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La Guerra de los Treinta Años

La llamada Guerra de los Treinta Años no fue, en realidad, una única guerra, sino una serie de conflictos europeos que se extendieron desde 1618 hasta 1648, en los que participaron la mayoría de los países de Europa occidental, y que en su mayoría se libraron en lo que hoy es Alemania, Austria, Holanda y Bélgica.

El origen de la lucha fue puramente religioso, consecuencia del enfrentamiento entre los partidarios de la Reforma de la Iglesia propugnada por Lutero (los protestantes) y la facción fiel a la Iglesia católica. Sin embargo, posteriormente el conflicto se fue extendiendo y cambiando, pasando de ser una guerra de religión a una contienda dinástica entre los príncipes alemanes con la intervencion de otras potencias europeas (especialmente Suecia y Francia) interesadas en frenar el poder de la familia Habsburgo, a la sazón reinante en el Sacro Imperio Romano-Germánico y, mediante una rama colateral (conocida como "los Austrias" debido a sus orígenes), en España.

Los comienzos

La fragilidad de la Paz de Augsburgo, un pacto firmado en 1555 entre el emperador Carlos V y los príncipes luteranos de Alemania, quedó manifiesta durante el reinado del emperador Rodolfo II de Habsburgo (1576-1612). En muchos lugares de Alemania fueron destruidas las iglesias protestantes, se impusieron limitaciones a la tan duramente negociada libertad de culto y los oficiales del emperador convirtieron el Tratado de Augsburgo en la base de un resurgimiento general del poder católico. Con la creación en 1608 de la Unión Evangélica, una alianza defensiva de príncipes y ciudades protestantes, y de la Santa Liga Alemana (1609), una organización similar formada por los católicos a modo de respuesta, se hizo inevitable el enfrentamiento. La facción bohemia de la Unión Evangélica lanzó el primer ataque. Oprimidos por las agresivas políticas de la jerarquía católica en Bohemia, los protestantes, que eran mayoría en esta región, exigieron la intervención de su rey, el futuro emperador Ferdinand II de Habsburgo; éste, ferviente católico y candidato a heredar la Corona del Sacro Imperio, ignoró la petición de sus súbditos protestantes. El 23 de mayo de 1618, los protestantes de Praga invadieron el palacio real, capturaron a dos de los ministros del rey y los lanzaron por una ventana. Este acto, conocido como la Defenestración de Praga, supuso el comienzo del levantamiento nacional protestante. (A modo de anécdota hay que aclarar que los ministros resultaron prácticamente ilesos, con alguna contusión sin importancia).

Fase palatino-bohemia

Los rebeldes alcanzaron un gran éxito inicial, y la revuelta se extendió rápidamente a otras partes del Imperio; a principios de 1619, incluso Viena, su capital, se vio amenazada por los ejércitos de la Unión Evangélica. A finales de ese año, los bohemios concedieron la corona del depuesto Ferdinand a Federico V, elector del Palatinado. A partir de ese momento, diversos sectores de la Unión Evangélica, formados principalmente por luteranos, se retiraron de la lucha, dado que Federico, aunque protestante, profesaba el calvinismo. Aprovechando las disensiones protestantes -en concreto, la declaración de guerra hecha por la Sajonia luterana a Bohemia- y la invasión española del Palatinado, Ferdinand, que se había convertido en emperador en agosto de 1619, rápidamente asumió la ofensiva. El 8 de noviembre de 1620, un ejército de la Liga Católica, a las órdenes de Jean t'Serclaes, conde de Tilly, derrotó a los bohemios en Wiesserberg (batalla de la Montaña Blanca), cerca de Praga. Tras esta victoria se produjeron sangrientas represalias contra los protestantes de Bohemia y se prohibieron sus actividades religiosas. Aunque la Unión Evangélica se disolvió, Federico y algunos de sus aliados continuaron la lucha en el Palatinado. Los protestantes derrotaron al ejército de Tilly en Wiesloch (abril de 1622), pero a partir de entonces, se enfrentaron a sucesivos desastres. A finales de 1624, el Palatinado, que había sido concedido a Maximiliano, duque de Baviera, retornó a manos católicas.

Fase danesa

La segunda fase de la guerra adquirió una dimensión internacional cuando varios Estados protestantes alemanes solicitaron ayuda extranjera para enfrentarse al Imperio. Inglaterra, Francia y otras potencias de Europa occidental se alarmaron por la creciente fuerza de los Habsburgo, pero Francia e Inglaterra (entonces aliadas frente a España) se abstuvieron de intervenir de forma inmediata debido a sus dificultades internas. Sin embargo, Christian IV, rey de Dinamarca y Noruega, sí acudió en ayuda de los protestantes alemanes debido principalmente a consideraciones no religiosas: deseaba ocupar nuevos territorios en el noroeste de Europa y acabar con el control de los Habsburgo sobre el ducado danés de Holstein.

