Preux et audacieux: Una partida de En Garde!®por e-mail

 

REAL CRÓNICA DE NOVIEMBRE DE 1643

Una gran victoria merece un gran desayuno.
Le Baron de Lemaitre

ECOS DE SOCIEDAD

Primera semana

A primeros de mes tuvo lugar la ordenación sacerdotal de Fray Bernard, en el convento dominico de Saint Jacques. Asistieron a la misma Emile Goulet, Jean du Mont Blanc, Lestat de Pointlac y Ezequiel du Reims, este último en calidad de cronista de la Gazette Ilustrée. Hubo también tres caballeros, ataviados con ropas oscuras y sombreros de ala ancha, que tomaron asiento en la capilla, donde se celebró la ceremonia.

Una vez terminada ésta, los tres misteriosos caballeros se acercaron al ya fray Bernard y le felicitaron entrgándole como presente unas sandalias romanas, mientras uno de ellos con voz sgrave y solemne le dio las más sinceras felicitaciones y le dijo: "Espero sean de vuestra talla, fray Bernard", tras lo cual le dio un efusivo abrazo en el que el azorado monje no pudo menos que notar unos prietos senos femeninos contra su pecho. Después, con una reverencia abandonaron los tres el templo.

Tras unos breves instantes de confusión, el nuevo ministro de Dios y sus invitados pasaron a una dependencia interior del convento, donde el anfitrión había organizado una pequeña recepción. Recibió el nuevo monje regalos de sus amigos: de Emile Goulet, una Biblia con cantoneras de plata; de Jean du Mont Blanc, un bello rosario labrado, y de Lestat de Pointlac, el Catecismo del Cardenal Richelieu, que acompañó con las siguientes palabras:

-Quizás os sirva de ejemplo de que un hombre de Iglesia, aparte de ser un hombre útil para Francia, debe preocuparse más de la Fe que de las tareas mundanas.

Tras la bienvenida se ofreció a los presentes vino caliente especiado, cecina, pan y queso, todo elaborado por los propios monjes, así como uvas, ciruelas pasas, avellanas y otros frutos secos.

* * *

Hay una hostería en el camino de Lyon, no lejos de las puertas de París, en la que ha empezado a celebrarse de manera más o menos regular una tertulia literaria cada mes. El orondo Edmond, un auvernés de gran panza y bigotes, ya se había acostumbrado a su nueva clientela, pero este mes había recibido una petición especial: además de la mesa que ocupan de manera habitual los caballeros de la tertulia literaria, se le había pedido una mesa algo más recogida y discreta para recibir a un ilustre caballero: iba a ser la primera entrevista para La Gazette Ilustrée. Edmond, siempre bonachón y de buen carácter no pudo remediar una sensación intensa de ilusión y nerviosismo que le produjo tal noticia. Si bien la Hostería es un local decente y pulcro y frecuentado por numerosos artistas y escritores, nunca había acogido entre sus humildes paredes a un "Caballero Ilustre" como le habían dicho. La mujer de Edmond y sus hijas, que regentan el negocio familiar engalanaron como nunca la hostería y vistieron sus mejores galas para la ocasión. Ante la indicación del maestro impresor Martín Etée de tener un buen Borgoña preparado para el encuentro, costeado por la Gazette, Edmond obligó a Martín a guardarse el dinero: "¡Ni mucho menos,la casa invita!", dijo en tono de fingida indignación.

Martín Etée preparó con esmero sus crayones, utensilios y papeles para los esbozos, mientras Armando Maraña en la mesa habitual de la tertulia literaria comentaba con los asiduos que esta semana se ausentarían reservadamente para realizar una entrevista para La Gazette Ilustrée, publicación a la que todos los tertulianos ya están suscritos. Jean-Baptiste Poquelin espero atentamente hasta que bajo el umbral atisbó la figura del caballero Joseph Lemaitre, se acercó a recibirle he hizo el papel de anfitrión a la perfección en ausencia del Editeur Christian Brass de Crecille, actualmente en campaña. Edmond quedó boquiabierto ante la presencia nada menos que de Su Excelencia el Ministro de Guerra de Su Majestad. Al pasar junto al paralizado hostelero, Jean-Baptiste Poquelin le guiñó disimuladamente un ojo y le susurró: "Queremos discreción e intimidad, recordad que sois el mejor hostelero de París, actuad como siempre, no estéis nervioso, estamos en las mejores manos". Edmond recuperó fuelle y seguridad con aquellas palabras y fue el habitual Edmond de siempre, solícito, discreto y atento en el más minúsculo detalle.

