REAL CRÓNICA DE OCTUBRE DE 1658 (Número 390)
La vida es lo que te ocurre mientras tratas de jugar a En Garde!
El Real Secretario
GACETA MILITAR
Al alba, sin que aún las alondras ni los gallos canten, un atribulado subalterno de los Cadetes de Gascuña golpea la puerta de su capitán.
-Capitán, la compañía ya está formada en el patio esperando vuestra presencia y el Teniente Coronel os manda presentarse en su despacho urgentemente.
El capitán aún sin vestir contempla al subalterno entre aturdido e incrédulo. Aún no se atisba ni un solo haz de luz que induzca a pensar que haya amanecido, ¿y lo espera el teniente coronel?
-¿Acaso no os entregó el comunicado urgente ayer tarde vuestro sirviente personal? -el subalterno mira a su alrededor la estancia del capitán y no puede disimular su pésima valoración por el desorden y la poca limpieza de la residencia-. Si vuestro criado no os satisface, tengo un sobrino que aunque joven, es muy eficiente y eficaz, que no es lo mismo pero es igual.
El Capitán Montoya se vuelve hacia el subalterno y le mira fijamente, pero decide no decir nada para aligerar y no perder el tiempo en cuestiones menores.
Al llegar al acuartelamiento se percata que realmente no exageraba el subalterno: su compañía está formada en el patio preparada con todos los enseres de campaña. Sus hombres lo miran con cara agria; sin duda todos ya saben que Montoya es el culpable de su marcha al frente y además llega tarde.
El Teniente Coronel sale a su encuentro, ni siquiera le hace pasar a su despacho.
-Capitán Montoya, vuestras demandas han sido escuchadas, como bien se os comunicó ayer. Salimos al frente, al alba y sin más dilación para que tengáis la ocasión de obtener toda esa experiencia necesaria para alcanzar esos cargos que tanto ansiáis.
* * *
Pirineo occidental
Una semana después, los Cadetes se arrejuntaban al calor de una hoguera. El otoño era cada vez más frío y pronto llegaría el invierno. Las posiciones estaban estancadas y los soldados, tanto de un lado como del otro, preferían ver las hojas de los árboles desprenderse de las ramas, una a una, que arriesgar inútilmente la vida. Mas la guerra es como es, y uno puede recibir una mala noticia en cualquier momento, como así fue. Uno de los gascones llegó pálido y tembloroso.
-¡Gérard ha muerto! No ha conseguido volver. Un guardia lo vio caer.
-¡Pero si sólo fue al viejo huerto, a por un par de coliflores!
-El corazón se me llena de temores.
-Los españoles lo mataron de un tiro bien certero -respondió el primero-. No merecía la pena morir por tal recompensa.
-¡Quiero matarlos a todos con un disparo de mortero! El ánimo se me tensa.
-Tranquilizaos, Montoya, que se os va la olla -apuntilló el veterano capitán Carbón.
-Es culpa mía que Gérard feneciera, por mi alma pendenciera.
-¿Qué me decís? Contadme, contadme, pero dejemos ya las rimas.
-Me parece bien, mientras no te arrimes... Algún caballero perteneciente a la roña, como bien dijo recientemente un verso libre, vertió promesas a nuestro Teniente Coronel, todo por enviarme al frente, que el Teniente no oculta este hecho, salvo al autor de la fechoría. Trescientos sesenta soldados a la guerra, lejos de París porque a algún mendrugo no le gustaron mis comentarios. Gérard deja esposa y tres huérfanos por mis palabras. ¡Todo es culpa mía!
-¡Ah! Envidian nuestra libertad porque aún no han salido de la pubertad.
-¿No habíamos dejado las rimas? -preguntó Montoya mientras el resto de gascones se aproximaban, al calor de la historia y del fuego.
-Perdona, Olivier, es la costumbre, un apego que tenemos los cadetes. Como os decía, los de las altas esferas, es decir, los barones, vizcondes y demás herrumbre, envidian nuestra condición, pues somos mujeriegos, quimeristas y embusteros; orgullosos, pero leales a nuestra manera. Tenemos "panache", ¿entiendes? Porque todo ello y al mismo tiempo es libertad. Una de la que ellos carecen, pues les pueden las formas, las apariencias, el que no se hable mal, el qué dirán. Deben siempre ser cotilleados como grandes señores colmados de honores, de posición y de condición. Hasta tal punto son conscientes de sus cadenas que de vez en cuando se ven obligados a invitar al populacho a sus salones, bien para aparentar generosidad, que también para ellos significa estatus mostrada como falsa humildad. En el fondo tienen que regodearse pues se cansan de lucir sus pañuelos siempre con los mismos buñuelos. Presumen de honra y de honor, pero a la mínima se dan de puñaladas entre sí si con ello obtienen el cargo que anhelan o la dama de la que todos hablan. Grandes amigos de antaño, verás los cuchillos volar cuando empiece el nuevo año. Lisonjearán al Rey para renovar sus ministerios o le hablarán mal del aquel conde o del vizconde, ¡siempre entre bambalinas, a espaldas y de oídas! Pero nosotros somos libres, hablamos sin miedo como hombres libres y morimos como tales. ¡No te entristezcas por Gérard! Murió siendo él mismo, sin aparentar nada más. Y por eso nos mandarán de nuevo al frente, tantas veces como haga falta, sin importar las viudas o los huérfanos. Porque en el fondo les gustaría ser como nosotros, pero aman demasiado su fortuna, sus prebendas, sus títulos y sus posaderas. ¿Por qué crees que nunca he pasado de capitán? ¡Por decir lo que pienso cuando lo siento!
-¡Son los cadetes de la Gascuña, que a Carbón tiene por capitán! -gritaron varios a la son.
-Luego te contaré lo que decía de todo esto el más grande de entre nosotros, pero debemos despedir a Gérard.
Carbón se levantó, dejando que la luz de la hoguera lo iluminara bien.
-¡Cadetes! ¿Quién fue el más grande entre nosotros?
-¡Sevère de Montmorency! -dijo uno
-¡Armand de Noisel! -gritó otro.
-¡Cézare Malenfant! -exclamó un tercero.
-¡No, no y no! -respondió Carbón.
-Villiers Daugé de Chevreuse, quien fue nuestro Coronel.
-Y dale, que siempre le mencionáis a él.
-¿Acaso no os referiréis a Marcel du Calais?
-A ese cadete nadie lo recuerda, no importa donde vayáis.
-Entonces sólo queda Jean Parrot, nuestro mayor borracho.
-Con vuestros equívocos empezáis a molestar a mi famoso mostacho.
-¿Quien va a ser sino nuestro querido Cyrano?
-¡Pues claro! ¡Por fin tenéis buena mano! Tocad la flauta, mi viejo y querido Bertrand. Ya sabes, aquella que tanto le gustaba a Hércule-Savinien.
El flautista dio un paso al frente, llevó la flauta a los labios y en medio del silencio empezó a sonar la antigua canción de su país, mientras Carbón recitaba los versos del de Bergerac, en honor del fallecido Gérard:
¡Escuchad, gascones! Esto no es la trompeta aguda de los campos de guerra, ¡es la flauta del bosque! ¡De sus labios no sale el grito que nos llama al combate sino la dulce música de la gaita de nuestros pastores! ¡Escuchad, gascones! ¡Es el rumor del valle, de la landa, del bosque, el pastorcillo con su gorra roja, el verde dulzor de los atardeceres de Dordoña! ¡Escuchadlo, gascones!... ¡Es toda la Gascuña!
* * *
ECOS DE SOCIEDAD
Primera semana
Palacio del Louvre
El Ministro de exteriores carraspea y comenta al Rey:
-Majestad creo que ya sois conocedor que vuestro Ministro de Humanidades se casa la cuarta semana del mes con la hija del embajador sueco. Sería una excelente ocasión para afianzar relaciones. Quizás ya tenéis pensado acudir aunque sea a la fiesta final, con fuegos artificiales y la actuación de la compañía de Molière...
