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REAL CRÓNICA DE DICIEMBRE DE 1658
(Número 392)

GACETA MILITAR

Cercanías de Graus, en el Pirineo aragonés

-Capitán Montoya -dijo el Teniente Coronel-, por mucho que digáis que vuestra condición de hermano lego no es relevante para vuestro servicio, erráis en el punto de que el Regimiento podría necesitar tomar medidas especiales para vuestra protección ya que, como sabéis, atacar a un miembro de la Iglesia es un delito agravado, y permitirlo habría convertido a los Cadetes en cómplices si algo os hubiera ocurrido, por no protegeros adecuadamente. Ocultarlo ha tenido el potencial de causar graves perjuicios al Regimiento.

-Mi Teniente Coronel...

-Ni mi Teniente Coronel ni gaitas. Por orden del Coronel, a partir de este momento quedáis expulsado de los Cadetes de la Gascuña. Pero no penséis que eso implica que os iréis de rositas a París como civil: la expulsión conlleva una agregación al Quinto Regimiento Fronterizo. Podéis ir a recoger vuestro equipamiento.

* * *

Olivier Montoya resopla, y una nubecilla blanca sale de su boca. ¡Vaya idea, mandarlo a un fronterizo en diciembre! Harto ya de patear la nieve por terrenos donde una pendiente de sólo treinta grados es un descanso y una bendición, se sienta en un tocón cercano para recuperar el aliento y mira a su alrededor. Expedición de forrajeo... ¿Qué se supone que hay para forrajear en estos parajes? El grueso hábito de lana basta de los jesuitas, que ha recuperado para esta ocasión, le protege aceptablemente del frío, pero su tono gris oscuro es demasiado visible en la nieve. En caso de encuentro inesperado, lo más probable es que no sea él quien tenga de su lado el factor sorpresa, piensa.

De repente se pone en alerta. Voces, gritos. Varios hombres. ¿Jesuitas? ¿Contrabandistas? ¿Cazadores? ¿Soldados de su regimiento que le buscan, pensando que ha desertado? Quién sabe... Prudentemente decide buscar un sitio donde ocultarse. Se interna en el bosquecillo que estaba intentando rodear, con la esperanza de que los árboles, de color oscuro, le brinden un poco de camuflaje. Las voces se van alejando hasta que apenas se oyen en la lejanía. Parece que no le buscan a él... O que van muy perdidos.

Pasa el tiempo y Montoya sigue avanzando, hasta que una leve columna de humo llama su atención. Parece venir de un claro del bosque. Se acerca sigilosamente; por suerte la nieve absorbe muy bien el sonido de sus pisadas. Agachado entre dos rocas, ve a unas doce toesas la entrada de una cueva y, frente a ella, dos hombres sentados junto a una hoguera, llevando el hábito gris de los jesuitas. Uno de ellos se afana en clavar al lado del fuego un palo con un pequeño animal ensartado, probablemente un conejo, pero el suelo está helado y la empresa es difícil. Finalmente decide sujetar el palo con piedras, y entonces su compañero se pone a ayudarle. Mientras los dos están concentrados en la tarea, comentan el fallecimiento de uno de los miembros más destacados de la Orden, Baltasar Gracián, recluido en Graus a principios de año por publicar “El Criticón”. Montoya recuerda a Gracián, pero no tiene tiempo para pensar en literatura: es más urgente echar un discreto vistazo a los alrededores. Parece que ha encontrado lo que buscaba, pero la entrada a la cripta está vigilada. "Maldita sea", piensa. "Tendré que pensar en alguna distracción para quitármelos de encima". En ésas, sin motivo aparente, uno de los vigilantes alza la vista del fuego y mira directamente en su dirección, como si le hubiera visto. El hermano lego se queda helado, y no sólo del frío. Después de un instante que parece eterno, la atención del jesuita vuelve al fuego.

Eventualmente Montoya decide que no puede quedarse ahí para siempre y, sin levantarse y arrastrándose por la nieve, empieza a retroceder. De repente siente que la nieve cede bajo su cuerpo, y antes de que pueda darse cuenta se precipita en el vacío.

Se queda inmóvil en el suelo. Si era una trampa, ha caído de cuatro patas. Pero no oye pasos, ni voces. No parece que los vigilantes se hayan percatado de su presencia ni de su caída. Se serena un poco y mira a su alrededor. Se encuentra en una especie de pozo poco profundo, que probablemente había quedado disimulado por un arbusto cubierto de nieve. Seguramente las pocas personas que pasen por aquí simplemente verán el arbusto y lo rodearán sin más, pero claro, retroceder a rastras es otra cosa...

El pozo no parece natural. El suelo está bastante nivelado, y parece que debajo de la nieve podría haber piedra o incluso (¡qué tontería!) adoquín. A un lado se ve una pequeña abertura por donde a duras penas puede pasar un hombre. Se asoma, y tiene que reprimir un grito de asombro: lo que ve es una escalera de piedra que se hunde en la oscuridad.

Montoya no sabe si ha encontrado lo que buscaba, pero sí que sabía lo que estaba buscando: una capilla, una ermita, unas ruinas... En resumen, un lugar cerrado. Por lo tanto, viene preparado. Revuelve su zurrón y saca un yesquero y una desordenada madeja de lana engrasada. Busca con la mirada y acaba desgajando una de las ramas que le han caído de lo alto. Con todo ello se fabrica una improvisada tea. Sin dudarlo, se mete por el agujero y, una vez dentro, enciende la tea.

La escalera resulta ser de caracol y obviamente muy estrecha. Además hay que recorrerla agachado. "No creo que Cole Campbell cupiera por aquí", piensa divertido. No es demasiado larga: Montoya cuenta treinta y tres escalones hasta llegar a una cripta no muy grande. En el centro destaca un sarcófago de mármol vacío, y al lado una enorme losa de piedra gris. Está ligeramente desplazada de su sitio, lo que deja una minúscula cavidad por donde ni siquiera cabe una mano pero que permite ver algo que posiblemente sea un pozo. El hermano lego levanta la vista y lo que ve le deja asombrado: un techo en forma de bóveda, con una cúpula central más elevada que el resto. En el fondo de dicha cúpula se adivina una pintura muy castigada por la humedad.

Montoya mira y remira la pintura dando vueltas en torno al sarcófago, pero la forma de la cúpula hace que el único sitio desde donde se pueda ver completa sea el centro exacto de la sala, es decir, el interior del sarcófago. Después de examinarlo a conciencia para cerciorarse de que no tiene trampas ocultas, sin tenerlas todas consigo se tiende dentro y mira hacia arriba. Ahora sí puede ver la pintura completa: una imagen del Santo Grial en forma de copa, junto a una lanza de cuya punta manan gotas de sangre. En esa imagen hay además una Cruz de Malta en cuyo centro destaca la figura de un trapezoedro hexagonal con una rosa de cinco pétalos en su interior.

Montoya sale del sarcófago y dirige su atención a las paredes. En los cuatro muros de la cripta hay nichos, un total de doce, todos anónimos y sin profanar, bien sellados, que probablemente contienen los restos de los monjes que habitaban el convento durante la edad media, o de los antiguos caballeros de la Orden del Temple, o de los caballeros de la Tabla Redonda, o de los doce apóstoles... Acaba soltando una carcajada ante sus propias ideas; todo esto le está empezando a afectar. Será mejor que salga al aire libre. "El problema será escalar el pozo", piensa. Pero entonces repara en un pasillo que sale de un rincón de la cripta. "Claro", reflexiona. "Ese pasillo debe dar a la otra entrada, la que estaban vigilando. De momento voy a confirmar que es así, y si ésa es la salida ya veré cómo me los quito de encima", piensa.

