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Entrevista con Su Eminencia el cardenal Armand-Jean du Plessis, Duc de Richelieu

    Esta entrevista es la reproducción de un artículo publicado por Alain Decaux en la revista "Historia y Vida" en su número 85, correspondiente al mes de abril de 1975. Como la misma introducción editorial (no reproducida aquí) dice, "este artículo inaugura un género": ninguna de las frases pronunciadas por el constructor de Francia es inventada; todas proceden de sus Memorias, de su correspondencia, o de los informes que dictó o escribió personalmente. Es, por lo tanto, un documento con rigor histórico y al mismo tiempo totalmente acorde con el tono de "Preux et audacieux". Sigamos ahora a nuestro enviado especial a través de los salones del Palais-Cardinal, donde un criado le conduce hasta el gabinete de Su Eminencia...

La encarnación del poderTriple retrato de Richelieu, por Champaigne

Helo aquí. Es alto y flaco, ágil su caminar. Nada evoca su auténtica imagen mejor que el cuadro de Philippe de Champaigne que, con audaz simultaneidad, le representa a la vez de frente y con sus dos perfiles. Esbelto y sinuoso, con el rostro aureolado por largos cabellos, cortado por un bigote de largas guías y prolongado por una barba breve y puntiaguda. Ojos penetrantes, brillantes, apacibles y voluntariosos. Lo que también llama la atención es la boca, un tanto desdeñosa. Aquel hombre, a fuerza de dirigir a los hombres, llegó a juzgarlos, y todo parece indicar que su veredicto no les fue muy favorable.

Para nosotros, el cardenal de Richelieu no es más que la encarnación del poder, una palabra y una noción que a nosotros, los hombres del siglo XX, nos apasionan. El poder fascina y es lógico pensar que podemos aprender mucho, acerca de esta pasión tan violenta, del hombre que, aparentemente, la erigió en norma de su vida.

-Señor cardenal, ¿el rey Luis XIII puso en manos de Vuestra Eminencia un poder inmenso?

-Fui un cero que, en cifras, significa algo cuando hay un número ante él.

¿Modestia? Podemos estar convencidos de que es fingida. Recordemos que presentó su tesis en la Sorbona bajo el lema: «Qui erit similis mihi?» (¿Quién será parecido a mí?). Como joven obispo de Luçon, le irritaban su pobreza y su impotencia, y escribía: «Tengo la diócesis más fea de Francia... En el país todos somos indigentes y yo el primero, cosa que me enoja muchísimo, pero hay que remediarlo si ello es posible». Lo consiguió, puesto que, para escapar de aquella mediocridad, logró ser enviado a París como delegado a los Estados Generales de 1614 convocados por María de Médicis.

Gracia y desgracia

Para imponerse a María de Médicis, aquel joven prelado de veintinueve años tuvo que ganarse el aprecio de la favorita de la reina regente, la célebre Galigaï, y tuvo que merecer el agrado del despreciable Concini. Le fue necesario halagar a ambos, actividad en la que era maestro. Por una breve temporada, cayó en desgracia, pero se inclinó y supo fingir humildad de una forma admirable. No obstante, el favor de una reina regente sólo era para él una simple etapa, pues lo que necesitaba era la amistad del joven Luis XIII: el poder del futuro. Supo obtenerla. Al principio, Luis XIII sentía escasa estima por aquel sacerdote al que consideraba un intrigante, y sólo veía en él una hechura de su madre, al ex-amigo de los Concini y a un partidario de España. Así juzgaba Luis XIII a Richelieu el 29 de abril de 1624 en Compiègne, cuando el cardenal (había obtenido el capelo por deseo de María de Médicis) se sentó ante la mesa del Consejo. Pero unos días más tarde Richelieu solicitó audiencia a Luis XIII y, extensamente y con vivo ardor, desplegó ante el joven monarca el porvenir grandioso que había planeado para Francia. Luis XIII pensaba con fervor en este futuro, pero se juzgaba impotente para conseguirlo. Aquella conversación fue decisiva y, a partir de entonces, Luis XIII otorgó su confianza absoluta, su amistad sin trabas, al hombre en el que había adivinado un amor a Francia tan inmenso como el suyo propio.

-Señor cardenal, ¿qué le dijisteis al Rey?

-Le prometí a Su Majestad que emplearía todos mis esfuerzos y toda la autoridad que él se dignase otorgarme para arruinar al partido hugonote, rebajar el orgullo de los grandes, obligar a todos sus súbditos al cumplimiento de sus deberes, y elevar el nombre del rey entre las naciones extranjeras a la altura en la que debía estar.

