alain... -él pensó que nunca nadie había pronunciado su nombre con tanta dulzura. -Adèle...

De pronto, un estruendo de platos y tazas rompiéndose contra el suelo les sacó del embelesamiento. Una Babette con cara de ¿sorpresa? se excusó con rapidez:

-Lo siento, señora. Una de vuestras enredaderas se ha escapado de su lugar y entorpecía el camino...

Adèle se le acercó sonriente y algo ruborizada.

-No te preocupes, Babette. Dile a uno de los criados que recoja todo esto. Y prepara otro servicio de té... Para tres, que te sentarás con nosotros en el salón de lectura.

Y cuando Babette salió, Adèle le guiñó un ojo a Alain y le dijo:

-Vais a tener que trabajar duro para conseguir la aprobación de mi querida Babette, pero viendo vuestra habilidad y tenacidad, estoy seguro de que saldréis airoso... Y me gustaría mucho saber cómo termina esa canción.

-Mi señora, el final depende completamente de vos.

Y Alain le ofreció su brazo a Adèle y salieron del invernadero.

* * *

París, 6 de enero de 1659

Mi muy estimado y reverenciado padre:

Espero que esta misiva le encuentre gozando de buena salud y fortuna, así como a madre y hermano.

Me dirijo a Vuestra Merced para darle cuenta de los acontecimientos más notables de esta última semana, pues bien sabe mi deber de mantenerle debidamente informado de nuestros negocios y asuntos.

Phillipe y yo tomamos un palco en el Théâtre Royale para presenciar el estreno teatral del mes, el cual resultó ser un estreno interesante. Tuvimos el honor de acompañar a Bernille Nienau y a su dama Élise Leclerc, quienes mostraron gran deleite con la representación. Fue una velada de conversación animada y refinada, como corresponde a personas de nuestra posición.

En lo que respecta a nuestra sastrería, he de informarle con satisfacción que se han renovado los contratos con el Théâtre Royale, lo cual asegura el continuo flujo de beneficios durante este año. Asimismo, deseo comunicarle que el negocio de las pelucas marcha excelentemente, reportando grandes beneficios.

En último lugar quisiera informar que la pensión que reciba Phillipe en vuestro nombre le sigue llegando tal y como indicasteis.

No tengo más que agregar, salvo mi más humilde y afectuoso saludo, rogando a Dios guarde su preciosa vida por muchos años.

De Vuestra Merced humilde y obediente hija,

Lucille Brigitte Le Clothes Du Lacostte Blanche Montfort

* * *

Segunda semana

En el Phillippe Le Rouge reinaba el bullicio habitual. François Fronsac, Armand Beaufort y Alain Derrengué, sentados a una mesa, compartían unas jarras. En ese momento, un cuarto personaje apareció.

-¿Puedo unirme a ustedes, mes amis?

-¡Capitán Montoya! -exclamaron todos-. ¡Qué agradable sorpresa! ¿Qué hacéis por París? ¿No estábais en campaña?

Olivier Montoya hizo un gesto displicente.

-Pedí una semana de permiso y, como a estas alturas ya deben estar bastante hartos de mí, me la concedieron sin ponerme demasiadas pegas. No tenía nada especial que hacer, pero me apetecía cambiar de aires, así que aquí estoy.

Mientras Montoya se sentaba, Alain Derrengué guiñó un ojo a los demás.

-Entonces... ¿Estamos todos?

¡ESTAMOS! -respondieron todos al unísono-.

¿Cual fronterizos?

¡CUMPLIMOS!

¿A las mujeres?

¡AMAMOS!

¡Pero ante todo...

...BEBAMOS!

* * *

París, 13 de enero de 1659

Al muy ilustre y siempre reverenciado señor mi padre, Paul Le Clothes Blanche:

Tengo la dicha de dirigirme nuevamente a Vuestra Merced, suplicando a la Virgen Santísima que guarde su salud y que sus negocios florezcan bajo la bendición del Cielo.

Me veo en la necesidad de abordar con Vuestra Merced un asunto de suma delicadeza: la conveniencia de que mi hermano Phillipe contraiga matrimonio con alguna dama de condición apropiada. Tras madura reflexión y algunas indagaciones, he de presentarle mis consideraciones sobre diversas candidatas que han cruzado nuestro camino en estas semanas.

En primer lugar, debo precisar que Élise Leclerc, a quien Vuestra Merced conoce de mi primera carta, es simplemente amiga y conocida nuestra, estando actualmente comprometida con Bernille Nienau, por lo que queda totalmente descartada para los fines que aquí nos ocupan.

He considerado asimismo a Daphée Bourtagre, joven de notoria belleza cuya familia comercia en vinos. Sin embargo, sus negocios, si bien decentes, no generan la riqueza que inicialmente se suponía. Además, debo mencionar que he escuchado una vulgar frase que dice: "Donde tengas la olla, no metas la..." —cuya conclusión Vuestra Merced deducirá fácilmente—. Por tanto, recomiendo encarecidamente mantener con los Bourtagre únicamente relaciones comerciales y sociales, jamás familiares, por si acaso surgiese la tentación de unir nuestros linajes.

Respecto a Marie Dupont, dama que mostró interés en Phillipe tras su exhibición en el Salón Literario, debo informarle que tras investigar discretamente su reputación y circunstancias, he concluido que no parece ser lo que mi hermano necesita. Presiento que sus intereses no son enteramente compatibles con los de nuestra casa, aunque callo los detalles por escrito.

He aquí, empero, una candidata que merece seria consideración: Magdalène Vien. Dicha dama es de notable riqueza y goza de alta estimación por su asidua asistencia a las audiencias del Parlamento de París, lo cual denota cultura y ambición. Podría constituir excelente partido para Phillipe, si bien debo señalar que fue anteriormente pareja de Charles Batz-Castelmore, quien como Vuestra Merced sabe es Ministro de Humanidades y figura eminente del Salón Literario. No sé si tal precedente represente obstáculo insalvable, mas considero prudente ponerlo en su conocimiento.

Confío en recibir pronta respuesta de Vuestra Merced con su dictamen sobre estas candidatas, pues continuaré buscando otras posibles damas de la corte mientras tanto, si bien desearía no actuar a contrapelo de sus deseos en tan delicada materia.

Por último, y cambiando de tercio, he de comunicarle que para el próximo mes planeo diversas actuaciones en beneficio de Phillipe: solicitar su ingreso formal en el club L'Épée d'Or (pues hasta ahora ha accedido como invitado), buscarle un nuevo cargo en otro regimiento que le distraiga de su enemistad con Cael de Rouen, y procurarle conocer más damas de la corte en eventos selectos. Todo ello, naturalmente, previa aprobación de Vuestra Merced.

Antes de concluir, debo mencionar a Vuestra Merced que, por mi parte, aún no he encontrado ningún candidato digno de consideración como esposo. He observado a diversos caballeros en estos eventos, mas ninguno reúne las condiciones que estimo indispensables. Prefiero ser paciente y permanecer en mi estado actual que precipitarme en una unión desacertada. Confío en que Vuestra Merced respete mi criterio al respecto.

Me tomo la libertad de suscribirme, con filial respeto y obligada sumisión, la de Vuestra Merced,

Lucille Brigitte Le Clothes Du Lacostte Blanche Montfort

* * *

Y por fin llegó, tras tan larga espera, sobre todo por parte de Christine Daé, la fecha del enlace matrimonial entre la dama y su amado du Guerrier. La ceremonia tuvo lugar en la abadía de Saint-Martin des Prés, la más prestigiosa de París. A monsieur Du Guerrier le habría gustado celebrarla en Nôtre Dame, pero el padre Marcel du Calais, que iba a oficiar la ceremonia, le expuso un inconveniente insalvable: "Para que me permitieran oficiar en Nôtre Dame tendría que ser obispo, y aún me falta mucho. No creo que mademoiselle Daé quiera esperar más", concluyó con una sonrisa irónica. De todas formas, el Mayor se dio por satisfecho tras visitar la abadía y su hermosísima capilla.