Comienza a avanzar por el corredor, que tiene una ligera pendiente de subida que se va acentuando con el recorrido. A medida que avanza va extremando las precauciones, hasta que una bocanada de aire gélido le hace saber que ha llegado a la entrada. Se esconde tras un recodo y mira con cuidado. Parece que está de suerte: dos bultos arrebujados cerca de la entrada y el tenue rescoldo de la hoguera apagada en el exterior le hacen saber que los dos vigilantes están durmiendo. Será complicado pasar, pero vale la pena intentarlo...

Con todo el cuidado del mundo, pasa arrimado a la pared procurando no tocar a los centinelas, pero en un momento dado desprende de la pared una pequeña piedra que cae con un ruido seco. Uno de los hombres gruñe y se da la vuelta. Abandonando toda precaución, Montoya sale corriendo como alma que lleva el diablo; cruza la entrada y, sin mirar atrás, atraviesa el claro y se adentra en el bosque, ajeno a la ventisca que sacude la noche. No sabe si le persiguen, no se atreve a volverse a mirar. De momento sólo quiere correr, correr, correr, sin saber a dónde ni hasta cuando.

Finalmente oye voces familiares. Reconoce las de los compañeros del grupo de forrajeo; deben estarle buscando. Para asegurarse de que no lo toman por un español, avanza hacia ellos gritando: “¡Eh! ¡Aquí! ¿Dónde os habíais metido? ¿Os parece bien dejar que me pierda de esta manera?”

* * *

ECOS DE SOCIEDAD

Primera semana

Un carruaje llega a la puerta del Palacete Castelmore a primera hora de la mañana. El cirujano Claude François Félix de Tassy baja de él y, caballerosidad ante todo, ayuda a descender a su ayudante, que no es otra que Marie Dupont. Ambos entran en la residencia para visitar a Charles Batz-Castelmore, que arde en deseos por saber sobre los progresos de mademoiselle Marie Dupont en el campo del cuidado de heridos y enfermos. Tras una revisión general al Mayor de los Mosqueteros del Rey, el cirujano da el visto bueno a su estado de salud y comenta con el vizconde que sin duda es una de los mejores ayudantes que ha tenido en toda su carrera. Mademoiselle Dupont se ruboriza ante aquellas palabras, rubor que aún va a más cuando un noble tan importante como le viscomte de Castelmore en persona le da la enhorabuena. Antes de que se vayan les entrega a ambos sendas invitaciones para La Gala de Navidad del Salón Literario de la cuarta semana, y le pide a maemoiselle Dupont que recuerde pasar la tercera semana durante los preparativos de la celebración ya que ha contratado los servicios de la afamada sastrería Lacoste y quizás esté interesada en que le confeccione un traje de gala para la ceremonia, "Ya que voy a pagarle bien sus honorarios como mi sastre personal, podrá incluir un vestido para vos sin problema", añade.

Tras la visita, le Viscomte de Castelmore acude a los despachos del Ministro de Estado acompañado por algunos hombres de su confianza, que quedan a la espera a la puerta de la sala de recepciones. Tras una reunión bastante cordial y distendida, le Comte de Rouen le renueva su cargo como Ministro de Humanidades. En ese momento el Ministro de Estado es llamado a despachar con Su Majestad, y Castelmore no deja escapar la ocasión: dirige una breve petición al Ministro de Estado y le acompaña a la sesión de despacho, quedándose respetuosamente en la puerta de las estancias reales. Al cabo de un rato breve que sin embargo a Castelmore se le hace eterno, un sonriente Cael de Rouen sale y le dice:

-Enhorabuena, vizconde. Su Majestad ha accedido a vuestra petición de realizar una entrega de medallas de la Real Orden del Caballo Blanco en la recepción de fin de año. Desgraciadamente no he conseguido su compromiso de asistir a la gala. Ya sabéis que Su Majestad es un hombre ocupadísimo...

* * *

El día era soleado, y a pesar del frío se estaba bien al aire libre siempre y cuando uno se mantuviese al sol. Daphée Bourtagre, seguida de su inseparable dama de compañía, cruzó los setos que adornaban la entrada del parque de las Tuileries con la intención de dar un paseo. No habían pasado ni dos minutos cuando un pequeño grupo de niños harapientos rodearon a las dos mujeres. La dama de compañía intentó espantarlos con un enérgico "¡Fuera de aquí, galopines!", pero Daphée la detuvo y, con una sonrisa, les dio unas monedas. Pero los niños, después de dar las gracias con una exagerada reverencia que seguramente pretendía ser educada y que provocó una leve risa de la bella, empezaron a dar vueltas alrededor de la dama de compañía, riéndose y gritando, haciendo caso omiso de los intentos de ésta por espantarlos a manotazos. Daphée, al principio divertida, empezaba a pensar que la broma duraba demasiado.

-¡FU​ER​A DE AQ​UÍ! ​​​

La voz sonó como un trueno, y los zagales salieron corriendo para desaparecer en un instante. Las dos sorprendidas damas se dieron la vuelta para encontrarse con un caballero que, sombrero en mano, les hacía una reverencia. Daphée respondió con una leve genuflexión y se dirigió al recién llegado:

-Muchas gracias por vuestra ayuda, monsieur...

-Armand Beaufort a vuestro servicio, mesdemoiselles. Lamento haberos sobresaltado. A veces hay que mostrarse firme con estos pequeños gamberros.

-No os preocupéis, monsieur Beaufort. Gracias a vos ahora estamos tranquilas.

Beaufort sonrió. "Unas monedas bien gastadas y unos gamberrillos bien escogidos", pensó. Inmediatamente tomó la iniciativa:

-Será mejor que os acompañe un trecho si me lo permitís, por si acaso volvieren -respondió el caballero-. Y decidme, ¿venís mucho por aquí? Una belleza como la vuestra me habría llamado la atención de haberla visto antes...

* * *

El estreno teatral, sin ser extraordinario, fue entretenido e interesante. Phillipe Le Clothes Du Lacoste y su hermana acudieron reservando un palco, al que además invitaron a Alain de la Débâcle, André du Guerrier, Bernille Nienau y su dama Élise Leclerc, aunque finalmente el Guardia del Cardenal se excusó por tener obligaciones ineludibles en su Regimiento.

* * *

Segunda semana

El día 13 se celebró en el palacete del Ministro de la Guerra Renné Gade la fiesta de Santa Lucía. La celebración tuvo lugar, como no podía ser de otra manera, el día 13, efeméride dedicada a la santa. Asistieron le Viscomte de Castelmore con Ingrid Svensson, le comte de Rouen con Laurélie Hagopian, Francesco Maria Broglia con Claire Lagaine, Thibaut Cul-de-sac con Madeleine Dubois y, obviamente, los anfitriones Le comte de Gade y Eléonor d'Yberville.

La celebración comenzó al atardecer, cuando el carruaje de los Castelmore llegó a la residencia de los Viscomtes de Gade. El vizconde ayudó a descender de la calesa a su bella esposa Ingrid, la cual estaba deslumbrante con el nuevo vestido de gala confeccionado por la sastrería Lacoste. Un lacayo les seguía el paso, cargado con un voluminoso paquete que trataba con esmero y sumo cuidado, tal pareciera que llevaba en sus brazos a un recién nacido. Tras saludar a los Viscomtes de Gade, Ingrid hizo un gesto a su lacayo y éste comenzó a abrir el paquete con gran delicadeza.

