Preux et audacieux: Una partida de En Garde!®por e-mail

 

REAL CRÓNICA DE OCTUBRE DE 1646

GACETA MILITAR

El intercambio estaba previsto, pero evidentemente nadie se había tomado la molestia de informar al prisionero. Por lo tanto, Georges Vendôme desconocía lo que ocurría. Cuando lo sacaron de la ratonera donde permanecía cautivo temió por su vida. Acababa de amanecer, pero él no lo sabía. Sólo supo que una fuerte sacudida sobre su cabeza lo aturdió, mera precaución para impedir un intento de fuga. Al taparle los ojos, no supo con qué, pensó que se trataba de su ejecución. Un mero soldado no valía para nada, ni como moneda de cambio. Era un total desconocido recién llegado a París, y lo más seguro era que nadie le echase en falta. Maniatado y a empellones, fue obligado a caminar. "Me tirarán en una cuneta de algún camino"... Pero eso de llevarlo hasta un camino sería mucho pedir, luego coligió que sería más lógico acabar en alguna zanja como abono para la siguiente siembra... Y mientras paseaba metido en sus pensamientos, súbitamente fue consciente de que había transcurrido ya mucho tiempo. Demasiado para un simple "matarile". Llevaban bastante trecho recorrido y la marcha forzada auguraba que aún faltaba. El cansancio, la fatiga acumulada y la debilidad hacían mella en su entereza. Ahora tropezaba y perdía el equilibrio en su pesarosa travesía errante, al menos para él, sin sentido u objetivo.

Las risas y vociferío de sus captores se tornaron en un denso silencio. La cuerda amarrada a sus brazos se tensó, y le impidió seguir caminando. El tirón le hizo trastabillar. Su respiración entrecortada resonaba con contundencia, quizás por la ausencia de otro sonido. Unos segundos eternos le hicieron pensar que aquello era el final.

Escuchó una voz contundente y firme, algo lejana, pero autoritaria e imperativa. Uno de sus captores respondió intentando imitar burdamente un tono enérgico. Pero aquella voz entre ronca y gutural lo interrumpió sin necesidad de gritar ni esforzarse en ello. No entendía nada de lo dicho pero le arrancaron lo que le cubría la cara y sus ojos quedaron destapados. Tardó en poder distinguir nada, la luz le cegaba y sus manos atadas no podían cubrirle los ojos como su instinto le demandaba.

Uno de sus acompañantes se adelantó a recoger unas alforjas del suelo. Hizo un ademán para abrirlas pero frenó en seco. La voz fue contundente y se expresó en francés por primera vez.

"Te juro español de mierda que si no salís corriendo os hago volar a todos por los aires".

Y una mecha empezó a arder siguiendo un reguero de pólvora. Salieron huyendo a la desesperada, todos menos el caporal veterano que se había quedado petrificado escrutando al hablante. Absorto en aquella figura pseudohumana, fijando la mirada en la andrajosa y chamuscada casaca y en el ya casi indistinguible emblema de los Mosqueteros del Rey, la flor de lis dorada, bordado sobre ella. La jugada de la pólvora debía ser una mera treta, pues no parecía explosionar nada, pero el veterano soldado español ni siquiera se había percatado de ello. Seguía presa de sus pensamientos, evocando los recuerdos a los que aquella casaca y aquella figura le habían transportado.

Con una agilidad inusitada, aquel individuo misterioso se acercó hasta Vendôme, que parecía disecado de tan inmóvil como estaba, y llevándolo casi en volandas a la vez que emitía un silbido, se adentró dando un par de zancadas en la espesura del bosque. Dos caballos aparecieron, obedeciendo sin duda a aquel singular silbido. Vendôme se vió encima de una de las monturas sin apenas darse cuenta por la rapidez con que sucedía todo aquello. El misterioso sujeto palmeó los cuartos traseros del equino sobre el que estaba, y el caballo salió casi de estampida siguiendo la ruta que sin duda le era conocida.

Los españoles al ver que no existía explosión alguna y que les faltaba el caporal, volvieron al lugar del encuentro justo cuando los franceses acababan de irse. El veterano seguía allí de pie con la mirada perdida. "Es el mismo diablo, ése era el Coronel de los Mosqueteros del Rey, luché contra él en varias campañas. Esa casaca, esa mirada..."