-Mmmm... Es verdad, lo habíamos olvidado. Bueno, quizás nos acerquemos en algún momento si nos apetece. Ya se verá...
* * *
Una calesa se aproxima a paso lento a la residencia de Hércule Delaveau. Se detiene, dos lacayos bajan, avisan de su llegada y esperan la salida del Chevalier d'Honneur. Aún se le notan las secuelas de su estancia en campaña y de la valiente acción de rescate del Baron de Broglia. Los sirvientes se disponen a ambos lados por si requiere ayuda para subir; uno de ellos le ofrece amablemente el brazo para que lo use como asidero para impulsarse y auparse al interior del carruaje, pero Hércule levanta la mano derecha con gesto de agradecimiento e intenta probar su estado de recuperación haciéndolo por si solo. Lo logra con un pequeño esfuerzo, pero se siente satisfecho. Al entrar en la calesa se sorprende de que esté vacía, pero recuerda la nota de Charles: "Os enviaré un carruaje a buscaros y me reuniré con vos por el camino."
El mayor de la Guardia Real sonrie. "A saber qué estará haciendo el buen Charles, siempre con alguna cuestión entre manos", piensa.
* * *
Ingrid está ilusionada con los dos vestidos de gala que su prometido le ha regalado para acudir a la boda de Claire y Francesco.
-Te quedan como un guante, amada mía, tanto el azul como el amarillo. Creo que reluces tanto que al final no podremos ir a la ceremonia: ¡no está nada bien que estés más guapa que la novia y la eclipses en su día!
-¡No seas bobo! -Ingrid ríe emocionada-. Claire es preciosa y como iré de tu brazo nadie me va a confundir con la prometida de monsieur Broglia.
-Por un momento, al decir que ibas de mi brazo, pensé que menguaba tu belleza con mi presencia y ya estaba solucionado el dilema -comenta el vizconde con cierta sorna, comentario que le valió un pescozón de la sueca-.
Pero Ingrid no se ha enfadado, sólo bromea. Enseguida suelta una carcajada divertida y lo besa.
-Contigo me siento más bella, Charles.
-Estoy seguro que es por el contraste, yo soy el engarce y tú el diamante. El amarillo es el color de la enseña de tu país y sin duda realza más tu sonrisa -dice para ayudarla en la decisión que parecía le iba a ser imposible tomar después de probarse varias veces ambos vestidos.
* * *
El primer acontecimiento social destacado del mes fue la fiesta de despedida de soltero de le Viscomte de Castelmore, a la que asistieron Cael de Rouen, Renné Gade, el propio Batz-Castelmore (obviamente), André du Guerrier, Hércule Delaveau, Léo Hardy le Castel y Bernille Nienau. Thibaut Cul-de-sac envió a un criado con una nota de disculpa por no poder asistir. Alain de la Débâcle tampoco asistió, pero envió unas botellas de calvados aunque por desgracia no llegaron hasta el día siguiente; de todas formas, seguro que la pareja de recién casados les dará buen uso.
* * *
En la penumbra del despacho, apenas iluminado por la llama vacilante de un candelabro de plata, André du Guerrier inclinó la cabeza sobre el escritorio de nogal. A su alrededor, el aire olía a cera derretida, tinta y ambición. En la mesa descansaban varios pliegos de papel con el sello del Brigadier junto con un tintero aún fresco y una pluma de oca recién afilada.
Du Guerrier, con el rostro endurecido por el rencor, repasó en su mente cada palabra que escribiría. El trazo debía ser firme, la caligrafía impecable, la fórmula exacta. Una orden apremiante, vestida con la autoridad del Brigadier, que llevaría a Charles Batz-Castelmore -el orgulloso Mayor de los Mosqueteros del Rey- a un movimiento precipitado, quizá fatal.
Cuando por fin la tinta tocó el papel, cada línea destilaba falsedad con la elegancia de un veneno bien preparado.
Al Mayor de los Mosqueteros del Rey,
Caballero Charles Batz-Castelmore,
París, al primer dia del mes de Octubre del 1658
Por orden expresa del Brigadier General y con la aprobación de Su Majestad, se requiere la presencia inmediata y personal de Vuestra Señoría en el cuartel central de la Guardia Real.
La convocatoria responde a una misión de carácter reservado y de vital importancia para la seguridad del Reino. Se han recibido informes concernientes a disturbios en la frontera, cuya naturaleza y localización no pueden ser consignadas por escrito, dada la sensibilidad de la información.
Vuestra Señoría deberá acudir sin escolta ni acompañamiento, provisto únicamente de los documentos de identificación pertinentes y en el más absoluto sigilo. La misión será comunicada verbalmente a su llegada.
Confío en la discreción y lealtad que siempre han distinguido a los Mosqueteros del Rey. Se ruega dar cumplimiento a esta orden con urgencia.
Por mandato del Brigadier.
La carta terminaba con una firma burdamente falsificada del Brigadier.
La mañana siguiente, el cuartel de los Mosqueteros del Rey bullía con la rutina habitual de ejercicios, revisiones de armas y marchas de instrucción. Entre la multitud, Charles Batz-Castelmore avanzaba con paso firme hacia su despacho, cuando un criado se acercó con un sobre sellado: el emblema del Brigadier estaba estampado en lacre, impecable... O al menos eso parecía a primera vista.
Con una ligera inclinación de cabeza, Charles rompió el sello y desplegó el pergamino. Sus ojos recorrieron las palabras cuidadosamente redactadas: presencia inmediata, misión secreta, problemas fronterizos, acudir sin escolta. Todo en la carta rezumaba urgencia. Sin embargo, algo en la caligrafía le hizo detenerse: El trazo de la firma, pensó, no era el habitual del Brigadier.
La redacción, aunque formal, carecía de ciertas fórmulas protocolarias que él conocía de memoria.
El aviso sobre la misión "secreta de vital importancia" parecía exagerado, casi teatral.
Charles frunció el ceño. La lealtad de los Mosqueteros al Rey y la disciplina de la Guardia eran sagradas, y una orden legítima jamás habría omitido ciertas referencias ni habría hecho hincapié en acudir "sin escolta".
Guardó la carta cuidadosamente y se reclinó en su silla. Sabía que apresurarse ciegamente podría ser peligroso. Su mente, entrenada para detectar engaños y traiciones, ya empezaba a trazar un plan: verificaría discretamente la autenticidad de la orden antes de movilizar a sus hombres. Y si la carta resultaba ser un ardid... Quienquiera que la hubiera escrito había subestimado a Charles Batz-Castelmore.
El crujido de las botas de los Mosqueteros en el patio le recordó que el tiempo corría. La tensión de la mañana parecía multiplicarse con cada latido de su corazón: la misión secreta podía ser real... O una trampa cuidadosamente elaborada.
Charles Batz-Castelmore no era hombre que actuara sin reflexión. Tras examinar la carta con detenimiento, llamó discretamente a su correo de confianza, le entregó un sobre con la carta en su interior con la orden de mostrársela a Renné Gade, Mayor de la Guardia Real. El mensajero volvió al cuartel de los Mosqueteros del Rey confirmando que, según el antes mencionado caballero, la orden dada era correcta y verídica insistiendo en todos los términos que contenía en cuanto a discreción.
¿Una movilización ahora? Charles Batz-Castelmore empezó a pensar que quizá habría que posponer su boda. ¿Cómo se lo tomaría su amada Ingrid? Seguro que lo comprendería... Su mente barajaba múltiples pensamientos y ninguno de ellos le daba la calma que necesitaba.
Una vez en el cuartel de la Guardia Real, un subalterno lo condujo sin demora por los pasillos del edificio hasta un salón de reuniones. Allí, bajo la luz dorada de un ventanal alto, le aguardaban dos figuras: el teniente coronel Léo Hardy le Castel, hombre de reputación intachable y porte grave, y junto a él, con una expresión medida y una sonrisa apenas perceptible, André du Guerrier.