-Queridos Eléonor y Renné, espero que nuestro pequeño obsequio os agrade como muestra de nuestra amistad y gratitud por invitarnos a vuestra celebración de Santa Lucía.

Del paquete emergieron un par de bellos jarrones de porcelana oriental, que relucían tras desarmar las cubiertas y laterales de la caja que los protegía. Eléonor, entusiasmada, abrazó a Ingrid encantada con el bellísimo regalo de su amiga.

* * *

Mientras, en Philippe le Rouge, Armand Beaufort y François Fronsac compartían una jarra de vino caliente. No nos han trascendido detalles de la conversación, pero sabemos que ambos estuvieron hablando de su vida como recién llegados a París, y Armand Beaufort le daba a Fronsac consejos basados en sus experiencias pasadas que, aunque breves, eran indudablemente más que las del recién llegado.

* * *

Tercera semana

En L'Epée D'Or, Gade supervisó por enésima vez cada detalle de la fiesta que había organizado. Era la despedida de soltero de su amigo du Guerrier y quería que todo saliera perfecto. No era nada espectacular, puesto que sabía que su amigo quería algo lo más minimalista posible. De hecho había llegado a comentar que no quería despedida de soltero, pero Renné consiguió convencerle de que aquello estaría muy mal visto y que, al menos por guardar las apariencias, debería prestarse al juego. Al final, el novio accedió resignado. Vinos, licores y alcohol en abundancia, una banda de músicos para tocar música popular de Languedoc, región de origen de Du Guerrier, y, detalle muy logrado, una profesora de baile para que el novio, poco amigo de celebraciones y por tanto poco avezado a danzas, no hiciera el ridículo en el baile nupcial.

"Bueno", pensó. "Todo está listo. Ahora, ¡a esperar a los invitados!

Y éstos no tardaron en llegar: Alain De La Débacle, monsieur Nienau, le comte de Rouen, el Barón de Broglie, Hércule Delaveau, Léo Hardy le Castel y, finalmente y casi a rastras de Thibault Cul-de-Sac, el Mayor. La fiesta, sin ser un anárquico caos como suele ser este tipo de celebraciones, fue animada y divertida, y hasta el novio, "llevado por mi sentido de la responsabilidad de cara al éxito de la celebración", según sus propias palabras, consintió en tomar lecciones de baile.

* * *

Al atardecer, De la Débacle se encuentra en el punto acordado en el Pont Neuf. Un vistazo rápido le confirma que su cobertura está en posición. Sigue mirando a su alrededor, y todo parece normal: unas mujeres remendando redes, unos parroquianos con jarras en la puerta de dos o tres tabernas cercanas... Cuánta gente, por cierto... Demasiada... Se mantiene alerta, con una mano en el puño del rapier y la otra discretamente apoyada en la culata de la pistola que lleva oculta. De repente, un golpe de viento revela una fugaz tela púrpura en uno de los bebedores. "Vaya", piensa Alain. "Guardias del Cardenal. Bueno, por lo menos ya sabemos de qué pie calzan".

Pasan las horas y la noche empieza a caer. Alain sigue allí, y también los clientes de las tabernas cercanas. Muy raro que permanezcan tanto rato en la puerta con el frío que hace, y sobre todo sin entrar a rellenar las jarras.

Ya de noche cerrada, Alain decide que nadie acudirá a la cita y se pone en movimiento. Una sonrisa torva cruza su rostro cuando ve que los parroquianos de la taberna también empiezan a andar por el puente tras él; uno de los miembros del grupo es el que había identificado como guardia del Cardenal, así que ya sabe quiénes son sus perseguidores. Atento al sonido de los pasos sobre la piedra, acelera el ritmo y, cuando nota que las pisadas detrás suyo son también rápidas, da tres pasos atrás, se para en seco y da media vuelta.

-Messieurs, si sois guardias de Su Eminencia el Cardenal, me entrego. No opondré resistencia alguna.

El que parece comandarlos se adelanta.

-Y vos... ¿sois?

-Alain de la Débâcle, para servir a Su Majestad y a vos. Supongo que habéis venido a prenderme -aquí ve los galones de capitán en los hombros de su interlocutor y añade -capitán...

-...Capitán Lafayette, de la Guardia de Su Eminencia. Pero os confieso que no sé de qué me estáis hablando. ¿Prenderos?

-¿Para qué si no íbais a movilizar a semejante contingente? Por mucho que intentéis pasar desapercibidos, treinta y cinco hombres no es algo fácil de esconder... Y no me digáis que habíais salido de juerga: no me lo creo.

-El capitán lanza una carcajada.

-¿Treinta y cinco? ¡Ja, ja! Os quedáis cortísimo, monsieur. Somos bastantes más. Cómo se nota que no habéis mirado bajo el puente, en ambos extremos... De haberlo querido nosotros, os aseguro que no habríais escapado.

-Es que no era tal mi intención, capitán. Recordad que lo primero que os he dicho era que me entregaba. En fin, si realmente decís que puedo continuar mi camino, os deseo muy buenas noches, aunque sigo sin entender nada.

-Bueno, sabíamos que esta noche había aquí una, ejem, cita, y queríamos asegurarnos de que todo se desarrollaba sin incidentes. Pero parece que os han dejado plantado.

En efecto, capitán. Me voy a casa pues. Os prometo -añade irónicamente- no romper nada por el camino.

Ambos se hacen una leve cortesía. El capitán hace una señal a sus hombres, que empiezan a desandar el camino.

-¡Capitán! ¡Una última cosa!

Lafayette se detiene y se vuelve.

-¿Sabéis algo de mi criado, Jean-Luc Pottard?

El capitán se encoge de hombros.

-De ése tampoco nos han dicho nada. Buenas noches, monsieur.

Poco después, Lafayette despide a sus hombres y se dirige a tomar un último trago. Da media vuelta para volver a la misma taberna donde antes se había encontrado con sus hombres, pero al llegar al puente se le hiela la sangre: en la ya negra noche cree ver una siniestra figura negra montada sobre un caballo, tocada con un siniestro yelmo que parece una cabeza de dragón y blandiendo un enorme espadón. Soldado curtido, tras el sobresalto inicial echa mano de su rapier y piensa en cómo defenderse, pero para entonces el fantasma, espíritu, o lo que sea, ha desaparecido en la noche.

* * *

El Palacete de los Castelmore es un hervidero de preparativos y arreglos para la celebración de la cuarta semana del mes. La Viscomtesse de Castelmore y La Comtesse de Dusel preparan con minuciosidad hasta el más mínimo detalle. Una orquesta de músicos comienza a entrar en la residencia mientras el mayordomo les indica el camino hacia el gran salón donde se realizará el ensayo general. Mademoiselle Bourtagre hace aparición acompañada de un carromato y varios criados, los cuales descargan varias cajas de botellas procedentes de las mejores bodegas de Francia. Ingrid avisa a Charles para empezar la degustación de los vinos seleccionados por Daphée Bourtagre, a la cual han pedido que escoja los caldos que se servirán durante toda la gala de fin de año. Tanto Anne Lefèvre como Ingrid y el propio Batz-Castelmore están encantados con la elección realizada. En plena degustación hacen su llegada Lucille Brigitte Le Clothes Du Lacoste y su hermano Philippe; la primera ha sido contratada como la sastrería personal de los Viscomtes y trae para la prueba final los trajes de Gala para los Castelmore. Charles pide a los recién llegados que también se unan a la cata y les comenta que tal exquisitez es gracias a la labor de Daphée Bourtagre y la presenta a los Lacoste.