El misterioso personaje se acerco a la altura de Vendôme y mientras cabalgaban le corto y soltó las ataduras. George seguía incapaz de decir nada en aquellos momentos. Miraba a aquel hombre, que al parecer había pagado por su rescate, y le entraban escalofríos. Era lo más cercano a lo que él se había imaginado debía ser una momia: sucios vendajes, mechones de pelo ralo que parecían trozos de lana vieja y mugrienta... Las partes de piel que le quedaban al descubierto parecían escamadas, como si se cayeran a tiras o como aquellas costras de barro seco que les quedaban a los niños tras jugar en el lodo. Y el hedor era nauseabundo, como a carne podrida y requemada. Recordó el asado de su tía Cloe, aquel mugriento trozo de carne quemada y pasada, que siempre creyó que quemaba a posta para intentar eliminar los gusanos y la podredumbre de la carne que conseguía porque ya nadie quería adquirirla por su mal estado.

Aquel despojo humano lo había salvado. Despojo de gran agilidad y fuerza, de determinación, coraje y dotes de mando. Ni siquiera le paso por la cabeza preguntarle quién era o cuál era su nombre, o simplemente por qué le había rescatado. Estaba tan impresionado con lo acontecido, por la manera como había ocurrido y la rapidez, que su mente estaba en blanco. Aún desorientado y sin ser consciente de que acababa de ser liberado, se encontró frente a un riachuelo e hicieron alto en su camino. Su rescatador le ayudó a refrescarse, le dio agua y algo de comer, le comentó que mejor que no bebiera alcohol durante aquel día pues necesitaba despejarse. Sin duda era tan evidente su desconcierto y falta de reacción, que hasta aquel hombre le recomendaba no beber alcohol. Se cambió la ropa con una muda que el caballero le ofreció; al principio no sabía si aceptar la oferta de ropa limpia, pues parecía imposible que aquel ser pudiera saber lo que era la limpieza en cuestión de vestimenta. Pero le sorprendió al sacar de la grupa de su montura un hatillo con ropa de calidad y pulcra, aparentemente nueva. Tras beber comer y cambiarse empezaba a reaccionar y encontrarse de nuevo recobrando la entereza. En ese mismo instante cuando ya había reunido fuerzas para intentar establecer conversación con su libertador, éste le dejó perplejo cuando le dijo que aquí se debían despedir, "Seguid el sendero, no os preocupéis el caballo os llevará a París, sabe el camino" Y sin más, ni un saludo ni otra explicación, aquella figura montó y se alejo de Georges. "¿Quién sois?" preguntó gritando finalmente Vendôme. Ni siquiera se volvió para contestarle, simplemente sonó aquella voz profunda ya a lo lejos: "Alguien que ha muerto".

Un intenso escalofrío recorrió todo el cuerpo de Georges Vendôme. Estaba libre, volvía a París. Quizás aquel ser era la propia Muerte, que le había dejado vivir por el momento.

* * *

ECOS DE SOCIEDAD

Primera semana

Durante la primera semana del mes, la rue de Tournelles se ha convertido en el centro neurálgico de París. Muchos personajes se han dado cita en el célebre "Salón amarillo" de Mlle Lenclos, lo más granado del panorama político internacional. Cristina de Suecia llegó acompañada por los militares más laureados del momento, Carl Gustaf Wrangel (mando militar del Estado Mayor sueco) y nuestro Mariscal de Francia, vizconde de Turenne, Henri de la Tour de Avergne-Buillon. Ambos militares se han hecho buenos amigos en esta última campaña en el frente del Rin, donde los ejércitos sueco y francés han luchado juntos contra las tropas bávaras.

El nuevo Ministro de exteriores, nuestro obispo Bernard Robier, acudió nuevamente al Salón al que había sido previamente invitado. Esta vez los lacayos de la entrada le recordaban, aunque igualmente se cercioraron de que estuviera en la lista de invitados antes de franquearle el paso. Le costó encontrar a la anfitriona y parecía imposible llegar hasta ella. En esta ocasión parecía que había muchos más asistentes y la Salonaire era requerida por todos. Ante la cara de asombro del obispo contemplando la gran afluencia y diversidad de conversaciones que se daban, se le acercaron dos habituales del Salón: "fin de la campaña de verano" le susurraron a modo de explicación.