-Cuando el Rey confió el gobierno de sus asuntos a Vuestra Eminencia, ¿cuál era la situación del reino?

-Los hugonotes compartían el Estado con el Rey, los grandes se comportaban como si no hubiesen sido sus súbditos, y los gobernadores provinciales más poderosos actuaban como soberanos en sus cargos. Las alianzas extranjeras eran menospreciadas y los intereses privados tenían preferencia sobre los públicos: en una palabra, la dignidad de la majestad real estaba tan mermada y era tan diferente de lo que debía ser, que era casi imposible reconocerla.

Le escucho. Habla con firmeza y dulzura a la vez, pero se aprecia bajo sus frases un nerviosismo latente, aquel nerviosismo que siempre observaron quienes se aproximaron a él. Algunos hablaron incluso de dolencia, pero otros subrayaron su extrema impresionabilidad. Un incidente inopinado o la menor contradicción bastaban para turbarle. Así lo constató un embajador extranjero: «El cardenal me contestó con el semblante turbado, mientras tiraba nerviosamente de su barba».

La carga del poder

Tan grande era su sensibilidad que las lágrimas se agolpaban en sus ojos con una facilidad que a él le afligía. Preciso es decir que el cardenal tenía una salud que dejaba mucho que desear. A partir de su juventud, padeció reumatismo y mal de piedra, y en 1632 estuvo a punto de morir debido a un absceso en la vejiga que le causó una gravísima retención de orina.

-Vuestra Eminencia, que consagra todas sus fuerzas al gobierno del Estado, ¿no se ha visto a veces impedido en su labor por la enfermedad?

-A menudo he deseado estar al margen de gobierno del Estado debido a mi mala salud. Mis achaques han sido tantos que me ha resultado imposible no llegar al límite de mi resistencia física.

-¿Y por ello la carga del Estado ha sido tanto más onerosa para Vuestra Eminencia?

-Bien sabía yo que, aunque el peso de los asuntos no sobrepasaba las posibilidades de mi espíritu, no existía proporción alguna con la debilidad de mi cuerpo. La notaba por una experiencia cada día. Me quejaba de ello ante varios de mis amigos más fieles. Les consultaba remedios... Pero, en resumidas cuentas, descubría con ellos que sólo había la opción de tomarlo o dejarlo. Mis deseos elegían esto último, pero mi honor me comprometía en el sentido contrario, dada la índole de los graves asuntos cuyo final era razonable esperar que viese yo, puesto que me había encontrado en sus comienzos.

-Pido perdón a Vuestra Eminencia, pero nos es difícil creer que no encontrasteis auténtico deleite en el ejercicio del poder.

-Jamás me hallé en medio de las grandes empresas que hubo que emprender para el Estado sin sentirme como al borde de la muerte... Los grandes hombres a los que se coloca en el gobierno del Estado son como aquellos a los que se condena al suplicio, con la diferencia de que éstos reciben la pena de sus faltas y los otros la de sus méritos.

El capitán del barco

Nada tan apasionante como observar las relaciones entre el rey y el cardenal. Los enemigos y los enemistados que acosaban a Richelieu eran innumerables. María de Médicis no le perdonaba que hubiese abandonado su bando. Ana de Austria lo detestaba. Gastón de Orleans, hermano del rey, conspiró contra él. Los grandes de Francia y las damas de la corte le odiaban. Los ambiciosos envidiaban su posición. Los protestantes veían en él la bestia del Apocalipsis. Los Parlamentos, humillados por él, ansiaban su caída. El rey fue el único que jamás le falló.

-Señor cardenal, ¿creéis que a un soberano le es necesario un Primer Ministro?

-El peor Gobierno es aquel que no tiene más recurso que la cabeza de un príncipe que, por su misma incapacidad, es tan presuntuoso que no atiende a ningún consejo. El mejor de todos es aquel cuyo movimiento principal se encuentra en el espíritu del soberano que, aunque capaz de actuar por los propios medios, es tan modesto y juicioso que nada hace sin contar con buen consejo, basado en el principio de (que) un solo ojo no ve tan claro como varios.

-¿Vuestra Eminencia piensa, por tanto, que a un rey le es indispensable un ministro?

-Un príncipe capacitado es un gran tesoro en un Estado, y un consejero hábil y apropiado no lo es menos, pero el consejo de ambos a la vez es inestimable ya que de esto depende la felicidad de los Estados... Ser capaz de dejarse servir no es una de las menores virtudes que pueda tener un gran rey.

-¿Cuáles deben ser las relaciones entre un rey y un primer ministro?