-Querida Daphée, ya que está aquí mademoiselle Le Clothes, os ruego aceptéis os confeccione un vestido de gala para la recepción de Fin de Año que corre de nuestro cargo por agradecimiento a vuestra labor.

A pesar de las protestas de mademoiselle Bourtagre, Lucille se pone manos a la obra y la conduce, con una suavidad no exenta de firmeza, al coqueto vestidor de la anfitriona, habilitado como sala de pruebas y medidas.

Al poco rato el mayordomo anuncia a Violette Fablet. Los anfitriones acuden también a recibirla y agradecerle su colaboración. Violette ha acudido con su violín, y dos criados llevan otros instrumentos de cuerda de la compositora y cantante. La acompañan al gran salón para que junto a la orquesta pueda realizar los ensayos pertinentes. Un criado se acerca discretamente y susurra unas palabras al oído de Batz-Castelmore; éste se disculpa porque debe ir a recibir al maestro pirotécnico que acaba de llegar para la preparación y organización de los fuegos de artificio que serán el colofón de la velada.

El mayordomo sigue anunciando visitantes. "¡El caballero Alain Derrengué!", casi grita. El anfitrión deja al maestro pirotécnico inspeccionando el jardín y los aledaños y acude.

-Querido Alain, gracias por acudir a ayudarnos con los preparativos de la gala, todo aporte se agradece. Para empezar, ¡dadme vuestra opinión sobre esto! -y le ofrece un par de copas de la degustación de vinos para que opine.

Con ellas en la mano se dirigen al gran salón, donde se oye el característico ruido de la afinación de instrumentos.

-Violette, permitidme que os presente a mi amigo el caballero Alain Derrengué, que es un gran apasionado de la música y del bel canto. Os lo dejo como ayudante para cualquier menester que necesitéis.

Un criado avisa al Viscomte de la llegada de varios carros cargados con cestas de flores y guirnaldas.

-Anne, Ingrid, colijo que ha llegado mademoiselle Féraut, nuestra encargada de los arreglos florales.

Mientras la Comtesse de Dusel y la Viscomtesse de Castelmore reciben a Adèle Féraut y las floristas que la acompañan para acabar de decidir los centros de mesa y las decoraciones principales, el Maestro pirotécnico le detalla todo lo que van a hacer al Viscomte de Castelmore y repasan todos los encargos. No se pondrá la pólvora hasta el último momento para que no se humedezca con la climatología de estos días, pero se prepararán las zonas de lanzamiento y se dejará todo a punto.

El caballero Alain de la Débâcle es anunciado por el mayordomo, el Mayor de los Mosqueteros aprecia cierta atribulación en de la Débâcle y lo hace tomar asiento junto a la mesa donde Adèle Féraut esta realizando un arreglo floral. Charles aprovecha para servirles a ambos unas copas de la cata de vinos para que opinen al respecto.

"¡Monsieur Molière y su troupe!", anuncia el mayordomo mientras Castelmore comenta a De la Débâcle que si tiene que si necesita ayuda para algo que no dude en solicitarla y que, si debe marchar para resolver otros asuntos, no se sienta obligado a ayudar en los preparativos pero que disfrute un rato de la compañía de mademoiselle Féraut antes de partir.

Anne e Ingrid piden a Charles que se reúna con ellas para ultimar con Poquelin y su compañía teatral los pormenores de la Gala. No hay duda alguna que será el maestro de ceremonias ideal. Varios de los cocineros más ilustres de París hacen su aparición con su personal mientras el Mayordomo les indica y conduce hacia la zona de cocinas, el Viscomte les saluda al entrar muy cordialmente y les agradece su presencia y su trabajo para la recepción de Fin de Año.

Lucille Brigitte Le Clothes Du Lacoste pide a la Comtesse y a los Viscomtes que se prueben sus vestidos y traje para los arreglos finales, Charles prioriza que las damas pasen primero a una sala dispuesta para ello junto a la gran biblioteca.

Mademoiselle Marie Dupont es anunciada por el eficiente mayordomo, El Viscomte la recibe encantado por su visita y la acompaña a la sala donde los sastres Lacoste están dando el toque final al vestido de Ingrid.

Charles golpea levemente con los nudillos en la puerta y La Comtesse de Dusel toma a mademoiselle Dupont del brazo y le comenta a Lucille que el vestido para Marie debe ser fabuloso mientras la aprendiza de galeno se azora ostensiblemente.

La música procedente del salón de baile resulta embriagadora y el Viscomte no puede resistirse a ir y presenciar el espectáculo en primera persona. Violette Fablet interpreta con su violín acompañada de la orquesta, Alain Derrengué, muy cercano a ella, se le ve ensimismado, totalmente absorto en la violinista y su arte. Charles toma al abducido del brazo y se lo lleva con él:

-Perdonadme que os separe de vuestra musa pero debéis dejarla volar un poco y necesitáis un traje para la recepción de la próxima semana.

Ambos entran en la biblioteca y el sastre Philippe viéndolos desde la sala adyacente trae el traje del Viscomte para la prueba y sin que sea necesario que le digan nada comienza a tomar medidas a Alain Derrengué.

Lucille Le Clothes se desespera al ver cómo el Viscomte se le escurre una vez más de entre las manos para salir a recibir a las damas. Éste saluda efusivamente a Magdalène y Christine y las dos amigas le agradecen la invitación.

-Bueno... Debo decir que las auténticas anfitrionas son Anne e Ingrid -responde.

Las aludidas surgen en ese momento desde la sala contigua a la biblioteca para saludar con las dos damas recién llegadas. Se dirigen a la salita de lectura donde un lacayo se dispone a servirles hojaldres y pastelitos que acompañan al té café y chocolate dispuesto para la ocasión.

Charles vuelve a que Lucille pueda terminar su trabajo. Lucille y Charles sonríen con complicidad. Alain Derrengué está sublime con su nuevo traje de paño turquesa, sale junto al Viscomte de la Biblioteca y le indica que vaya a buscar a Violette Fablet que ya debería haber terminado el ensayo general para acompañarla a que Lucille pueda tomarle medidas para el vestido de gala de la dama. Y aquí se produce un momento de confusión cuando el mayordomo se cruza con con el renovado Alain Derrengué, no lo reconoce, y cree que sin duda ha cometido un error al no anunciar un caballero que, por su porte y vestimenta, sin duda es un noble de alto rango.

Charles se asoma al jardín donde varios actores de la compañía de Molière ensayan diálogos y ejercicios malabares. Daphée Bourtagre y Marie Dupont contemplan encantadas el trabajo de Adèle Féraut con varias floristas engalanando todo el palacete por completo con flores secas plantas y trozos de telas de diversos colores.

El Viscomte va repasando toda la preparación y todos los detalles que aún quedan por solventar, al llegar a la sala donde Lucille está ultimando el vestido de Violette Fablet ve a Alain Derrengué esperando en la puerta.

-Alain, he dispuesto mi calesa para que al terminar las labores de sastrería nos ayudéis acompañando a mademoiselle Fablet hasta su residencia. Los instrumentos pueden quedar en el Salón junto con el resto de instrumentos de la orquesta para evitar transportarlos de nuevo la semana que viene.