Con el apoyo de los príncipes alemanes luteranos y calvinistas, Christian movilizó un gran ejército en la primavera de 1625 e invadió Sajonia. La expedición se encontró con poca resistencia hasta un año más tarde. Mientras tanto, Albrecht von Wallenstein, duque de Friedland, había reunido un poderoso ejército de mercenarios que había puesto al servicio de Ferdinand II, que hasta entonces sólo contaba con el ejército de la Liga Católica de Tilly. Los mercenarios de Wallenstein lograron su primera victoria en Dessau, en abril de 1626. El 27 de agosto de ese año, Tilly derrotó al cuerpo principal del ejército de Christian, en Lutter. Después, los ejércitos imperiales invadieron todo el norte del actual territorio alemán, devastando a su paso numerosas ciudades y pueblos. Con Wallenstein persiguiéndole, Christian retrocedió hasta la península de Jutlandia en 1627. La victoria total para la causa imperial se produjo el 6 de marzo de 1629, cuando Ferdinand promulgó el Edicto de Restitución, documento que anulaba todos los títulos protestantes sobre las propiedades católicas expropiadas desde la Paz de Augsburgo. El 22 de mayo de 1629, el rey Christian aceptó la Paz de Lübeck, que le privaba de numerosos territorios menores en Alemania.

Fase sueca

Las victorias de Ferdinand durante la segunda fase de la guerra, agudizaron el sentimiento contra los Habsburgo del cardenal Richelieu, primer ministro del rey Luis XIII de Francia. Debido a los problemas internos con el movimiento hugonote, Richelieu no pudo intervenir directamente en Alemania, pero se lo propuso a Gustavo Adolfo II de Suecia, que era luterano y que ya había recibido peticiones de los protestantes del norte de Alemania. Debido a esta circunstancia, así como por la promesa de apoyo francés y las ambiciones suecas de adquirir la hegemonía en la región báltica, Gustavo entró en el conflicto. En el verano de 1630 desembarcó con un ejército bien adiestrado en la costa de Pomerania. Los dirigentes de este Estado, los de Brandeburgo y los de Sajonia vacilaron sobre su participación en la campaña sueca, retraso que tendría graves consecuencias. Mientras, Tilly, que había recibido el mando del ejército de Wallenstein, sitiaba Magdeburgo, por entonces en plena insurrección contra el Imperio. Los ejércitos imperiales tomaron y saquearon la ciudad el 20 de mayo de 1631 y mataron a un elevado número de protestantes. Gran parte de la ciudad fue destruida por el fuego, que se extendió durante la lucha y el pillaje.

Durante el verano siguiente, Tilly fue rechazado por los suecos en tres ocasiones. En la última de estas batallas, que tuvo lugar en Breitenfeld (hoy en día, Leipzig), el 17 de septiembre, Gustavo había contado con el apoyo de los sajones, los cuales rompieron filas y huyeron en la primera carga, dejando al descubierto el flanco izquierdo de los suecos, lo que casi le costó la batalla, pero logró reagrupar sus fuerzas y derrotó a las tropas de Tilly, capturando a 6.000 de sus hombres. Tras la batalla de Breitenfeld, el Ejército sueco se trasladó al sur de Alemania para pasar el invierno. La campaña de primavera trajo numerosas victorias, destacando la del río Lech (14 de abril de 1632) en la que Tilly fue herido de muerte, y la toma de la ciudad alemana de Munich. Tras este gran desastre, Ferdinand volvió a llamar a Wallenstein para que tomara el mando de las fuerzas imperiales. Wallenstein reclutó rápidamente un nuevo ejército de mercenarios e invadió Sajonia en el otoño de 1632. El Ejército sueco le siguió y el 16 de noviembre atacó a las fuerzas imperiales, que por entonces se encontraban atrincheradas en Lützen (Alemania). La batalla que tuvo lugar a continuación costó la vida al rey Gustavo Adolfo, pero al final, el ejército de Wallenstein se vio obligado a retirarse. Bernardo, duque de Sajonia-Weimar (que sucedió en el mando a Gustavo en Lützen), invadió Baviera tras esta victoria, pero durante 1633 Wallenstein llevó a cabo repetidos ataques contra las fortalezas suecas en Silesia. A finales de 1633 Wallenstein inició contactos de paz entre los círculos dirigentes de los ejércitos imperiales. Retirado del mando por el emperador bajo sospecha de traición, Wallenstein continuó sus negociaciones de paz con los protestantes. Los intentos de poner fin a la guerra le granjearon la enemistad de sus propios oficiales y el 25 de febrero de 1634 fue asesinado. Los ejércitos imperiales asestaron una devastadora derrota al duque Bernardo en Nördlingen (Baviera), el 6 de septiembre de 1634. Consternados por esta catástrofe, los líderes de la coalición protestante abandonaron la lucha. La Paz de Praga (1635), que puso fin a la tercera fase de la guerra, hizo ciertas concesiones a los luteranos sajones, modificando cuestiones básicas del Edicto de Restitución.

