Preux et audacieux: Una partida de En Garde!®por e-mail

 

REAL CRÓNICA DE SEPTIEMBRE DE 1645

¡A LA MIERDA!
Un español que no había venido a hablar de su libro

GACETA MILITAR

Lentamente, su visión borrosa comienza a enfocar los objetos a su alrededor. Una silla, una pequeña mesa con un trozo de pan y un par de manzanas, algo más allá una pared de roca en la que destaca una pequeña ventana. En la pared de enfrente tan sólo una pesada puerta de madera tras la que se escuchan voces en una lengua ininteligible.

Olivier d'Arzac instintivamente se lleva una mano a la cabeza. Allí un voluminoso vendaje tapa el origen de ese dolor agudo que se le clava como un puñal en el cerebro. Maldiciendo en voz alta, se da cuenta por primera vez de dónde se encuentra. Al quitarse de encima la pesada manta que le cubre descubre con una mezcla de rabia y humillación que le han cambiado su uniforme de guerra por un ridículo traje de colores a la moda española que para más inri le queda pequeño.

Pesadamente se acerca a la ventana para observar con resignación que se encuentra en un solitario torreón desconocido alrededor del cual se ha establecido un interminable campamento del ejército español. Las banderas de los temidos tercios ondean en un par de posiciones cercanas, y todo parece indicar que también están a cargo del torreón. El ventanuco es demasiado estrecho y la caída demasiado pronunciada como para siquiera plantearse escapar por él. Pese a todo, la mente de d'Arzac empieza a trabajar a pleno rendimiento para encontrar una salida a su cautiverio. Ha llegado el momento de poner en práctica su pasión por el teatro. Suspira profundamente, se deshace de su vendaje y causando gran estrépito deja caer su voluminoso cuerpo sobre la mesa que cae con gran estruendo.

Cuando los guardias hacen su aparición, el Ministro de Guerra francés balbucea incomprensiblemente en el suelo, mientras su cuerpo se debate en espasmos.

* * *

En uno de esos grises amaneceres típicos del septiembre mediterráneo, un grupo de siluetas cabalgaba hacia el sur. Una fina lluvia, tan sutil que casi podía confundirse con una neblina, empapaba los uniformes de la partida de jinetes y levantaba nubes de vapor de la piel de los caballos, acalorados por el esfuerzo. A medida que un sol gris y sucio se elevaba por detrás de las nubes, la luz permitió distinguir tres uniformes militares y unos ropajes de eclesiástico. Además, uno de los caballos parecía ir más cargado que los otros, y otro iba haciendo breves paradas cada diez minutos aproximadamente.

A medida que avanzaban el camino se iba haciendo más estrecho, y se vieron obligados a reducir el trote. Finalmente se detuvieron frente a un puente de madera no muy largo, al final del cual se distinguían otras siluetas de caballos y hombres a pie.

-Vamos allá.

A esta señal, tres de los hombres, uno de ellos cargado con los sacos que llevaba su caballo, avanzaron hasta el centro del puente. Allí se encontraron con tres hombres que habían avanzado desde el lado contrario. Uno de ellos llevaba la cabeza cubierta con un saco, cosa que hizo que Le Comte de Noisy, jefe de la expedición, preguntase:

-¿Por qué lo han encapuchado? No es un trato muy digno para un militar de alto rango...

-Estaba empeñado en escaparse, así que se lo hemos tenido que poner difícil. También hemos tenido que drogarlo, por eso no está muy hablador -responde con sorna uno de los españoles-.

-Drogado o no, la capucha sobra -y con un gesto rápido, antes de que el español pudiese impedirlo, la arrancó de la cabeza del prisionero.

-MERDE! ¡No es él! ¡RÁPIDO, EL DINERO A SALVO!

Inmediatamente salió de la espesura un escuadrón español y empezó a cabalgar por el puente en dirección a ellos, pero no antes de que Le Comte de Noisy y le chevalier Brass de Creville sorprendieran a sus oponentes con fuertes puñetazos y consiguiesen arrancar al prisionero de manos del escolta. Éste, medio reanimado por la algarabía y por la lluvia en su rostro, comenzó a correr torpemente con ellos gritando en perfecto francés: "¡No me dejéis! ¡No me dejéis!"