Ninon, entre coqueta y divertida por el rostro perplejo del obispo plantado cual pasmarote en medio de la gran sala, se le acercó sin que él se percatase. Ya a su vera le tendió la mano, y en tono muy quedo, para que nadie más lo oyera, le comentó bromeando, "no es propio de un Ministro del Rey quedarse con la boca abierta". Presentó al obispo Robier entre los asiduos. Algunos de ellos lo recordaron de su última visita y le preguntaron por el hospicio.

Claudia de Vaudémont, tan sincera como siempre, inquirió al obispo Robier. Quería conocer la causa que había alejado a éste de una tarea tan loable como el hospicio de huérfanos, para dedicarse a los asuntos exteriores de Francia. Quiso saber cómo alguien que no tenía estudios jurídicos ni había ejercido ni en jurisprudencia ni en tareas diplomáticas se podía poner al mando del Ministerio de Exteriores.

Fue Jean-François Paul de Gondi quién respondió amablemente a la pregunta defendiendo la causa del nuevo Ministro de Exteriores. Con su gran elocuencia explicó que la diplomacia estaba intrínseca en el cargo de obispo y enumeró las cualidades del nuevo Ministro para el cargo. También explicó que a veces es más importante las dotes y el carácter, que los estudios sesudos en temas jurídicos y puso como ejemplo al Vizconde de Melun, que con la calma y control para apaciguar los ánimos pudo con la revuelta de la "Sedición de las Mujeres" en Valence. El propio Nicolás Fouquet, también presente, le agradeció esas palabras.

La anfitriona derivó la conversación hacia los militares que acompañaban a Cristina de Suecia, preguntándoles sobre la campaña del Rin. Carl Gustaf Wrangel alabó sin mesura la capacidad de mando de Henri de la Tour de Avergne-Buillon y como había sido continuamente relegado en el mando cuando las cosas iban bien para que lo tomara el Gran Condé, Luis II de Borbon. Aseguró que a pesar de su fama de héroe nacional el Gran Condé solo sabe cargar con la caballería sin mesura y sin cabeza y en cuanto se complicaban las cosas abandonaba la campaña teniendo nuevamente que asumir el vizconde de Turenne el mando. Por suerte para todos. Wrangel relató con detalle como el ejército franco-sueco avanzó desde Friedburg, desde allí a Fráncfort del Meno con el objetivo de avanzar hasta Múnich, poniendo bajo sitio Augsburgo a donde acudió un ejército bávaro-imperial para socorrer la plaza. Las tropas franco-suecas estaban en un serio apuro ya que se encontraban lejos de sus bases y tenían pocos suministros. Entonces Henri de la Tour de Auvergne-Bouillon decidió realizar una maniobra sorprendente y avanzó hacía el sureste, cruzando el río Lech, tomó la ciudad de Landsberg, donde encontró provisiones, y ordenó a la caballería avanzar hasta Múnich. Tras estas maniobras Maximiliano I, duque y elector de Baviera, se vio obligado a pedir la paz. Todos los asistentes aplaudieron dando muestra de júbilo congratulando a Turenne por su magnifica actuación.

Simon Arnauld d'Andilly sacó a colación que el Gran Condé vive de la renta de Rocroi, pero que en realidad a aquella batalla se le magnificó su éxito. El Rey acababa de morir y se necesitaba una campaña de propaganda, así que fue sacada de contexto y convertida en un hito definitivo en el ascenso de Francia como potencia militar que estaba muy lejos de ser verdad. Luego recordó el desastre de Condé, aunque fuera en sus inicios como coronel, en la derrota sufrida por el ejército francés enviado a apoderarse de Hondarribia. Muchos evocaron al fallecido duque de Sully, cómo se enfadaba cuando oía decir que Luis de Borbón era un héroe militar y rememoraba cómo ese Condé había humillado al ejercito francés con la derrota y retirada más cobarde de la historia, en la ladera de Jaizquibel. La mayor parte de los soldados franceses corriendo hacia el Bidasoa, ladera abajo, presas de un pánico incontrolable a quedar cogidos entre la tenaza de la fortaleza de Hondarribia y sus defensores, que continuaban haciendo fuego sobre ellos como sobre conejos a la carrera.