-Señor Batz-Castelmore -dijo Le Castel, alzándose con respeto-, gracias por acudir con tanta prontitud. Lamentamos la premura, pero los acontecimientos no nos han dejado elección.
Charles devolvió el saludo con la cortesía militar de rigor, aunque sus ojos, al encontrarse con los de Du Guerrier, se endurecieron por un instante. Entre ambos flotaba una tensión antigua, hecha de rivalidad, celos y viejas afrentas de campaña.
-Estoy a su disposición, mi teniente coronel -respondió Charles, sin apartar la vista de Du Guerrier-. ¿Qué asunto requiere tal urgencia y sigilo?
Le Castel respiró hondo antes de hablar:
-Hemos descubierto indicios de una traición interna, monsieur. Una conjura que, de confirmarse, podría comprometer la seguridad del Reino. Los nombres implicados... Son graves.
Dejó caer sobre la mesa dos pliegos sellados. Al romperlos, Charles leyó con incredulidad los nombres escritos con tinta negra: Bernille Nienau y Renné Gade. Se sospecha también de Alain de la Débâcle, pero aún no hemos podido confirmar tal extremo.
-Imposible... -gritó-. Nienau ha servido con honor en las campañas contra los españoles y Gade... ¡Gade es Ministro de Guerra, además de que una investigación a fondo ha limpiado su nombre recientemente! Los conozco a los dos. ¡Es imposible!
-Precisamente por eso -intervino Du Guerrier con tono sereno, casi satisfecho-, el asunto requiere máxima discreción. No podemos permitir que los rumores lleguen a los oídos de la corte antes de que el Rey conozca la verdad.
Charles lo miró fijamente. En el rostro de su enemigo no había ni una sombra de emoción, solo una compostura estudiada. El hecho mismo de que Du Guerrier estuviera allí, junto a Le Castel, daba al asunto un aire de legitimidad inquietante.
-Caballero Batz-Castelmore -dijo finalmente Le Castel-, los nombres que ha visto en esa lista no son una mera sospecha. Nienau y Gade han sido vinculados con movimientos de tropas irregulares en el norte. Al parecer, han estado desviando fondos y pertrechos destinados al ejército real para abastecer una milicia que se prepara para sublevarse contra la Corona.
Charles alzó una ceja, incrédulo.
-¿Una rebelión? ¿En territorio francés?
-En territorio francés -confirmó Le Castel-. Según los informes, los disturbios comenzaron como simples conflictos locales, pero ahora se teme una insurrección abierta. Las guarniciones de Lille y Cambrai informan de ataques a sus puestos de avanzada.
Du Guerrier intervino, con una voz suave pero firme:
-Y si Nienau y Gade están detrás de ello, significa que la traición ha calado hasta el corazón mismo del ejército. El Brigadier ha ordenado la movilización inmediata de la Guardia Real y de los Mosqueteros del Rey. Vos, monsieur Batz-Castelmore, debéis ser el primero en informar al Rey y preparar el despliegue.
-El Brigadier -continuó Le Castel- ha solicitado que usted acuda de inmediato al Palacio Real, en carruaje cerrado, para exponer lo que sabe de ambos hombres y asistir a la deliberación con Su Majestad. Nadie más debe enterarse de esta cita. Deberá preparar de inmediato la movilización de su hombres.
Un carruaje cerrado, totalmente equipado y con los cocheros dispuestos estaba esperando en el exterior. El Rey... La boda... Movilización... Traición de sus amigos... Charles Batz-Castelmore mantenía su serenidad mil veces probada en combate y en sociedad, pero esto ya era demasiado. El carruaje, tras una orden de le Castel, inició su marcha hacia el Palacio Real.
Avanzó por las calles empedradas, a ritmo moderado. En un recodo, Charles sintió el aroma del vino derramado y el perfume característico de los establos de la rue des Petits-Champs. Conocía el camino: aquel trayecto conducía directamente al Club L’Épée d’Or.
Una carcajada contenida se escapó de entre los labios del Ministro. Comprendió, por fin, la posibilidad de un engaño... O quizá no.
En el interior del carruaje los comentarios versaban sobre la traición y cómo enfocar el tema ante Su Majestad.
El vehículo giró una última esquina. Las ruedas se detuvieron. Un silencio breve precedió al sonido de una puerta al abrirse y el roce de botas sobre piedra pulida. El aire olía a cera derretida, vino y madera encerada. Era l'Epée d'Or, efectivamente.
Entró y la escena se desplegó ante sus ojos: un salón iluminado por decenas de velas, una larga mesa preparada y una pancarta de terciopelo rojo que rezaba en letras doradas:
"À la santé du condamné!"
Bernille Nienau, acompañado de los implicados, copa en mano, se inclinó teatralmente.
-Bienvenido, mi querido amigo -dijo con una sonrisa triunfal-. Vuestra despedida de soltero debía comenzar con una aventura... Y no se nos ocurrió algo más honorable: servir a Francia.
Entre risas, vítores y aplausos, Charles Batz-Castelmore no pudo más que sacudir la cabeza y rendirse ante la locura de sus amigos. La noche, evidentemente, prometía.
Hercule Delaveau también estaba ahí. Tal y como había ordenado el homenajeado, se le acompañó desde su residencia hasta el Club.
En ese instante, de entre las sombras del portal emergió André du Guerrier. El brillo de su uniforme de caballería contrastaba con la sonrisa apenas dibujada en su rostro: una mezcla de ironía y orgullo, de cortesía y veneno.
- Vaya, vaya, monsieur Batz-Castelmore -dijo, inclinándose con fingida reverencia-. No esperaba que los Mosqueteros del Rey fueran tan fáciles de capturar. El Cardenal estaría encantado de saberlo.
Charles sostuvo su mirada unos segundos, sin perder la compostura. Había entre ellos una historia larga de enfrentamientos regimentales: heridas antiguas y una rivalidad que el tiempo no había sabido templar. Pero aquella noche, incluso du Guerrier parecía haber rendido sus armas ante la comedia.
-Confieso -respondió Charles con calma- que jamás imaginé que mi enemigo se prestara a una farsa. ¿Tan desesperado estás por verme atrapado, aunque sea en al altar?
-Digamos que todo soldado disfruta viendo caer a un camarada, aunque sea por amor. Y esta vez, querido ministro, no necesitaré ni espada ni testigos.
Cuando Charles tomó su copa y devolvió la sonrisa, el aire entre ambos se tensó por un instante. Aquella noche, la comedia de la amistad apenas velaba una rivalidad antigua que, bajo el oro y el vino, seguía respirando.
El silencio que siguió al intercambio dialéctico entre du Guerrier y Batz-Castelmore fue tan denso que hasta las velas parecieron inclinarse hacia adelante, curiosas por el desenlace. Entonces, Renné Gade, siempre dispuesto a rescatar una velada del naufragio, se incorporó con una sonrisa que destilaba insolencia y encanto a partes iguales.
-¡Mes amis, bajad las espadas y alzad las copas! -exclamó, golpeando suavemente su vaso con el mango de la cuchara-. Que el vino resuelva lo que la razón enreda... Y lo que el amor complica.
Las risas brotaron como un suspiro colectivo. Du Guerrier se permitió una inclinación cortés, Batz-Castelmore respondió con un leve gesto de copa, y la tensión se disolvió en el murmullo del salón.
Renné, satisfecho con su efecto, añadió mientras se dejaba caer de nuevo en su asiento:
-Por fortuna, mis buenos señores, el único duelo permitido esta noche es entre el paladar y la botella. Y sospecho que el segundo ganará sin derramar sangre.
En el vestíbulo, los ecos de la música se deslizaban desde el fondo: un violín, una viola y el zumbido alegre de conversaciones ya encendidas por el vino.
