Preux et audacieux: Una partida de En Garde!®por e-mail

 

REAL CRÓNICA DE AGOSTO DE 1646

GACETA MILITAR

Londres

La mujer que llevaba la niña en brazos era una muchacha con todo el aspecto de moza campesina: las piernas menudas; el cuello corto, ancho y musculoso; y el torso robusto de pecho ancho y un busto descomunal. A Robier la estampa de la fornida mocetona le trajo a la memoria una yegua percherón de la hacienda de su padre llamada Agnès, que tenía muy mala baba.

La otra mujer, unos años mayor aunque bastante joven también, tenía mejor presencia (cosa nada difícil por otro lado). Sus maneras indicaban que pertenecía a una clase superior y a ella se dirigió Robier:

-Señoras -saludó con una ligera reverencia al tiempo que se incorporaba de la silla -mi nombre es Bernard Robier, Obispo dominico.

-Exce... Excelencia -contestó la dama un tanto sorprendida al tener que tratar con un obispo -Permitidme que nos presente: ella es la doncella Helouys y yo soy Mlle. Françoise de Soilli, ambas al servicio de Lady Anne Villiers, condesa de Morton. La pequeña, como podéis imaginar, se trata de la princesa Minette.

-Es un placer, Mlle. de Soilli. Señorita... Bien, perdonadme la brusquedad pero será mejor que nos pongamos en marcha lo antes posible. Hay unas buenas millas hasta el puerto de Tilbury y el tiempo no acompaña. Síganme de cerca y, por Dios, procuren sobreto...

-Antes de nada -le interrumpió Mlle. de Soilli con voz seria -debemos dejar bien claro que Helouys nunca se separará de la niña, y cuando digo nunca quiero decir nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia.

Al obispo no se le había pasado por la cabeza la posibilidad de ser él quien cargase con la criatura, así que no comprendió nada en absoluto de aquel comentario. Posó entonces la vista sobre la Percherón y la determinación que adivinó en su mirada le hizo preguntarse si no ocultaría un mosquete en el canalón que conformaban ese par de inmensas tetas. "Mejor no averiguarlo", pensó. Sin saber qué responder, optó por callar y poner cara de circunstancias.

-Gracias, Padre, por haceros cargo de la situación, -continuó Françoise visiblemente aliviada -de verdad que os lo agradecemos.

-Sí..., bien, eh... de nada. Como iba diciendo será mejor que nos pongamos en movimiento. No olviden el nombre del barco y la contraseña, síganme de cerca y, ¡por Dios!, procuren no rezagarse.

Se despidió entonces Robier del clérigo inglés quitándose el guante negro de piel y ofreciéndole la mano para que besase el flamante anillo de obispo que portaba. Le pareció que el religioso inglés tardaba un poco más de la cuenta y que lo hacía un poco a desgana pero no quiso dar mayor importancia al asunto. El criado abrió la pesada puerta y los tres integrantes de la comitiva se adentraron en la noche bajo el aguacero.

El miedo de Robier a que las dos mujeres pudieran rezagarse resultó ser del todo infundado pues a las pocas millas era él quien cerraba la fila. Ahora su mayor preocupación consistía en no perder de vista el enorme culo de la Percherón que, cual Lucero del Alba con patas, le guiaba en la oscuridad de la noche. Incluso hubo un momento en el cual se planteó solicitarle a la moza que cargarse también con él, aunque finalmente se mordió la lengua; no por orgullo sino por pudor, no fuera que le apañase un rinconcito en el canalón junto al mosquete. Aparte de lo penoso del viaje había que añadir el escarnio de ver cómo las mujeres debían detener la marcha con demasiada frecuencia para esperarle y darle tiempo a que recuperase el aliento, e intuir el desespero en los ojos de la Percherón le atormentaba más aún que el dolor que le producían sus endebles piernas tan poco acostumbradas al esfuerzo. (En descargo del obispo hay que recordar que él ya estaba haciendo el camino de vuelta. Además, no se le pueden pedir peras al olmo).