La ceremonia fue sobria y solemne, sin lujos superfluos ni estridencias innecesarias, tal y como era el deseo del Guardia del Cardenal. La novia con un bellísimo vestido lleno de encajes y puntillas, y él obviamente con el uniforme de gala de su Regimiento. La capilla se vio atestada de invitados, y entre tanta multitud nadie reparó en una figura cubierta con una capa y capucha que, apoyada en la pared del fondo, observó en silencio la ceremonia sin perderse detalle. Cuando los asistentes empezaron a salir, el encapuchado ya había desaparecido discretamente.

A la puerta de la abadía, como es tradición, los novios encontraron un pasadizo de honor formado por los Guardias del Cardenal con sus rapiers en alto. El momento de cruzarlo fue una de las rarísimas ocasiones en que se ha visto sonreír al Mayor a lo largo de todos estos años.

Acto seguido la comitiva se dirigió a la mansión de la pareja, donde se disfrutó de bailes, música y un opíparo banquete en el que se estrenó la extensa y lujosa cubertería con su escudo de armas grabado que recibieron como regalo de Renné Gade; aparte de ésta, la feliz pareja recibió otros regalos con alguna sorpresa para los novios que el lector descubrirá un poco más abajo.

* * *

En el Palacete de los Viscomtes de Castelmore se realizaban los preparativos para el salón literario de la tercera semana del mes. La Viscomtesse de Castelmore y La Comtesse de Dusel coordinaban con minuciosidad hasta el más mínimo detalle. Mientras, el Viscomte recibía al arquitecto Luis Le Vau, el pintor Charles Le Brun y el paisajista André Le Nôtre, los tres trabajaban en la construcción del Palacio de Vaux-le-Vicomte. De hecho, desde septiembre de 1658 el pintor Charles Le Brun vive instalado en el palacio, ya que debe pintar y decorar todas las estancias con frescos en techos y artesonados. Al parecer la reunión fue satisfactoria, pues los invitados y el Mayor de los Mosqueteros del Rey se mostraron satisfechos y se emplazaron para la tercera semana en la reunión del Salón Literario.

Tras avisar a su esposa y a la Comtesse de que deberían tomar un receso e ir a visitar a los recién casados, decidieron subirse al carruaje de los Viscomtes. Mientras se dirigían hacia la residencia de los du Guerrier, continuaron comentando las dos anfitrionas pormenores sobre la preparación del Salón Literario. A su llegada fueron recibidos por el nuevo matrimonio André du Guerrier y Christine Daé, saludando también al resto de invitados a la recepción. Dos lacayos de los du Guerrier descargaron del carruaje de los Castelmore una caja con sumo cuidado. Con delicadeza colocaron el regalo de boda en el centro del salón, sobre una gran mesa. Al desarmar la caja un maravilloso y reluciente reloj de péndulo fue la admiración de todos los presentes. El Viscomte dio una breve explicación del artefacto:

-Es obra del matemático Christiaan Huygens, lo inventó y patentó hace apenas dos años; le encargamos uno para vosotros y si os fijáis hemos hecho grabar las iniciales. Mi idea era poner G. C. Para que os hiciera la ilusión de que se refería a Guardia del Cardenal, pero Ingrid no aceptó poner la G de vuestro apellido, así que ha quedado A. C., las iniciales de vuestros nombres.

El comentario del Viscomte consiguió hacer reír a los asistentes mientras Christine Daé se fundía en un abrazo con Ingrid Svensson. Tras tomar un breve refrigerio con los anfitriones, los tres se excusaron por tener que marchar para proseguir con la preparación del Salón Literario.

NOTA ACLARATORIA DEL REAL SECRETARIO: Esta breve visita para entregar el regalo fue consignada como "jugada corta" en el turno de David, y por eso los que hayáis asistido a la boda no veréis en vuestra ficha el alterne con Castelmore ni los puntos de status correspondientes; David me pidió permiso para hacer entrega del reloj como jugada corta a los simples efectos de crónica, ya que su jugada larga esa misma semana iba por otro lado.

* * *

El cielo sobre sus cabezas comenzaba a clarear, tras otra larga vigilia de infructuosa búsqueda, cuando el familiar del Santo Oficio les alcanzó. Venía corriendo, casi sin aliento pero no por la carrera si no por la emoción de la caza. A todos en la cuadrilla les brillaron los ojos, y algún que otro diente de oro, bajo la lumbre de las antorchas que portaban. La bruja había sido vista en las Vignes du Clos Montmartre y en esos momentos seguramente ya habría sido prendida pues un alguacil y media docena de hombres habían salido en su persecución, claro que no estaban muy lejos y, si corrían un poco, podrían llegar a tiempo para participar en la detención y llevarse algo de mérito, después de una semana dando palos de ciego, con los consiguientes sermones y reprimendas diarias del Monsignore en cada eucaristía, semejante triunfo final era la más que merecida recompensa a tantas horas de celo insomne.

Las campanas de las iglesias repicaban llamando al oficio de laudes, al despuntar la aurora vestida con un resplandor neblinoso que se proyectaba sobre los viñedos cubiertos por la escarcha. Al llegar al pie de la colina pudieron ver que no era solo una, si no dos brujas las que huían. Gracias a Dios, nada menos que siete hombres sin miedo, armados con mosquetes, las perseguían sin tregua y parecía que, a pesar de los esfuerzos de aquellas dos adoradoras de Belcebú por alcanzar el macizo boscoso de la cima, caerían sobre ellas mucho antes de que lo lograran. El alguacil del Santo Oficio, al que todos conocían por su intachable reputación de hombre docto y piadoso, era un veterano cazador de brujas y demonios, caballero de edad avanzada aunque no tan anciano como parecía, pues su cuerpo maltrecho, y en particular sus escuálidas piernas estaban muy castigadas por los duros años de servicio en los peores frentes de batalla contra las fuerzas del Maligno, habiendo recorriendo los caminos de toda Francia cuan grande es en busca de herejes e insidiosas mujerzuelas, y había quien decía que en realidad era un hombre muy rico, pese a no hacer jamás ostentación de su fortuna. Aquellos seis hombres que lideraba eran sus seis hijos. El patriarca se había quedado rezagado respecto al resto de los perseguidores, a buen seguro de que esas almas descarriadas no tendrían escapatoria, observando complacido a sus valientes vástagos en acción, apoyado en una estaca, mientras esperaba pacientemente la inevitable conclusión de los acontecimientos en la linde de los cultivos, a muy poca distancia de los recién llegados, y alzó una mano al verlos aparecer como si quisiera indicar que no eran necesarios sus esfuerzos. Pero se equivocaba, o eso pensaron los hombres de la cuadrilla un instante más tarde, del primero al último de ellos, al escuchar una especie de roncón intermitente que reverberaba en el aire gélido de la mañana, similar a la respiración de un ser monstruoso cuyas dimensiones habrían de ser formidables, y que parecía venir de lo alto de la colina, estremeciéndoles de la cabeza a los pies al sentirlo, a la par que contemplaban los fogonazos que iluminaban los árboles entre los que comenzaba a alzarse una especie de criatura surgida del mismísimo Tártaro.

-¡Santa Madre de Dios, ayúdanos! -se santiguó el capitán de la cuadrilla según llegaba a la altura del alguacil-. ¿Qué es aquello que asoma en la colina, válgame Dios?

-¡Es... Un... ¿dragón?! -aventuró otro de la cuadrilla, a duras penas puesto que se le había desencajado la mandíbula en una mueca de fervoroso estupor.