-Hay que hablarles a los reyes con palabras de seda. Puesto que es obligación del consejero fiel advertirles en particular de sus defectos con habilidad, no puede exponérselos en público sin cometer una verdadera falta.

-¿Debe el primer ministro dar cuenta al público de su modo de gobernar?

-El capitán del barco no da cuenta alguna de su forma de dirigirlo. Hay asuntos cuyo éxito sólo depende del secreto, y muchos medios apropiados para un fin dejan de serlo cuando son divulgados.

-Lo que debe ayudar a Vuestra Eminencia a realizar su tarea, es la confianza del Rey.

-Desde que al Rey le complació colocarme en su Consejo, la manera con la que se digna confiarse a mí me hace deudor, a su respecto, de más de mil vidas, si yo las tuviera. Me causa una satisfacción indecible creer que él conoce la pasión que a mí me inspira su servicio y que conservaré hasta la tumba.

-Pero, puesto que pensáis que, en un reino, un primer ministro debe asumir necesariamente las responsabilidades del poder, ¿qué decís acerca de la misión divina que algunos atribuyen a los reyes?

-Tal como Dios, por medio de su Providencia, rige todo el mundo, los reyes, por su prudencia, que es la verdadera virtud real, gobiernan sus Estados. Esta virtud es llamada divina, porque con ella parece que los príncipes adivinan el futuro, lo que sólo es propio de Dios...

La jauría de los enemigosRetrato del Cardenal

Titubeo en formularle una pregunta que, fatalmente, acude al pensamiento, pero, finalmente, me decido.

-¿El rey no ha sentido jamás inquietud ante los grandes poderes de Vuestra Eminencia?

Es impensable que el rey pueda experimentar el menor recelo con respecto a una persona que haya hecho lo que yo he hecho para servirle.

-Sin embargo, ¿no cabe pensar que, en ciertos momentos, el rey haya podido sentirse obligado a seguir la política de Vuestra Eminencia?

-Hay que carecer de toda cordura para creer que el rey se vea privado de libertad, y estar desprovisto de toda piedad con respecto a tan buen príncipe para publicar falsedades hasta tal punto criminales.

Lo que sus contemporáneos recordaron para siempre en Richelieu fue su porte imponente. Para decirlo con mayor claridad, causaba temor. A veces, el cardenal miraba de tal modo a su interlocutor que a éste le entraba el deseo de ocultarse bajo tierra. Uno de ellos cita su «alta figura de gran señor», pero muchos atestiguaban los esfuerzos que realizaba para mostrarse cortés y afable. Tal vez esta frialdad no fuese más que una máscara. Aquel ministro glacial sabía querer. Quiso a Luis XIII. Otra pregunta insidiosa:

-¿Vuestra Eminencia no ha temido jamás que el rey le retirase sus favores?

-Muchos son los que consideran que el humor particular de Su Majestad le hizo desear a veces el cambio, pero no creo que mi ruina (haya podido) estar fundamentada en este principio... La benevolencia con la que el rey se complace en honrarme se basa en el conocimiento que Su Majestad posee acerca de mi fidelidad y de mi servicio, y por ello, al tener este fundamento de duración eterna, la benevolencia de Su Majestad, en mi opinión, nunca dejará de obrar.

-La posteridad se asusta al considerar el número de enemigos a los que tuvo que oponerse Vuestra Eminencia.

-Cuanto más útil es un ministro para su señor, y cuanto más poderoso en su espíritu y en su gracia, mayor es el número de personas que le envidian, que codician su puesto y que tratan de hacérselo abandonar para ocuparlo.

-Se ha calumniado profusamente a Vuestra Eminencia.

-Es necesario dejarse calumniar y seguir el propio camino.

-Incluso se ha querido atentar contra la vida de Vuestra Eminencia.

-Yo desprecio la seguridad de mi persona y el odio de todos los grandes, con tal de satisfacer la fidelidad que le debo al rey que confía en mí.

-Cuando la llamada Journée des Dupes, se montó una verdadera cábala contra Vuestra Eminencia, cuya retirada deseaban tantos intrigantes.

-He presentado mil instancias al rey para conseguir mi partida, pero finalmente Su Majestad, con lágrimas y besándome, no ha querido permitírmelo.

Una respuesta breve pero que lo dice todo. Pienso de nuevo en aquella jauría cuyo odio no abdicó jamás.

El programa necesario

Los primeros de aquellos enemigos, a los que con tanto acierto supo enfrentarse, eran extranjeros. Como es bien sabido, el primero de los objetivos perseguidos por el cardenal fue la humillación de la Casa de Austria. Diría en su testamento:

-El objeto de mi ministerio consistió en devolver a la Galia las fronteras que le había destinado la naturaleza, en identificar a la Galia con Francia y en restablecer la nueva Galia en todos aquellos lugares en los que había existido la antigua.