En uno de estos vergonzosos descansos del vía crucis, por fin avistaron la ciudad con su puerto al fondo. Entraron en Tilbury coincidiendo con el inicio de las primeras actividades portuarias. Como siempre las dos mujeres marchaban unos metros por delante. Tomaron la calle principal en dirección a los atracaderos y por ella bajaban cuando de repente, andando en dirección contraria, apareció una patrulla inglesa formada por cuatro soldados. A Robier se le heló la sangre. La cuadrilla se aproximaba perezosamente desafiando a la lluvia y al viento con las solapas de los chaquetones levantadas, los sombreros bien calados y las botas castrenses chapoteando en los números charcos que se habían formado sobre el empedrado.

Cuando la patrulla llegó a la altura de las dos mujeres, uno de los soldados se detuvo mientras los otros tres prosiguieron con su apático caminar al encuentro de un Robier que seguía descendiendo muy lentamente. El obispo observó entonces cómo el corpulento soldado que se había detenido se llevaba la mano derecha a los huevos y, moviendo las caderas adelante y atrás, soltaba a las jóvenes lo que a todas luces identificó como una grosería típica de la soldadesca del estilo "¡Moza, deja esa niña tan fea y con ésta hacemos otra mejor!" o algo peor. Las muchachas bajaron la cabeza y aligeraron el paso mientras el soldado se reía a carcajada limpia sin dejar de balancear las caderas.

Al poco los tres soldados llegaron a la altura del obispo, que no se sentía el cuerpo del miedo que tenía. Levantaron la vista para escudriñar su rostro pero por fortuna no se dirigieron a él y continuaron cansinamente calle principal arriba. Robier casi se mea encima. El cuarto soldado se volvió y reanudó la marcha en pos de sus compañeros. También levantó la mirada al cruzarse con Robier pero a diferencia de sus camaradas éste sí que se dirigió a nuestro personaje y le soltó una parrafada en inglés de la que Robier no entendió ni media, así que hizo caso omiso y siguió andando como si la cosa no fuera con él al tiempo que observaba cómo sus dos compañeras de viaje volvían la cabeza muy preocupadas y apresuraban todavía más el paso en dirección al puerto. Entonces el soldado le requirió a sus espaldas en un tono que decididamente no podía ignorarse, de tal manera que Robier no tuvo más remedio que detenerse y girarse para enfrentarse a su interlocutor.

Por el semblante que mostraba el hombre era evidente que esperaba algún tipo de respuesta. Robier hizo lo que mejor sabía hacer: no decir nada y poner cara de circunstancias. Esta vez, sin embargo e incomprensiblemente, la estrategia no funcionó porque el guardia insistió con más ahínco y muy malas maneras. Robier tuvo una ocurrencia: infló ambos carrillos de aire y resoplando elevó las manos y los ojos al cielo como diciendo: "Sí que hace una mierda de tiempo, sí." Aquello acabó por hinchar los cojones al soldado que se llevó la mano a la empuñadura de la espada, haciendo el obispo lo propio con la de su florete y, como una cosa siempre lleva a la otra, al instante siguiente se encontraron los dos frente a frente con las armas desenvainadas. Súbitamente el soldado gritó alguna cosa que Robier dedujo con gran acierto que debía tratarse de una voz de alarma porque tuvo el efecto inmediato de que sus compañeros de patrulla se pararan en seco y se giraran al unísono.

El desesperado dominico hizo en aquel momento lo primero que le vino a la mente, que no fue otra cosa que improvisar una variante del célebre "Movimiento Kern": arrojó a la cara de su contrincante el florete con la cazoleta por delante y se lanzó a la carrera calle abajo como alma que lleva el diablo. Tuvo suerte el obispo de que el soldado no estuviera al tanto de los últimos avances en el arte de la esgrima, porque aquella novedosa a la par que intrépida maniobra lo pilló totalmente desprevenido. No es que el floretazo supusiese ningún peligro para su integridad física, pero en el intuitivo y brusco ademán de querer apartarse aquel objeto que se le venía encima patinó sobre el resbaladizo empedrado yendo a caer de espaldas cuan largo era, proporcionando los segundos necesarios para que Robier alcanzase la bocacalle más cercana y desapareciera por ella a toda velocidad. Doblando esquinas al azar se introdujo en el intrincado laberinto de callejuelas, callejas y pasajes que conformaban el barrio portuario y no paró de correr hasta que creyó que les había perdido la pista. Cuando recuperó el aliento, perdido, agotado, empapado y asustado, se dedicó a encontrar una salida hacia los muelles, lo que le llevó un buen rato pero que felizmente consiguió siguiendo la básica premisa de todo explorador que dice: "Para ir al mar hay que bajar y para ir a las montañas hay que subir".