-¡No seáis ceporros, pandilla de inútiles! ¿no sabéis distinguir un artefacto diabólico de una bestia satánica? ¡No es un dragón, idiotas, si no una máquina infernal, concebida mediante las malas artes y la falsa ciencia de Lucifer!-les contradijo secamente el alguacil.- Hace unas horas nos informaron de que pasaba algo raro en esa arboleda y nuestro informante no andaba errado, gracias sean dadas al Todopoderoso, por lo que podéis ver. Y lo que veréis a continuación será algo que podréis contar a vuestros nietos dentro de muchos años. Regocijáos, pues hemos venido preparados, esos mosquetes han sido bendecidos por Monseigneur Gril, son mano de santo contra las maquinaciones del AntiCristo. Mirad, y cantad conmigo las alabanzas al Señor... ¡El Señor está con nosotros! ¡Aleluya!

Y miraron sorprendidos cómo el artefacto flamígero aquel se elevaba sobre las copas de los árboles mientras el viejo alguacil continuaba sobreexcitándose y se ponía a vociferar los aleluyas. Dos de sus hijos más fieros y robustos les cerraban el paso a las perversas brujas en fuga, muy cerca ya del bosquecillo, al tiempo que sus hermanos descargaban el castigo divino de sus mosquetes contra la demoniaca abominación que había mostrado la increíble audacia de sobrevolar Montmartre al alba.

-¡Ya cae! ¿Lo véis? ¡Ya cae! -clamaba el santo varón agitando la estaca en el aire.

Todos los hombres miraban al cielo expectantes, el insólito horror se retiraba pues los proyectiles habían hecho mella en aquel demonio, las brujas estaban perdidas sin posibilidad de escape y ni el alguacil ni ninguno en la cuadrilla les prestaba atención, concentrados como estaban en su némesis volante, a excepción de uno de ellos, el familiar más joven del grupo, quien no dejaba de observarlas, mientras las mozas intentaban en vano rodear la arboleda que las separaba de la cumbre, pues el cerco en torno a ellas se estrechaba sin remisión. Entonces, el rostro del muchacho que contemplaba la escena, se torno más lívido de lo que ya estaba y su boca se abrió para decir algo pero no pudo, porque un nudo en la garganta le impedía articular sonido alguno. Nadie se percató de ello. Con la segunda andanada de fuego de mosquete, los hombres al pie de la colina recobraron el ánimo y, como guiados por un solo espíritu, comenzaron a ascender por la ladera, desgañitándose en vítores colina arriba, en dirección a sus compañeros, todos salvo el más joven. El muchacho permanecía inmóvil al lado del viejo alguacil, pero no miraba a las dos mujeres en la distancia si no a otra cosa, un trecho más allá del punto en donde éstas se encontraban atrapadas, los ojos clavados en Saint-Pierre de Montmartre o, más exactamente en la figura fantasmal de un misterioso jinete que, un momento antes, había entrevisto por detrás de los muros del priorato del convento y ahora cabalgaba al galope por la pendiente hacia los hombres que recargaban sus benditos mosquetes para una tercera ración de castigo canónico con la que desterrar de este mundo para siempre a la infame creación demoníaca de la bruja Cornamusa, ignorantes de la terrible amenaza que se les venía encima, creyéndose tan cerca de la victoria.

Tal cual si el Ángel de la Muerte se hubiera ataviado con ropajes y armadura de caballero, pues de un jinete pálido se trataba, su montura, nívea como la escarcha que cubría el parral, vestía igualmente barda protectora y gualdrapa del mismo color, como argentina era la coraza del jinete, así como el yelmo coronado con astas de ciervo, todo en ese demonio irradiaba blancura a excepción del emblema de una cruz con una rosa en su centro, ambas de un rojo intenso, destacándose notablemente en mitad del pecho. El joven aprendiz de cazador de brujas hizo acopio de toda su fuerza de voluntad y de su inquebrantable fe en el Monsignore y en Dios, atinando al fin en desbaratar el nudo de su garganta, con la intención de advertirles en el último momento. Por desgracia la voz de alarma quedó ahogada por otra tanda de disparos, de manera que solo pudo escucharle el viejo alguacil que tenía a su vera. No tardaron en llegar a ellos los gritos de terror en respuesta desde la colina. Dos tercios de los desprevenidos cazadores cayeron despedazados en la primera pasada del jinete, pocos segundos después de que el ángel exterminador emergiera por sorpresa del otro lado del soto cercado, precipitándose sin compasión sobre aquellos hombres, quienes no tuvieron tiempo de recargar sus armas. Al darse cuenta del fatídico giro de la situación, los dos que guardaban a las mujeres huyeron hacia la espesura con la intención de emboscarse. A los pocos segundos se oyeron sendos disparos, y poco después más gritos horripilantes. El mancebo intentaba seguir la acción de lo que estuviera pasando en la colina, lo que era más fácil de decir que de hacer puesto que los brillantes rayos del sol matinal le cegaban, sus brazos y las piernas habían empezado a temblar presas de una incontrolable agitación, el estómago empezaba a implosionar, los pulmones colapsaban espasmódicamente, y su corazón parecía haberse detenido, al mismo tiempo. La temblorosa pero enérgica voz del venerable alguacil le liberó de aquel embrujo nefario justo a tiempo, por fortuna para él.

-¡Corre, insensato!-fueron las últimas palabras que le oyó decir a aquella leyenda de la cristiandad, tras contemplar las lágrimas heladas en su ajado rostro, vuelto hacia el muchacho. Eso, y la visión de la muerte al galope viniendo hacia ellos, tanto el jinete como su montura infernal ahora completamente rojos en lugar de blancos, puso las piernas del mozo a funcionar de repente con gran celeridad. Y corrió, vaya que si corrió, y continuó corriendo, sin mirar atrás, aun cuando la cabeza del venerable patriarca le adelantó, rodando calle abajo, a la altura de San Vicente.

* * *

Merced a la nueva coyuntura, Jacob du Croq vería la oportunidad de maniobrar la aeronave para aproximarse a tierra y lanzarle una escala a las damas, las cuales habían ido a internarse en el bosquecillo para ponerse a salvo. Al momento siguiente, ambas treparon por la escala y la embarcación volante ascendió de nuevo con los tres a bordo. Jacob se había encaramado al aparejo y examinaba los agujeros en la lona allí donde los proyectiles de los mosquetes de los secuaces del Santo Oficio la habían perforado. Contó hasta unos siete u ocho por lo menos. Ninguno de los tripulantes del Ánima Mercuria, si bien acabaran de escapar por los pelos de las garras de la inquisición, podía respirar aliviado, y menos que nadie Hyazinthe Ambroisie Cornamusa. Además de los desperfectos que preocupaban a su copiloto, había otro aún más inquietante que no pudo dejar de observar. Uno de los impactos había dañado visiblemente uno de los pistones de la bomba de Pascales y, aunque lo intentara con todas sus fuerzas, no conseguía desbloquear el volante que regulaba la presión del gas dentro del mecanismo. Alzó la mirada hacia Jacob, quien se la devolvió acompañada de la misma sensación de un mal presentimiento de inminente infortunio. Hyazinthe se volvió hacia Violette y aún viendo en sus ojos idéntica inquietud se esforzó por sonreír, guiñándole un ojo a su amada en un gesto de esperanza.

Una vez superada la muralla, Jacob se las arregló para ir parcheando los más que pudo de los agujeros en la tela, antes de que se convirtieran en desgarrones, y todavía consiguieron mantenerse en vuelo varios kilómetros e intentaban descender, pues ya se divisaban las ruinas del castillo, pero la rueda de la bomba seguía sin querer moverse, y del otro pistón, el único intacto, cada vez salía más humo mientras iba calentándose peligrosamente.

-¡Valor, querida!-fueron las últimas palabras que escuchó Violette de labios de Hyazinthe, cuando el quemador conectado a la bomba rugió de improviso, escupiendo una gigantesca llamarada que incendió la bolsa de tela de aire caliente que les sustentaba... Precipitando la catástrofe.

Violette apretó la mano de Hyazinthe en la suya con fuerza.