Tras sentarse en la mesa bien dispuesta en la que esperaban ya Martín y Armando, se inició una conversación distendida, con varios brindis de un buen Borgoña que sorprendió al mismísimo Joseph Lemaitre, que quiso conocer el nombre de la bodega. Jean-Baptiste le confió que era su preferido: "Es un Molières, un excelente vino". Martín Etée no paraba de esbozar apuntes, y Armando y Jean-Baptiste llevaron a la par la conversación incluyendo algunas observaciones, sugerencias y preguntas enviadas por su Editeur. Su Excelencia Joseph Lemaitre paso una velada agradable y sin duda disfrutó de la compañía incluida la de las varias botellas del buen Molières con las que le agasajaron. Al terminar, el Ministro de Guerra agradeció a los colaboradores de La Gazette el encuentro, le deseó parabienes a la publicación y tuvo unas palabras para Edmond y la esposa de éste, Matilde , "Sin duda regentáis uno de los locales más agradables limpios y honestos de París, os felicito". Edmond realizó lo que intentó ser una reverencia mientras acertaba a decir: "Aquí tenéis vuestra casa; será un verdadero honor teneros entre nosotros siempre que gustéis". Jean-Baptiste acompañó al caballero Joseph Lemaitre al exterior de la Hostería y le brindó la oportunidad de acudir a la tertulia literaria todas las primeras semanas de cada mes: "Dado que sois un amante de la lectura, disfrutaréis de ella si gustáis acudir" y estrechándose las manos dieron fin a la cordial entrevista. Dentro, los asiduos de la tertulia que habían permanecido en sus habituales disertaciones, sin dejar de echar de vez en cuando una discreta mirada a la mesa de los redactores y el Ministro de Guerra, llevados por una mezcla de euforia y satisfacción estallaron en un aplauso y algún vítor, conocedores que tal encuentro era un gran éxito para La Gazette Ilustrée que todos apoyan y siguen con interés.


He sabido por un bando que se ha de andar con tiento.
el francés debe ser digno y no arrastrarse por el suelo.
Los de baja condición pónganse alzas, "alcen el vuelo",
que un resbalón o un socavón provoca un mal momento
y ese traspiés puede llevarles a ese llamado subsuelo.

No es cuestión baladí, id con tino, la ley se aplica con celo
se encarcela y se juzga a los que incumplen los preceptos
por subterráneas. cucarachas y ratas van a parar a la Bastilla
con sus huesos, los vertebrados; con sus patas, los insectos;
en tal animalada, caballeros y frailes engrosan la pesadilla
¡Se merecen el infierno todos aquellos que van bajo suelo!

Hibou

Segunda semana

-¡OH, NO, POR FAVOR! ¡SEÑOR! ¡NOOOOOOOO!

-Cerrad la puerta, no enturbiemos el descanso de monsieur Parrot -dice el monje.


Oyendo, en verdad, a su criado, Parrot perdió la compostura unos segundos y lanzándose contra la reforzada puerta de su calabozo la aporreó un par de veces mientras gritaba:


- ¿¡Lerroux!? ¡¡Monje!! ¡¡¡MONJE!!! ¡Él no! ¡Dejadle en paz! ¡¡Es a mí a quien queréis!!


Sin recibir respuesta, el retumbar de una lejana puerta al cerrarse amortiguó el lánguido grito de terror de su fiel criado. Parrot, con lágrimas en los ojos, se dejó caer de rodillas en el suelo mientras mascullaba entre dientes:


-Valmont.

* * *

Al día siguiente, la puerta de la celda de monsieur Parrot se volvió a abrir, apareciendo el Comisionado de Seguridad Pública Joseph Le Maitre, el Gobernador Militar de París Phillipe Valmont y un escriba.