Localizar el pesquero le costó más de lo que tenía previsto porque la situación de los barcos que había tomado como orientación había sufrido variaciones: unos pocos habían zarpado y otros muchos habían amarrado a los muelles o abarloado por aquí y por allá (por si se daba otra ocasión, anotó mentalmente la conveniencia de tomar puntos de referencia fijos siempre que fuera posible). Los minutos que anduvo por el puerto bajo la lluvia se le hicieron eternos aterrado como estaba por la posibilidad de que la patrulla hiciese acto de presencia. Sin embargo, no apareció. Finalmente encontró el pesquero y, tras repetir varias veces la consabida contraseña de marras al patrón de la embarcación, accedió a la bodega que apestaba a pescado podrido y donde para su gran desahogo se reencontró con sus compañeras de viaje sanas y salvas.

Dos días permanecieron amarrados sin poder zarpar por causa del mal tiempo. Dos días encerrados en la semioscuridad de una pequeña bodega pestilente y sucia, llena de restos de pescado, que se movía como un corcho en un barreño de agua agitada. Dos días mareado a más no poder vomitando incluso cuando ya no le quedó nada que vomitar. Dos días meando en un viejo cubo de madera que se cerraba con una tapa que no encajaba bien. Dos días sin poder abrir la trampilla de la bodega por temor a que alguien pudiera oír los llantos de la niña cuando le daba por berrear. Dos días rezando para que ninguna patrulla inspeccionase la bodega. Al tercer día el capitán accedió por fin a hacerse a la mar a cambio de una generosa gratificación económica que le compensase por el riesgo que asumía al navegar con ese temporal (gratificación que, por cierto, si Robier hubiese tenido algún conocimiento sobre navegación se podría haber ahorrado porque si bien en estado de la mar era duro, tampoco suponía nada de extraordinario para un marino). Al zarpar, eso sí, el barco pasó de moverse como un corcho a hacerlo como una mala bestia. La trampilla seguía cerrada aunque ahora era para evitar que entrase en la bodega el agua de las olas que barrían la cubierta. La tapa del cubo de los meados bailaba salpicando por todas partes. Los restos de pescado saltaban.

Cuando el pesquero atracó en tierras francesas, Robier dormitaba en la bodega con la espalda apoyada en el caso del barco, pálido, con el cuerpo abandonado con los brazos flácidos sobre el regazo, la cabeza ladeada y los ojos abiertos sin ver. Se sobresaltó el obispo al notar una presión sobre un costado. Exhausto, se incorporó despacio para descubrir conmovido que la niña se había acercado a él y pretendía subírsele encima. Sin pensárselo alargó una mano temblorosa y le acarició la dulce carita para acordarse entonces repentinamente de la Percherón y retirar la mano velozmente. Buscó azorado a la moza y se encontró con que ella le estaba mirando fijamente. Pero para su asombro Helouys no le dijo nada, sólo apretó sus finos labios y asintió con la cabeza muy lentamente.


* * *


Orbetello

Durante esta campaña de verano se ha estado combatiendo en la frontera entre Francia y España, en la zona noroeste de la Península, con la disputa de los territorios del Rosellón. Como la situación en tierra era muy pareja y con pocos resultados, nuestro mando militar ideó llevar la guerra a otro punto, para forzar así a España a dividir su esfuerzo. Con esta premisa se organizó una fuerte escuadra en el puerto de Tolón.