* * *

Cole Campbell se presentó a media mañana de aquel mismo día en la residencia de Mlle.Dupont con Violette Fablet en brazos. La dama tenía un corte bastante profundo abierto en una pierna por el que parecía haber perdido bastante sangre; afortunadamente le habían practicado un torniquete y un examen posterior reveló que, milagrosamente, ninguna arteria principal había sido dañada, de manera que su vida no parecía correr peligro y toda la ayuda requerida se limitó a limpiar la herida y aplicar una sencilla sutura y el correspondiente vendaje. No obstante, Violette estaba desconsolada y alternaba repentinas ausencias con el llanto de un dolor inconsolable relacionado con Hyazinthe.

Al ser interrogado, pese a mostrar también él evidentes señales de aflicción, el escocés no tuvo más remedio que darle a Mlle.Dupont algunas explicaciones. Según le contó a la famosa primera alumna del barbero-cirujano Félix de Tassy, Cole Campbell se hallaba en las inmediaciones del castillo de Brie-Comte-Robert, lugar en el que se alojaba esporádicamente desde hacía meses, con el beneplácito de sus anfitriones, Mlle.Cornamusa y M. Du Croq, puesto que habían instalado allí un taller de pruebas para sus ingenios aéreos y le permitían pernoctar en la torre del palomar siempre que lo requería. Y por allí deambulaba, no muy lejos del castillo, cuando se apercibió de la estela de humo que dejaba en el límpido cielo azul de la mañana la aeronave en la que viajaban sus indómitos amigos, percatándose a la par de que estaban en apuros pues comprendió que trataban de llegar al castillo si bien tenían problemas de algún tipo para mantenerse en el aire y, antes de que pudiera reaccionar, vio horrorizado cómo el globo caía a tierra envuelto en llamas, desvaneciéndose en una columna de humo, a una buena distancia de donde él se encontraba.

Se dirigió hacia allí lo más rápido que pudo, oyó tres o cuatro explosiones por el camino y, a poco de llegar a las ruinas del castillo, se topó con lo que quedaba del navío, que todavía ardía en el lugar donde se había estrellado, muy próximo a la orilla de un lago. Hizo cuanto pudo por sofocar las llamas pero no tenía con qué transportar el agua del lago por lo que fue imposible impedir que el fuego devorara toda la estructura de la nave. En su interior no había nadie con vida a quien rescatar, sólo un cuerpo parcialmente carbonizado que, por ciertos detalles de su complexión física, Campbell identificó como el de Jacob du Croq. Un rastro de sangre conducía desde ahí hasta las ruinas, apenas a un par de kilómetros por delante, serpenteando campo a través.

Cuando llegó al fin a la torre del palomar, no obstante hubiera ido preparándose para lo peor en su mente, ninguno de aquellos pensamientos aciagos le hubiera prevenido de lo que iba a encontrarse una vez dentro. Hyazinthe y Violette yacían inertes, la primera recostada en un jergón, con su amiga arrodillada en el suelo junto a la cabecera, ambas con cánulas en sus antebrazos, unidas a un artilugio provisto de tubos y émbolos que la joven inventora había diseñado para transferir la sangre de una persona a otra. Violette sollozaba débilmente, milagrosamente aún con vida, pero nada se podía hacer ya por Hyazinthe, ya que la pobre muchacha parecía haber muerto desangrada durante la transfusión de su propia sangre a su querida Violette Fablet.

Merced a la buena voluntad de una familia de leñadores de la zona, el hombretón pudo transportar a Mlle.Fablet en carro hasta Paris y llevarla de ese modo a Mlle.Dupont, dejándola en sus manos con el fin de asegurarse de que la dama fuera debidamente atendida. Cumplido ese cometido y sin más que hacer allí, Cole Campbell se despidió, por no irse a la francesa, cortésmente pero sin ceremonias:

-Gracias, Mademoiselle. Ahora habré de regresar raudo al castillo, sin más demora... He de ocuparme de los muertos.

* * *

Del diario de Alain de la Débâcle:

10 de enero del año del Señor de 1659

Como me viene sucediendo últimamente, a una cosa mala ha seguido una buena. ¡Qué demonios! Buenísima. Empecé la semana con renglones torcidos: una vez más, hice caso de un anónimo que mencionaba la presencia de un desgraciado que no recordaba ni su nombre en las cercanías del acceso a las catacumbas de París. ¿Sería mi criado Jean Luc? Otra pista falsa. Sí, encontré a un pobre hombre mal vestido y peor alimentado que parecía buscarse a sí mismo por aquel paraje. Pero no era Jean Luc. No lo iba a dejar así como así, pese a ser un desconocido, y lo llevé a Le Hospital de Bicétre, donde lo acogieron.

La cosa se enderezó días después. Hace ya un par de meses que mademoiselle Féraut es mi anhelo constante y decidí que se imponía una acción decisiva. Como las cargas de mis dragones, sería algo que no admitiría el término medio: o triunfo total o derrota absoluta. Así que tomé mi laúd y me dirigí a la mansión de los Féraut, que ya había visitado en un par de ocasiones. Sólo diré que la cosa salió bien. Imagino que, algún día, alguien será capaz de resumir nuestro delicioso encuentro...

* * *

Tercera semana

Mosqueteros del Rey con uniforme de gala flanqueaban y aseguraban el palacete de los Castelmore. Cabía la posibilidad de que Su Eminencia el cardenal Mazarino, e incluso su Majestad, acudieran a la recepción. El Salón Literario de Ingrid Svensson, la Viscomtesse de Castelmore, y Anne Lefèvre, Comtesse de Dusel, se ha consolidado ya como una celebración ineludible para muchos en París.

Uno de los primeros en llegar fue el Mayor Alain de la Débâcle, acompañado de su dama Adèle Féraut. Uno de los carruajes contratados por los Castelmore hizo su llegada con Phillipe Le Clothes Du Lacoste y su hermana Lucille Brigitte, que acompañaban a mademoiselle Daphée Bourtagre.

A continuación llegó Léo Hardy le Castel con Catherine Dubois, y justo detrás aparecieron el Chevalier d'Honneur Hércule Delaveau y su prometida Anne Gramme, junto a Bernille Nienau y Élise Leclerc, como Comisionados de honor, tomaron su lugar junto a las anfitrionas y el propio Charles Batz-Castelmore que fue saludando a todos los recién llegados: el Ministro de Estado y Comte de Rouen con Laurélie Hagopian, el Baron de Broglia con su esposa Claire Lagaine, el Ministro de Guerra y Viscomte de Gade con su esposa Eléonor d'Yberville, el Chevalier d'Honneur André du Guerrier con su esposa Christine Daé acompañaban a la joven y bella Maria Mancini, sobrina del cardenal Mazarino, le Baron du Castel con Catherine Dubois, el Par de Francia y miembro de la Académie Française César d'Estrées junto a su exMajestad Cristina de Suecia. El ministro de Exteriores con su esposa, el Ministro de Justicia con su dama acudieron junto a varios Embajadores y sus esposas.

El capitán Thibaut Cul-de-sac con su dama Madeleine Dubois llegaron a la par que François Fronsac que ejercía como acompañante de las mademoiselles Marie Dupont y Magdalène Vien en el carruaje cedido por los Viscomtes de Castelmore.

Durante la recepción se sirvieron las galletas de mantequilla elaboradas con la receta familiar de los Castelmore, las ya famosas "En Garde!"

Las anfitrionas junto a Daphée Bourtagre presentaron a los ilustres invitados: El escritor y poeta Nicolas Boileau, Mademoiselle de Scudéry y su hermano Georges de Scudéry, el dramaturgo Jean Royer de Prade, el escritor Henry Le Bret, el físico y matemático Jacques Rohault, el destacado librero e impresor Augustin Courbé, los editores Nicolas de La Coste y su hijo Jean de La Coste, los científicos Jean-Baptiste du Hamel y Christiaan Huygens. También se contó con la presencia del arquitecto Luis Le Vau, el pintor Charles Le Brun y el paisajista André Le Nôtre.