Tras acabar su labor la sastrería de Lacoste, el propio Charles les felicita por el gran trabajo realizado y le hace a Lucille una oferta irresistible:

-¿Qué os parece si os quedáis para degustar los platos del menú y canapés que están elaborando los cocineros y nos ayudáis para dar la aprobación? Así Philippe puede acompañar a mademoiselle Bourtagre con nuestro carruaje hasta su residencia... -el comentario es recibido con una risa cómplice.

El mayordomo anuncia al Embajador de Suecia, y el Viscomte sale a recibir a su suegro y lo acompaña al comedor. Hablan efusivamente hasta que el mayordomo anuncia que está dispuesta la degustación. Los platos van saliendo para realizar la cata, la Comtesse de Dusel, los Viscomtes de Castelmore, el Embajador Svensson, mademoiselle Marie Dupont, mademoiselle Adèle Féraut y Lucille Brigitte Le Clothes Du Lacoste van probando todos los manjares y eligiendo los platos que consideran más adecuados. Aunque al final son las dos anfitrionas las que decidirán el menú definitivo.

Se sirven canapés en la sala de lectura para el grupo de damas que celebran la noticia de la próxima boda de Christine Daé. Tras la entretenida reunión, el Cardenal César d'Estrées acompaña a las damas en el carruaje de los Castelmore a sus respectivas residencias. La Comtesse de Dusel acompaña en su calesa a mademoiselle Marie Dupont, mademoiselle Adèle Féraut y Lucille Brigitte Le Clothes Du Lacoste para dejarlas una en su casa.

El mayordomo asegura que todo está recogido y en orden y pregunta a los señores si desean algo más. Ingrid y Charles se miran con complicidad y aseguran que todo esta bien, le dan las felicitaciones por todo el trabajo que se ha realizado, tanto él como todo el personal de servicio. El vizconde le despide con una sonrisa diciéndole:

-Deseamos que podáis descansar bien, que os lo habéis bien ganado.

* * *

Del diario de Alain de la Débâcle:

20 de diciembre del año del Señor de 1658

Un mes lleno de actividad por un lado, pero por otro sin ningún progreso en lo que me preocupa: la desaparición de mi criado. En la primera semana, se presentó en nuestro cuartel de Dragones François Fronsac, un joven recién llegado de provincias. Me recordó a mí mismo hace poco menos de un año. Me ofrecí a ayudarle en lo que solicitaba y le desee lo mejor en su nueva vida en la Cité. Después acudí al teatro, invitado por mi buen amigo Philippe Le Clothes du Lacoste. La obra estuvo bien, no como cuando yo le invité el mes anterior.

Pero lo más destacable ocurrió en la tercera semana. Debía acudir al Pont Neuf en plena noche, instigado por un mensaje anónimo, con la esperanza de saber algo de mi criado desaparecido. No las tenía todas conmigo, de manera que algunos buenos amigos accedieron a cubrirme las espaldas. Debido a los mensajes amenazadores del hermano lego Montoya y a su comunicación con la Guardia del Cardenal, una de las posibilidades que yo barajaba era encontrarme con la Guardia cardenalicia y ser detenido. Pero esto fue lo que sucedió:

Después de esperar infructuosamente junto al puente un buen rato, comencé a cruzarlo. Al principio no vi a nadie y cuando ya pensaba en volver sobre mis pasos me di cuenta de que me seguía una patrulla de la Guardia del Cardenal. Bien, cuanto antes pasara el mal trago, mejor. Así que me dirigí resuelto hacia ellos y le dije al capitán que mandaba la patrulla:

-Messieurs, si sois guardias de Su Eminencia el Cardenal, me entrego. No opondré resistencia alguna.

El capitán me miró con sorna e intentó hacerme creer que no sabía de qué le estaba hablando, aunque finalmente le hice reconocer que habían venido a vigilar mi frustrado encuentro. Pero me insistió en que no tenía órdenes de detenerme. Al despedirme, aproveché la ocasión para preguntarle si sabía algo de Jean-Luc, pero tal y como ya preveía la respuesta fue negativa.

Volví mohino a mi triste buhardilla, pensando en el pobre Jean Luc. Apenas concilié el sueño esa noche. Pero la vida sigue, y un par de días más tarde hice acto de presencia en mi nuevo club, L'Epée d'Or (donde me inscribí, entre otras razones, para que el hermano lego Montoya pueda seguir despotricando de mi persona). Allí tuve la oportunidad de departir con casi todos los socios, aunque mi estado de ánimo no fuera todo lo bueno que la buena compañía propiciaba. Mientras allí estaba, las meditaciones sobre Jean Luc me llevaron a otro pensamiento que me asaltó de repente:
¿Qué se ha hecho de mademoiselle Cornamusa?
 

* * *

Cuarta semana

El Cirujano Claude François Félix de Tassy junto a Marie Dupont ya están desde primera hora en la residencia de los Castelmore. Ambos disfrutan observando los últimos preparativos antes de la Recepción de Fin de Año.

Varios Mosqueteros del Rey con uniforme de gala franquean y aseguran el palacete de los Castelmore. Cabe la posibilidad de que su Majestad acuda a la recepción de Navidad del Salón Literario de Ingrid Svensson, Viscomtesse de Castelmore, y Anne Lefèvre, Comtesse de Dusel, y la seguridad es muy importante. Uno de los primeros carruajes en llegar a la celebración es el del Embajador de Suecia con su esposa e hijo que lleva asida del brazo a la ex monarca Cristina de Suecia. Los Mosqueteros del Rey con uniforme de gala y parte de los actores de la compañía de Molière reciben a los invitados en la entrada a los jardines del Palacete.

El ministro de Exteriores con su esposa, el Ministro de Justicia con su dama acuden junto a varios Embajadores y sus esposas. Poquelin, en su papel de maestro de ceremonia, saluda y anuncia a cada uno de los asistentes a la entrada al gran salón donde la orquesta espera en silencio al fondo de la estancia. Uno de los carruajes contratados por los Castelmore hace su llegada con Lucille Brigitte Le Clothes Du Lacostte y su hermano Phillipe que acompañan a mademoiselle Daphée Bourtagre.

Las anfitrionas acogen a su llegada a Daphée Bourtagre y la presentan ya como la encargada de la sección de filosofía del Salón Literario. El Chevalier d'Honneur Hércule Delaveau y su prometida Anne Gramme llegan junto a Bernille Nienau con Élise Leclerc, como Comisionados de honor, toman su lugar junto a las anfitrionas y el propio Charles Batz-Castelmore que va saludando a todos los recién llegados: el Ministro de Estado y Viscomte de Rouen con Laurélie Hagopian, el Baron de Broglia con Claire Lagaine, el Ministro de Guerra y Viscomte de Gade con su esposa Eléonor d'Yberville, el Chevalier d'Honneur André du Guerrier con su prometida Christine Daé, le Baron du Castel con Catherine Dubois, el Par de Francia y miembro de la Académie Française César d'Estrées acompaña a las mademoiselles Magdalène Vien y Adèle Féraut junto al Mayor Alain de la Débâcle. En un carruaje contratado por los Castelmore, mademoiselle Violette Fablet llega acompañada por Alain Derrengué que viste un magnífico traje de color azul turquesa. Los caballeros François Fronsac y Armand Beaufort llegan algo cohibidos, pero al verlos entrar el propio Charles va a su encuentro y les presenta a Bernille y Hércule que pronto los hacen sentir más a gusto y acogidos. El mayor Cole Campbell con Marianne Moreau llegan a pie al igual que el capitán Thibaut Cul-de-sac con Madeleine Dubois a quienes les apatecía pasear.