Se pidió un momento de silencio en memoria de Maximilien de Béthune, duque de Sully, y se comentó el deterioro y mal estado de salud del príncipe de Condé, Condé padre.

Michel le Tellier, secretario de Estado para asuntos militares, pidió disculpas a las damas por haber monopolizado la conversación con asuntos militares cuando lo necesario en estas fechas es un poco de poesía y afecto. El propio Tellier inició la lectura de varios poemas, gesto que fue bien acogido por todos. Las velada se desarrolló con lecturas y recitado de versos de creación propia que hicieron las delicias de las damas.

Al terminar la velada, Ninon tuvo a bien acompañar al Ministro Robier hasta la entrada, felicitarle nuevamente por el cargo y desearle un futuro próspero. "Vos no necesitáis suerte, no sois cobarde" le susurro sonriendo como despedida.

* * *

Segunda semana

Las marchas nocturnas no eran precisamente el fuerte del obispo Bernard Robier, pero sí la etiqueta y el protocolo. En esta ocasión dominaba la situación desenvolviéndose con una soltura verdaderamente fuera de lo común, y se notaba que saboreaba el momento. Su ayudante, el abad, habría jurado que su superior era el hombre más feliz del mundo. El obispo estaba radiante, exultante más bien, y la verdad es que motivos no le faltaban: la gala de su presentación como nuevo Ministro de Exteriores coincidía además con el estreno del título de Barón.

La parte más oficial del acto, la que constituía la recepción de los embajadores, la entrega de las cartas de presentación y el discurso de salutación del nuevo Ministro, se desarrolló más rápidamente de lo que cabría esperar considerando que habían sido convocados todos los diplomáticos extranjeros acreditados en París. Era el resultado de una concienzuda preparación y de que tampoco hubo nada que se saliera de lo programado.

Entretanto, nobles y ministros con sus acompañantes fueron llegando al obispado. Se había dispuesto un salón contiguo al de la ceremonia oficial con fuentes de fruta macerada en alcohol y acompañamiento musical para hacer más amena la espera a los invitados. Hacía tiempo que no se veía en la capital de Francia un evento tan glamuroso. Sin lugar a dudas la obligatoriedad de acudir de rigurosa etiqueta había alentado a los participantes a presentarse con sus mejores trajes, vestidos y uniformes. Las joyas de las damas y las condecoraciones de los caballeros rivalizaban por llamar la atención en una guerra sin cuartel.

Entre las personalidades asistentes cabe destacar la presencia del Marqués LeMaître y de Guillaume du Foix C.d'H. También tuvo a bien acudir el joven Monsieur Roland Chastain, hijo del Marqués du Périgord, quien protagonizó la anécdota del día cuando por un desafortunado malentendido al principio no le dejaban entrar.

Una vez finalizado el acto oficial se pasó al convite donde sobrevino un pequeño incidente: la cena estaba saladísima. Pero mucho. Incomible. La gente aguantaba el tipo como podía, pero a la que nadie miraba echaban la comida en una maceta o debajo de una mesa. Bernard Robier tomó nota mental de la conveniencia de renovar el servicio de cocina del obispado y resolvió acortar el tiempo que habitualmente se destina al banquete. Así, al poco, anunció que se procedía a iniciar el baile.

Los primeros que abandonaron el comedor en dirección a la sala de baile fueron LeMaître y du Foix. Salieron a una velocidad sorprendentemente inusitada. Vamos, que si alguien hubiese dado la voz de alerta por ataque enemigo no lo habrían hecho mucho más rápido. Bernard Robier, visiblemente desconcertado, no sabía del gran interés de ambos ministros por la danza y el bailoteo. Al cabo de un rato cuando el obispo los volvió a ver, ambos estaban con el semblante serio, y LeMaître particularmente pálido. "Habrá sido la sal de la comida, que le habrá sentado como un mal tajo", pensó el obispo al verlos.

* * *

Tercera semana

-Bueno, monsieur Lemaitre -si el aludido se molestó por la omisión del título ministerial, no lo dejó traslucir: la categoría del interlocutor hacía que ni un Ministro de Estado pudiera permitirse según qué expresiones-. Llevo ya unas cuantas semanas sin mi ayuda de cámara y, como podréis comprender, esta situación es de lo más inconveniente para mí. Debéis poner una solución.