Una puerta lateral se abrió, revelando el reservado del club, adornado con tapices, velas y un banquete dispuesto con esmero. El aire olía a clavo, canela y vino caliente. Allí esperaban todos los invitados al evento, alzando sus copas como conspiradores satisfechos. La sorpresa estaba consumada.
Bernille, con gesto triunfal, se adelantó.
-Caballeros, permitidme presentar al prisionero del amor-. Y volviéndose hacia Charles añadió: -Has sido raptado, interrogado y traído ante este tribunal de amistad. La sentencia es inapelable: ¡brindar hasta el amanecer!
El reservado estalló en carcajadas. Charles, ya libre de su capa y de la fingida movilización, no pudo sino rendirse ante la farsa con una inclinación teatral.
La música reanudó su curso, las copas se llenaron, y la fiesta volvió a respirar su aire de oro y burla, como si nada hubiera ocurrido.
El primer brindis resonó con fuerza, y el eco de las risas llenó el reservado.
Un tintineo de copas de cristal avisaba a la concurrencia de que alguien quería decir unas palabras:
-Caballeros, amigos, compañeros de lances y de copas:
Era el de Montsegur el que hablaba.
Hablo en nombre de todos los presentes, puntualizó. Sacó un papel pergamino y empezó a leer:
Si me veis tan solemne esta noche, no temáis: no he venido a pronunciar un sermón, sino a rendir homenaje a un héroe que -por voluntad propia o divina- ha decidido rendir las armas ante un enemigo que ninguno de nosotros ha vencido jamás: el matrimonio.
Nuestro buen Charles Batz-Castelmore, Ministro de Humanidades, amante de las letras y, por desdicha, también de la razón, ha resuelto trocar su libertad de soltero por el dulce yugo de una alianza eterna. ¡Ah, qué valiente decisión! Muchos hombres temen al acero enemigo, pero pocos tienen el coraje de enfrentarse al anillo nupcial.
Esta noche no lloramos su pérdida, sino que celebramos su victoria... Porque, ¿qué mayor hazaña puede haber que conquistar el corazón de una dama y mantenerlo cautivo sin necesidad de espada?
(Algunos murmuran que la lucha empieza después, otros opinan que este discurso no lo ha redactado Bernille; demasiado bien hecho, decían. Hercule Delaveau sonreía.)
Permitidme, pues, levantar mi copa -no por el hombre que deja la libertad, sino por el amigo que nunca la ha usado para escapar del deber; no por el Ministro del Rey, sino por el caballero que siempre ha sabido servir a la amistad con honor y alegría.
Charles, viejo camarada, que los cielos te sean propicios, que el amor te sea fiel y que la paciencia te acompañe en los días venideros. Y cuando alguna vez mires atrás y recuerdes las noches como ésta, sonrías sabiendo que tu ejército de amigos sigue dispuesto a cabalgar contigo, aunque sea hasta el altar.
¡Por Charles! ¡Por el amor! ¡Y por las aventuras que aún nos quedan por inventar!
Los invitados levantan sus copas y gritan: "À la santé du condamné!"
En una mesa, alguien de la organización se olvidó de recoger una copia del plan previsto para la velada. Decía así:
1.- Recepción de los invitados
Los caballeros llegan con sus capas y espadas, recibidos por mozos con copas de vino. En el vestíbulo colocad una pancarta con la frase : "À la santé du condamné!"
2.- Brindis de apertura
El caballero Nienau pronuncia unas palabras solemnes y jocosas sobre la amistad, el amor y la inevitable rendición ante el matrimonio. Guardad copia del discurso por si al caballero se le olvida traer su original.
3.- Banquete principal
- Ostras de Normandía
- Pato a la naranja
- Truchas del Sena al vino blanco
- Tartas de almendra y crema
El vino ha de ser abundante: Burdeos, Borgoña, Anjou y caldos que algunos invitados han comunicado que aportarán.
4.- Los juegos de la espada (alrededor de medianoche)
Se organizan duelos amistosos con florete de punta roma, con apuestas simbólicas: una botella de vino o un beso prometido por alguna dama invitada (las actrices del teatro de Marais, invitadas por los organizadores del evento, se han ofrecido a colaborar). A discreción de los invitados.
5.- La sorpresa del Mayor
A propuesta del Teatro de Marais se presenta un número teatral preparado por algunos comediantes: una sátira en la que el caballero Charles aparece como héroe trágico que intenta escapar del matrimonio y es capturado por Cupido. Risas aseguradas.
6.- Cierre y brindis final
Petición de unas palabras a pronunciar por el homenajeado. El club apaga la iluminación salvo por las velas del centro de la mesa. Los invitados brindarán una última vez:
«Por la amistad, el amor y la memoria de las noches que no volverán.»
* * *
Del diario de Alain De La Débâcle:
7 de octubre del año del Señor de 1658
Toda una semana correteando por París, con mi fiel Jean Luc Pottard como guardaespaldas y todo para nada. La dama de mis sueños no ha salido de su casa y me quedo con un palmo de narices. No es un buen inicio del mes, pero cómo iba a saber yo que eso sólo anunciaba mayores frustraciones. Y no sé por qué, tengo la sensación de no ser el único caballero que anhela un encuentro con esta esquiva dama.
* * *
Una incómoda y casi aterrorizada Daphée Bourtagre miraba repetidamente por encima de su hombro, mientras su dama de compañía intentaba tranquilizarla. Hacía ya rato que había notado que al menos dos extraños, quizás tres, la seguían procurando no ser vistos.
-No os preocupéis, señora -le dijo la acompañante-. Mientras estemos en el terreno abierto del parque, no se atreverán a intentar nada.
-Cierto, pero... ¿qué pasará cuando tengamos que volver a casa?
-Tranquila, señora -la dama de compañía guiñó un ojo-. Tengo la solución.
Acto seguido llamó a un zagal que corría por allí, le dio una moneda y le dijo unas palabras. El chico tomó la corona y salió corriendo sin más.
Al cabo de un rato increíblemente corto, reapareció acompañado de cuatro fornidos hombretones de aspecto tosco. Por si su presencia no fuera lo bastante imponente, iban armados de enormes garrotes. Saludaron a las dos damas con una leve reverencia.
-¿Dónde están esos malandrines, señora?
-Están a-allí, pero no hagáis nada hasta que... ¿Dónde están?
En efecto, Alain De La Débacle, Armand Beaufort y Alain Derrengué, que eran los que, cada uno por su cuenta, habían estado siguiendo a la dama, se habían esfumado como por encanto. La dama de compañía lanzó una carcajada, mientras le daba tres monedas más al zagal.
-¡Vaya! ¡Eres rápido de verdad! Y el mayordomo de monsieur Bourtagre ha elegido a los criados más robustos de la casa. ¡Bien por él y bien por ti!
* * *
Segunda semana
Jean Ross lleva ya varios días alicaído y deprimido. Viéndolo así día tras día, Alain Derrengué pensó que tal vez su problema era que aún está poco avezado aún a la vida parisina, así que decidió alquilar un palco en le Théatre Royale e invitarlo. La obra fue interesante y levantó un poco el ánimo del picardo, quien olvidó por un rato la tragedia que había sacudido a su familia en Lille. De natural discreto, aunque su invitado mencionó de pasada dicha tragedia al agradecerle la velada, Derrengué prefirió no preguntar detalles.
* * *
Un aparatoso carromato llega a la nueva residencia de el Barón de Broglie. Varios operarios se disponen a bajar un gran bulto que miman y tratan con sumo cuidado. El que parece ser el jefe se acerca al barón y le entrega respetuosamente una tarjeta.
-Al parecer es el regalo de bodas de nuestro padrino -comenta éste a Claire tras leer el papel-.
Claire, ilusionada, dirige a los operarios y hace que lo coloquen en medio de una gran sala. Éstos lo desenvuelven con gran destreza y velocidad.