Los criados sirven a todos los asistentes viandas de gran calidad y surtido junto a una selección de vinos de aperitivo realizada por mademoiselle Daphée Bourtagre.

Ingrid Svensson, Viscomtesse de Castelmore, y Anne Lefèvre, Comtesse de Dusel, están radiantes con sus nuevos vestidos de gala confeccionados por la sastrería Lacostte. Dan por iniciada la sesión del Salón Literario y piden a Daphée Bourtagre que junto al invitado François de La Mothe-Le-Vayer, escritor miembro de la Academia francesa, antiguo tutor de Su Majestad y gran amigo de Molière, lean los textos seleccionados de la escritora, filósofa y editora: Marie de Gournay, de su obra "Tratado de Igualdad de los hombres y las mujeres". Teatralizando la lectura algunos de los actores de la compañía de Molière hacen las delicias de todos los asistentes. Se interpretan unos poemas de Navidad y, a petición de varias damas, la compañía de Poquelin interpreta los mejores pasajes de la obra de teatro "El pedante Burlado" de Cyrano de Bergerac. Entre risas, vítores y aplausos de todos los presentes, el maestro de ceremonias lee a continuación las obras finalistas al Premio Teatral Alexandre de L'Oie. Tras leer cada una de ellas varios actores teatralizan un breve diálogo de los fragmentos más significantes de cada una para que los presentes puedan rememorar dichas obras:

  • "El Dragón de Aquitania" de Hércule Delaveau por la compañía del Théatre Royale, con valoración de la crítica favorable como emocionante y entretenida.
  • "Nicomedes" de Pierre Corneille por la compañía la "Troupe de Monsieur" de Molière, con la valoración de la crítica de gran calidad pero algo aburrida.
  • "El doctor enamorado" de Jean-Baptiste Poquelin (Molière) por la compañía la "Troupe de Monsieur" de Molière con valoración de la crítica favorable como gran farsa divertida.
  • "El pedante burlado” de Cyrano de Bergerac por la compañía del Théatre Royale, con valoración de la crítica de pasable aunque con escenas divertidas.

Tras ello se le pide al Real Secretario que desvele el resultado final de las votaciones que han tenido un ganador con mayoría de votos destacable. La obra vencedora resultó ser "El Dragón de Aquitania", de Hércule Delaveau. Los aplausos tan efusivos y algún vítor hacen que Hércule se ruborice y quede un tanto desconcertado. El Ministro de Humanidades lo hace subir a un pequeño estrado junto a la orquesta y le hace entrega de una pequeña estatuilla de un dragón de bronce junto a una dotación económica de 2000 Cr. Los aplausos son generales y se extienden durante más de un minuto. El Ministro baja del estrado para dejar al autor que dirija unas palabras a los presentes tras recibir el premio.

Cuando se anunció su nombre y el título de El dragón de Aquitania, Hércule Delaveau tardó unos instantes en reaccionar. Una vez solo en el estrado se llevó la mano al cuello, carraspeó con visible nerviosismo y, tras una breve inclinación de cabeza, comenzó a hablar. En primer lugar expresó su gratitud por el premio, confesando con una sonrisa que no se hallaba preparado para aquel momento, "a pesar de que Monsieur Anónimo tuvo la gentileza de adelantarme la noticia hace unas semanas", remató. El comentario provocó risas y distendió el ambiente.

Recuperado el aplomo, Delaveau explicó que al escribir la obra no había perseguido la fama ni la gloria, sino contar la historia de un hombre real que le había marcado profundamente. Un súbdito francés, como tantos otros, que llegó a París movido por el amor a la patria, por ideales y por sueños, fueran éstos grandes o modestos.

-Algunos de estos hombres alcanzan sus metas, otros se desvían y hallan nuevas, y otros caen en el camino, abatidos por una bala enemiga. Alexandre fue uno de ellos, como tantos antes y después; y permitidme evocar también al barón de Dusel. Así pues, os pido un brindis por todos aquellos hombres valientes que sirven a Francia: los que luchan en el frente, patrullan nuestras calles, escriben humildes sonetos o sueñan con viajes imposibles.

Las copas se alzaron, y fue entonces cuando anunció su decisión de destinar la totalidad de la dotación del premio a diversas iniciativas.

-La primera, impulsada por Anne Gramme, mi futura esposa, consistirá en la fundación de La Maison des Arts et de la Lecture, un atelier de letras y artes donde se impartirían, entre otras disciplinas, clases de caligrafía, retórica y dibujo.

-Y en segundo lugar -añadió-, y como primer acto oficial de La Maison, anuncio la convocatoria de un certamen de poesía abierto, destinado a dar voz a esos caballeros anónimos cuyo talento rara vez encuentra escenario.

El discurso concluyó entre aplausos prolongados. Cuando éstos cesan, Hércule se retira con Anne a un espacio más discreto. El ruido queda atrás y el dramaturgo parece cansado.

Anne lo observa unos segundos antes de hablar. No lo felicita de inmediato. Sonríe con esa mezcla de orgullo y lucidez que la caracteriza.

-Así que "futura esposa", y dicho ante medio París...

Hércule intenta bromear, pero ella lo detiene con una mano en el pecho.

-No me pesa -continúa-, pero has prometido algo grande. Lectores sin nombre, voces nuevas... ¿Estás preparado para lo que acabas de poner en marcha?

-Hércule sonríe y acerca su boca al oído donde susurra su respuesta.

A continuación se hace entrega de la nueva Condecoración del Ministerio de Humanidades Medalla de Honor del "Caballo Blanco" que el Ministerio con el plácet de su Majestad entregará a los caballeros y/o damas que durante el año hayan destacado por su aporte a las Artes y la Cultura del Reino.

El Ministro de Humanidades, mientras su esposa a su derecha mantiene en sus manos un estuche de piel y a su izquierda Bernille Nienau sujeta otro estuche similar, se dirige a todos los presentes con tono solemne. -Los condecorados con la distinción de "El Caballo Blanco" este año son: A título póstumo al Comte Dusel por su entrega y aporte incansable fruto del cual se inició el Salón Literario con su amada esposa. Se le hará entrega en su nombre a Anne Lefèvre, Comtesse de Dusel.

Mientrras Ingrid abre el estuche. El Ministro de Estado hace el honor de otorgar y poner el colgante a modo de medalla a la galardonada, a la que se nota muy emocionada y quien, tras agradecer al Ministro de Estado y al Viscomte de Castelmore, besa y se abraza a Ingrid, mientras intenta ocultar las lágrimas en su rostro.

El Ministro de Humanidades continúa la ceremonia esperando a que la Comtesse se reponga de la gran emoción que la embarga.

-También se otorga la condecoración de "El Caballo Blanco" al ganador del Premio Teatral Alexandre de L'Oie por su labor en el campo de la dramaturgia y su excelente trabajo, al Chevalier d'Honneur Hércule Delaveau.

El Ministro de Estado tomando la condecoración del estuche que mantiene abierto Bernille en sus manos, impone la medalla al brillante dramaturgo que no esperaba tal honor y está exultante de alegría. Tras agradecer al Ministro de Estado y al Ministro de humanidades tal distinción, se abraza con su amigo Bernille y va al encuentro de su prometida Anne, con la que se funde en un gran abrazo con beso incluido.