-Caballero Parrot, antes de informaros del motivo de vuestra detención, el cual os lo podéis imaginar, quiero recordaros el interrogatorio que monsieur Joseph Le Maitre os efectuó anteriormente y en el cual, además de otra serie de cuestiones, contestasteis diligentemente. He recuperado el registro del interrogatorio para que lo volváis a leer. ¿Afirmáis que estas son vuestras respuestas y las mantenéis tal y como fueron escritas? ¿O deseáis cambiar o añadir alguna cosa?


Le Marquis de la Garrigue le mostró unos documentos a monsieur Parrot, donde se podía leer:


Le Baron de Lemaitre: ¿En qué momento el túnel fue tapiado y quien lo hizo?
Jean Parrot, Ch.d'H.: Martin Du Heyn, hace unos seis años. Disculpadme la inexactitud, son hechos muy lejanos en el tiempo y yo aún no colaboraba activamente en la organización. Recuerdo que entró en la Cofradía y cegó el acceso, dejándolo tal cual vos lo encontrasteis el mes pasado.
Le Baron de Lemaitre: ¿Sabía fray Marcel Du Calais la existencia del túnel?
Jean Parrot, Ch.d'H.: ¡Por supuesto que no! Sabiéndolo yo era suficiente y, de hecho, he velado desde entonces para que nadie lo usara o lo descubriera, o le diera demasiada importancia.
Le Baron de Lemaitre: ¿El túnel fue utilizado anteriormente por otras personas? De ser así, ¿para qué?
Jean Parrot, Ch.d'H.: Desconozco tal punto. Ya os digo que cuando me hice cargo de La Cofradía localicé el acceso, entendí la gravedad de su existencia, y me aseguré que nadie lo volviera a usar. Antes de eso, lo ignoro.


Jean Parrot recogió los documentos que le ofrecen, los leyó tranquilamente y con calma, y estudió cualquier tipo de encerrona en los papeles. Finalmente, con un leve asentimiento de cabeza, respondió:


-Excelentísimo Gobernador Militar de París, si es que en estos momentos es en calidad de tal cargo como os dirigís a mí. Comisionado Le Maitre... En efecto, esas tres preguntas siguen manteniendo mis mismas tres respuestas. Y antes de proseguir respondiendo, también diligentemente, a vuestras próximas preguntas, respondedme vos a una: ¿podéis indicarme en qué estado de salud y localización se encuentran los inocentes Gastón Lerroux y fray Marcel Du Calais?


-Vuestros cómplices se encuentran perfectamente de salud. No os preocupéis por ello.

-Entonces -continuó-, según vuestras propias palabras, reconocéis la gravedad del asunto de disponer de una entrada a las catacumbas, y que ya entendíais dicha gravedad mucho antes de que emitiera el edicto que prohibía disponer de entradas a las catacumbas, y de usar las mismas al ser propiedad Su Majestad el Rey. También recordaréis que cuando emití dicho edicto vos presentasteis una queja pública alegando el escaso tiempo que el edicto permitía para informar de dichas situaciones, información que no nos proporcionasteis al momento, como era vuestro deber, sino en el posterior interrogatorio, y que además vuestra situación en el frente por aquel entonces os ponía serios obstáculos.


-¿Mis cómplices, decís? Nada de eso. Como os he repetido por activa y por pasiva, ninguno de los dos tiene nada que ver con aquellos de mis asuntos que os conciernen a Vos o a lo que sea que os llevéis entre manos.
Reconozco y recuerdo perfectamente, Gobernador Valmont. Reconozco que poseo una entrada a esas catacumbas, reconozco que no la he usado jamás, como habréis podido comprobar hasta la saciedad. Y sí, también recuerdo mis palabras. Pero no me digáis que llevo un mes en La Bastilla, sin vino y sin tabaco, sólo para recordar el pasado. ¿O sí?


-Bien, correcto. Entonces habiendo aclarado estos aspectos ya tendréis preparada vuestra respuesta cuando os diga lo que ya os imaginabais: ¿Por qué motivo ocultáis una segunda entrada a las catacumbas, próxima a la primera tapiada? Quisimos comprobar toda vuestra historia y cual ha sido nuestra sorpresa cuando la Guardia Vieja encontró por la parte de las catacumbas un acceso cerrado con una nueva trampilla de madera que, desde el otro lado, hemos inspeccionado y está oculta por un cadre puesto encima con unos meros sacos de arroz que pueden ser retirados en cualquier momento, mientras que la parte inferior del cadre puede ser fácilmente quebrantado por un hacha, o simplemente retirado en algunos minutos.