-¡¿Qué demonios es eso?! exclama el Barón, mientras Claire da pequeñas palmadas de alegría al verlo repitiendo "¡Es maravilloso!".
El jefe de los operarios mira al Barón como si fuera un necio ignorante.
-Excelencia, se trata de un exquisito aparador de gran lujo y alarde de marquetería, una pieza única de los más afamados artesanos de Francia.
-¡Y tiene nuestras iniciales grabadas! -dice Claire mientras sigue dando palmaditas encantada.
Pero la sorpresa no acaba aquí: Al abrir las puertas centrales del mueble, una reproducción en miniatura de su salón aparece en su interior. Al intentar acercar las cabezas para ver mejor, se golpean las cabezas con la boca abierta. Acto que hace sonreir a los operarios mientras se marchan.
El Vizconde abrocha una preciosa gargantilla de perlas al no menos precioso y esbelto cuello de Ingrid mientras el carruaje les lleva a la ceremonia nupcial de los Broglia.
Al ver a Claire con su vestido azul, Ingrid comenta a su prometido:
-Menos mal que me recomendaste ponerme el vestido amarillo, Charles.
Mientras tanto, no muy lejos de allí, el mayor Du Guerrier daba los últimos toques a su uniforme de gala mientras pensaba que los hombres eran afortunados en la vestimenta y los militares aún más. Un uniforme volvía más apuesto a su portador y en breves minutos uno estaba listo para cualquier acto importante con elegancia y porte. Mientras, Christine llevaba varias horas vistiéndose, peinándose y acicalándose para la ocasión ayudada por dos criadas en una misión que al mayor le parecía un suplicio. Un criado interrumpió sus pensamientos.
-Señor, un subalterno de la Guardia Real desea hablar con vos.
-Hacedlo pasar -indicó el mayor-.
En breves momentos un subalterno se cuadró ante el mayor y le saludo marcialmente de forma impecable.
-Señor, Su Excelencia el barón Broglia me envía junto con mi escuadra para acompañaros a la ceremonia. Vamos en dos carruajes, uno abrirá el camino y el otro cerrará la marcha tras el vuestro.
-¿Es necesaria una escolta para acudir a una boda? Replicó el mayor.
-Señor, el término "escolta" es, si me lo permite, exagerado. Digamos que somos su guardia de honor. Además, como el mayor ya conoce, la boda se celebra en la capilla de la Guardia Real, por lo que nuestra presencia abrirá paso en el acuartelamiento sin tener que demorarnos mucho tiempo en los controles del recinto.
-Así sea pues -indicó el mayor-. En unos minutos saldremos hacia la capilla.
Con la comitiva camino de la boda por las calles de Paris, algo rondaba por la mente del Guardia del Cardenal. Si es una guardia de honor no hay que preocuparse, pero esto se parece más a una escolta y, si esto es una escolta, ¿De qué o quién se nos protege?
El viaje transcurrió sin incidentes y ya dentro del recinto del acuartelamiento se encontró con los otros invitados de la boda: du Guerrier con Christine Daé, le Viscomte de Castelmore con Ingrid Svensson, le comte de Rouen con Laurélie Hagopian, le chevalier Delaveau con Anne Gramme, Léo Hardy le Castel con Catherine Dubois, Le comte de Gade con Eléonor d'Yberville, los ministros de Su Majestad al completo y los oficiales de los regimientos de la brigada a pie del "Hôtel du Roi". Un observador sagaz apuntaría, por el número de carruajes, que cada invitado también tuvo su "Guardia de honor".
El barón Broglia aparentemente tranquilo, pero con los nervios por dentro, les recibió a todos con una amplia sonrisa, agradeciendo la presencia a los invitados. Éstos procedieron a entrar en la capilla de la Guardia Real y se acomodaron en ella. El barón Broglia estaba junto al altar acompañado de su padrino el vizconde de Castelmore y junto a ellos el Tte. Coronel capellán del regimiento y Obispo de Nanterre Monseñor Faineant presto a llevar a cabo la ceremonia.
La novia vestía un hermosísimo vestido azul turquesa que causó la admiración de los presentes, sin duda confección de la mejor sastrería de Paris: Le Clothes Du Lacoste.
La homilía, yendo a cargo del capellán castrense, fue sobria y casi ruda, parecía más una escena de batalla que una boda, tal que el vizconde Gadé comentó a su compañero de asiento "Parece que todavía estamos en Dunkerque".
Tras el "Sí quiero", los recién casados abandonaron el recinto. Allí el militar de mayor graduación entre los presentes, tal como manda el protocolo, solicitó permiso a los contrayentes para formar el pasillo de sables. Una vez formado, la feliz pareja paso por debajo y llegando al final el vizconde de Castelmore y el vizconde de Gade exclamaron:
-Os pudimos rescatar de los españoles, pero de ésta, amigo, me temo que no tenéis salvación -lo que desencadenó grandes risas entre los presentes.
Finalmente, los recién casados y los invitados abandonaron el recinto para dirigirse al banquete nupcial, en el que obviamente no faltó de nada. En un momento dado, el novio llamó aparte a el Mayor y le dijo:
-Mon ami, me gustaría que vierais el salón de esgrima que he hecho habilitar en mi nueva residencia. ¿Tendríais la gentileza de acompañarme?
le Viscomte de Castelmore andaba cerca, y no pudo menos que oírlos. Poniéndose en camino detrás de ellos, les dijo:
-Mi querido Broglia, estoy más que seguro de que nos permitiréis a monsieur du Guerrier y a mí... Ejem... probar vuestro nuevo salón -Broglia casi pudo oír las cursivas en la frase-. Seguro que él tiene tanta curiosidad como yo.
-A fe que la tengo -respondió el Guardia del Cardenal en tono irónico-, pero todavía no estoy al cien por cien de mi agilidad; la herida todavía no está sanada. Tendremos que dejar la prueba para otra ocasión, con el permiso del barón.
Mientras tanto, en el salón principal, el Capitán Gade parecía preocupado. "Creo que olvido algo...", murmuraba para si mismo...
* * *
Esta semana se celebró un concierto en la Garde Montante, pero antes del mismo, Hermeto Cornamusa quiso realizar un experimento con el que pretendía llamar la atención de su audiencia acerca de la relación existente entre el sonido y la forma y, por ende, la que existía entre la geometría del universo y la onda correspondiente a cada vibración.
Para tal demostración se sirvió de algún que otro artilugio, como una delgada plancha circular de metal fijada a un pie a modo de mesa redonda, sobre cuya superficie Hermeto espolvoreó un puñado de sal. A continuación, con tan solo una suave fricción sobre el borde del disco con el arco de su viola y otros objetos de mano, unos más afilados, otros más romos, hizo bailar los granos de sal hasta que espontáneamente, como por arte de magia, se ordenaron plasmando una asombrosa variedad de figuras geométricas (cada forma asociada a una frecuencia).
Un experimento similar requirió la participación de Violette Fablet como ayudante. En este caso, un barreño con agua, conectado a una larga bocina, desde cuyo otro extremo la prodigiosa voz de Violette se proyectó y transmitió al agua del barreño, haciendo que vibrara con patrones geométricos perfectamente armoniosos. Naturalmente, cualquiera de los presentes que lo deseó pudo comprobar por sí mismo a qué figuras daba forma su voz en la superficie del agua. Como dato curioso, Marcel du Calais, que estaba presente y quiso hacer la prueba, obtuvo una forma que se parecía toscamente a una cruz, para sorpresa de todos.
Como colofón, retirada la palangana y con la ayuda de un pequeño resonador de fabricación propia en la boca de la bocina, que apuntaba a una copa de cristal situada a cierta distancia del aparato, Hermeto le pidió gentilmente a Violette una última nota sostenida prolongadamente en su registro más agudo. Como cabía esperar, la copa se hizo añicos... Pero también se rompió misteriosamente uno de los cristales de una ventana. A más de uno le zumbaron los oídos el resto de la noche.