Milagrosamente los rescatadores consiguieron llegar al inicio del puente y montar, cargando al prisionero como paquete. El sacerdote, que no era otro que fray Bernard, también emprendió el galope, y los cinco fugitivos espolearon al máximo a sus caballos.

-Vamos cargados y nos están tomando ventaja, maldita sea.

-No os preocupéis por eso, mon ami -la voz de le chevalier Brass de Creville tenía un tono extrañamente socarrón-. Ya había previsto que las cosas podrían salir mal; estos españoles no son nada de fiar. Si llegamos a la curva que rodea el roble, los perderemos.

-No veo cómo podéis estar tan seguro, monsieur -respondió Joss Len Beaumont, Ch.d'H. con ironía-. Pero prefiero no gastar energía hablando, ya discutiremos luego.

En efecto, a los pocos minutos, con el destacamento español ya en sus talones ("¡Un último esfuerzo! ¡No podemos internarnos mucho más en territorio francés!") llegaron a una curva con un recodo dominado por un enorme olmo.

-Es un olmo, monsieur de Creville, no un roble. Observad que el roble tiene las hoj...

¡BOOOOM!

Una tremenda explosión interrumpió la corrección de Fray Bernard y llenó de pánico a los caballos, que siguieron corriendo todavía más rápido. Creville, con los ojos llorosos por el humo, miró hacia atrás.

-No corramos tanto, messieurs, que cansaremos a los caballos -dijo, intentando sonreír.

-Supongo, monsieur de Creville, que sabréis explicarnos qué ha ocurrido...

-Por supuesto, mon ami. Pero, si os parece, lo haré cuando lleguemos a la primera parada prevista, y de paso intentaremos reanimar a este compatriota, que seguro que tiene muchas cosas que contarnos.

* * *

Tras observar por enésima vez la herida de la cabeza de d'Arzac, el cirujano tranquiliza a un oficial del Tercio:

-Sobrevivirá. No es una herida grave, simplemente debe estar afectado por la conmoción. Si continúan los espasmos atadle a la cama.

Hace cuatro días que el cautivo apenas come y es frecuente encontrarlo gimiendo en el suelo. Ni siquiera acierta a realizar sus necesidades más básicas sin la ayuda de un par de soldados que hace tiempo que habrían preferido quitarse de encima a ese bastardo francés al que han recibido órdenes de tratar con suma delicadeza para no hacer peligrar un suculento rescate que se está negociando por su cabeza.

Desde la cama d'Arzac escucha cerrarse la puerta y maldice en silencio. Nada, en cuatro días no ha logrado hacerse con nada capaz de convertir en un arma, no ha encontrado ninguna debilidad en los cambios de guardia, no entiende casi nada de lo que dicen... Y su táctica de hacerse pasar por enfermo empieza a hacer mella en su propia resistencia. Esta noche se la jugará al todo o nada.

* * *

No fue mucho lo que pudo contarles el rescatado. Básicamente, durante su cautiverio consiguió enterarse de que un prisionero "de muy alto rango" para el que se estaba negociando un rescate consiguió fugarse cuando ya estaba todo acordado, y el destacamento de españoles, al parecer una compañía de los Tercios a la que le debían algunas pagas, decidió dar gato por liebre en el intercambio para no perder tan suculento botín. Entre el resto de prisioneros buscaron a uno de complexión y estatura parecida, y le tocó a este auvernés que tenían delante. Lo drogaron y encapucharon pero, como sabían que el plan tenía muy pocas posibilidades de salir redondo, prepararon una emboscada para conseguir el botín de todas formas.

-Con lo que no contaban -aquí intervino le chevalier Brass de Creville- era con que yo minaría el camino de regreso por si nos perseguían. En tres o cuatro sitios, por si fallaba el primero, mi gente y yo colocamos cargas de pólvora en el camino, en hoyos disimulados con un poco de tierra suelta, y con mechas que un par de mis hombres escondidos en el margen podían prender llegado el caso. Y así se hizo, y eso nos ha salvado el pellejo. De ahí mis paradas en el camino de ida, para supervisar que todo estuviese en orden.