Como es lógico, la Casa de Austria se opuso a este gran designio. Ella gobernaba España, la cuenca del Danubio y parte de Italia, además de ser soberana en Alemania. Los medios que le procuraban las riquezas de las Américas parecían inagotables. íTremendo adversario! Escuchemos a Richelieu:

-Para todo hombre dotado de sentido común es evidente que la cristiandad está trabajada por dos facciones poderosas. Una es la de los protestantes, que combaten a la religión; la otra es la de la Casa de Austria, que oprime a la libertad y, por medio de la subversión de la justicia y los medios de que dispone para conseguir sus fines... derrota, junto con el fundamento de la equidad política, los de la piedad...

-Lo que Vuestra Eminencia no pudo soportar, evidentemente, fueron las usurpaciones territoriales de los españoles.

-¿Acaso hicieron los españoles otra cosa, a partir del tratado de Vervins, que engrandecerse a expensas de sus débiles vecinos y, como un fuego siempre ardiente y al que la materia más cercana sirviera de paso para llegar a la más alejada y consumirla, pasar de una provincia a la siguiente y subyugarlas una tras otra, a medida que cada una fuese la más próxima a la última ocupada? Pretenden hacer lo mismo con todos los Estados de Europa y, por este medio, conseguir la monarquía universal... Hay que detener el curso del avance de la Casa de Austria.

-Para detener este curso, Vuestra Eminencia ha considerado hacer la guerra. ¿Se trata de una guerra de conquista?

-Yo sirvo a un amo que de ningún modo pretende aumentar sus reinos con los despojos de sus vecinos, y que sólo ha enseñado sus armas a los países extranjeros para defender a los príncipes y a los Estados que han sido atacados injustamente.

-Por lo tanto, ¿un gran Estado debe disponer en todo momento de un ejército poderoso?

-El Estado más poderoso del mundo no podría vanagloriarse de disfrutar de un reposo tranquilo si no se hallase en condiciones de estar garantizado en todo momento contra una invasión imprevista y una sorpresa inopinada... La guerra es a veces un mal inevitable, y en otras ocasiones es absolutamente necesaria, y de tal naturaleza que cabe obtener de ella un bien.

-Vuestra Eminencia me perdonará si aquí subrayo una contradicción. Acabáis de defender en este punto la guerra. Ahora bien, a menudo habéis afirmado ser amigo de la paz.

-Francia no quiere sino lo que ella pueda pretender con justicia... No puede haber paz feliz si ésta no es justa, porque, de no serlo, aunque su advenimiento fuese bueno según el mundo, habría que dar cuenta de ello al tribunal de Dios.

-Señor cardenal, ¿el pueblo francés se siente inclinado a la guerra?

-No hay nación en el mundo tan poco inclinada a la guerra como la nuestra. La ligereza y la impaciencia que demuestra en las menores empresas son dos principios que, con harto disgusto por mi parte, vienen a demostrar esta aseveración.

Una aseveración en verdad inesperada, pues los franceses nos hemos acostumbrado a considerarnos como guerreros. Pero no era ésta la opinión del cardenal Richelieu.

Un hecho incontestable: toda la política exterior de Richelieu estuvo regida por la misma idea primordial, la de hacer frente a la Casa de Austria, y así fue como se vio obligado a buscar la alianza de los holandeses, de los ingleses, de los alemanes, de los suizos, de los italianos, de los suecos y de los polacos. También por este motivo quiso, como él nos dice, «adquirir poderío en el mar». En su testamento, insistiría sobre este punto: «Parece como si la naturaleza hubiese querido ofrecer el imperio del mar a Francia, por la posición ventajosa de sus dos costas, igualmente provistas de puertos excelentes en los dos mares: Océano y Mediterráneo...»

Guerra a los hugonotesEl cardenal Richelieu en el sitio de La Rochelle

Son conocidos, y también admirados, los resultados de esta política, pero no ocurre lo mismo en lo tocante a los hugonotes. El liberalismo y la tolerancia de los franceses se escandalizan ante la visión de compatriotas de dos religiones enzarzados en una guerra. ¿Cómo puede justificarlo Richelieu?

-Los protestantes nacieron y se criaron en la anarquía... Era preciso reducirlos a la condición en que todos los súbditos deben estar en un Estado, es decir, sin poder formar ningún cuerpo separado y dependientes de la voluntad de su soberano. Mientras los hugonotes tengan un pie en Francia, el rey no será jamás el dueño dentro del país, ni podrá emprender acción alguna fuera de él.