Anticipándose a la sugerencia de práctica alguna de hechicería, Hermeto Cornamusa aclaró que se trataba de un principio físico tan mágico como pudiera ser cualquier otro aspecto del universo manifestado:
-...configurado por la vibración. Puede decirse que cada uno de nosotros, el universo mismo, es una canción... De la que apenas captamos un eco de su inconcebible grandeza, la melodía secreta que da forma a todo lo que es, cuyo principio es el fin y cuyo fin es el principio. Y ahora, si me permiten -terminó con una reverencia-, voy a comprobar la armonía entre el Universo y mi bolsa en las mesas de juego.
Al poco rato aparecieron Cole Campbell, Marianne Moreau y otra dama a la que presentaron como Hyazinthe Lautréamont. Tras los saludos de rigor, se dirigió al espacio donde se había improvisado un escenario en le que De la Débacle afinaba un laúd, Magdalène Vien estaba sentada frente a un clavecín y Violette Fablet tenía un violín en las manos. Hyazinthe tomó un segundo violín y el cuarteto tocó varias piezas. En ocasiones, las dos violinistas tocaron a dúo piezas animadas para dar la oportunidad de bailar a los presentes, incluyendo a Alain y Magdalène.
* * *
Del diario de Alain De La Débâcle:
14 de octubre del año del Señor de 1658
Tras mis correteos sin fin y sin tino por París en la primera semana, acudo a l'Epée d'Or, supuestamente para participar en la despedida de soltero del vizconde de Castelmore. Pero al llegar al club, un mayordomo me comunica que la cosa ocurrió ¡la semana anterior!
Estoy a punto de irme cuando me encuentro con Thibaut Cul-de-sac, enemigo regimental a punto de dejar de serlo (según él). Por lo tanto, no le conmino a que crucemos nuestros aceros, sino que le muestro la botella de Calvados que traía para la frustrada celebración con Castelmore y le invito a un trago.
Nos sentamos a una mesa en el club que está bastante vacío. No quiero resultar impertinente, pero no puedo por menos que preguntar:
-Y bien, monsieur Cul-de-sac, ¿En qué regimiento pensáis alistaros?
Mientras bebe con fruición, Cul-de-sac se lanza a una larga explicación acerca de las dificultades de encontrar plaza libre en los regimientos más renombrados. Le deseo lo mejor si cambia de regimiento, y lo peor si sigue en el que está, que ni siquiera quiero nombrar. Y me voy a dormir a mi buhardilla, pensando en que le he fallado al vizconde de Castelmore.
* * *
Tercera semana
La tercera semana, Gade tiró la casa por la ventana. Había que celebrar por todo lo alto que se había limpiado su nombre y rehabilitado su honor. Invitó a sus mejores amigos y a los que habían sido sus aliados en su causa, pero por diversos motivos fallaron algunos, y finalmente a la fiesta celebrada en L'Epée D'Or acudieron el Guardia del Cardenal con Christine Daé, el piamontés con Claire Lagaine, Hércule Delaveau con Anne Gramme y finalmente le Castel con Catherine Dubois. Por supuesto, la Viscomtesse de Gade también estuvo presente, faltaría más.
Principalmente se bebió y se habló de los acontecimientos pasados, que por fortuna ya son eso, pasados. Renné explicó la dureza de la vida en un Regimiento Fronterizo, incluyendo algunas anécdotas que hicieron lanzar algun gritito de espanto a algunas damas presentes. Pero finalmente el ambiente se relajó otra vez cuando el anfitrión pasó a temas más festivos, y la reunión acabó con un brindis porque nunca más el honor de Renné se viera en entredicho.
Sin embargo, a lo largo de toda la velada, Renné no podía quitarse la sensación de olvidar algo importante, pero lo achacó al vino de la fiesta.
* * *
Mientras intenta redactar una nota para Le comte de Gade, Charles observa a su amada, que aunque entusiasmada, de vez en cuando se la ve circunspecta. Deja la nota y se acerca a su dama abrazándola:
-Aún no hay noticias de Cristina de Suecia, ¿verdad? Debes tener en cuenta que tendrá que cruzar cinco países (Toscana, Módena, Parma, Milán y el Piamonte) o bien venir por mar... Es capaz, y no es la primera vez que lo hace, pero solo la hemos avisado con un mes de anticipación. Si no pudiera asistir a nuestra boda quizás podría asistir al salón literario como hizo en los de Catherine de Rambouillet, Madeleine de Scudéry, Françoise de Maintenon o Ninon de Lenclos...
Ingrid se siente feliz con las palabras de su futuro esposo y le pregunta sobre el segundo vestido de gala que le trajo a principios de mes.
-La idea, querida, era asistir juntos a la celebración del viscomte de Gade esta semana; no era consciente de todos los preparativos que nos quedan para nuestra boda y no podremos asistir aun a mi pesar. Por cierto tienes ya el vestido nupcial en tu nuevo vestidor; creo que no debes enseñarme cómo te queda para no atraer a la mala suerte, pero estoy seguro que te quedará espectacular.
Charles se sienta y reanuda su nota:
Estimado Viscomte:
Tal y como os comenté al recibir vuestra amable invitación, mi temor ante la necesidad de invertir toda la semana en los preparativos de boda se ha cumplido. Muy a nuestro pesar no podremos acudir a vuestra recepción; transmitidle a Eléonor nuestras disculpas y el deseo de Ingrid de no faltar a vuestra próxima celebración.
Siempre vuestro,
Tras inspeccionar minuciosamente todos los preparativos en la Iglesia de Saint-Germain-l'Auxerrois de París, los dos enamorados sonríen con conformidad. Ingrid está encantada con todo lo dispuesto y disfruta de cada detalle como una chiquilla. Sin duda le Viscomte de Castelmore no ha reparado en gastos y sus ideas no sólo han entusiasmado a su prometida sino que se han ganado a su futuro suegro, que parece cada día más contento con el enlace y la felicidad tan contagiosa de su hija.
Tras escuchar el ensayo del organista y el magistral coro, el propio embajador Svensson se ha emocionado dejando entrever sus sentimientos, algo raro en un diplomático tan avezado.
Las obras en el palacete del Viscomte marchan adecuadamente. La nueva galería de esgrima es fantástica: los amplios espejos, la luz, los adornos y los pormenorizados detalles hacen de la estancia una de las mejores para la práctica de la esgrima.
Se coloca la placa en la entrada del palacete tal y como le Viscomte había encargado y se realizan las tallas en madera de las iniciales I y C en todas las puertas y dinteles de madera y se cincelan en piedra en las entradas de la fachada y muros de la residencia.
* * *
Del diario de Alain De La Débâcle:
21 de octubre del año del Señor de 1658
Por fin llegó la fecha de la fiesta en la Garde Montante que montamos los hermanos Le Clothes du Lacoste y un servidor. Philippe, Lucille y yo llegamos con el tiempo suficiente para prepararlo todo. Para mí, he de reconocerlo, lo más importante era el pequeño concierto que iba a ofrecer junto a tres distinguidas damas: Magdalène Vien al clavecín (la semana anterior me había ocupado de conseguir uno para el club), Violette Fablet al violín, Hyazinthe Lautréamont a la viola y yo mismo al laúd (mi querida tiorba sigue en Cherburgo).
Poco a poco fueron llegando algunos de los invitados: el Padre Marcel de Calais, Alain Derrengué, Bernille Nienau... Y Thiebaut Cul-de-sac, con quien ya me había visto en L'Epée la semana anterior (y que seguía sin cambiar de regimiento). Los mayordomos sirvieron una excelente cena fría y abundante bebida; la cosa prometía.