Sin duda uno de los momentos estelares fue la demostración del reloj de péndulo por parte de Christiaan Huygens, con la minuciosa explicación de su mecanismo. También la lectura de Mademoiselle de Scudéry de su octavo y último volúmen de "Clélie, histoire romaine", quizás llegue a escribir un décimo volúmen como en su anterior novela "Artamène ou le Grand Cyrus" (1649-1653), la novela más larga de la literatura francesa. Su impresor Augustin Courbé quiso mostrar una edición especial de "la Carte de Tendre", un mapa alegórico del sentimiento amoroso que se ha convertido ya en todo un símbolo.

El Viscomte de Castelmore hizo las presentaciones de los editores Nicolas de La Coste y su hijo Jean de La Coste a Lucille Brigitte Le Clothes Du Lacostte y a su hermano Phillipe, comentando que quizás sus apellidos tengan algún nexo común o parentesco lejano.

El anfitrión también se interesó profundamente por el proyecto de Henri Le Bret, solicitando al impresor Augustin Courbé que fuera el que editara la recopilación hecha por Le Bret de la obra de Savinien de Cyrano de Bergerac "Histoire comique des États et Empires de la Lune".

Mientras se interpretaban pasajes de la obra de Jean Royer de Prade, Charles acompañado de los demás Ministros se reunieron en su gabinete. El Ministro de Humanidades cedió la presidencia al Ministro de Estado y junto al Ministro de la Guerra, el Ministro de ciencias, el Ministro de Justicia y el Ministro de Exteriores iniciaron una reunión ministerial relajada y amena. A la demanda del Viscomte de Gadé de poder degustar más galletas de mantequilla, se sirvieron infusiones y galletas para todos los Ministros.

Una vez terminada la reunión ministerial, se unieron al resto de invitados justo a tiempo para poder hacer un brindis por los recién casados André du Guerrier y Christine Daé y otro para la pareja que celebrará su boda la segunda semana del mes de febrero el Chevalier d'Honneur Hércule Delaveau y su prometida Anne Gramme a quienes la Comtese de Dusel quiso dedicarles unas emotivas palabras.

El mayor de los Mosqueteros del Rey aprovechó para presentar a Hércule y Anne al pintor Charles Le Brun quien les felicitó y pidió poder tomar unos esbozos para tener inspiración en una obra en la que estaba trabajando. Charles se retiró y tomando del brazo a mademoiselle Adèle Féraut y al Capitán Derrengué, los llevó ante la presencia del paisajista André Le Nôtre. " Querida Adèle no sé si conocéis la obra del maestro Le Nôtre pero es uno de los mejores creando jardines y paisajes en toda Francia, quizás Alain os pueda acompañar a ver las obras de André que estoy seguro disfrutará enseñandooslas y comentandooslas"

En un aparte, antes de que empezara la dramatización de textos por parte de la compañía de Poquelín, Charles quiso enseñar la fabulosa galería de esgrima a André du Guerrier.

-Estoy seguro, mon ami, de que estáis ansioso por probarla", dijo con un leve tono irónico.

-Bien sûr! -respondió el aludido-. ¿A qué estamos esperando?

Y ambos enemigos regimentales se enzarzaron instantáneamente en un duelo en el que pronto se vio que ninguno de los dos ponía mucho empeño, obligados más por el orgullo regimental que por una verdadera animosidad. Probablemente para alivio de ambos, la puerta se abrió y una enfadada Ingrid Svensson apareció gritando:

-¿¡SE PUEDE SABER QUÉ ESTÁIS HACIENDO!?

Ambos se detuvieron al instante, y fue le Viscomte de Castelmore quien respondió:

-Só-sólo le estaba enseñando el salón de esgrima y lo estábamos pro-probando, palomita. ¡Te lo prometo! -y añadió en un susurro a su oponente: -Seguidme la corriente, mon ami. ¡Os aseguro por experiencia que no hay rival más temible que una sueca enfurecida!

Tras una cena exquisita y sensacional vino el baile como colofón de la velada. François Fronsac se repartió los bailes entre las mademoiselles Marie Dupont y Magdalène Vien. Incluso al Real Secretario se le vio bailando con la bella Maria Mancini, que parecía encantada de haber asistido al evento y quizás se convierta en una asidua del Salón Literario.

Del diario de Alain de la Débâcle:

24 de enero del año del Señor de 1659

Voy a buscar a Adèle a casa de sus padres para acudir juntos al Salón Literario de la vizcondesa Batz-Castelmore. Es la primera vez que nos mostraremos en público como pareja incipiente y yo estoy francamente nervioso. Menos mal que ella es todo aplomo y clase. Los vizcondes nos reciben en su palacete y me doy cuenta de que, al vernos llegar juntos y cogidos del brazo, Ingrid y Charles intercambian una mirada y una sonrisa cómplice. Y yo también sonrío de oreja a oreja y les doy las gracias por todo con efusividad. Porque ha sido gracias a ellos en gran parte que ahora Adèle y yo lleguemos juntos al Salón. (Nota para mí mismo en el futuro: ya sé que sueno tonto y cursi, pero ¡estoy enamorado!). Entre los asistentes al Salón Literario, una cara nueva: François Fronsac, que hace un par de semanas se unió a mi regimiento como subalterno. Ya le di la bienvenida en el cuartel, pero ahora le insisto en que estoy haciendo pesquisas sobre su padre y que, si necesita algo de mi parte, por supuesto que puede contar conmigo.

Las conversaciones en el Salón Literario son realmente interesantes, pero yo no acabo de concentrarme, a pesar de que hago grandes esfuerzos. En un par de ocasiones, veo que Adèle me mira con preocupación. Y con esa intuición que me tiene asombrado, en un momento dado, aunque parece que la reunión todavía se alargará, se dirige a la vizcondesa y le dice: 'Estoy un poco cansada y lamento no quedarme hasta el final del debate en curso. Pero no os preocupéis, Monsieur De la Débâcle me acompañará a casa.'

Cuando salimos se lo agradezco enormemente. Mi cabeza no estaba para discusiones literarias. Ella me mira:

-Es por Mademoiselle Cornamusa, ¿verdad?

-Sí. No tenéis ningún motivo para estar celosa, porque Hyazinthe fue para mí una amiga, como lo son Philippe o Cole. Quizá ha sido la mejor amiga que he tenido desde que llegué a París... Y hasta que os conocí a vos. No sé si yo podría haber hecho algo más para evitar su trágico final.

-Alain, no os atormentéis. Hyazinthe, o Hermeto, por lo poco que sé, debía ser una persona digna de conocer.

Después de dejar a Adèle en su casa (Madame Duclos estaba esperándonos, y me lanzó una mirada que parecía decir 'Cuidado, Monsieur De La Débâcle, si os propasáis lo más mínimo con mi niña, os podaré las partes'), me dirigí al lugar donde Cambpell y yo habíamos quedado para hacer nuestro pequeño homenaje a Hyazinthe. En petit comité, como a buen seguro le hubiera gustado a ella. Cole, acompañado también por su dama, nos llevó hasta el rincón del bosque donde estaban las tumbas de Hyazinthe y de su criado Jacob. Allí, improvisó una pequeña hoguera, a la que arrojó un gran ramo de flores. Yo, que le había dado vueltas al asunto, saqué de mi morral la pequeña cajita de madera tareceada, con su compartimento secreto y su texto cifrado que no se pudo resistir al ingenio de Hyazinthe. Sopesé la caja y crucé una mirada cómplice con Cole. La arrojé a las llamas. Prendió enseguida y yo pensé: 'Qué bien arde la madera taraceada. Ojalá ardan igual de bien en el infierno las almas de todos los que persiguieron a mi querida amiga y la llevaron a este triste final.'

Cuando solo quedaron cenizas y silencio, Marianne, Cole y yo nos alejamos, cada uno ensimismado en sus recuerdos de nuestra querida Hyazinthe.

* * *

París, 20 de enero de 1659

Mi muy estimado y reverenciado padre:

Ruego a Nuestro Señor que esta carta le encuentre en buena salud, y que la fortuna acompañe los esfuerzos de Vuestra Merced en todos sus empeños

Me dirijo a Vuestra Merced para relataros los extraordinarios acontecimientos de la semana pasada, pues bien merecen ser puestos en vuestro conocimiento.