Por lo tanto, guerreó contra los hugonotes y marcó sin cesar tantos contra ellos. Varias veces los venció, sobre todo cuando la rendición de La Rochelle. El cardenal se explica.

-Con la toma de La Rochelle, Su Majestad puso punto final a su gesta más gloriosa y la más útil que en toda su vida iba a emprender para su Estado.

-La ciudad se rindió después de un asedio prolongado y terrible...

-Las calles estaban llenas de cadáveres, tan extenuados por los ayunos que acaban de secarse antes que corromperse.

-Hay tanta determinación en las palabras que pronuncia el cardenal cuando se trata de los hugonotes que, forzosamente, uno ha de interrogarse. Aquel hombre que, en tantas cosas, se condujo de tal modo que resulta imperativo ver en él un dictador -como tan bien ha demostrado Philippe Erlanger-, ¿acaso pensó en convertir a los hugonotes por la fuerza? A esta pregunta replica con extrema claridad:

-La religión no se siembra con la sangre... La coacción religiosa es totalmente condenable... Los progresos de la fe se consiguen con el tiempo, con la razón y con la dulzura más bien que con el tratado, el convenio y el apremio.

He aquí otra sorpresa. ¿Richelieu tolerante? Decididamente, es preciso desconfiar de las ideas recibidas.

El hombre rojo

-Después de la Casa de Austria, después de los hugonotes, fue la nobleza turbulenta la que más preocupaciones causó al cardenal. ¿Cuál es su opinión al respecto?

-Es un defecto bastante corriente entre los que han nacido en este orden que permite utilizar la violencia contra el pueblo, al que parece como si Dios le hubiese dado brazos más bien para ganarse la vida que para defenderla. Es muy importante detener el curso de tales desórdenes por medio de una severidad persistente...

-Sin embargo, ¿no se batieron valerosamente los gentilhombres durante las guerras llevadas a cabo por Luis XIII?

-Al haber atestiguado la nobleza, en la guerra felizmente terminada con la paz, que era la heredera de la virtud de sus antepasados, es necesario disciplinarla de modo que pueda adquirir de nuevo, y conservar, su antigua reputación, y que el Estado sea servido regularmente... La nobleza que no le sirve para la guerra no sólo es inútil, sino que además representa una carga para el Estado, que, en este caso, puede ser comparado con el cuerpo que soporta el brazo paralítico, como un peso que lo abruma en vez de aligerarlo.

-¿Y por esta razón Vuestra Eminencia se mostró tan severo con los nobles que faltaban a los deberes que les eran propios?

Tal como los gentilhombres merecen ser bien tratados cuando obran como es debido, hay que mostrar severidad con ellos si faltan a aquello a lo que su cuna les obliga.

-Vuestra Eminencia ha mostrado especial empeño en impedir a los gentilhombres batirse en duelo.

-Se han promulgado tantos edictos para impedir los duelos sin que, hasta el momento, se haya sacado de ellos el fruto que era de esperar, que es difícil hallar un medio seguro para frenar el curso de este furor... Los franceses desprecian tanto su vida que la experiencia nos ha dado a conocer que los castigos más severos no siempre son los mejores para calmar su frenesí.

De forma irresistible, me veo obligado a tocar aquella represión implacable que perduró durante todo el reinado de Richelieu. Al leer a Philippe Erlanger, por ejemplo, se advierte que la política del cardenal estuvo acompañada por un rigor que prefiguraba el terror. Rodaban cabezas. Se exiliaba y se condenaba a galeras. Los castillos eran derruidos. En la provincia natal de Richelieu, el «arrasamiento» provocó una agitación a la que sólo pudieron poner fin doscientas treinta y tres condenas de muerte en la horca. ¿Por qué tanta violencia? ¿Por qué esta aparente falta de misericordia? Responde:

Razón de EstadoRichelieu, dibujo de Mellan

-Un cristiano nunca olvida suficientemente una injuria o perdona debidamente una ofensa, ni un rey, un gobernador y un magistrado las castigan con excesiva premura cuando los delitos son de Estado. Esta diferencia es grande, pero la razón es evidente, así como el hecho de que se fundan en un mismo principio.

-Vuestra Eminencia puso en práctica esta teoría en ciertas ocasiones destacadas, como en lo referente a Marillac y a Montmorency.

-En un instante, los castigos impuestos a Marillac y al duque de Montmorency situaron de nuevo en lo que era su deber a todos los grandes del reino. La multitud de culpables hace que no sea conveniente castigarlos a todos. Los hay que sirven para dar ejemplo y para mantener en el futuro, por temor, a los demás, en el respeto a las leyes.