A poco de sentarnos para degustar las viandas, me anunciaron la llegada de mi amigo Hermeto. Como ya es habitual en él, venía con la intención de ofrecernos un interesante experimento. Para llevarlo a su culminación, nos dijo que necesitaba la presencia de Violette Fablet, quien, además de tocar el violín, tiene una excelente voz de soprano. Y como si le hubieran escuchado, justo entonces hicieron su entrada las damas Magdalène Vien y Violette Fablet, a quienes saludé efusivamente, dándoles las gracias por prestarse a compartir conmigo la pequeña aventura musical. Hermeto procedió con sus complicados tejemanejes (que yo nunca entenderé) y al final le pidió a Violette que sostuviera la nota más aguda de su registro, proyectándola en una especie de bocina. No sé qué pretendía demostrar Hermeto, pero sí sé que tuve que pagar la reparación de varios cristales rotos en las ventanas de la sala del club donde nos encontrábamos. Tras este 'interludio científico', hice pasar a Hermeto a un pequeño despacho donde realizamos la importante transacción que teníamos entre manos. Hermeto se excusó con respecto a la cena y yo le dije, guiñándole el ojo, que iba a echarle de menos en el concierto. Hermeto se marchó y casi de inmediato entraron mi buen amigo regimental Cole Campbell, acompañado de su bella dama, Marianne Moureau, y de Hyazinthe Latréaumont, a quien no conocía todavía, pero de la que Hermeto me había hablado maravillas respecto a su capacidad con la viola.
Cuando se terminaron los postres, el cuarteto se colocó en el pequeño escenario que habíamos improvisado y dimos nuestro breve pero intenso concierto. La verdad es que Magdalène, Violette y Hyazinthe mostraron una impresionante calidad musical y, para ser un concierto sin apenas ensayos, creo que el resultado fue más que bueno. He hecho una nota mental para presentar este cuarteto al Comité de Artes Escénicas, porque creo que puede dar mucho más de sí (aunque yo tendré que practicar más con el laúd para estar a la altura de mis bellas compañeras).
Después del concierto, la velada transcurrió sin nada notable que observar. Bueno, una cosa sí: no se presentó a la fiesta el capitán Olivier Montoya, que había sido el primero en confirmar, en su día, la asistencia. ¿Habrá sufrido una confusión de calendarios similar a la mía?
* * *
Cuarta semana
La Iglesia de Saint-Germain-l'Auxerrois de París amanece engalanada con rosas amarillas en su mayoría y alternando con algunas azules, los colores de Francia y Suecia. Los alrededores están completamente acordonados, la Guardia Real y Mosqueteros del Rey con uniformes de gala custodian el lugar y no permiten el paso a nadie que no tenga la acreditación necesaria. Muchos son los que piensan que podría acudir Su Majestad el Rey.
A la hora prevista, las campanas comienzan a repicar, y no sólo las de la propia iglesia: los templos cercanos también repican al unísono, tañidos que dotan de un color inusitado a la atmósfera de un día soleado de la última semana de octubre.
El órgano comienza a sonar y un coro de voces blancas estremece de candor incluso a los soldados y curiosos que se agolpan en los aledaños.
Varios carruajes comienzan a llegar y van acreditándose ante la Guardia Real y los Mosqueteros del Rey. De la primera calesa descienden Anne Gramme acompañada de le Chevalier d'Honneur Hércule Delaveau, padrino de le Viscomte de Castelmore que va del brazo de la madrina Anne Lefèvre, Comtesse de Dusel. Les acompaña Bernille Nienau con Élise Leclerc. Los siguientes en llegar van siendo recibidos por le Viscomte de Castelmore agradeciendo su presencia. El Ministro de Estado Le Viscomte de Rouen con Laurélie Hagopian, le Viscomte de Gade con Eléonor d'Yberville, el Baron de Broglia con Claire Lagaine, le Chevalier d'Honneur André du Guerrier con Christine Daé, le Baron du Castel con Catherine Dubois...
El Mayor de los Mosqueteros del Rey nota la falta de Alain de la Débâcle entre sus invitados, hace una señal casi imperceptible con la mirada a uno de sus hombres de confianza y este se aproxima discretamente. Le Viscomte le hace saber su preocupación por el bueno de Alain que sin duda o se ha extraviado o ha tenido algún contratiempo y pide que un par de hombres vayan a buscarlo por París y lo acompañen aunque sólo le de tiempo a llegar al banquete nupcial.
El órgano queda en silencio y unos vítores preceden a la llegada del carruaje escoltado por los Mosqueteros del Rey con uniforme de gala; sin duda es el de la novia por las rosas amarillas y azules que engalanan la carroza. Ingrid Svensson aparece del brazo de su padre, y a su diestra la ex-reina Cristina de Suecia, que finalmente consiguió llegar a tiempo. Varios alabarderos suecos la escoltan junto a varios Mosqueteros del Rey mientras el organo vuelve a sonar marcando el paso. La bella Ingrid está radiante y feliz en su día, su vestido blanco con finos encajes y cintas amarillas y añiles le hace más esbelta y elegante si cabe. El coro de voces blancas armoniza en los momentos cruciales de la ceremonia celebrada por el cardenal César d'Estrées. A la salida un gran manto de pétalos de rosa amarillos y azules cubre la escalinata de la Iglesia. Varias chiquillas ataviadas con túnicas blancas lanzan más petalos desde varias atalayas de madera fabricadas expresamente para la ocasión. Las campanas repican mientras los recien casados saludan a todos los presentes y suben al Carruaje de los Viscomtes de Castelmore. La escolta de Mosqueteros del Rey abre camino a la calesa y tras ella varios carros con hogazas de pan recien hechas con las iniciales I C en su corteza y otros carros con rosas amarillas para todas las damas, se van repartiendo entre los habitantes de la ciudad que saludan el paso de la carroza.
En el Palacete Svensson-Castelmore se va recibiendo a todos los invitados, los Mosqueteros del Rey y La Guardia Real rodean la residencia y piden la acreditación para poder acceder. Todo está exquisitamente engalanado con rosas amarillas y azules, el Cardenal César d'Estrées bromea con Charles "Mal día y lugar para los alérgicos a las flores". El vino y los canapés de bienvenida son excelentes, se nota la cuidada selección realizada todo el mes por los mejores cocineros del Reino. El organista agradece a los anfitriones sun invitación al banquete. La compañía de Molière y el propio Poquelín, que ejerce de maestro de ceremonias, van interpretando divertidas escenas por varios rincones mientras los invitados van dando la enhorabuena a la feliz pareja. El embajador Svensson acompaña en todo momento a Cristina de Suecia y Charles aprovecha para comentarle que se relaje y disfrute de un baile con su hija "No creo que la ex-reina Cristina vaya a ejecutar a nadie esta noche", le comenta su yerno con sorna.
El banquete parece ideado para agasajar a un Monarca, todo es de una calidad sin par y preparado con sumo gusto. Bernille está encantado con la calidad de las telas tanto de mantelería como de servilletas perfectamente bordadas con las iniciales de los Viscomtes.
Tras los licores y los postres Molière da paso al baile inicial, una gran orquesta inicia los compases para que Ingrid y Charles comiencen el baile; tras ellos el resto de invitados se van uniendo. Los bailes se van sucediendo y alternando con pequeñas actuaciones improvisadas de la compañía teatral que hace las delicias de todos los asistentes. En un momento distendido Charles se acerca a André du Guerrier y le pide que le acompañe. Lo lleva a su galería de esgrima, ante la que el Mayor de la Guardia del Cardenal se queda visiblemente asombrado.
-Espero, mon cher André, que queráis practicar alguna semana esgrima conmigo, en calidad de invitado de honor -dijo el vizconde con un punto de ironía en la voz-.
-De hecho, ahora mismo estaríamos poniendo a prueba vuestro flamante salón si no fuese por la herida que aún arrastro -respondió el Guardia del Cardenal-.
-Bueno -fue la respuesta-. Gracias a esa herida he podido invitaros, así que tan mala no debe ser.
