Preux et audacieux: Una partida de En Garde!®por e-mail

 

REAL CRÓNICA DE OCTUBRE DE 1647

Tenemos entre nosotros un arma letal. Lástima que no podamos lanzársela al enemigo. Con una catapulta, a poder ser.
Lestat du Pointlac

GACETA MILITAR

Joseph Lemaitre estaba harto. Llevaba ya tres semanas sufriendo la visita del Arzobispo Robier, que había llegado al puesto de mando "para asegurarse de que el estado espiritual de las tropas era el óptimo para el combate", y desde entonces lo llevaba pegado a sus talones como un perrillo faldero. Peor, como una ladilla. No, peor aún, como... ¿como qué? No se le ocurría nada peor. Sí: -¡Como un arzobispo!-concluyó en voz alta.

Su ayudante de campo no pudo evitar una sonrisa: sabía lo que el Mariscal estaba pensando.

-Si me permitís el consejo, Excelencia, no os obsesionéis con su Excelencia el Arzobispo Robier.

-¿Cómo queréis que no me obsesione? -la voz del Mariscal no denotaba furia, sino más bien patetismo, desesperación-. Llevo veinte días, ¡veinte días!, con esa sombra pegada a mis talones, pendiente de todo lo que hago: Asiste a las reuniones estratégicas de Estado Mayor, mete la nariz en los mapas como si entendiera algo de ellos, y asiente interesado como si supiera distinguir un mosquete de un arado de campo. ¡Y los esfuerzos que tienen que hacer mis oficiales para aguantarse la risa cada vez que abre la boca para opinar! Por si esto fuera poco, se pasa el día paseando por el campamento, les da sermones a las tropas, insiste en organizar misas diarias con comunión para toda la oficialidad, y uno no puede ni escaparse a abonar el prado sin tener que asegurarse de que la Santa Madre Iglesia no se personará a supervisar el movimiento de sus tripas. ¡ESTOY HARTO!

El ayudante no pudo menos que reírse ante la exclamación final.

-Es cierto que es un poco... ejem... ubicuo, Excelencia. Podríamos... ejem... sugerirle que visitase la primera línea del frente. Con la debida protección, por supuesto...

-No creáis que no lo he intentado, pero se mantiene bien a cubierto. En eso no tiene un pelo de tonto. De hecho, los únicos momentos en que tengo un poco de tranquilidad son precisamente cuando voy a inspeccionar las primeras líneas. ¡Ahí sí que no me acompaña! ¡Chitón! ¡Ahí viene otra vez! ¡Vaya, Excelencia! -aquí cambió el tono de voz del Mariscal- ¿Ya estáis de vuelta? ¿Habéis asegurado el bienestar espiritual de mis tropas?

-En ello estamos, Excelencia, en ello estamos -el tono autocomplaciente del Arzobispo, tono que no había abandonado desde que llegó al campamento, daba a entender que se lo estaba pasando en grande y que se estaba tomando la excursión al frente como unas vacaciones-. Podéis estar tranquilo: vuestras tropas irán al encuentro del peligro tan limpios de alma y corazón como si acabaran de nacer. Por cierto, ya debe ser la hora de la misa, ¿verdad? ¿Tendréis la bondad de acompañarme al altar de campaña? Y pasemos a recoger también a vuestros oficiales...

Con algo parecido a una mezcla de suspiro y gruñido, el Mariscal y su ayudante siguieron los pasos del Arzobispo, que ya se dirigía al llano donde había habilitado todo lo necesario días atrás, y donde cada día celebraba una misa de asistencia obligada para toda la oficialidad. "La vida del capellán de campaña es muy trabajosa", pensó con complaciente ironía...