Los aplausos son tan efusivos y prolongados como si se estuviera en el estreno de la mejor obra del Teatre Royale. Los asistentes piden que los condecorados dediquen unas palabras. Ambos, emocionados, sólo aciertan a agradecer al Rey y al Ministro de Humanidades la distinción y aseguran que es un acicate para seguir trabajando y poner empeño en promocionar el Arte y la Cultura de nuestro Reino.

Tras tan emotivas palabras de los galardonados, la orquesta acompaña a la intérprete mademoiselle Violette Fablet en una selección de piezas musicales. Son melodías tan sensibles y armoniosas que todos los presentes quedan sumidos en un silencio expectante.

El comedor está listo y preparado y los comensales van pasando y sentándose acorde a las indicaciones de los actores y el propio Molière que van haciendo chanzas y bromas para disfrute de los invitados. Las mesas se sitúan a ambos lados de una gran mesa central. Todas ellas adornadas con centros florales además de las guirnaldas de flores que jalonan el gran salón con un gusto exquisito, obra de las mejores floristas de París bajo la coordinación de mademoiselle Adèle Féraut.

En la mesa a la derecha de la principal se sientan los embajadores con el Ministro de Exteriores y el de Justicia junto a la ex-monarca Cristina de Suecia, que ha decidido prolongar su estancia en París hasta que llegue el buen tiempo, según comenta. También en la misma mesa el académico César d'Estrées junto a mademoiselle Magdalène Vien, el escritor François de La Mothe-Le-Vayer y otros ilustres invitados.

En la mesa central, las anfitrionas de la recepción de Navidad y Fin de Año del Salón Literario, Ingrid Svensson, Viscomtesse de Castelmore, junto a su marido Charles Batz-Castelmore, y Anne Lefèvre, Comtesse de Dusel; a su lado Anne Gramme con su prometido, el Chevalier d'Honneur Hércule Delaveau. En la misma mesa central, el Ministro de Estado y Viscomte de Rouen con su prometida Laurélie Hagopian, el Ministro de Ciencias y Barón de Broglie con su esposa Claire Lagaine, el Ministro de la Guerra y Viscomte de Gade con su esposa Eléonor d'Yberville, el Chevalier d'Honneur André du Guerrier con su prometida Christine Daé y le Baron du Castel con Catherine Dubois.

Cerca de la mesa central, a la izquierda y cercana al asiento del Viscomte de Castelmore, la mesa con Bernille Nienau con Élise Leclerc, a su lado Lucille Brigitte Le Clothes Du Lacostte y su hermano Phillipe junto a mademoiselle Daphée Bourtagre, mademoiselle Violette Fablet junto a Alain Derrengué, Adèle Féraut junto al Mayor Alain de la Débâcle, el mayor Cole Campbell con Marianne Moreau, el capitán Thibaut Cul-de-sac con Madeleine Dubois, el cirujano Claude François Félix de Tassy junto a Marie Dupont, los caballeros Fronsac y Armand Beaufort.

El menú es una selección que permite degustar los mejores platos del Reino, confeccionado por los más afamados cocineros. Los vinos que acompañan son fruto de la esmerada selección realizada por mademoiselle Daphée Bourtagre. Todo se ha cuidado con tanto detalle que hasta el cambio de platos se realiza entre entretenidas actuaciones de los actores de la compañía de Molière, aunque muchos comensales están tan ensimismados en sus conversaciones que a veces no se percatan ni del cambio de platos. Una repostería variada y abundante fruta se sirve como postre acompañado de un gran surtido de quesos, que hacen las delicias de más de la mayoría de los invitados.

Mientras todos los asistentes acaban de cenar, el Maestro pirotécnico coloca con delicadeza todo el material de artificio. Varias espirales se colocan insertadas por una varilla en su centro a todos los árboles de ambos lados del jardín. Se han excavado huecos a modo de volcanes en varias zonas del parterre, creando montículos para rellenar de material de artificio. Sobre dos cuerdas que atraviesan el jardín, una especie de pancarta con una estructura metálica.

El Viscomte de Castelmore junto a su esposa y la Comtesse de Dusel se ponen en pie y alzan sus copas para brindar por todos y agradecer su presencia. Todos se levantan y brindan, y en ese mismo instante la gran orquesta inicia sus compases llamando a los presentes al gran Salón de baile. Todos los invitados van llegando con parsimonia al gran salón y una vez todos presentes, el Viscomte de Castelmore pide a la encantadora mademoiselle Violette Fablet que interprete alguna pieza musical con su violín. Ella asume el reto e inicia su solo de violín que poco a poco se ve acompañado por varios instrumentos de la orquesta, hasta que al final es toda la orquesta la que se une al completo. Tras esta extraordinaria actuación Ingrid Svensson y Charles inician el primer baile, danzando solos por unos instantes. La pareja se desliza por el gran salón con destreza provocando una gran expectación y una fuerte ovación al terminarlo. Se da por iniciado el baile de Año Nuevo y todas las parejas se unen saliendo a danzar sin importar la calidad o la soltura en muchas de ellas.

Se sigue sirviendo repostería dulce y salada acompañada de varios licores de todo tipo. Los cómicos danzan imitando a algunas parejas y otros realizando verdaderas muestras de contorsionismo. Al llegar la medianoche, la música se para por completo a la señal del maestro de ceremonias monsieur Poquelin, que con un gong toca hasta doce veces para dar por iniciado el nuevo año. Se brinda por el año nuevo con un gran estallido de alegría y emotividad por parte de muchos de los presentes. Los criados traen abrigos para salir al exterior y poder ver los fuegos de artificio para celebrar la llegada del nuevo año. Varios mozos con unas largas antorchas se aproximan a los árboles de ambos lados del jardín, encienden las mechas de todas las espirales apuntaladas en ellos y varias ruedas de fuego ruedan incesantes e iluminan todo el exterior del palacete. Tras irse apagando las espirales, varias fuentes de luz enterradas en el suelo rugen y sueltan fogonazos. De repente un gran resplandor en el cielo deja ver una estructura incandescente formando unos números: 1659 que cuelgan entre los árboles del jardín. Poco a poco se va extinguiendo el fulgor del guarismo del nuevo año y una lluvia de destellos inundan el cielo sobre el Palacete de los Castelmore. Los fuegos de artificio son realmente tan impresionantes como bellos. El olor a pólvora impregna todo el ambiente y muchos de los soldados allí presentes evocan pasadas campañas. Ingrid se abraza fuertemenete a Charles deseando aferrarse a él, evitando que marche, ni siquiera mentalmente, de la preciosa velada.

Muchos aplauden y el baile prosigue para aquellos que deseen seguir celebrando el cambio de año. Varios carruajes se disponen para los invitados que deseen utilizarlos en su vuelta a casa. El académico César d'Estrées pone su carruaje a disposición de las damas que no tengan acompañante para volver a sus residencias. Phillipe Le Clothes Du Lacostte acompaña a mademoiselle Daphée Bourtagre, mademoiselle Violette Fablet marcha junto a Alain Derrengué, mademoiselle Adèle Féraut junto al Mayor Alain de la Débâcle, y un solícito François Fronsac se complace en acompañar a Marie Dupont en un carruaje cedido para ellos por el mismísimo Viscomte que les despide personalmente felicitándo a ambos el año nuevo.

