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Entrevista con monsieur Villiers Daugé de Chevreuse

Autorretrato de Villiers Daugé de Chevreuse

El encuentro tiene lugar, cómo no, en una taberna de las menos recomendables de París. Dejo unas monedas en la palma del mendigo que me ha acompañado a tan inencontrable lugar, y empujo la puerta, que se abre con un crujido. En una mesa del fondo, repantigado en el banco de madera y con la espalda apoyada en la pared, se encuentra nuestro hombre, con su sempiterna mueca socarrona y su inseparable botella de Borgoña. Me uno a él y, sabiéndolo poco amigo de preámbulos, lo saludo brevemente y formulo la primera pregunta.

-Ya hace algún tiempo que estrenasteis "La Femme Serpent", que os dio una cierta notoriedad. Desde entonces, el silencio. ¿No teméis que el público se olvide de vos?

-Un sabio alemán escribió: "Compadezco a los príncipes, porque no les está permitido anularse de vez en cuando en sociedad, y por eso no pueden conocer a los hombres más que desde una posición incómoda y en un estado de disimulo constante. La obligación continua de representar algo les convierte en solemnes nulidades." De la atenta observación de los hombres deviene ese silencio al que aludís. Y un trabajo riguroso, que exige tiempo y soledad, las mismas ventajas que se disfrutan en una prisión. Pero ya que lo preguntáis, tengo un nuevo libreto que tal vez consiga llevar a un escenario.

-¿Podéis contarnos algo más sobre ese futuro estreno?

-Poca cosa. Se trata de una historia que escuché una vez de labios de un comerciante aventurero proveniente de Oriente. Me habló de una ciudad desconocida dividida en cuatro distritos: uno un gigantesco manicomio, otro una cárcel, otro un hospital y el último un cementerio. Sus habitantes, salvo los muertos, nunca tenían una residencia fija. Creo haber leído algo parecido en un texto de Epicteto, lo que no debería extrañarnos, pues no ha habido mejores comediantes que los griegos, y ¿no es la comedia la mejor interpretación del mundo y cuanto contiene su extraña órbita?

-Desde hace ya algún tiempo, Su Eminencia el Cardenal Richelieu ha empezado a apoyar activamente las artes teatrales como una forma de enriquecer la cultura nacional francesa que tanto esfuerzo invierte en fortalecer. Algunos de vuestros detractores sostienen que vuestra vocación teatral no es otra cosa que un intento de ganaros su favor. ¿Tenéis algún comentario que hacer al respecto?

-Me llama la atención que esos detractores míos hayan medrado precisamente a la sombra del Cardenal-Duque y engordado sus carteras con la compraventa de favores y cargos ministeriales bajo su influencia, conque sobran más comentarios. Mi vocación teatral se reduce a una necesidad de liberarme de mis pasiones, igual que los santos mortifican su cuerpo para estimular las suyas. Que Richelieu fomente las artes no es raro. Hasta hace poco se perseguía a los actores callejeros y se les expulsaba de las ciudades porque perturbaban la conciencia de los pueblos. Cuando la autoridad comprende las ventajas del mecenazgo, el teatro corre el peligro de domesticarse como un gatito al que se le corten las uñas y los testículos. Debilitado, sólo existirá para complacer a su amo.

-Un veterano sargento de vuestro Regimiento dijo una vez que, si en la tierra se abriese un agujero que condujese directamente al Infierno y vos decidiéseis tomarlo al asalto, ni uno solo de los Cadetes de la Gascuña dejaría de seguiros. ¿Cuál es el secreto de la devoción que vuestros hombres os profesan?

-Es probable que ese hombre estuviera borracho. Como todo Paris sabe, los Cadetes de la Gascuña sólo beben sangre humana diluida en aguardiente, o en vino de Franconia, y yo les proporciono esta mezcla humeante en cantidad suficiente para colmar esa sed desmedida. Mis soldados ya me han seguido al infierno otras veces y lo conocen mejor que a sí mismos, no veo por qué os sorprende tanto esa afirmación.

-Vuestro padre detentó durante buena parte de su vida el cargo de Real Inspector de Transporte de Sal. Dado que el cargo tiene la categoría de Oficio Real, el privilegio asociado es hereditario. ¿Cómo encaja la familia Daugé y, especialmente, vuestro hermano mayor, ahora cabeza de familia, vuestra negativa a seguir los pasos paternos?

-Antes de que falleciera mi padre, yo había dejado la casa por mandato suyo. De este modo su última voluntad, en lo que a mí respecta, fue respetada. Las herencias dividen a los hombres y les esclavizan. Debemos enterrar a los muertos como si fueran reyes, con todo cuanto poseyeron en vida. De mi hermano no hablaremos ahora...

-Hablemos entonces de política. ¿Qué opinión os merecen las recientes medidas adoptadas por el Comisionado de Seguridad Pública, tanto en la aplicación del Edicto contra el Duelo como en la lucha contra la sociedad de los Trece Sapos?

-La discreción es la mejor virtud que ostenta el comisionado, aunque hace un uso exagerado de ella. No hay otro modo de disimular sus incompetencias. Cuidaos del Mastín que finge estar dormido.

-Frecuentemente se os ve rodeado de comediantes y volatineros; de hecho, incluso os valéis a menudo de ellos para vuestras a veces excéntricas pero siempre sorprendentes puestas en escena. ¿No se siente incómodo vuestro espíritu de caballero entre tal compañía?

-Bajo el peso de sus cadenas y de sus quejas, los hipócritas de este mundo envidian a los comediantes porque los consideran felices. A la larga, esta envidia fortalece nuestra alegría, incluso en el dolor. Me rodeo de quienes no evitan callar dignamente ni expresarme sus pensamientos más elevados. En pago por sus servicios, me he convertido en uno de ellos.

-Para terminar, monsieur: ¿Qué desearíais decirle a la ciudad de París y al pueblo de Francia?

-Me pregunto si nuestros paisanos saben que hubo un tiempo aún más pavoroso que éste, más cruel y despiadado, que la guerra no terminará nunca mientras la humanidad no perezca. Tal vez Francia llegue a ser un gran imperio, pero su pueblo sólo ha ganado en miseria, y el cómputo de sus días ya ha sido trazado. ¿Qué es preferible? ¿Encontrar el fin en el fuego y la luz, o en la arena?

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