-Mal que me pese, debo reconocer que sois realmente astuto, Creville -dijo Le Comte de Noisy-. Pero aún nos queda lo más importante: Este paisano auvernés -señaló al rescatado accidental, que devoraba unas salchichas con apetito-, por valiente que sea, no es nuestro Ministro. Entonces pues, ¿dónde está D'Arzac?

* * *

D'Arzac ha acostumbrado a sus captores a frecuentes sobresaltos durante la noche, en los que finge caerse del lecho inconsciente, o sufrir espasmos. Con los segundos suele acabar atado a su cama, con dos o más guardias inmovilizándole, así que decide no seguir ese camino. Sabe que varias veces durante la noche entran en su habitación para comprobar su estado, así que decide esperar tendido en el suelo, pacientemente. Durante el anterior cambio de guardia estudió atentamente a sus captores, los conoce bien, uno de ellos es zurdo, y orgulloso de una hermosa daga que guarda junto al cinto. La ha utilizado muchas veces apretándosela junto al cuello para bravuconear ante su compañero. Aún conserva un ligero corte. El otro, un gigante de casi dos metros con cara de estúpido que siempre le ríe sus gracias.

Cuando al fin la puerta se abre, escucha a los soldados españoles maldecir con desgana. Lo toman cada uno de un brazo y lo llevan hacia la cama. D'Arzac gime y se deja llevar sin oponer resistencia. Cuando lo dejan en la cama, se incorporara lentamente hablando sin sentido y llevándose una mano a la entrepierna. Ante la mirada atónita de los guardias, se apoya en la pared, saca su miembro y empieza a orinar en medio de la habitación.

El gigante no puede evitar soltar una carcajada, mientras el zurdo, recordando quién suele acabar limpiando las ocurrencias del señorito francés se acerca a este y le zarandea del brazo llevándolo hacia la bacinilla. D'Arzac todavía balbuceando se gira hacia él, manchándole, y dejándose caer sobre él. Sorprendido y asqueado, el zurdo intenta librarse del abrazo del francés, mientras el gigante no puede parar de reír ante la cómica situación. Súbitamente, d'Arzac le propine una cabezazo en la frente y se lanza como un rayo hacia la daga en su cintura. Cuando el zurdo se da cuenta de lo que está ocurriendo la daga ya centellea ante sus ojos y acaba clavada en su cuello.

El cuerpo cae inerte mientras el grandullón se debate entre sus órdenes (mantenerlo con vida) y su instinto (atravesar con su espada a ese bastardo). D'Arzac cree entender el grito del español al desenvainar su espada: ¡A la mierda! Con un gesto rápido, d'Arzac intenta acercarse lo suficiente al gigante para tenerle al alcance de la daga, pero la espada pasa silbando junto a su cabeza un par de veces y le hace desistir de su empeño. "Ahora sí que es un todo a nada", piensa d'Arzac, al tiempo que simula una nueva finta para cruzar su guardia. El gigante avanza para cerrarle el paso con su espada, y entonces d'Arzac, da un paso para atrás, apunta y lanza la daga.

Por un instante el ojo ileso del gigante parece mirarle como el de un polifemo malherido. Una vez recuperada la daga de la cuenca vacía y sangrante, y ya vestido con las ropas ensangrentadas del zurdo, d'Arzac abandona la habitación en silencio.

A partir de aquí no tiene ningún plan, y se encomienda a la suerte para sobrevivir a este situación. Sabe que en la parte baja de la torre debe haber al menos otros cuatro guardias, y que en poco menos de una hora vendrán a dar el relevo a los difuntos. La sala de guardia no dispone de gran cosa que le parezca de utilidad, una chimenea humeante, una mesa, un par de sillas, una antorcha y una ventana. Eso sí, lo suficientemente grande como para poder pasar a través de ella. Da hacia la parte trasera de la torre, donde se han instalado algunas tiendas y una cuadra para los caballos de los oficiales del regimiento que le custodia. Lamentablemente 10 metros de altura le separan de la libertad. Durante unos minutos que se le antojan interminables y haciendo uso de su daga y las mantas de su estancia, logra hacer una improvisada cuerda de unos 6 metros que espera sean suficientes para escapar. La ata al soporte para antorchas y antes de descolgarse decide crear un pequeño entretenimiento para los guardias y así de paso imponer un poco de caos durante su huída. Acerca la mesa de su celda al jergón, añade el par de sillas, lanza la antorcha en su interior y cierra la puerta con llave.