Mi hermano Phillipe y yo tuvimos el inmenso honor de ser invitados al Salón Literario regentado por la ilustre Viscomtesse de Castelmore y la Comtesse de Dusel, cuya celebración tuvo lugar en el espléndido Palacete Svensson Castelmore. Dicho evento contó con la distinguida participación de los miembros de la Comisión para la Calidad de las Artes Escénicas, además de numerosa y selecta concurrencia de la más alta sociedad parisina. Durante la velada tuvimos ocasión de conversar con diversas personas de notable posición y talento, a saber: François Fronsac, Alain de la Débâcle, André du Guerrier, Bernille Nienau (a quien Vuestra Merced ya conoce de mi anterior carta), Charles Batz-Castelmore, Francesco Maria Broglia, Hércule Delaveau, Léo Hardy le Castel, Renné Gade y Thibaut Cul-de-sac. Fueron intercambios de lo más educados y provechosos para nuestras relaciones sociales.

He de informaros, no obstante, que Phillipe bebió algo más de la cuenta, lo cual no es inusual en él cuando se halla en compañía animada. A causa de su estado, se le ocurrió contar un chiste de lo más gracioso, que provocó las carcajadas de todos los presentes y le valió cierta notoriedad en la reunión. Dicha exhibición llamó la atención de la dama Marie Dupont, con quien entabló una agradable conversación que pareció satisfacer a ambos.

Mas aquí viene lo más extraordinario de la velada. Para llamar aún más la atención de la dama, y acalorado por el vino y el entusiasmo, Phillipe se batió en duelo a primera sangre con Cael de Rouen, logrando vencerle. Este triunfo le valió finalmente una sonrisa de Marie Dupont, que era, al parecer, el objeto de sus pretensiones.

Debo aclarar a Vuestra Merced que nadie se mostró particularmente sorprendido por este duelo, pues bien es sabido en nuestros círculos que Phillipe y Cael de Rouen son enemigos regimentales de vieja data. Cuando sus caminos se cruzan en algún evento social y hay alcohol de por medio, siempre acaban batirse en duelo, como si fuera un ritual inevitable entre ambos caballeros. Los presentes, lejos de alarmarse, recibieron el espectáculo con la resignación de quienes han presenciado similar escena en más de una ocasión.

He de confesar que, si bien me inquietó ver a mi hermano empapado en vino y acuchillándose en el jardín de tan noble residencia, debo reconocer que su victoria le ha sentado bien, y la dama Dupont parece haber quedado favorablemente impresionada. Espero que Vuestra Merced no considere estos excesos con demasiada severidad, pues en parte han redundado en beneficio de nuestra posición social.

No tengo más que agregar, salvo mi más humilde y afectuoso saludo.

De Vuestra Merced humilde y obediente hija,

Lucille Brigitte Le Clothes Du Lacostte Blanche Montfort

* * *

Cuarta semana

Es una mañana gélida de invierno, sin apenas luz sobre las calles de París. El timido sol apenas se ha despertado y un carruaje va traqueteando sobre el resbaladizo pavimento adoquinado. Transita con cierta parsimonia, pero aún así su marcha rompe el silencio de las calles en aquella hora tan temprana. Se detiene frente a la residencia de Anne Gramme y uno de los caballos relincha, tal vez quejándose por tener que frenar la marcha y pararse con el frío de la mañana. Como si el sonido del animal fuera una señal acordada, se abre la puerta de la casa. Anne Gramme sale con cautela, intentando ser sigilosa y mirando a su alrededor para controlar que nadie puede verla. Sin duda todos sus cuidados y esmeros hacen que llame más la atención ante las miradas furtivas de aquéllas que se han asomado a sus ventanas tras el ruido del coche de caballos y el quejido del animal. La portezuela del carruaje se abre antes de que la dama llegue y uno de los cocheros ayuda gentilmente a subir a la dama. El vehículo inicia de nuevo su marcha y se va alejando por las calles de Paris...

* * *

Un desolado Hércule Delaveau acude al palacete de los Castelmore. Pregunta por el Viscomte, temiendo que no se encuentre en su residencia, pero el criado le hace pasar y lo conduce hasta la biblioteca.

-¡Mon ami! -exclama el Viscomte al verlo entrar antes de que el criado pueda siquiera anunciarlo-. Nos pilláis preparando vuestra fiesta de despedida de soltero.

Sentado junto a la chimenea, Bernille Nienau lo contempla con una copa de vino en la mano; junto a una mesita de té, Phillipe Le Clothes Du Lacoste está comiendo unas galletas de mantequilla.

Charles se acerca a Hércule ofreciéndole una copa de vino.

-Querido amigo, sin duda el frío os ha hecho mella en el camino hasta aquí: vuestro semblante palidece. Tomad una copa de buen vino y sentaos junto a la chimenea.

Hércule toma la copa sin ser consciente de ello y balbucea, carraspea y tras ello un timido hilo de voz sale como un gemido: "Anne, Anne, ¡Anne no está!". Toma aliento, hace una pausa, intenta retomar la palabra pero antes respira hondo.

-La vieron subirse a un carruaje la madrugada del lunes y aún no ha vuelto y ¡nadie sabe nada!

Charles lo mira fijamente.

-Así que, ¿Anne no os contó nada sobre sus intenciones? ¿Estáis seguro? Pensad bien, porque a veces las damas son sutiles, comentan algo como si no fuera nada importante, dejan fluir una idea, simplemente parece que susurran un deseo o una mera palabra al viento...

-Bernille se levanta de su asiento y se acerca asintiendo:

-Si, si, eso es cierto. Incluso si le preguntáis si les gusta algo pueden ser esquivas para no mostrar su anhelo, como una timidez o quizás para que tengáis que esforzaros a seguir las pistas que os van dejando, que no sea fácil y claro, que tengáis que poner empeño y dedicaros plenamente a atender las pequeñas migajas que van soltando para encontrar el camino.

Phillipe, que sigue comiendo galletas, acerca la bandeja ofrecéndole a Hércule para que coma alguna.

Hércule asombrado por la poca preocupación de sus amigos muestra su congoja sin ambages:

-Pero, ¿de veras no estáis asustados por lo que le pueda haber ocurrido? ¿Acaso no teméis...?

El Viscomte sonríe, sostiene los hombros de su amigo entre sus manos y le alienta:

-Querido Hércule, un Mayor de la Guardia Real como vos y un Mayor de los Mosqueteros del Rey como yo no tememos a las adversidades: ¡nos temen ellas! ¿Habeis venido sin caballo no es cierto? ¡Planchet! Que preparen los tres mejores caballos, que partimos enseguida!

Hércule, totalmente desconcertado, sólo acierta a preguntar:

-¿Partir? Pero, ¿a dónde?

El Mayor de los Mosqueteros, sin perder la sonrisa de su semblante, se encara a Hércule:

-Hacedme el favor de tomaros esa copa de vino de un solo trago, que parece que os falta un poco de brío. ¿A dónde va a ser? ¡En busca de vuestra querida Anne! -y señalando a Bernille: -Como ha dicho nuestro buen amigo, ¡debemos seguir las miguitas de pan que nos deja en el camino!

Antes de partir, Phillipe pide unas cuantas galletas más para llevárselas.

Tres jinetes parten del Palacete de los Castelmore a buena marcha y, tras dirigirse a la residencia de Anne Gramme, retoman el camino que iniciara el carruaje la madrugada del lunes. Hércule, algo más recompuesto, sigue a su fiel amigo sin poner en duda su criterio; se deja llevar mientras Bernille no cesa de darle ánimos y Phillipe le ofrece galletas. Tras unas horas de cabalgando, el Mayor de la Guardia Real contempla asombrado un larga avenida de mas de de 1.400 metros, flanqueada por 257 plátanos. Las dos hileras de árboles están muy próximas, tan solo las separan 6 metros por lo que, al entrelazarse las ramas de ambas líneas, se provoca un túnel natural impresionante que crea un efecto visual majestuoso que conduce directamente a un palacio: el Palacio de Vaux-le-Vicomte.