Ésta zarpó con rumbo a los territorios españoles de la costa Tirrena, donde se procedió a la toma o conquista de algunas plazas, entre ellas las fortalezas de San Estéfano y Telamón, que le resultaron presa fácil, lo que les convenció de arribar al puerto de Orbetello y poner sitio a la plaza. La fortaleza que custodia la ciudad, tenía solo una dotación de unos doscientos hombres. Pero ante la posibilidad de un ataque de nuestras tropas, se le había ordenado al virrey de Nápoles, que la reforzara. Dotada ahora con más hombres y pertrechada de víveres y materiales, la fortaleza se encontraba en las mejores condiciones de soportar el sitio.

Entre los días doce al veintiuno del mes de mayo, nuestras tropas desembarcaron y pusieron sitio por tierra a la fortaleza, mientras que por la mar, quedaba bloqueada por una escuadra de treinta y seis navíos, veinte galeras y gran cantidad de embarcaciones menores, lo que elevaba la cifra total a más de un centenar.

Al llegar la noticia a la Corte española, se dispuso y dio orden al conde de Linares, a la sazón capitán general de las galeras de España, y por tanto jefe absoluto de cuanta unidad naval permaneciera en el Mediterráneo, que reuniera a todas las fuerzas navales que se pudieran, por lo que se enviaron comunicaciones, para que se incorporaran a las de España, las de Génova, Cerdeña, Sicilia y Nápoles, a las que se agregarían una división de galeones, de los que se encontraban protegiendo al ejercito en la Península, para así conseguir el prestar el apoyo conveniente a la plaza y fortaleza de Orbetello.

Rápidamente se enviaron las fragatas, (inventadas por don Álvaro de Bazán y Guzmán "El Joven"), para que se pusieran a todos en rumbo, por ello el día ocho de junio, el conde de Linares, se pudo reunir en el cabo de Carboneras de la costa Sarda, con dieciocho galeras que se le unieron, siendo las correspondientes a las escuadras ya mencionadas, por lo que unidas a las doce suyas, se pudieron juntar treinta galeras. A estás se añadieron, los galeones de la escuadra del Océano, que iban al mando de don Francisco Díaz Pimienta, que sumaban catorce, más la escuadra de Dunkerque, que al mando de don José Peeters, reunía a ocho más y se incrementaba con los cinco brulotes o navíos incendiarios de esta escuadra, con lo que el total de la escuadra era, de treinta galeras; veintidós navíos y cinco incendiarios.

El conde de Linares, ya reunidas todas sus fuerzas, dio la orden de zarpar el mismo día, consiguiendo llegar a las aguas de las isla de Giglio ó Montecristo, el día doce, siendo este mismo día, cuando se produjo un pequeño encuentro, entre las naves de descubierta de los españoles y las de avanzada de nuestras tropas francesas. El conde de Linares, no redujo velocidad y prosiguió el avance de la escuadra, alcanzando el día catorce el cabo de Argentaro, el cual doblaron, a primeras horas del día, por lo que al levantarse el Sol, fueron vistos por la escuadra francesa, apreciando que la española, se dirigía con rumbo de encuentro hacía ellos.

Nuestro joven almirante y mando de nuestras tropas, marqués de Brézé, ya había demostrado su pericia marinera, en sus encuentros anteriores con los españoles, se contaban todas como victorias, como la de Cádiz, cabo de Gata y el de la ciudad de Barcelona. Por ello ordenó que nuestra escuadra se fuera posicionando para el enfrentamiento, pero intercalando galera con galeón, con proa al Oeste, pues al venir el viento aunque flojo de tierra, así le permitía el mantener el barlovento.

El Dios Eolo no quiso que se enfrentaran tan pronto, por lo que sobrevino una calma absoluta, que dejó a las dos escuadras a una distancia de unas cuatro millas, por lo que ambos mandaron a sus galeras, que remolcaran a los navíos ó galeones. La escuadra francesa, estaba dividida en cuatro formaciones, siendo el centro, el que estaba al mando directo del marqués de Brézé, a quién le cubrían los flancos, las divisiones al mando de Montigny y Daugnon, manteniendo una reserva de seis navíos al mando de Montade.

El conde de Linares, conocedor de aquellas aguas y vientos, supuso que al atardecer cuando se levanta el viento, lo haría de la parte de afuera, por lo que ordenó a las galeras, que remolcasen a los navíos hacía aquella posición, acción que se logró fácilmente, por tener los españoles más galeras que navíos, lo que se tradujo en poder llegar a los lugares previstos; cosa que no ocurrió en la escuadra francesa, por ser lo contrario en su composición.