* * *


ECOS DE SOCIEDAD

Primera semana

El nuevo estreno en el Théatre Royale estaba a punto de empezar. Entre los asistentes Etienne Marchand que acompañaba a Mussette d'Envion, dama de Edmond Narcis d'Estrées, el cual por sus heridas graves no podía acudir al estreno. Ya en el palco, de manera simbólica, Mussette d'Envion depositó el sombrero de Edmond sobre la silla reservada para él, como si en espíritu participara también de la velada. Este hecho hubiera pasado inadvertido para el resto de espectadores pero antes de iniciarse la representación ocurrió algo inusual:

El director de la compañía, Andrée Flotats, y los actores principales, Amélie d'Encras y Alain Lédon, salieron al escenario justo antes de empezar la obra. Y pidieron al público, que espontáneamente había empezado a aplaudir, unos momentos de silencio. Fue Flotats, el director de la compañía, quien comentó: "Antes de empezar queremos dedicar esta representación al escritor y autor teatral Edmond Narcis d'Estrées, que actualmente se encuentra gravemente herido". Y, dirigiéndose al palco de Etienne Marchand y Mussette d'Envion, continuó: "Sabemos que, aunque no se encuentre físicamente aquí, está con nosotros en espíritu, como atestigua su sombrero sobre la silla".

Una gran ovación fue dedicada hacia el palco donde Mussette d'Envion, visiblemente emocionada, inclinó la cabeza en señal de agradecimiento.

* * *



Segunda semana

A mediados de mes, Edmond Narcis d'Estrées se sintió con fuerzas para hablar con su médico, Théophraste Renaudot. Recostado sobre unos cojines, le pidió al doctor que escuchara un momento mientras revisaba el estado del herido.

-Me habéis salvado la vida para ahora darme mala vida, Renaudot. Olvidad lo del informe médico para pedir una investigación, por favor.

El galeno fijó los ojos en el semblante del enfermo, luego cabeceó y murmuró:

-Eso es un deber, no una cuestión de opinión...

Edmond agarró del brazo al médico, que quedó inmóvil por un instante ante la acción del paciente.

-¡No debéis hacerlo! Yo era el oficial al mando y el responsable de mis hombres y de todo lo acontecido. Los nervios y la tensión de entrar en campaña pueden causar que se dispare fortuitamente.

Renaudot sonrió: -Si bien un disparo fortuito puede provocar que otros le sigan, son disparos aleatorios, no todos sobre un mismo blanco y tan bien escogido. Sabéis que vuestros hombres no son ni fusileros ni mosqueteros; no pudieron ser ellos.

Edmond tomó aliento para poder responder con más energía, pero sólo fue un intento, pues no sonó nada enérgico.

-¿Creéis que no sería capaz de haber visto a mis espaldas a un destacamento de Mosqueteros de la Picardía, por ejemplo?

A lo que el doctor contestó: -Soy científico, y no puedo obviar las evidencias de lo ocurrido y lo que éstas atestiguan.

Aspirando fuertemente por la nariz, esta vez sí que el herido pudo contestar con más brío, brío que incluso tomo al médico por sorpresa, dejándolo boquiabierto tanto por el ímpetu de un hombre postrado como por su razonamiento:

-Bien, pues apelo a vuestro razonamiento científico. Decidme: ¿De veras creéis que en el hipotético caso de existir una trama, ésta se esclarecerá o se dará con el autor intelectual de ella? Sólo valdrá para ensuciar y enrarecer, para manchar el buen nombre de soldados y regimientos. Sabéis que, aunque hubiera pruebas o testigos, no podrían acusar nunca al autor de la trama, si lo hubiera... Se buscará un chivo expiatorio o simplemente sólo servirá para difamar a soldados y unidades de combate...

Aquí D'Estrées quedó totalmente agotado y volvió a caer sobre el lecho.

El doctor Renaudot se dispuso a retirarse, pero antes, mirando al herido agotado sobre la cama, añadió:

-No me necesitáis a mi: vos mismo os sobráis para daros mala vida.

Y salió de la habitación con una sonrisa a medias.