Fase francesa

En su fase final, la guerra se convirtió en un conflicto por la hegemonía en Europa occidental, entre los Habsburgo y Francia, que aún se encontraba bajo el liderazgo de Richelieu. Las cuestiones religiosas no tuvieron demasiada importancia en el último periodo bélico, que se inició en mayo de 1635 cuando Francia declaró la guerra a España, donde también gobernaban los Habsburgo, quienes apoyaban de forma decidida al emperador. Francia, que se había aliado con Suecia y con varios líderes protestantes alemanes (entre ellos el duque Bernardo), pudo superar rápidamente las graves dificultades que se presentaron durante la primera etapa de la lucha. Posteriormente, el general sueco Johan Banér, derrotó a una fuerza combinada de sajones y austriacos en Wittstock (Alemania) el 4 de octubre de 1636, y amenazó la posición que ocupaban los Habsburgo en Alemania. En 1636 fueron rechazadas varias invasiones españolas en territorio francés. La situación de los Habsburgo en Alemania volvió a empeorar con la derrota asestada por el duque Bernardo en Rheinfelden, el 2 de marzo de 1638. Tras estos contratiempos, los ejércitos imperiales se vieron obligados a entregar numerosas fortalezas. Entre 1642 y 1645 el general sueco Lennart Torstensson logró diversas victorias: invadió Dinamarca, que se había aliado con el Imperio, y asoló gran parte de Austria y el oeste de Alemania. Por su parte, los franceses (a las órdenes de los generales Henri de La Tour d'Auvergne, vizconde de Turena y Luis II de Borbón, cuarto príncipe de Condé) también tuvieron éxito en la mayoría de sus empresas. Condé derrotó a un ejército español en Rocroi (Francia), el 19 de mayo de 1643. Durante el mes de noviembre, los franceses sufrieron una gran derrota en Tuttlingen (Alemania), pero ésa fue la última victoria de los Habsburgo en la guerra.

Los ejércitos combinados de Condé y Turena vapulearon a un ejército bávaro en Friburgo de Brigosvia (Alemania), en agosto de 1644 y el 3 de agosto de 1645 hicieron lo propio con un ejército formado por austriacos y bávaros, cerca de Nördlingen. Representantes del Imperio y de la coalición anti-Habsburgo iniciaron las discusiones de paz en Münster y Osnabruck, en 1645, pero las negociaciones (que ante todo eran una concesión a la población, harta de la contienda) fueron infructuosas durante un prolongado periodo de tiempo. Sin embargo, cuando Baviera central fue invadida, su duque Maximiliano I firmó, el 14 de marzo de 1647, la Tregua de Ulm con Suecia y Francia.

A pesar de estos y otros reveses, el emperador Ferdinand III se negó a capitular. Los combates esporádicos prosiguieron en Alemania, Luxemburgo, los Países Bajos, Italia y España durante el resto de 1647. En otoño de ese año, Maximiliano I volvió a la guerra al lado del Imperio, pero otro ejército formado por bávaros y austriacos fue derrotado en mayo de 1648. Esta derrota, junto con el asedio sueco a la ciudad de Praga, el sitio francés y sueco de Munich, y una importante victoria francesa el 20 de agosto en Lens (Francia), obligaron a Ferdinand (que también se enfrentaba a la amenaza de un posible ataque a Viena) a acceder a las condiciones de paz de los vencedores.

La Paz de Westfalia

La Paz de Westfalia, firmada en Münster el 24 de octubre de 1648, influyó sustancialmente en la historia posterior de Europa. Además de convertir a Suiza y a las Provincias Unidas (Países Bajos sublevados contra España) en Estados independientes, el tratado debilitó gravemente al Sacro Imperio y a los Habsburgo, supuso el surgimiento de Francia como principal potencia del continente europeo y retrasó la unificación política de los estados alemanes.

Las consecuencias económicas, sociales y culturales de la guerra fueron muchas, siendo los territorios alemanes las víctimas principales. Las estimaciones actuales sugieren que la población total del Sacro Imperio disminuyó entre un 15 y un 20%. Las zonas rurales, a diferencia de las ciudades fortificadas, fueron las que más sufrieron. Salvo en las ciudades portuarias, como Hamburgo y Bremen, la actividad económica decayó en todos los estados alemanes. La incertidumbre, el miedo, el caos y la brutalidad marcaron la vida diaria y permanecieron en la memoria colectiva alemana durante siglos.

Aunque la Paz de Westfalia marcó el final de la guerra de los Treinta Años como conflicto europeo generalizado, el enfrentamiento entre Francia y España, agudizado desde 1640, fecha en que Francia alentó la Rebelión de Cataluña contra España, no finalizó hasta 1659, en que ambos países firmaron la Paz de los Pirineos.

Resumen de enciclopedias

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