-¿La razón de Estado priva, pues, sobre toda otra consideración?

-En materia de crimen contra el Estado hay que cerrar la puerta ante la piedad y despreciar las súplicas de las personas interesadas y los discursos de un populacho ignorante que culpa a veces a lo que es más útil y, a menudo, totalmente necesario. En varios monopolios, facciones y sediciones que se produjeron en mi tiempo en este reino, jamás vi que la impunidad lograse que carácter alguno se corrigiese naturalmente de su mala inclinación; muy al contrario, todos reanudaron sus primeros intentos y, a menudo, con mayor efecto la segunda vez que la primera.

-En esta perspectiva, cabe decir que la última conspiración urdida por Cinq-Mars y Thou estuvo a punto de arruinar el reino. ¿Cuál es vuestra opinión?

-Jamás hubo una conspiración tan grande como la que ha sido descubierta... En estos asuntos de tan gran importancia, las sospechas legítimas casi deben tener categoría de pruebas, o poco menos... De vez en cuando, los grandes Estados necesitan ejemplos rigurosos, por no decir violentos, para que por el temor cada uno siga cumpliendo con su deber.

Como mulos acostumbrados a la carga...Blasón de la familia Richelieu

Sin ningún género de duda, esta razón de Estado en acción, destinada a todos y a todo, fue aplicada a la aristocracia, sin excepción. Pero, ¿y el pueblo? ¿Se interesó Richelieu por su suerte? ¿Trató de aligerar la carga que, tradicionalmente, gravitaba sobre él? Ésta es, en general, la justificación de los dictadores. ¿Qué hizo el cardenal en este aspecto? ¿Qué actitud adoptó con respecto al pueblo?

-Todos los políticos -contesta- se muestran de acuerdo en afirmar que, si los pueblos vivieran demasiado a sus anchas, sería imposible mantenerlos dentro de las normas de su deber... La razón no permite eximirlos de toda carga porque, al perder en este caso la marca de su sujeción, perderían también la memoria de su condición, y si se viesen libres de tributos, creerían estarlo también de obediencia. Hay que compararlos con los mulos que, acostumbrados a la carga, se echan más a perder por un largo descanso que por el trabajo.

¿Cinismo? No, desde luego. Una tranquila y aristocrática certidumbre de estar en posesión de la verdad. Los pueblos están hechos para obedecer. Mantengámosles, pues, bajo el yugo.

-¿Creéis, por lo tanto, que un príncipe tiene licencia para abrumar a sus súbditos?

-Es preciso que haya proporción entre lo que el príncipe obtiene de sus súbditos y lo que éstos pueden darle, no sólo sin arruinarse, sino también sin una incomodidad notable. Una vez asegurados los gastos absolutamente necesarios para la subsistencia del Estado, cuanto menos se le pueda imponer al pueblo, tanto mejor.

-Al parecer, Vuestra Eminencia nunca juzgó útil dar una instrucción a los súbditos del rey, los cuales eran analfabetos en su gran mayoría.

-Si bien el conocimiento de las letras es totalmente necesario en una república, también es cierto que no deben ser enseñadas indistintamente a todo el mundo. Del mismo modo que un cuerpo dotado de ojos en todas sus partes sería monstruoso, también lo sería un Estado si todos sus súbditos fuesen sabios; habría en él tan poca obediencia que el orgullo y la presunción serían moneda corriente.

-¿Vuestra Eminencia es, pues, hostil a la generalización de la instrucción?

-Si las letras fuesen profanadas por toda clase de gentes, veríamos a muchas más personas capaces de crear dudas que de resolverlas, y muchos se sentirían más inclinados a oponerse a las verdades que a resolverlas.

-Si he seguido bien el razonamiento de Vuestra Eminencia, me pregunto cuál sería el número ideal de colegios en el reino...

-De cuatro a cinco famosos en París y dos en cada ciudad metropolitana bastarían para conservar el fuego del Templo en toda su pureza.

La devoción del prelado

¿Es cristiano todo esto? En nuestra opinión no lo es, pero nunca se debe juzgar una época con los ojos de otra. Seguramente, al formular tales ideas, Richelieu actuaba con una buena conciencia a la que nada podía herir. No obstante, también la cuestión de sus sentimientos religiosos tiene su importancia. Los contemporáneos lo criticaron violentamente en este aspecto, como en todos los demás. El cardenal de Retz dijo que Richelieu «sólo tenía bastante religión para este mundo», y Mathieu de Mourgues llegó más lejos al pregonar que Richelieu no creía en la inmortalidad del alma. Puede ser instructivo interrogarle sobre este punto:

-¿Qué pensáis, señor cardenal, acerca de la inmortalidad del alma?