Desde las proximidades del palacio, un indivíduo hace señales a los tres jinetes con un gran pañuelo. Al acercarse pueden comprobar que se trata del mismísimo Alain de la Débâcle y cerca de él varios operarios dirigidos por el paisajista André Le Nôtre y mademoiselle Adèle Féraut entusiasmada al contemplar los trabajos de lo que serán los maravillosos jardines del palacio.

Varios carruajes están estacionados junto a la puerta central de la residencia. Una voz femenina resuena desde el umbral: "¡Ya están aquí!". Delaveau se vuelve hacia el Viscomte buscando respuesta y, levantando los brazos, Charles confiesa:

-Soy culpable: lo he dispuesto todo para que Charles Le Brun haga un retrato de ambos como regalo de boda. Ingrid, la Comtesse Dusel y Élise Leclerc se llevaron a Anne en nuestra calesa para que el maestro pudiera trabajar en el retrato, y creo que ahora os toca a vos posar y deberéis volver ambos a final de semana para que pueda continuar la obra.

Una gran carcajada de Bernille lo delata como cómplice de la trama. Phillipe pregunta al Viscomte si hay galletas en el palacio, a lo que Castelmore le propone tomarlas cuando regresen al club para celebrar la fiesta de despedida de soltero.

Mientras Hércule posa durante unas horas ante el pintor, las damas junto a los caballeros pasean visitando todo el complejo. Disponen los carruajes para la vuelta a París las damas hacia el palacete de los Castelmore donde realizarán una recepción con la prometida y todas las amigas. En otro carruaje los caballeros parten hacia el club y un tercero junto a los tres caballos volverán con los criados y los enseres (algunas sillas y muebles para la estancia de las damas) hasta la residencia de los Castelmore.

* * *

En el Club L'Epée d'Or está todo preparado para la fiesta de despedida de soltero. El Ministro de Estado Cael de Rouen, el Mayor Cole Campbell, el Barón Francesco Maria Broglia, el Barón Léo Hardy le Castel, el Viscomte Renné Gade, el Chevalier d'Honneur André du Guerrier y el Capitán Thibault Cul-de-Sac descorchan al unísono varias botellas a modo de salva en cuanto Hércule entra por la puerta del salón. Los actores de la compañía de Molière forman un pasillo empuñando sables de madera creando un arco o tunel por el que el agasajado debe pasar mientras la orquesta toca una marcha militar. Bernille aplaude junto con Alain de la Débâcle: les ha entusiasmado la ocurrencia. Phillipe Le Clothes Du Lacostte y Alain de la Débâcle piden poder pasar ellos tambien y lo repiten varias veces hasta que Charles les pide que le ayuden a llamar a las bailarinas. Varias bailarinas entran a modo de odaliscas; algunas son actrices de la compañía teatral y tambien algún actor disfrazado como mujer que hace reír y disfrutar a todos los invitados, sobre todo cuando se insinúa con Hércule sentándose sobre él.

Se sirven canapés y los mejores vinos del club. Alain pide hacer un brindis subiendose a la mesa y tras balbucear y articular algunas palabras inconexas acaba vomitando encima del Ministro de Estado. No sabemos si es a causa del estado de euforia etílica del propio Ministro de Estado o por su talante agradable y gran saber estar, pero en lugar de sentirse ofendido se funde en un abrazo con Alain y ambos rien sin parar. Tras asearlos y limpiar la sala, se sirven cafés e infusiones para terminar la velada. Bernille acompaña a Hércule a su casa y Charles hace lo mismo con Alain y Cael: primero deja al mayor de Dragones en su casa y posteriormente al Comte de Rouen asegurándose que lo aseen y bañen bien antes de llevarlo a su alcoba.

* * *

Del diario de Alain de la Débâcle:

31 de enero del año del Señor de 1659

Había invitado a mis dos amigos, Le Clothes du Lacoste y Campbell, a visitar mi nuevo club. Lo que no sabía es que ese mismo día se celebraba la despedida de soltero de Hercule Delavau. De manera que los salones del club estaban a reventar. Yo oscilaba entre la felicidad (Adèle) y la tristeza (Hyazinthe) y me dio por invitar a beber a todos los caballeros con los que me encontré. Resultado, acabé con una melopea fenomenal, sólo comparable a la que tenía el buen Philippe Le Clothes. Íbamos de un salón a otro, entrelazados del brazo, no por camaradería, sino para no caernos. Mi nivel etílico era ya insuperable y por mis venas corría calvados en estado puro. Recuerdo que le dije a Philippe:

-¿Crees posible sentirse felizmente triste? ¿O tristemente feliz? Porque así es como me siento yo, mi buen amigo. Porque...

Y entonces mi estómago dijo basta y regué de vómito una de las mejores alfombras de L'Epée D'Or. Alguien, no recuerdo quién, tuvo la gentileza de acompañarme a mi buhardilla, donde dormí la mona con solemnidad.

* * *

París, 27 de enero de 1659 A mi amadísimo y respetable padre:

Doy gracias a la Divina Providencia por permitirme dirigirme una vez más a Vuestra Merced, rogando fervientemente que se encuentre gozando de robusta salud y que sus asuntos comerciales reciban el fruto abundante de su sabia dirección.

Vengo a poner en su conocimiento los sucesos de esta semana, que si bien presentan cierta semejanza con los de mi anterior carta, no por ello dejan de merecer su atención.

El pasado jueves, mi hermano Phillipe y yo fuimos honradamente convidados al club L'Épée d'Or por nuestro conocido Alain de la Débâcle, cuya membresía en dicho selecto establecimiento nos permitió disfrutar de una velada entre la flor y nata de la sociedad. Compartimos mesa y conversación con Alain de la Débâcle, André du Guerrier, Bernille Nienau, Charles Batz-Castelmore, Cole Campbell, Francesco Maria Broglia, Hércule Delaveau, Léo Hardy le Castel, Renné Gade y Thibaut Cul-de-sac, resultando la velada de lo más animada y provechosa para nuestras conexiones sociales.

He de relatarle que, tal como ocurriera la semana anterior, Phillipe bebió con exceso y, animado por el vino, profirió un chiste de gran ingenio que arrancó sonrisas a cuantos nos rodeaban. Esta exhibición, una vez más, le valió captar la atención de una dama —en esta ocasión Magdalène Vien, joven de notable belleza y dote— quien pareció muy favorecida con su desembarazo.

En lo que respecta al inevitable Cael de Rouen, debo informarle que Phillipe nuevamente le retó a duelo, mas esta vez no se llegó a las armas, debido a que la herida que mi hermano le infligiera la semana pasada aún no había cicatrizado del todo. El médico de Rouen había recomendado estricto reposo, por lo que el desafío quedó aplazado sine die, para alivio de todos los presentes, que temían una repetición del sangriento espectáculo.

Pese a no haber podido lucirse en la esgrima, Phillipe logró entablar una agradable conversación con Magdalène Vien, que se prolongó hasta bien entrada la noche. La dama se mostró encantada con su conversación, o al menos así lo pareció a esta observadora, aunque bien sabe Vuestra Merced que el vino tiñe de rosa cuanto toca.

Confío en que Vuestra Merced no considere con demasiada severidad estos continuos excesos de mi hermano, pues si bien su conducta bebe de lo inmoderado, los resultados —hasta ahora— han redundado en provecho de nuestra posición social. No obstante, si Vuestra Merced juzgase oportuno amonestarle, haría bien en dirigirse a él directamente, pues mis advertencias caen en oídos, si no sordos, ciertamente embotados por el oporto.

Me resta únicamente enviarle mi más cariñoso afecto, poniendo a Vuestra Merced en las manos del Altísimo.