* * *




Tercera semana

Esta semana se celebró la misa solemne por los caídos y heridos en combate. Dado que Rene Saint-Cyr, que en principio había de oficiar la misa, continúa en paradero desconocido, creemos que en alguna peregrinación o viaje pastoral al Vaticano, la misa se celebró en otra parroquia. Los asistentes que no habían sido informados del cambio se encontraron con un servicio de carruajes que les transportó de una parroquia a otra sin ningún problema, ya que Etienne Marchand, Ch.d'H., organizador del acto, lo había previsto todo. Marchand asistió, ataviado con su uniforme de gala y con el semblante grave, y se encargó de que a la salida de la iglesia se repartiera vino caliente con especias para reconfortar a los asistentes a la ceremonia. Una de las asistentes fue Mussette d'Envion, en representación de su amado D'Estrées. Hacia el final de la ceremonia, pidió permiso para leer una carta que D'Estrées, no sin esfuerzo, le había dictado la víspera. La dama subió al púlpito y leyó:

-Mesdames, messieurs, como bien sabéis, Edmond no ha podido asistir al encontrarse gravemente herido, pero quisiera leeros las palabras que él había preparado para la ocasión:

"Hoy nos reunimos aquí, en esta sencilla ceremonia, para rendir homenaje y honrar la memoria de todos aquellos que han dado su vida en combate, se han entregado con valor siendo heridos, o continúan luchando en el frente por nuestro Rey y nuestro país. A todos ellos, sin olvidar a los más cercanos como Olivier Burrows, ni a los que en el anonimato hayan quedado perdidos en la memoria colectiva.

No os debéis unir a aquellos que se quejan en las adversidades, que protestan porque las autoridades, tanto eclesiásticas como laicas, no realicen funerales de estado ni ceremonias conmemorativas, ni a los que claman para que los obispos dediquen más tiempo a sus feligreses y a los pobres que a festejar con altos cargos y personalidades... No os dejéis llevar por lo fácil, la queja y la protesta.

Igual que cuando alguno de nuestros soldados u oficiales es hecho prisionero, no debéis reclamar que el gobierno o ministerio pague o planifique un rescate, pues son sus compañeros y amigos los que llevarán a cabo las acciones necesarias para liberarlo. Cuando se está bajo fuego enemigo se aprende a bregar con las adversidades. Se asimila que somos nosotros mismos junto con nuestros compañeros y camaradas los únicos con quienes hay que contar. Nadie espera que en el fragor de la contienda un gobernador o ministro aparezca en lontananza disipando al enemigo.

Aquí, en nuestras ciudades, el enemigo es la pobreza, la escasez de alimentos, el frío del duro invierno, la carestía de la vida, perder al cabeza de familia, quedarse viuda o huérfano... Pero, al igual que en el campo de batalla, debemos contar unos con otros, cual regimiento. No esperéis que un obispo, un gobernador o un ministro haga desaparecer al enemigo que nos acecha. Debemos organizar nuestras fuerzas, razonar estrategias con las que podamos combatir, luchar y vencer a los males, los peligros y las dificultades que nos golpean.

No malgastéis fuerzas en protestas y quejas, aunemos esfuerzos para afrontar con entereza al enemigo. Juntos, si nos empeñamos en ello. podremos vencer al enemigo, por muy grande que a simple vista nos parezca."

Justo en el momento en que Mussette d'Envion acababa de terminar la lectura del escrito de Edmond Narcís Destrées, un personaje, ataviado con una vieja y chamuscada casaca con el emblema de los Mosqueteros del Rey, se acercó al púlpito donde estaba la dama. Tras el discurso de Mussette d'Envion, los asistentes habían quedado sumidos en un reflexivo silencio. El extraño se situó junto a la dama, dejando como ofrenda una corona de amapolas con un gran lazo amarillo, tras lo cual se acercó a Mussette d'Envion para ofrecerle una escarapela amarilla para lucir prendida sobre el vestido. La dama observó en el rostro del individuo una gran cicatriz, y alguna imagen del pasado que le vino a la cabeza la hizo palidecer. Tal fue el sobrecogimiento que, como fulminada, cayó al suelo presa de un desvanecimiento. El misterioso personaje demostró estar en plena forma y tener buenos reflejos, pues en dos zancadas rapidísimas se puso tras la dama sujetándola entre sus brazos cuando esta estuvo a punto de desplomarse al fallarle las fuerzas. Uno gran "oooh" de los asistentes y algún que otro "huy" pusieron sonido al acontecimiento.