-Habría que estar privado de luz natural, de la fe y de toda clase de conocimientos de la Antigüedad, para ignorar que nuestras almas son inmortales, y para no saber que esta verdad ha sido reconocida y profesada en todos los siglos pasados.

-¿Es posible adaptar una auténtica vida religiosa a una vida tan activa como la vuestra?

-Es una opinión muy común la de creer que es imposible entregarse totalmente si uno no se libra por completo del mundo y de los negocios. No es posible dar mejor aplicación al trabajo que en aquellos lugares donde hay la cosecha más abundante que espera, cuando Dios nos llama a ellos. Los hay que creen que un reposo absoluto les otorga más medios para consagrar sus pensamientos a Dios y yo digo que, ordinariamente, cuanto menor el tiempo inactivo, que a menudo degenera en ociosidad, mejor puede uno consagrar sus actos a Dios, y con sus actos sus pensamientos, si unos y otros, animados por la caridad, no tienen otro objeto que el cumplimiento de la voluntad divina.

-¿La religión tiene multitud de formas?

-Cada uno debe adaptar su devoción a su condición... Unas son las virtudes de un prelado, otras las de un príncipe, y otras las de un particular. El que por amar a Dios sólo teme a éste, se burla de todos los contratiempos del mundo.

He aquí otra concepción que deriva de su época y de su casta, la que desearía que hubiese un cristianismo para los humildes y otro para los encumbrados. Éste fue, también, el razonamiento de Napoleón. No es el nuestro. No obstante, está patente aquí la afirmación de una fe profunda.

Lo que se opone a la acusación de ateísmo es, asimismo, la vida cotidiana del cardenal. Se levanta entre las siete y las ocho de la mañana, y ante todo reza. De nuevo, el trabajo y las recepciones, y después, hacia las diez o las once, la misa. Por la noche, antes de acostarse, alrededor de las once, media hora de plegaria. Cada domingo comulga, pero sólo celebra la misa en las grandes festividades. En ello nadie debe ver una anomalía, pues Bousset hacía lo mismo. El padre Joseph (el famoso capuchino que colaboró con Richelieu hasta el punto de ganarse el apodo de «eminencia gris»), atestigua que cuando celebraba la misa, lo hacía con una «devoción ejemplar». Paradójicamente, cabe pensar que la acusación de ateísmo le fue dirigida por parte de los católicos al oír sus declaraciones tolerantes con respecto a los protestantes.

Las pasiones nefastasBoceto

-¿Y la muerte, señor cardenal?

-Hay que caminar con valor por los senderos espinosos de la vida y recibir la muerte resueltamente cuando ésta se presente, sin llamarla para acabar una vida que la debilidad convierte en insoportable; pero tampoco hay que huír de ella cuando se aproxime como si ya no hubiese nada más que esperar después de esta vida mortal. Nos parecemos a aquellos bateleros que vuelven la espalda al lugar al que se dirigen, pues alejamos tanto como podemos el pensamiento de la muerte y, sin embargo, no hacemos más que encaminarnos hacia ella.

Esta vez se trata de pensamientos amplios y nobles, pero yo quiero alejarme del cielo para volver a la tierra. Entre los obstáculos que se alzaron ante el cardenal, hubo, indiscutiblemente, el de los favoritos. El favor de un cortesano que ascendía junto al rey, Richelieu siempre lo había considerado con temor, a veces con angustia. Tal fue el caso de Cinq-Mars, por ejemplo. En la democracia, los representantes del pueblo dependen del azar de unas elecciones. Bajo una monarquía absoluta, el ministro todopoderoso puede ser expulsado por la influencia de una sola persona.

-¿Es inquietante para un ministro que su soberano tenga favoritos?

-Los favoritos son tanto más peligrosos cuanto que aquéllos que son alzados por la fortuna rara vez se sirven de la razón, y como ésta no es favorable a sus designios, suele encontrarse totalmente impotente para detener el curso de lo que ellos hacen en perjuicio del Estado... No sé qué es más capaz de arruinar al reino más floreciente del mundo, si el apetito de estas gentes o el desorden de una mujer cuando un príncipe se prenda de ella.

-¿Las pasiones de los príncipes son, pues, nefastas?

Las mujeres, extraños animales

-Muchos príncipes se han perdido por haber preferido sus afectos particulares a los intereses públicos. Tales desdichas se han abatido sobre algunos por el exceso de sus pasiones desordenadas hacia las mujeres. Algunos han incurrido en parejos inconvenientes por una simple y ciega pasión por sus favoritos, al extremo de que, para mejorar la suerte de éstos, han destruido la suya propia.

