Preux et audacieux: Una partida de En Garde!®por e-mail

 

REAL CRÓNICA DE NOVIEMBRE DE 1646

ECOS DE SOCIEDAD

Primera semana

El Théatre Royale estaba lleno como pocas veces pero, pese a ello, el ruido de conversaciones y tiradas de dados era menor de lo habitual. La verdad es que la obra había logrado captar más o menos la atención de los asistentes al estreno.

Siguiendo atentamente la función desde uno de los palcos principales se encontraban Charles Lebleu, Edmond Narcis d'Estrées, Georges Vendôme, Julius Kern y Roland Chastain, éste último acompañado de su dama, quien al principio no ocultaba su enfado ("Me habías dicho que vendrían otras damas; ¿con quién voy a charlar yo?"), pero que después quedó también absorbida por la trama teatral.

A media representación, Edmond Narcis d'Estrées observó algo en el suelo delante de él. Discretamente estiró la pierna y, con la punta del pie, lo atrajo hacia sí. Después de dejar pasar un rato para no llamar la atención, dejó caer su sombrero y, con un gruñido de fastidio, se agachó a recogerlo... junto con lo que había ocultado celosamente entre sus pies unos minutos atrás. "Bien, he tenido suerte", pensó.


* * *



Segunda semana

El evento, desde luego, era magnífico. No se había escatimado esfuerzo ni dispendio. Ahí estaban los caballeros suecos más distinguidos de Paris, luciendo sus mejores galas y comportándose según la más refinada de las etiquetas. Llamaba la atención la gran cantidad de bigotes rubios que se veían en el salón.

Carl Gustaf Wrangel, mando militar del Estado Mayor sueco, se llevó la copa de vino a la boca y bebió un largo sorbo, guiñando un ojo al anfitrión el Ministro de Exteriores que, presidiendo la mesa, le devolvió la mirada y le sonrió.

-Excelente añada, ¿verdad, Monsieur Wrangel? -Bernard Robier estuvo a punto de hacer una mueca de disgusto pero consiguió contenerse -No querrá Dios otorgarme la inmensa dicha de que os ahoguéis ahora mismo-, pensó.

-Oh, sí, Excelencia. ¡Magnifike! -Entró en escena el Embajador de Suecia quien, a pesar de los años pasados en París, no había perdido el acento sueco-. Debo reconoceros que caldos de esta calidad únicamente se pueden catar en Francia. Permitidme que os felicite por esta gozosa celebración, Obispo. Una velada inolvidable. Y puedo hablar en nombre de todos los invitados.

-Me halagáis, Embajador, no es para tanto -Ya lo podéis decir, ya, hereje de mierda-. Es una simple muestra de cortesía para con nuestros amigos y aliados. Cuando tengáis la oportunidad, por favor, transmitid a vuestra Majestad que la Reina Madre y Su Eminencia el Cardenal Mazarino le envían sus más sentidas salutaciones.

Innumerables velas parpadeaban y temblaban en las mesas, en los apliques de las paredes, en las arañas de cristal que colgaban del techo. El delicioso aroma de los típicos bollitos de azafrán y las galletas de jengibre se extendía por la sala de actos del Obispado. Media docena de músicos proporcionados expresamente para la ocasión por la Embajada de Suecia tocaban sutiles y encantadoras melodías tradicionales que se mezclaban con el ruido de los alegres parloteos de los comensales.

Aprovechando un momento en el que el ritmo de la música se había acelerado, el Ayudante del Obispo se acercó discretamente a Bernard Robier e inclinándose sobre él le murmuró al oído que un grupo muy reducido de mendigos (unos seis o siete) se habían presentado en la puerta, sin armar jaleo ni exigir nada, sólo pidiendo humildemente limosna, y que aguardaba sus instrucciones.

Robier inició la respuesta al abad con un gesto de fastidio, pero súbitamente su rostro se iluminó con una idea. Decoró su cara con una elaborada sonrisa bobalicona, y contestó con un tono de voz deliberadamente alto para que pudiera ser perfectamente escuchado por sus convidados más cercanos:

-¡Ordenad que los mendigos sean recibidos! Dad instrucciones al servicio de que les proporcionen pan, una generosa escudilla de caldo y vino caliente. La caridad, estimado Abad -continuó, mirando de reojo a los suecos que se habían vuelto atraídos por el tono de voz-, es una de las virtudes del cristianismo. -Enteraos bien, impíos del demonio- remató mentalmente.

Tercera semana

Por algún motivo indeterminado, la tercera semana de cada mes suele dedicarse en París a practicar esgrima o a frecuentar los clubs. Y este mes no ha sido una excepción. Sin embargo, parece que los recién llegado están consiguiendo que el Phillippe Le Rouge supere en animación y concurrencia a L'Epée D'Or: mientras este último permanecía vacío esta semana, el primero era escenario de una animada reunión de bebedores: Charles Lebleu, Leclerc du Paris y Georges Vendôme.

Mucho más tranquilo pero en modo alguno aburrido era el ambiente en el Gran Casino de París, donde Su Alteza Real el Delfín de Francia, tío de Su Majestad, acompañado de su ayuda de cámara Julius Kern, hacía su agosto en las mesas de juego. Aunque el ayuda de cámara decidió retirarse de las apuestas relativamente pronto, el Delfín continuó apostando y ganando hasta altas horas de la noche.

Tranquilo, aburrido, y absolutamente soporífero era, en cambio, el ambiente en Chasseurs, donde un aburrido Roland Chastain se entretenía en contar las moscas que golpeteaban contra el cristal de la ventana. Finalmente, viendo que tal conocimiento no le sería de ninguna utilidad, emitió un bostezo final y emprendió el camino hacia su casa.