Efectivamente, el conde de Linares no se había equivocado, por lo que a partir del medio día comenzó a soplar el viento y él y su escuadra a barlovento, por lo que dio la orden de forzar de vela, para cortar lo antes posible la distancia y así, conseguir hacer blanco con mayor facilidad a nuestros buques. El marqués de Brézé, sin poder utilizar los brulotes por estar a sotavento, y con tal impedimento, dio la orden de virar y forzar de vela para volver a tierra. A pesar de la premura en dar estas ordenes, no pudo evitar que los galeones de Pimienta, se le vinieran encima, y el galeón insignia enemigo, el Santiago, de mil doscientas toneladas y con 60 bocas de fuego, le cortó la retirada, pues lanzó tal cantidad de fuego sobre la insignia francesa, que no pudo zafarse y recibió un duro castigo.

Pero tampoco el galeón Santiago, salió muy bien parado del enfrentamiento, nuestros artilleros hicieron blanco en el palo mayor, el cual se vino a bajo, impidiendo a la nave el proseguir la persecución. El marqués de Bréziér, había sido partido en dos por una bala de cañón española, lo cual se tradujo en la desmoralización de nuestras tropas.

Las líneas se perdieron y por tanto la formación, a parte de que al percatarse Contreras de la situación de su buque capitana español, se dirigió a él con varios de sus galeones, para evitar que le pudieran lanzar los franceses con algún brulote e incendiarlo. Varias de las galeras, pasaron a ponerse a disposición de la capitana, para prestarle sus auxilios y remolcarla, con lo que aún quedaron menos buques que persiguieran a los nuestros. El resto de buques, tanto galeras como galeones, continuaron la persecución, pero al no actuar como escuadra, sino que cada uno iba por si mismo, en busca de su gloria personal, no se pudo dirimir en victoria este encuentro. Tanto por la disposición de las formaciones, como por la perspicacia del conde de Linares, de saber donde colocar a sus bajeles, le dio una ventaja que dejó a nuestras tropas fuera de sitio, a pesar de estar mandados por uno de nuestros mejores almirantes.

Por su parte los españoles, sufrieron muchas bajas, ocasionadas por la buena puntería de los proyectiles de nuestros marineros y porque hubieron combates parciales, en los que las galeras intentaron abordar navíos, lo cual produjo muchas bajas. Los cuatro galeones que formaban la cabeza de la vanguardia española, que fueron a su vez los que soportaron el mayor fuego de nuestros artilleros, también salieron muy dañados, sobre todo por proteger a su capitana, al quedar esta prácticamente sin trapo y por ende sin maniobra. También resulto muy mal parada la galera capitana de Nápoles, pues sufrió el impacto de un proyectil a flor de agua, lo que le produjo inmediatamente una grave inundación, hasta que los carpinteros de a bordo, consiguieron el taponar el agujero producido y pasando toda la tripulación, a realizar el achique de la que había entrado.

A la muerte del marqués de Maillé Brézé, se nombró como jefe al mando a su segundo, Daugnon, éste mantuvo las posiciones frente a la plaza, sin decidirse a presentar combate, a pesar de que el conde de Linares, en los días sucesivos, hizo desfilar a la antigua usanza de los griegos a su escuadra ante la vista de toda la población. Pero Daugnon no se dio por aludido, por lo que en la noche del día veintidós al veintitrés, aprovechando la claridad de la Luna, ordenó el abandonar el puerto, poniendo rumbo al de Tolón. Al amanecer, se apercibieron los españoles que la escuadra francesa ya no estaba, por lo que por orden del duque de Linares, zarparon las fragatas en busca de ella, y solo una, pasado el medio día la localizo, pero al tener que regresar para comunicarlo, ya casi era de noche otra vez, por lo que la ventaja que sacaban era casi imposible el acortarla para entablar nuevo combate. La población, y sobre todo, los defensores de la fortaleza de Orbetello, se veían libres del cerco y bloqueo de nuestras tropas.