El hombre chamuscado hizo un gesto con su mentón a Etienne Marchand, que entendió enseguida y le sustituyó para que fuera un rostro conocido el que encontrase la dama al recobrar el sentido. El individuo aún tuvo un instante para otear a los asistentes y recorrió toda la estancia con una mirada escrutadora como si buscara a alguien entre los congregados. Sin mediar palabra y raudo, se escabulló por uno de los laterales. Sigilosamente se perdió entre todos los que se agrupaban a la salida del templo, que no habían podido ver bien lo ocurrido y preguntaban qué era lo que pasaba...

* * *


Cuarta semana

Al finalizar el mes, Etienne Marchand, Ch.d'H. y Charlotte Pézet se dirigieron a visitar a Edmond Narcis d'Estrées. Fueron recibidos por Mussette d'Envion, quien les hizo pasar a ver al herido, no si antes rogarles que no lo inquietaran ya que aún se encontraba muy débil. En efecto, el herido, postrado y falto de fuerzas, apenas pudo musitar unas palabras de agradecimiento a sus visitantes.


Poco después de la visita anterior, Mussette d'Envion volvió a ser requerida por la doncella, en esta ocasión más alterada que con la llegada de Etienne Marchand, Ch.d'H.: "Ha venido una patrulla, señora".

Intrigada y preocupada, Mussette bajó al recibidor, donde encontró en efecto a dos soldados de la Guardia de la Vieja Ciudad, pero acompañados de una cara conocida: Le Baron du Pointlac.

Respirando hondo antes de tomar el control de la situación, Mussette le rogó a Le Baron du Pointlac que pasase a un pequeño saloncito lateral: "Acompañadme un momento, monsieur, por favor. Vuestros hombres pueden esperar aquí. Haré que les suban algo de vino. ¿Vos queréis alguna infusión, licor, quizás un chocolate de esos que están ahora tan de moda?"

Le Baron du Pointlac rechazó amablemente el ofrecimiento, pero agradeció el vino para sus hombres. Mussette le pidió a Le Baron du Pointlac que fuera indulgente con el herido y que por su estado, intentase no afrontar los temas con una dureza que quizás en otro estado debería utilizar. Le agradeció la visita y le confesó que Edmond siempre ha defendido a Le Baron du Pointlac, incluso cuando otros soldados y oficiales han criticado, por ejemplo, que el ministerio no organizara un funeral por Olivier de Burrows o no colaborara o fomentara la liberación de los soldados prisioneros estos meses atrás...
Luego lo acompañó a la cámara donde se reposaba el Teniente Coronel de los Dragones. La habitación no era muy amplia y se había dispuesto un cómodo sillón junto a la cabecera de la cama. Mussette, con cariño, despertó a un D'Estrées semisomnoliento. Junto al herido, varios papeles garabateados. La dama se retiró discretamente y dejó a solas a los caballeros. Edmond intentó incorporarse, pero era evidente el sobreesfuerzo que le suponía hacerlo, y todo quedó en un intento. Elevó la mano y con un hilo de voz le pidió disculpas por no poder atenderle como debiera. Tras una pausa en la que intentó recobrar fuerzas y aliento, reiteró unas nuevas disculpas por si alguna vez no ha actuado como debiera. Le falló nuevamente la voz e intentó escribir algo en un papel, pero entonces recordó que ya tenía uno previamente preparado con unas palabras casi ilegibles a primera vista y se lo tendió débilmente al visitante:

"Por favor, no investiguéis nada; yo era el mando y el único responsable de mis tropas, soy yo el único y último responsable de todas sus acciones. Una investigación sólo serviría para enturbiar y enrarecer..."