Cuarta semana

El sábado a media mañana, un carruaje cruzaba París a toda velocidad, escoltado por cuatro jinetes que le abrían paso y guardaban su trasera. En su interior, un nervioso Joss Len Beaumont, Ch.d'H. repasaba mentalmente todos los detalles de su plan:

-Veamos... la tarta, las joyas... creo que no falta nada. A ver si llegamos, porque el viaje se me está haciendo eterno.

Finalmente, el "¡SOOOO!" del cochero le hizo levantar la cabeza: habían llegado a su destino. Impaciente, sacó la cabeza por la ventanilla e iba a gritar una orden, pero no fue necesario: las verjas quedaron francas y el carruaje con su escolta hizo su entrada en el palacete D'Yberville, donde la familia del difunto Primer Ministro, ahora amparada por Pierre Valmont, habitaba. En un momento cruzó el camino de grava y llegó a la puerta principal, donde los criados ya se afanaban en preparar el recibimiento. Beaumont se apeó de un salto, casi sin dar tiempo a que le abriesen la portezuela y, sin ninguna ceremonia, se dirigió a uno de ellos:

-¡Anúnciame a monsieur Valmont! Me están esperando y no quiero que parezca que me retraso.

-No será necesario. Ya estamos aquí, jovencito -la puerta principal se abrió, y un Valmont algo más viejo y bastante más orondo salió por ella. Beaumont gruñó imperceptiblemente, pero no dijo nada. Le Marquis de la Garrigue seguía llamándole "jovencito", aunque él quería pensar que ahora lo hacía en tono cariñoso. Detrás de Valmont aparecieron Madame d'Yberville-Valmont, un chicuelo de cabellos alborotados... y ella. Ella.

-Venga, jovencito, no perdamos tiempo. ¡Os habéis quedado embobado! -la voz de Valmont le sacó de su ensimismamiento.

-Er... sí, sí, por favor, subid al carruaje. Os acompañaré al club; he reservado un salón privado.

-Hace muuuucho tiempo que no voy por L'Epée D'Or. Será agradable volver.

Tras unos veinte minutos de trayecto, el carruaje llegó a L'Epée d'Or. Beaumont bajó rápidamente, apartó al lacayo, y ayudó personalmente a bajar a ambas damas, madre e hija, tras lo cual bajaron el Marquis y su hijastro. El grupo se dirigió al club, donde tomó posesión de uno de los salones privados.

La comida fue excepcional: los cocineros habían sido previamente amenazados con las más terribles calamidades si algo salía mal, así que se esmeraron al máximo. Una pequeña orquesta de cámara amenizó toda la cena, y al llegar los postres, a una señal de Beaumont, se hizo el silencio. Los criados echaron las contraventanas y el salón quedó en penumbra. Cuando el Marquis iba a preguntar a qué se debía aquel apagón, se quedó boquiabierto ante una de las visiones más extravagantes de su vida: una gigantesca tarta adornada con velas, como un candelabro gigante, transportada por dos criados y dejada delicadamente sobre la mesa, frente a él.

-Venga, Excelencia. ¡Os habéis quedado embobado! -Beaumont hasta se permitió devolverle la broma de hacía unos minutos.

Cuando el Marquis reaccionó, Beaumont pasó a la carga con su bien planeada estrategia. Lanzó un discurso que comenzó haciendo alusión al cumpleaños de su amada, para seguir con una referencia a la importancia de celebrarlo en familia, y a partir de aquí manifestó su deseo de entrar a formar parte de aquélla fundando al mismo tiempo la suya propia. Y fue en este momento cuando pidió formalmente la mano de Eleonore d'Yberville a su padrastro, le Marquis de la Garrigue.

-Bueno, jovencito. Habéis conseguido sorprenderme, y estoy seguro de que también a Eleonore. Sea pues, si ella os acepta, contad con mi bendición.

Al oír estas palabras, Joss Len Beaumont, Ch.d'H., con el rostro radiante, se volvió hacia su amada y le entregó un estuche abierto, en el que podía verse un anillo de diamantes rodeado por una gargantilla a juego. La emocionada dama sólo acertó a pronunciar un debil "sííí", que sonó casi como un silbido.

Tras esta feliz escena, la celebración se prolongó hasta bien entrada la noche.

* * *


EL CABALLERO DEL MES

El título de Caballero del mes corresponde a:

Edmond Narcis d'Estrées
Por su prodigalidad en fiestas y representaciones teatrales.

EL PATÁN DEL MES

El título de Patán del mes corresponde a:

Emile Goulet
Por ser fugitivo de la Justicia siendo Ministro de Justicia.


ANUNCIOS DE PRESENTACIONES A CARGOS

  • Edmond Narcis d'Estrées anuncia que se presentará a Ministro de Humanidades.

------------ Inicio de la estacion de INVIERNO ------------

CARGOS PARA EL MES DE DICIEMBRE
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Ministro de Humanidades Brigadier o Barón 0 Min.Estado
Ayudante del Obispo Abad 8 Obispo



CARGOS PARA EL MES DE ENERO
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Ministro de Estado General o Comte12 Rey
Ministro de la Guerra Tte.Gral. o Viscomte12 Rey
Rector Cura6Vicario

AGRADECIMIENTOS

Esta vez... A TODOS. Ya sabéis por qué.

NOTAS DE LOS ÁRBITROS

No voy a decir nada más porque todo se ha dicho ya en la lista de correo, excepto una cosa que no puedo evitar repetir:

GRACIAS

...¡Ah! Y, ¡felices Fiestas!

FECHA LÍMITE PARA EL PRÓXIMO TURNO

El plazo de entrega del próximo turno finaliza el viernes, 3 de enero de 2014, a la medianoche (hora española peninsular).

¡Hasta pronto!

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