Al hablar de los favoritos, el cardenal acaba de aludir a las posibles amantes de un rey. Ello quiere decir, pues, que asimila ambas nociones y que piensa en el caso tan ambiguo de Luis XIII. Una Mlle. de Hautefort, una Mlle. de La Fayette, afectaron al rey tanto como un Cinq-Mars. Buena ocasión para saber qué piensa el cardenal acerca de las mujeres. Innumerables libelos han enumerado los amores del cardenal, pero la historia no ha presentado prueba alguna a este respecto. Lo que parece evidente, en cambio, es la misoginia de Richelieu y seguramente no fue el azar lo que le hizo oponerse sucesivamente a María de Médicis, a Ana de Austria y a otras muchas mujeres.

-¿Cree Vuestra Eminencia que un Estado puede ser dirigido por una mujer?

-Puesto que las mujeres no tienen voz alguna en la Iglesia, soy de la opinión de los Antiguos y Modernos que creen que tampoco deben tenerla en el Estado.

-¿Pensáis, pues, que ninguna mujer se ha mostrado jamás capaz de gobernar?

-Es verdad que, de ordinario, su blandura no les permite la virtud masculina necesaria para la administración y que es casi imposible que su gobierno esté exento de bajeza o bien de dominación, cuya causa es la debilidad de su sexo, o de injusticia, o de crueldad, cuya verdadera fuente es el desorden de sus pasiones que ocupa el lugar de la razón. El gobierno de las mujeres suele ser la desgracia de los Estados.

-¿Opináis que las mujeres siempre se dejan llevar por sus pasiones?

-La naturaleza de las mujeres las induce a seguir sus humores más bien que la razón.

-¿Diríais incluso que el carácter femenino es incompatible con los grandes pensamientos?

-Las mujeres, perezosas y poco reservadas por naturaleza, son tan poco apropiadas para el gobierno que, si se considera, además, que están muy supeditadas a sus pasiones y, por consiguiente, poco inclinadas a la razón y a la justicia, este solo principio las excluye de toda administración pública.

-En este caso, ¿sería oportuno dar instrucción a las mujeres?

-La ciencia de una mujer debe consistir en modestia y recato. Hay que considerar como las más hábiles a las que tienen más juicio. Jamás he conocido a una mujer muy letrada que no haya tenido gran imperfección a través de sus grandes conocimientos. Es justo decir que, así como los hombres emplean su capacidad para el bien, las mujeres la emplean para el mal.

-¡Me parece muy exagerada la severidad de Vuestra Eminencia con respecto a las mujeres!

-Estos animales son extraños. A veces, se cree que no son capaces de grandes males porque tampoco lo son de un gran bien, pero con toda mi conciencia aseguro que nada hay tan capaz de perder a un Estado.

Audiencia terminada.

Ante unos juicios tan categóricos, es inútil insistir. Aquí no basta con evocar el espíritu de la época, pues incluso para el siglo XVII la misoginia del cardenal de Richelieu bate una especie de récord. ¿Y si me atreviese a hablar de los amores que le han adjudicado los maldicientes? Me atrevo y recibo una seca respuesta:

-Estoy demasiado ocupado en la dirección de todas las grandes cuestiones que conciernen al Estado, para atender a bagatelas.

Sería inútil querer arrancarle algo más. ¡Me hubiese gustado tanto interrogarle acerca de un sinfín de cosas más!

No lo haré, sin embargo, pues mi indiscreción sobre sus amores ha puesto fin a la entrevista. Con aquella sequedad de la que han hablado sus contemporáneos, me dice:

-Señor, soy vuestro humilde servidor.El Cardenal en su lecho de muerte

Tal es su fórmula acostumbrada al comenzar o acabar las audiencias que concede. El hombre se aleja ya, envuelto en su púrpura cardenalicia, en dirección a la avenida del jardín. Aquí, en este Palais-Cardinal en el que puso su orgullo y su felicidad, decidiría encontrar la muerte. Aquí recibió los últimos sacramentos. El párroco de Saint-Eustache le exhortó a perdonar a sus enemigos, y entonces pareció como si el «hombre rojo» de los románticos despertase. Contempló fijamente al sacerdote y pronunció estas palabras:

-Jamás he tenido otros que los del Estado.

Sin duda, también este orgullo ante la muerte fue poco cristiano. Pero el cardenal se mantuvo fiel a sí mismo, puesto que había consagrado su vida al Estado.

A.D.
 


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