La velada ha sido un verdadero éxito y los Viscomtes de Castelmore, junto a la Comtesse de Dusel, van saludando y despidiendo a todos sus invitados. Ingrid ha hecho preparar la habitación para Anne y no tenga que trasladarse a su palacete a estas horas, "Así mañana desyunamos juntas, no cualquiera puede desayunar junto a una condecorada en la orden de "El Caballo Blanco", dice Ingrid ilusionada y socarrona.

Charles e Ingrid quedan abrazados durante un largo rato contemplando la noche estrellada sobre su jardín. "Querida, este nuevo año espero poder disfrutar más de tu compañía sin tantos invitados a nuestro lado, aunque con vuestro Salón Literario me da que tendré que acostumbrarme a compartirte más a menudo de lo deseado..."

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Quinta semana

En un lugar cualquiera del camino real, el carruaje del Real Secretario se paró a recoger a un transeúnte que caminaba bajo el frío viento del Atlántico. La tormenta llevaba varios días cayendo sobre todo el sur de Francia desde el golfo de Vizcaya hasta el de Lion, intensificado especialmente en los Pirineos, pero de buena mañana había salido el sol, dando un respiro a todo el sur de Francia. El cochero exclamaba que al fin había salido el sol, pero eso no restaba que se encontraran con grandes charcos e incluso partes del camino inundadas ante las cuales el carruaje debía de maniobrar con especial cuidado.

-¡Buen hombre! ¿Os podemos acercar a algún sitio?

Cual fue la sorpresa del Real Secretario cuando se encontró con que el «buen hombre» no era otro que Olivier Montoya, a pie y solo por aquel camino desolado.

-Pues no os diré que no. La divina providencia me ha enviado vuestro carruaje. Dios aprieta, pero no ahoga.

-¡Capitán Montoya! ¿Pero qué hacéis por estos lares? ¡Y sin caballo!

-Es que ya no soy capitán, ¿sabéis? Le he tocado tanto las narices a alguien que me han expulsado de los cadetes con unos pretextos tan inverosímiles y contradictorios que no hay por dónde cogerlos.

-Ya me he enterado, ya. Pero creo que vuestro nombre ha quedado tan asociado al de «capitán» que se os ha quedado como apodo. ¿Pero no deberíais de estar en el puesto fronterizo?

-Asuntos de máxima urgencia para el Reino -contestó con sarcasmo al tiempo que mostraba una saco con un montón de sobres sellados-. El Coronel Perrau me entretiene haciendo de correo entre un puesto y otro. Se ve que le han dicho que me den los trabajos mas zarrapastrosos.

-Bueno, ya vendrán tiempos mejores. Pero subid, subid, precisamente me dirigía a Can Traver, una posada que hay en el camino a Burdeos. Veniros a comer.

Olivier Montoya se quedó parado, con la boca abierta y los ojos como platos.

-¿Lo decís en serio?

-Sí, claro. ¿Por qué os extrañáis?

-Bueno, ya sabéis la facilidad que tengo para hacer amigos -sonrió irónicamente.

-Ya, ya, pero también sois, junto con otro caballero, digo dama, de París, «irreductibles, una fuerza de la naturaleza a la que hay que soportar». -¿Es que habéis hablado con el cardenalista?

-Efectivamente, «capitán» ¡Pero subid ya! Eso sí, pongamos una condición: hablemos de cualquier cosa menos de lo que acontece en París. En parte salgo para despejar la mente de todos estos asuntos. No os podéis imaginar la de dolores de cabeza que me entran intentando hilvanar todos los acontecimientos. Ya me ocuparé de escribir una carta al Coronel Perrau para justificar el retraso en los envíos: inundaciones, caminos intransitables... Esas cosas. Yo también tengo mis influencias, ¿sabéis?

-Pues hablemos de lo que sea -rió Montoya-, hasta del tiempo si hace falta. Será agradable la compañía al calor de la chimenea, con carne de caza en el plato y un buen vino para acompañarlo.

El cochero fustigó ligeramente a los caballos y el carruaje se puso en marcha en dirección a la posada.

No entraremos en detalles sobre lo que ambos personajes hablaron, pero sí podemos decir que la comida constó de excelentes carnes y fue regada con un exquisito vino del Priorat elegido por el Real Secretario.

EL CABALLERO DEL MES

El título de Caballero del mes corresponde a:
 

Hyacinthe Cornamusa
Por haber tenido la valentía de revelar el secreto de su verdadera identidad.

EL PATÁN DEL MES

El título de Patán del mes corresponde a:
 

Olivier Montoya
Por su doblez al ocultar que era un hermano lego de los Jesuitas

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NOMBRAMIENTOS HABIDOS ESTE MES

    • Charles Batz-Castelmore ha sido nombrado Ministro de Humanidades (C03)

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ANUNCIOS DE PRESENTACIONES A CARGOS

    • Cael de Rouen anuncia que se presentará a Ministro de Estado (C01)
    • Renné Gade anuncia que se presentará a Ministro de la Guerra (C02)
    • Marcel du Calais anuncia que se presentará a Rector (R09)

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CARGOS PARA EL MES DE ENERO
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Ministro de Estado General o Comte12 Rey
Ministro de la Guerra Tte.Gral. o Viscomte12 Rey
Rector Cura6Vicario

 

CARGOS PARA EL MES DE FEBRERO
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Ministro de Justicia Brigadier o Baron 8 Min.Estado
Canciller de Finanzas Brigadier o Baron 10 Min.Estado
Tte.Gral. de la Policía Coronel o Chevalier 6 Min.Estado
Maréchal de FranceGeneral o superior 12 Rey
Inspector Gral.Infant. Tte.General o superior 10 Min.Guerra
Inspec.Gral.Caballeria Tte.General o superior 12 Min.Guerra

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AGRADECIMIENTOS

A David, por el fragmento de la visita médica de la primera semana, el de la segunda semana, y el fragmento más largo escrito jamás sobre una jugada corta (corta para todos menos para los anfitriones, claro): la preparación de la fiesta. Y, por supuesto, por el no menos largo fragmento describiendo la fiesta propiamente dicha. ¡Qué maratón de escribir te has pegado! A José, por el fragmento que ha acabado insertado en el texto de David. A Fernando por el discurso de aceptación (también insertado en el relato de David sobre la entrega de premios). A Víctor por la "quinta semana" (y por invitarme a comer aunque la crónica dice lo contrario, seguramente para evitar sospechas de soborno 😆)

NOTAS DE LOS REALES SECRETARIOS

Bueno, como suele ocurrir en diciembre, entre Navidades y Añonuevos hay mucha crónica social, pero también ha habido un par de sucesos interesantes para los que prefiráis las tramas de misterio, como podréis ver...

Por cierto: dentro de muy poco publicaremos la revisión de las reglas, y habrá algunos cambios importantes (pocos, pero ahí estarán). Más que nada son puntualizaciones y concreciones para tapar "agujeros legales" provocados por alguna omisión o algún redactado ambiguo. Ya os avisaré en la lista de correo cuando las actualicemos en la página web. Fernando muy amablemente se ha ofrecido a poner al día aquella maquetación en PDF tan preciosa que nos hizo Luis, así que las reglas también estarán para descargar.

FECHA LÍMITE PARA EL PRÓXIMO TURNO

El plazo de entrega del próximo turno finaliza el viernes, 30 de enero de 2026, a la medianoche (hora española peninsular).

¡Hasta pronto!

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