-Pues... puedo ofreceros asistentes de total confianza, Excelencia -respondió Lemaitre-. Eficaces y discre...

-No lo entendéis, Lemaitre -el tono de enfado, unido al trato cada vez más condescendiente, hizo que el Primer Ministro tragara saliva-. Quiero a mi ayuda de cámara. No a otro. Nadie como mi buen Kern tiene la capacidad de interpretar mis deseos cuando aún no son otra cosa que pensamientos.

-Pero, Excelencia... hay una investigación en curso, y...

-¿Y se acusa de algo a Kern? Todavía no, ¿verdad? No os preocupéis, no quiero obstaculizar a la Justicia. Mi ayuda de cámara permanecerá siempre localizable, y estará a vuestra disposición cuando por cualquier avatar de la investigación requiráis su presencia. Pero mientras tanto, en lugar de estar contando moscas en la Bastilla, que me sea útil. No os preocupéis, no escapará. No pienso dejarle. Vamos, mon ami -aquí Lemaitre se relajó un poco-. Devolvedme a mi Kern, y ya me encargaré de que no os cause problemas. No será necesario molestar a mi cuñada por esa nadería, ¿verdad?

Lemaitre volvió a tragar saliva. No, realmente no era necesario molestar a la Reina. Si el Delfín quería a Kern, le daría a Kern. Además, si realmente no le iba a permitir separarse de su lado, ¿qué mejor vigilancia podría tener? De todos modos, para guardar las formas lanzó un amago final, sólo para asegurarse de que, en caso de problemas, podría esgrimir el "ya os lo dije" y el "me obligaron a soltarlo":

-Excelencia, no creo que Kern pueda estar mejor vigilado que a vuestro lado. Así pues, os lo encomiendo y humildemente os ruego que os hagáis cargo de su custodia.

El Delfín rió.

-Está bien, si esa es la fórmula que queréis para cubriros las espaldas, que así sea. Haced que lo traigan, y lo escoltaré hasta Palacio, ja ja ja.

Cuando, unos minutos después, el Delfín de Francia salía por la puerta principal de la Bastilla, en un lujoso carruaje en el que también viajaba Julius Kern, el Primer Ministro suspiró:

-¿Cómo puede haber justicia en Francia de esta manera?

* * *

Cuarta semana

Noche cerrada. Un carruaje negro, sin escudo de armas en la portezuela, recorría las calles de París. Era uno más. Viajaba ligero. El cochero fustigaba su látigo y gritaba a los caballos que avanzaban rápidamente.

El carruaje avanzó en línea recta, dio un giro de noventa grados y se internó en una bajada recta para, finalmente, detenerse junto a la taberna "El jabalí dorado". Tras la parada, un caballero de alta estatura, embozado en una capa, se apeó del carruaje. Al hacerlo, el tintineo del acero fue perceptible.

El caballero susurró algo al cochero, y entró en una casa aparentemente abandonada que había en el lugar. Una vez en el interior, el caballero se vio en una estancia rectangular, amplia, de unos treinta metros cuadrados y en la que había una hoguera en el centro. Junto a la misma, un jergón y restos de comida. Al fondo de la habitación, se intuía una figura, por lo que se decidió a hablar:

-Ya estoy aquí, como me pedisteis. Así pues, acercaos -dijo Lemaitre con voz tranquila.

-¿Habéis venido sólo, Excelencia? -Un desaliñado Emile Goulet salió de entre las sombras.

-Por supuesto que no. Ya lo supondríais. Mis hombres están por los alrededores, y ya los conocéis. Son los mejores -al decir esto, Lemaitre se desembarazó de la capa, dejando libre la mano de la espada, gesto que no pasó inadvertido a Goulet-. Decidme, ¿para qué me habéis citado?

-Porque, Excelencia, quería deciros que soy inocente de los cargos que se me imputan. Soy inocente de todos ellos -se justificaba Goulet-. Y temo que si me detenéis me condenen injustamente.

El rostro de Lemaitre permanecía impasible. -¿Decís que no asesinasteis a Brass de Creville de aquella forma indigna, a todas luces, de un caballero?

-¡Lo niego, Excelencia!