La pérdida del almirante francés marqués de Maillé Brézé, ha sido muy sentida en todos los aspectos, ya que sus victorias, unidas a su juventud, le auguraban un lugar destacado en la Historia de la Armada de Francia, y muy posiblemente, en la mundial, pero una vez más quiso el destino truncar una gran vida.


ECOS DE SOCIEDAD

Primera semana

-Qué vacío está esto.

Quien lanzó el comentario no fue otro que Guillaume de Foix, que oteaba desde la barandilla de su palco como un vigía desde la cofa. A sus pies, en lugar del habitual mar de cabezas, sólo unos pocos islotes de sombreros emplumados aquí y allá, en mitad de un océano de suelo embaldosado. En el escenario, unos actores declamaban con la sensación de estar librando una batalla perdida, cosa realmente lastimosa, porque la obra valía la pena. Pero... agosto es así: las campañas militares y el calor asfixiante vacían las calles, los clubs y los teatros. Los pocos que quedan pueden disfrutar de la ciudad a sus anchas, pero es innegable que se aburren soberanamente.

Igualmente aburrido debía estar Etienne Marchand quien, en otro palco, dormitaba sin recato. Él ni siquiera tenía la compañía de su dama para animarle, como ocurría con Guillaume de Foix, que sí había traído a Georgette para, por lo menos, tener a alguien con quien conversar.

Segunda semana

Guillaume du Foix, con un abultado legajo de papeles bien sujeto, esperaba impaciente delante de la puerta del despacho del Ministro de la Guerra. Éste estaba haciendo esperar demasiado al mosquetero, quizás como pequeña indicación de quién estaba al mando allí. Quizás pensara que en los últimos meses el Canciller de Finanzas parecía creerse el dueño de París y de Francia, y había que bajarle un poco los humos. Sea cual fuere el motivo, al final la puerta del despacho se abrió y un ayuda de cámara le instó a entrar mientras se retiraba.

La siguiente vez que se abrió la puerta, varias horas más tarde, el mosquetero parecía mucho más relajado que antes.

Tercera semana

Era casi medianoche. Martin Eteé, maestro impresor, esperaba pacientemente frente a la enorme mesa de trabajo de su interlocutor. Sentada a ella, una figura revisaba papeles y más papeles. Al reflejo de las velas podía verse el rostro del Real Secretario, con el entrecejo fruncido y emitiendo sordos gruñidos de vez en cuando.

-Nada. Es que no hay nada digno de salir para la tercera semana. Esgrima, putas... ¡Vaya ciudad y vaya mes!

-Pues algo habrá que poner, monsieur le Sécretaire. Entiendo que no debamos hacer público cuándo la gente se va de picos pardos, pero... ¿la esgrima?

-Monsieur d'Eteé, el factor sorpresa es fundamental en el combate de armas. Por eso los caballeros practican esgrima discretamente, en la intimidad de sus cuarteles, donde sólo sus hermanos de armas conocen sus progresos y su habilidad. Nadie quiere que eventuales enemigos sepan que ha estado practicando una semana cada mes durante dos años; eso les daría una medida de su fuerza, ¿comprendéis?

-Si vos lo decís...-respondió el impresor, no demasiado convencido-.

-Como de costumbre, es verano y ni las moscas salen de sus casas. Bueno, las moscas viven en la calle, y así nos va a los que tenemos que salir. En fin, ya es muy tarde y, como tantas otras veces, vamos con retraso -levantó la vista y arrojó con descuido sobre la mesa el papel que tenía entre manos-. Mon ami, que salga la tercera semana en blanco, y a hacer puñetas. Si quieren crónicas interesantes, ¡que las vivan!

-Como ordenéis, monsieur- la voz del impresor, totalmente profesional, no dejó atisbar ni un ápice del cansancio que le dominaba. Despidiéndose con un gesto, giró en redondo y se dirigió a la puerta. Se detuvo en seco al oír que le llamaban de nuevo.

-Ah, Martin... -el interpelado se giró- Dejadlo para mañana, y descansad. Tampoco queda nadie en París para leer la crónica este mes.