Su hija, que le venera y estima,

Lucille Brigitte Le Clothes Du Lacostte Blanche Montfort

* * *

Quinta semana

Un carruaje sin blasón ni distintivo en las puertas se detuvo ante la residencia del Real Secretario, aunque los más familiarizados con las idas y venidas de París supieron reconocer el discreto vehículo de Jacques de la Touché. El Antiguo coronel de la Guardia Real y el Viscomte Gadé descendieron con soltura y gracejo de la calesa. Algo más torpe, aunque con su encantador despiste, lo hizo el Viscomte de Castelmore, que en lugar de bajar y luego recoger las viandas, realizó la complicada maniobra de apearse cargado con ellas, varias cajas de diversos tamaños. Mientras el antiguo Coronel de la Guardia Real iba recitando improperios y maldiciones varias por distintos motivos y circunstancias, Batz-Castelmore ofreció a la anfitriona una de las cajas repletas de galletas con la forma de Fleur de Lys, realizadas en el obrador familiar del Viscomte. Los ojos y el semblante de la esposa del Real Secretario expresaron el deleite y gusto por el regalo sin necesidad de mediar palabra.

 

 

 

Temiendo que desaparecieran las galletas, el Real Secretario puso unas cuantas sobre una bandeja para retratarlas, bautizándolas como "Las Galletas de En Garde".

Se sirvió la bebida y se dispusieron sobre la mesa varias porciones de coca de recapte, manjar tradicional vagamente parecido a la pizza pero de sabor más intenso, y otras exquisiteces.

Al poco hicieron su aparición los hermanos Lacoste, cargados con varios tipos de bebidas y refrigerios. Después que éstos hubieron saludado a todos los presentes, el Viscomte de Castelmore se acercó y les mostró encantado su traje de confección Lacoste, del que Lucille se mostró particularmente orgullosa.

 

 

 

Mientras Jacques de la Touché seguía desgranando toda una retahíla de quejas, denuestos y exclamaciones, el apuesto Bernille Nienau se presentó portando también varios manjares y dulces para el ágape que, tras su llegada y siendo el último invitado que faltaba por llegar, se dio por iniciado.

Se brindó por todos los presentes, por los que no pudieron asistir y también se rindió un emotivo recuerdo por aquellos que ya no se encuentran entre nosotros. Entre los más destacados Julius Kern, a quién evocó con todo lujo de detalles Jacques de la Touché, describiendo su célebre "maniobra Kern", hito en el arte de la esgrima. Y tras maldecir varias veces y quejarse de algunas cuestiones diversas propuso que cada mes de abril se celebrase el concurso de esgrima con su nombre. También quiso buscar un homenaje para Alexandre de l'Oie y todos los presentes tuvieron que explicar a de la Touché, entre improperio e improperio, que ya existía tal homenaje al crearse el Premio Teatral Alexandre de L'Oie que se celebra cada diciembre. Y tan solo quedaría hallar el homenaje a Tessier Dusel que, si bien se ha creado la Condecoración de Honor del "Caballo Blanco" del Ministerio de Humanidades a los caballeros y/o damas que hayan destacado por su aporte a las Artes y la Cultura, parece que quizás no está vinculado del todo al Comte Dusel, y se buscará alguna manera de honrar su memoria.

Tras la comida, los postres de nata y chocolate cortesía del Viscomte de Gade y las lionesas y hojaldradas de frutas gentileza del Mayor Nienau. A continuación llegaron las infusiones y los licores, junto con bombones y otras delicias, en una magnífica velada de juegos.

Alguien le recordó al antiguo Coronel de la Guardia Real, mientras éste despotricaba por alguna nimiedad, su pasado marinero y su más que probable parentesco con un tal Capitán Archibaldo Haddock, que bien pudiera ser antepasado suyo.

Tras la entrañable reunión la despedida fue un sin fin de abrazos hasta que el ex Coronel de la Guardia Real comenzó a maldecir por la falta de luz en los caminos y todos fueron subiendo a sus respectivos carruajes. Renné Gadé parecía muy entusiasmado al poder llevarse con él varias de las galletas con forma de flor de lis ⚜️ que sin duda iba a mostrar a sus más allegados.

Dada la gran acogida por parte de todos de las galletas de mantequilla, el obrador familiar reservó alguna remesa para que el Viscomte Castelmore pudiera ofrecer a sus invitados al final de la semana. Así fue como Alain de la Débâcle pudo degustarlas en su encuentro con Charles mientras preparaban los detalles para el Salón Literario de la tercera semana.

* * *

EL CABALLERO DEL MES

El título de Caballero del mes corresponde a:
 

André du Guerrier
Por finalmente contraer matrimonio.

EL PATÁN DEL MES

El título de Patán del mes corresponde a:
 

Olivier Montoya
Por sus burdas y constantes intrigas.

* * *

NOMBRAMIENTOS HABIDOS ESTE MES

    • Cael de Rouen ha sido nombrado Ministro de Estado (C01)
    • Renné Gade ha sido nombrado Ministro de la Guerra (C02)
    • Marcel du Calais ha sido nombrado Ayudante de obispo (R08)
    • Armand Beaufort ha sido nombrado Capitán del 53º Regimiento de Fusileros
    • François Fronsac ha sido nombrado Subalterno de los Dragones del Gran Duque Maximiliano de Valois

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ANUNCIOS DE PRESENTACIONES A CARGOS

    • Francesco Maria Broglia anuncia que se presentará a Auditor General de Finanzas (C07)
    • Renné Gade anuncia que se presentará a Auditor General de Finanzas (C07)
    • André du Guerrier anuncia que se presentará a Teniente General de la Policía (C09)
    • Bernille Nienau anuncia que se presentará a Teniente General de la Policía (C09)
    • Charles Batz-Castelmore anuncia que se presentará a Teniente General de la Policía (C09)
    • Hércule Delaveau anuncia que se presentará a Teniente General de la Policía (C09)
    • Cael de Rouen anuncia que se presentará a Inspector General de Caballería (M03)

* * *

CARGOS PARA EL MES DE FEBRERO
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Ministro de Justicia Brigadier o Baron 8 Min.Estado
Canciller de Finanzas Brigadier o Baron 10 Min.Estado
Tte.Gral. de la Policía Coronel o Chevalier 6 Min.Estado
Maréchal de FranceGeneral o superior 12 Rey
Inspector Gral.Infant. Tte.General o superior 10 Min.Guerra
Inspec.Gral.Caballeria Tte.General o superior 12 Min.Guerra

 

------------ Inicio de la estación de PRIMAVERA ------------


CARGOS PARA EL MES DE MARZO
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Ministro del Bienestar Brgder. o Baron 10 Min.Estado
Ayudante General General o superior 8 Maréchal France
Jefes de Ejercito General o superior 10 Maréchal France
Aide camara Maréchal Teniente Coronel 6 Maréchal France
General capellán Arzobispo 13 Maréchal France
Jefes de Brigada Brigadier General 6 Inspectores Generales

* * *

AGRADECIMIENTOS

  • A José, por el diario de Alain de la Débâcle
  • A Albert, por las cartas de Lucille a su señor padre
  • A Joaquín, por el relato del cortejo de Marie
  • A Kike, por el fragmento que relata la trágica muerte de su personaje
  • A David, por casi todo el resto de la crónica 😅

NOTAS DE LOS REALES SECRETARIOS

Es curioso cómo en los últimos meses (o años) el trabajo de elaborar la crónica es más el de un editor o redactor-jefe que el de un escritor. Empleo más tiempo en leer y hacer pequeñas correcciones, a veces incluso insertando algún pequeño párrafo para adecuar el relato al desarrollo real del turno o para darle salsa al texto, que en escribir relatos desde cero. Quiero pensar que esto es porque disfrutáis escribiendo los retazos de lo que ha ocurrido durante el turno y, por lo tanto, disfrutáis de la partida. ¡Gracias!

FECHA LÍMITE PARA EL PRÓXIMO TURNO

El plazo de entrega del próximo turno finaliza el viernes, 27 de febrero de 2026, a la medianoche (hora española peninsular).

¡Hasta pronto!

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