-¿Negáis, también, el haber robado al Ejército de Su Majestad para utilizar sus recursos en vuestros planes homicidas?

-¡Sí! También lo niego.

-¿Negáis también el haber sido negligente en el gobierno del Languedoc? ¿Negáis haber abandonado vuestro puesto, dejando a vuestros hombres sin mando y la provincia sumida en el caos que vos mismo generasteis? ¿Negáis haber desertado? -a cada palabra el Ministro de Estado elevaba un tanto la voz, mientras perforaba a Goulet con la mirada.

-Excelencia...dada la persecución a la que me he visto sometido, he tenido que dejar a un lado mis obligaciones militares y de Gobierno. Debéis comprenderlo -balbuceaba Goulet-. Sólo os pido un juicio justo si decido entregarme.

-¿Si decidís entregaros? Creo que no alcanzáis a ver la situación...amiguito. De aquí sólo saldréis detenido o muerto. Si es lo primero, seréis tratado con respeto y conducido a la Bastilla. Si decidís lo segundo, os aconsejo desenvainar. Vos decidís -Lemaitre retrocedió dos pasos y observó al que otrora fuera su amigo.

-Pensé que me comprenderíais -se lamentó Goulet.

-Lo que comprendo es que habéis antepuesto vuestra persona a las necesidades de Francia. Ignoro si fuisteis vos el que acabó con la existencia de Creville, pero los otros cargos están probados. Entregadme vuestro rapier y os garantizo juicio justo. Yo mismo seré el juez.

-¿Me dais vuestra palabra? -inquirió Goulet.

-Lo juro por mi honor -dijo Lemaitre con la mano en el pecho-. Ahora, entregad vuestras armas.

Asintiendo, Emile Goulet se acercó al Ministro de Estado. Desenfundó el rapier y se lo ofreció con ambas manos. Tras aceptarlo, Lemaitre se volvió a dirigir a él con un seco:

-Ahora la pistola.

Tras pensárselo un segundo, el Dragón desenfundó su pistola y se la entregó por la culata al Guardia del Cardenal, que asintió.

-Bien. Salgamos fuera.

Una vez en la calle, Goulet observó el panorama. Un viento helado agitaba las aguas del Sena. Un carruaje negro con la portezuela abierta. Varios hombres armados en los flancos del mismo que le hicieron preguntarse cuántos más habría en los alrededores.

Uno de los hombres de Lemaitre se acercó al reo con unos pesados grilletes, pero el Ministro le detuvo.

-Confío en que no sean necesarios -dijo, mirando a los ojos a Goulet.

Éste asintió con un leve movimiento de cabeza, y se limitó a subir al carruaje. Tras él subió el Ministro de Estado y uno de sus hombres, que cerró la puerta. Inmediatamente, el carruaje arrancó, y abandonó el lugar mientras se oían los chasquidos del látigo del cochero.

Detrás, la calle desierta. Sin rastro de los hombres del Ministro de Estado. Como si nada hubiese pasado.

* * *

EL CABALLERO DEL MES

El título de Caballero del mes corresponde a:

Guillaume de Foix
Por su gran labor de investigación y su entrega por administrar justicia.

EL PATÁN DEL MES

El título de Patán del mes corresponde a:

Emile Goulet
Por desertor, cobarde y posible traidor.


CARGOS PARA EL MES DE NOVIEMBRE
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Soldados escolta Real Soldado Guardia Real 8Capitán Escolta
Soldados escolta Cardenal Soldado Guardia Cardenal 5Capitán Escolta
Oficial diocesano Vicario 10Arzobispo
------------ Inicio de la estacion de INVIERNO ------------

CARGOS PARA EL MES DE DICIEMBRE
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Ministro de Humanidades Brigadier o Barón 0 Min.Estado
Ayudante del Obispo Abad 8 Obispo

AGRADECIMIENTOS

  • A Ninon, por la crónica de su salón de la primera semana.
  • A Jordi, por la crónica de la presentación oficial de Bernard Robier como obispo.
  • A Rubén y Sergio, por la crónica de la detención/entrega de Emile Goulet.

FECHA LÍMITE PARA EL PRÓXIMO TURNO

El plazo de entrega del próximo turno finaliza el viernes, 29 de noviembre de 2013, a la medianoche (hora española peninsular).

¡Hasta pronto!

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