Mientras Le Baron du Pointlac leía el texto casi inconexo en varias líneas torcidas, Edmond recobró fuerzas, intentó imprimir un tono de voz serio y firme y le salió un gallo que sobresaltó al ilustre visitante:

-No remueva un asunto tan turbio, pocas luces pueden salir, se lo ruego. No debía haberse hecho público, las heridas de uno son cuestiones privadas, o deberían serlo. Soy el responsable de mis tropas y respondo por ellas...

La respiración entrecortada le dio un timbre poco solemne a las ultimas palabras y produjeron un extraño efecto de eco en la estancia. Tras esto, sólo pudo darle las gracias por venir a visitarlo y atenderle.

-Pronto me recuperaré para poder reincorporarme y seguir dando guerra a los españoles -soltó Edmond como último saludo tras carraspear y dejar caer la cabeza sobre la almohada.

-Sabéis que es mi obligación investigar un asunto tan grave, monsieur. No puedo dejar todo esto de lado, y estoy seguro de que sois plenamente consciente de ello. Por de pronto, como primera providencia, oficialmente quedáis bajo arresto. De ese modo tendréis a dos de mis hombres permanentemente a vuestro lado y, cuando vuestro estado lo permita, os acompañarán a la Bastilla, donde contaré con vuestra colaboración para aclarar todo este feo asunto...

* * *

El sol empieza a asomar por detrás de los edificios de París. Jean Parrot, envuelto en un capote de viaje, baja las escaleras de su mansión y se dirige al establo. Allí le espera su criado Gaston, sujetando por la brida al mejor de los caballos del nuevo Gobernador Militar.

-Cuida de todo, Gaston.

-Así lo haré, señor. Y vos tened cuidado, por favor.

Por toda respuesta, Parrot sonríe a su fiel criado y le da un cachete cariñoso en la mejilla. Un instante de pausa, y coloca el pie en el estribo. Se da impulso y sube, sin esperar la ayuda del criado. "Aún conservo buena forma", piensa. Sale a la calle, y al instante se le une un pequeño grupo de jinetes. Sin otro diálogo que unos saludos con la mano, el grupo parte hacia la puerta oeste de la ciudad, para emprender después las ochenta leguas de camino que les separan de Rennes...



NOMBRAMIENTOS HABIDOS ESTE MES

Este mes no ha habido nombramientos.


ANUNCIOS DE PRESENTACIONES A CARGOS

Este mes no ha habido anuncios de presentaciones a cargos.



CARGOS PARA EL MES DE NOVIEMBRE
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Soldados escolta Real Soldado Guardia Real 8Capitán Escolta
Soldados escolta Cardenal Soldado Guardia Cardenal 5Capitán Escolta
Oficial diocesano Vicario 10Arzobispo

------------ Inicio de la estacion de INVIERNO ------------

CARGOS PARA EL MES DE DICIEMBRE
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Ministro de Humanidades Brigadier o Barón10 Min.Estado
Ayudante del Obispo Abad 8 Obispo

AGRADECIMIENTOS

A David, por los fragmentos de crónica.

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NOTAS DE LOS ÁRBITROS

Para variar, cuando más aprietan las fechas se me ha muerto el servidor. Por suerte tenía copias de seguridad de todo, pero una parte de esas copias, concretamente la configuración del servidor web, de correo y todo eso, está en mi cabeza. Eso tiene la ventaja de que, no importa lo que pase, puedo instalar y configurar desde cero, pero el inconveniente de que lleva más tiempo. En fin, tenemos la web en marcha y el correo redirigido a GMail de momento, o sea que al menos podréis enviar turno, consultar fichas, etc etc. En diciembre, cuando vuelva de vacaciones (de verano), acabaré de afinarlo todo.

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FECHA LÍMITE PARA EL PRÓXIMO TURNO

El plazo de entrega del próximo turno finaliza el viernes, 5 de diciembre de 2014, a la medianoche (hora española peninsular).

¡Hasta pronto!

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