Tras el último baile se reparten de nuevo copas para brindar por los recién casados y todos se encaminan hacia los jardines para el último espectáculo. Justo en ese momento un acalorado Alain de la Débâcle hace acto de presencia: los mosqueteros enviados dieron con él y pudieron acompañarlo. Alain intenta disculparse sofocado pero Charles lo abraza y lo calma: "No te preocupes, amigo, lo importante es que por fin hayas llegado y en el momento oportuno para disfrutar de los fuegos de artificio.
La noche estrellada de París acoge el juego de luces y colores que la pólvora va tiñendo a su antojo. Ingrid y Charles sonríen abrazados y sus rostros se colorean y ella cree ser la mujer más afortunada del mundo. Su padre observándola es feliz con la dicha que ve en los ojos de su hija y toda la familia Svensson al completo brinda bajo los fuegos de artificio. Cristina de Suecia degusta algún que otro pastelito junto a una copita de licor. Está contenta de haber vuelto a París.
Un solitario invitado, desde la terraza cerrada que da a la que será la alcoba de la pareja a partir de hoy, contempla los fuegos arrellanado en una chaiselongue con actitud indolente. Una leve sonrisa, muy leve, ilumina su rostro. Tras él, cuatro criados inmóviles, portando cada uno una bandeja llena de viandas y bebidas. Un poco más atrás, dentro de la alcoba, Batz-Castelmore está de pie, como si montara guardia. Le dice unas palabras en voz baja a un criado que está junto a él, y éste se dirige a la salida.
-Recuerda cerrar la puerta cuando salgas -añade en voz queda-. Su Majestad no desea ser molestado.
* * *
Del diario de Alain De La Débâcle:
28 de octubre del año del Señor de 1658
¡Otro desastre! El vizconde de Castelmore había tenido la amabilidad de invitarme a su boda, pero no le pregunté dónde se celebraba, de manera que me presenté en L'Epée d'Or para encontrarme con el club prácticamente desierto. Llevaba un regalo para la pareja de novios, pero tendré que hacérselo llegar al palacete del vizconde con mis más sentidas excusas. Fallo en su despedida de soltero y fallo en el día de su boda. ¡Vaya papelón que estoy haciendo!
De todos modos, mi error me facilita cumplir con el recado que me dio Hermeto. Acompañado por Jean Luc Pottard, pero escoltado también por LaMouche y dos dragones de mi batallón, hago una breve visita a Monsieur Pascal. Le entrego lo que me dio Hermeto para él y le transmito también su mensaje. Así al menos termino el mes con una nota positiva. Nota mental: abrir un cuaderno en el que anotar cuantos eventos necesiten de mi presencia en futuros meses, para no repetir el tremendo despiste de este mes.
* * *
-Renné, ¿cómo es que la caja está vacía? -preguntó Eléonor extrañada-. Hay gente que espera cobrar, y no queda dinero en ella... Donde está el que pediste?
-¡Mon Dieu! -exclamó el Vizconde-. "Sabía que olvidaba algo... No fui al prestamista... Tras tanto tiempo fuera de París parece que he olvidado las costumbres sociales... ¿No pueden fiarnos hasta el mes que viene? Entonces podremos pagar...
-Ya sabes que no funciona así, Renné. Por Dios, ¿qué te ocurre? ¡La herida no fue en la cabeza! -contestó su esposa, avergonzada por la situación-. Tendremos que darles los cuadros del salón como garantía, por mucho que nos duela... -resolvió, mientras el Capitán Gade miraba desolado y muerto de vergüenza cómo le vaciaban el salón de sus preciados cuadros...
* * *
Es noche del 31, fecha en que el mundo de vivos se une con el de los muertos y la magia pagana se fortalece, según cuentan las almas supersticiosas. La luna, casi nueva, se presenta como un fino arco en el cielo, iluminando tenuemente las brunas callejuelas de París.
Los vecinos otean temerosos a través de sus ventanas una figura imponente, de siniestros ropajes atraviada, cabalgando un corcel de carbón. Una vasta raba se aprecia en su cinto, tallada con lo que asemeja una faz, de la cual encarnado fulgor relumbra. A su espalda desmesurado filo se adivina, y tras su oscura capucha algunos dicen vislumbrar cual de la Parca esquelético semblante. Por horas una orquesta conformada por atronadores cascos y horripilantes gritos resuena en los oídos de los despiertos. Y al finalmente ahogar el sol las sombras con su luz, cuantiosos occisos pueblan las calles. Muchos, criminales conocidos, otros simples oportunistas nocturnos.
Más extraño aún si cabe, en las puertas de dos ilustres caballeros, Thibaut Cul-de-sac y Léo Hardy le Castel, regueros de sangre rezuman desde el vano, recorriendo sus hojas hasta el huello...
* * *
EL CABALLERO DEL MES
El título de Caballero del mes corresponde a:
Charles Batz-Castelmore
Por su largamente esperado matrimonio.
EL PATÁN DEL MES
El título de Patán del mes corresponde a:
Olivier Montoya
Por su peculiar concepto de la disciplina.
* * *
NOMBRAMIENTOS HABIDOS ESTE MES
- Francesco Maria Broglia ha sido nombrado Capitán de la escolta real (M17)
- Thibaut Cul-de-sac ha sido nombrado capitán de la Guardia Real
* * *
ANUNCIOS DE PRESENTACIONES A CARGOS
- Thibaut Cul-de-sac anuncia que se presentará a 1er. Soldado de la escolta real (M24A)
* * *
CARGOS PARA EL MES DE NOVIEMBRE
| Cargo | Requisitos | N.S. mínimo | Quién nombra |
| Soldados escolta Real | Soldado Guardia Real | 8 | Capitán Escolta |
| Soldados escolta Cardenal | Soldado Guardia Cardenal | 5 | Capitán Escolta |
| Oficial diocesano | Vicario | 10 | Arzobispo |
------------ Inicio de la estacion de INVIERNO ------------
CARGOS PARA EL MES DE DICIEMBRE
| Cargo | Requisitos | N.S. mínimo | Quién nombra |
| Ministro de Humanidades | Brigadier o Barón | 10 | Min.Estado |
| Ayudante del Obispo | Abad | 8 | Obispo |
* * *
AGRADECIMIENTOS
- A David, por numerosos fragmentos de bodas, despedidas de soltero, fiestas, crónica militar...
- A José por el diario de Alain de la Débâcle, como siempre.
- A Kike, por el experimento científico de Hermeto Cornamusa.
- A Víctor, también por la crónica militar, con referencias al acto tercero del "Cyrano de Bergerac" de Rostand.
- A Emilio, por la boda de Francesco Maria Broglia.
- A Xavier, por la despedida de soltero de Charles Batz-Castelmore.
- A Lluís, que ha perdido un nivel social por despistarse con las finanzas y, llevando su error de juego a las últimas consecuencias, ha decidido retratarlo en la crónica.
NOTAS DE LOS REALES SECRETARIOS
Dos bodas, una despedida de soltero, una movilización por sorpresa, una partida de Mega-Civilization de 11 horas con 16 jugadores... Es un milagro que esto haya salido. Pero bueno, un montón de gracias extras a los milagreros mencionados arriba, porque ha sido gracias a ellos que he podido acabar la crónica en tan poco tiempo.
También quería haceros un pequeño comentario, respondiendo a un mensaje de Lluís pero que es de interés general: he decidido que a partir de ahora actualizaré las tablas de la página web en el momento de publicar la crónica. De esta forma evitaré dar spoilers involuntarios con los datos de las tablas, que ya me ha pasado más de una vez.
Otra cosa: para ganar tiempo y acabar hoy, este mes he puesto solamente una imagen.
* * *
FECHA LÍMITE PARA EL PRÓXIMO TURNO
El plazo de entrega del próximo turno finaliza el viernes, 5 de diciembre de 2025, a la medianoche (hora española peninsular).
¡Hasta pronto!
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