Cuarta semana

ATENTADO EN EL CUARTEL DE LOS MOSQUETEROS DEL REY

Un pequeño incendio se produjo en el patio trasero del cuartel de los Mosqueteros del Rey. Aunque en principio se pensó en algo puramente accidental, posteriormente se encontraron restos de esparto mojado en nafta, que por su ubicación y por el rastro negro que dejaron en el muro hacen pensar que fueron arrojados desde el exterior. Por el estilo de la acción, y por la peligrosa proximidad del hecho a la santabárbara, no parece que se trate de una gamberrada regimental por parte de la Guardia del Cardenal. Los Mosqueteros están investigando el hecho, pero de momento no ha trascendido más información.


EL CABALLERO DEL MES

El título de Caballero del mes corresponde a:

Bernard Robier
Por su valentía yendo a rescatar a un bebé en tierra extranjera.

EL PATÁN DEL MES

El título de Patán del mes corresponde a:

Bernard Robier
Por abandonar París y a los huérfanos franceses en busca de mujeres y criaturas en la Gran Bretaña.


ANUNCIOS DE PRESENTACIONES A CARGOS

  • Fray Bernard anuncia que se presentará a Ministro de Exteriores.
  • Julius Kern anuncia que se presentará a Ministro de Exteriores.
  • Le Baron du Pointlac anuncia que se presentará a Ministro de Exteriores.
  • Guillaume de Foix anuncia que se presentará a Gobernador Militar de París.
  • Joss Len Beaumont, Ch.d'H. anuncia que se presentará a Gobernador Militar de París.
  • Le Marquis de Lemaitre anuncia que se presentará a Gobernador Militar de París.
  • Le Baron du Pointlac anuncia que se presentará a Gobernador Militar de París.
  • Julius Kern anuncia que se presentará a Gobernador Militar de Bourgogne.
  • Le Baron du Pointlac anuncia que se presentará a Gobernador Militar de Bourgogne.
  • Guillaume de Foix anuncia que se presentará a Gobernador Militar de Bretagne.
  • Julius Kern anuncia que se presentará a Gobernador Militar de Champagne.
  • Joss Len Beaumont, Ch.d'H. anuncia que se presentará a Gobernador Militar de Loire.
  • Edmond Narcis d'Estrées anuncia que se presentará a Aide de Chambre del General.
  • Edmond Narcis d'Estrées anuncia que se presentará a Mayor de Brigada.

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------------ Inicio de la estacion de OTOÑO ------------

CARGOS PARA EL MES DE SEPTIEMBRE
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Ministro de Exteriores Brgder. o Barón 10 Min.Estado
Gobernadores Militares Tte.Gral. o superior 8/10*Rey
Aide del Dauphin Capitán 9 Dauphin
Aides de los Generales Subalt./Capt./Mayor(+) 6 Generales
Ayudantes de Regimiento Capitán 3 Coroneles
Vicario General Vicario 12 Arzobispo

(*: El Gobernador Militar de Paris necesita nivel social 10; los demas, 8)
(+: Para Brigadieres: subalterno. Para Ttes.Generales: capitan. Para Generales: mayor)




CARGOS PARA EL MES DE OCTUBRE
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Capitán Escolta Real Capitán de Guardia Real 9Gob.Mil.París
Capitán Escolta CardenalCapitán Guardia Cardenal 7Gob.Mil.París
Abanderado Escolta Real Subalterno Guardia Real 9Gob.Mil.París
Abanderado Escolta CardenalSubalterno Guardia Cardenal 6Gob.Mil.París
Chancellor Vicario 11Arzobispo

AGRADECIMIENTOS

A Jordi, por la ma-gis-tral crónica del rescate de la pequeña princesa Minette, y a Ninon, por la crónica naval, que ha encontrado "demasiado militar" como para ponerla en "La Fleur de la Canelle", pero con la que quería conmemorar la batalla de Orbetello, que se libró por estas fechas (bueno, llegó noticia a París por estas fechas). También a Fernando, por el fragmento de la segunda semana.

FECHA LÍMITE PARA EL PRÓXIMO TURNO

El plazo de entrega del próximo turno finaliza el viernes, 4 de octubre de 2013, a la medianoche (hora española peninsular).

¡Hasta pronto!

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