A continuación, inicia el descenso en la oscuridad.

* * *

-Messieurs, no me fío un pelo de los españoles. Vamos a sacar a Su Excelencia de esa fortaleza nosotros mismos.

-No será fácil, mes amis. Ni entrar ni salir será precisamente lo que yo llamaría un juego de niños.

-Si ese viejo castillo tiene un punto débil, lo encontraremos.

Quienes así hablaban eran Emile Goulet, Ezequiel du Reims y Jean-Luc Hullin, reunidos en el club, planeando una operación de rescate para liberar a Le Baron de Muzillac. Aún sabiendo que se estaba negociando un rescate económico, no habían descartado la vía militar por si las cosas se torcían.

La reunión duró varias horas, y finalmente se llegó a trazar un plan que, aunque en líneas generales parecía tener ciertas garantías de éxito, en realidad dejaba al azar una serie de imponderables que no podían preverse de ninguna manera. Así pues, confiando parcialmente en la suerte, la partida de rescate se puso en camino.

* * *

Un soldado español de uniforme ensangrentado cruza lentamente el campamento arrastrando un caballo por las riendas en la oscuridad de la noche. Del caballo cuelgan dos cubos de madera vacios por cada lado. A sus espaldas se empiezan a escuchar gritos señalando a la humareda que sale de una de las ventanas de la torre que marca el centro del campamento. En un momento suenan gritos de alarma y un gran revuelo, varios caballos sin ensillar galopan desconcertados y sin rumbo, derribando algunas tiendas.

Viendo que es el momento apropiado, el soldado se sube al caballo y se lanza al trote a la salida del campamento, gritando una de las pocas palabras que ha aprendido en los últimos dias: ¡AGUA, AGUA! señalando a los cubos. Ante el desconcierto general, y pareciendo una de las únicas personas que ha tomado cartas en el asunto, unos y otros le dan paso hasta el mismo borde del campamento.

Sin creerse todavía su suerte, d'Arzac se lanza al galope hacia el suroeste sin parar de gritar esa palabra bendita, aferrándose a ella como si fuera una oración. Durante varias horas galopa hasta que ya apenas se ve la columna de humo a sus espaldas. Tiene ventaja, pero no la suficiente. Debe continuar y llegar hasta las lineas francesas...

* * *

Sin embargo, hay veces en que la suerte acompaña. Mucho. En una de las paradas para hacer noche durante el camino, Ezequiel du Reims, que montaba la primera guardia, oyó un ruido. Levísimo, casi imperceptible. Cualquier otro lo habría ignorado, tomándolo por un efecto del viento en una rama, pero Ezequiel du Reims no. Ezequiel du Reims decidió investigar. Con el máximo sigilo, se alejó en perpendicular del punto de origen del ruido, para después trazar un abanico y alcanzarlo por detrás. Efectivamente, no se había equivocado: un soldado español acechaba el improvisado campamento. Al parecer iba solo; "probablemente es un desertor en busca de comida", piensa Du Reims. "Si es así, quizás pueda darnos información sobre la fortaleza; interesa pillarlo con vida".

Ezequiel du Reims sacó su daga, se deslizó tras el enemigo y, como un rayo, lo agarró por detrás poniéndole la punta en el cuello... pero casi lo soltó de la sorpresa cuando el español le espetó, con un inconfundible acento bretón:

-LAISSEZ-ME, BASTARD! LAISSEZ-ME!

* * *

Pasan las horas, y d'Arzac está agotado. No sabe cuántas millas ha hecho, cuántos caminos ha tomado, pero orientándose por el sol ha mantenido el rumbo, o al menos eso cree. Decide darse un respiro e internarse en un bosquecillo a pasar la noche. Ata el caballo a un árbol, y se dispone a descansar. Sin embargo, al poco rato ventea un sabroso olorcillo: alguien está asando carne no muy lejos, o acaba de asarla. Recuerda que no ha comido desde no sabe cuántas horas, y decide investigar, al menos para evaluar los riesgos. En esta zona pueden ser tanto soldados franceses como españoles (o incluso civiles, aunque raro sería que éstos dispusieran de carne), pero vale la pena intentarlo. "Si hay riesgo, me olvido del tema", piensa.

Así que se acerca, tan silenciosamente como puede, y ve unas brasas y unas figuras oscuras echadas en el suelo, durmiendo. "Qué falta de precaución no poner a nadie de guardia", piensa. De repente siente que lo agarran por detrás. Algo le pincha el cuello y, rabioso por haberse dejado sorprender, olvida la precaución del silencio, se revuelve y grita:

-LAISSEZ-ME, BASTARD! LAISSEZ-ME!



Si buscáis más allá del interés
y en intentar osáis ir más allá,
veréis, y os diré lo que hallaréis:

Veréis aquel que mata con piedra a su adversario,
y al que medra en el gobierno, de continuo, a diario.
Al que paga por palizas y atentado hasta al Vicario,
al que usa sus doblones para hacerse mandatario.
Y al que olvida sus promesas por un título nobiliario.

Hallaréis este mundo del revés,
el motivo y la causa, ¿qué más da?
Ya no importa, vos ya no estaréis.

Nota:Hibou nunca ha pretendido plagiar ni asumir como propios los versos de otros autores. Es un cómico, por lo que recita tanto versos propios como ajenos para comentar lo que acontezca en cada momento. No se atribuye al firmar la autoría de los versos sino que es él el que lo expone o cita.
Este mes: "Cuando viene la Parca" de Doña Menda Lerenda.

* * *

EL CABALLERO DEL MES

El título de Caballero del mes queda desierto

por haberse producido un quintuple empate a un voto

 


EL PATÁN DEL MES

El título de Patán del mes corresponde a:

Olivier d'Arzac

Por dejarse atrapar de una manera tan tonta, y por su imprudencia al exponerse innecesariamente.

 


NOMBRAMIENTOS HABIDOS ESTE MES

  • Le chevalier Brass de Creville ha sido nombrado Aide de chambre de Brigadier General
  • Emile Goulet ha sido nombrado Gobernador Militar del Languedoc
  • Joss Len Beaumont, Ch.d'H. ha sido nombrado Ministro de Exteriores
  • Le Comte de Noisy ha sido nombrado Gobernador Militar de París

* * *


ANUNCIOS DE PRESENTACIONES A CARGOS

  • Fray Bernard anuncia que se presentará a Vicario General.
  • Fray Bernard anuncia que se presentará a Chancellor.

CARGOS PARA EL MES DE OCTUBRE
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Capitán Escolta Real Capitán de Guardia Real 9Gob.Mil.París
Capitán Escolta CardenalCapitán Guardia Cardenal 7Gob.Mil.París
Abanderado Escolta Real Subalterno Guardia Real 9Gob.Mil.París
Abanderado Escolta CardenalSubalterno Guardia Cardenal 6Gob.Mil.París
Chancellor Vicario 11Arzobispo



CARGOS PARA EL MES DE NOVIEMBRE
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Soldados escolta Real Soldado Guardia Real 8Capitán Escolta
Soldados escolta Cardenal Soldado Guardia Cardenal 5Capitán Escolta
Oficial diocesano Vicario 10Arzobispo

AGRADECIMIENTOS

A Jon, por la EX-CEP-CIO-NAL crónica de su propio rescate (que me ha dado pie a intercalar las tentativas de sus compaƱeros de armas, en un curioso experimento literario), A Hibou, por la copla de cada mes, y... a todos los demás, por vuestra paciencia.

FECHA LÍMITE PARA EL PRÓXIMO TURNO

El plazo de entrega del próximo turno finaliza el viernes 16 de noviembre de 2012, a la medianoche (hora española peninsular).

¡Hasta pronto!

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