»El maestro arquitecto ya me ha confirmado que esta nueva entrada fue posterior a vuestro auto-nombramiento como director de la Cofradía, y teniendo en cuenta las obras de remodelación que hicisteis en su día, está claro que habéis ocultado deliberada y malintencionadamente esta segunda entrada. Y describo vuestras intenciones con estos adjetivos porque acabáis de confirmarme que siempre habéis sido consciente de la gravedad de tener accesos a las catacumbas, y es evidente que desde vuestro primer interrogatorio hasta el día de hoy, habéis tenido más que tiempo suficiente para informar de esta segunda entrada, cumpliendo con el rol de ciudadano responsable.


»Podéis negar el conocimiento de esta segunda entrada, si lo deseáis, pero no pretenderéis que me lo crea. Mas bien deberíais, dada vuestra condición de respetable, confesar de una vez y ahorrarnos algo de tiempo, del que disponemos en abundancia pero que preferimos no desperdiciar. O si lo preferís podéis contarnos alguna nueva y divertida fábula, y argumentar por enésima vez que fray Marcel no sabía nada de nada, a pesar de trabajar todos los días en la Cofradía y haber delegado en él muchas responsabilidades. Cuanto más mintáis peor será. En estos momentos y en otra sala fray Marcel está siendo interrogado por algunos religiosos compañeros suyos, pertenecientes a otra orden de menor paciencia que la suya, y pronto se arrepentirá de sus mentiras.


»¡Vamos, por Dios! ¿Acaso os pensáis que quebrantar el edicto de protección del subsuelo de París os conllevará una pena elevada? Aunque seguro que habéis usado las catacumbas en más de una ocasión no habéis cometido ningún otro crimen, o de haberlo hecho lo habéis ocultado bien.


»Firmad la confesión que preparará el Comisionado después de haberos sincerado y todo el asunto quedará resuelto. Y ya veremos si bastará con una temporada en el frente, una cuantía económica o disfrutar de esta cómoda habitación durante unos meses. O quizás una combinación de las tres.


Mientras el Ministro de Estado Valmont interrogaba al Chevalier Parrot, el Comisionado Le Maitre permaneció apoyado en la pared opuesta, sin mostrar emoción alguna. Al oír al Marqués mencionar su nombre, se dirigió al prisionero:


-Caballero Parrot, a pesar de la amistad y la relación que nos une, me dirijo a vos, en estos momentos, como Comisionado de Seguridad Pública. Y he de deciros que, en estos momentos, las pruebas son claras y concluyentes tal y como os lo ha referido el Ministro de Estado monsieur Valmont. De todos modos, tampoco creo que debáis preocuparos demasiado, pues tal y como os ha referido el Ministro de Estado, es un delito relativamente grave, aunque me parece que se podrán aclarar todos los puntos para que el asunto no traiga más consecuencias. Por mi parte nada más. Os haré llegar vino de mi bodega privada y tabaco de mi propia cava. Que estéis retenido no quiere decir que no os merezcáis ciertos miramientos.


Y dicho esto siguió apoyado en la pared sin mucha intención de decir nada más.


-Gracias por vuestro ofrecimiento, Comisionado, os lo agradezco mas debo declinarlo. No os pondré en un aprieto frente a vuestro garante.


»En cuanto a vos... Finalmente mostráis los dientes. ¿Cuál es el motivo de la única entrada practicable en La Cofradía, Gobernador? O mejor dicho, ¿por qué ha de haberlo ahora? Sólo se trata de disponer de una posibilidad. Como ya me pudisteis escuchar en su momento, expuse públicamente que yo trato con posibilidades, con oportunidades... Vos recordáis tan bien como yo que antaño el subsuelo de París se usó tanto para esconder acciones legítimas como para ocultar acciones poco honorables... el uso, comprenderéis y estaréis de acuerdo, sólo depende del caballero en cuestión.


»Pero tranquilo, no os lancéis impetuosamente a achacarme crímenes que aún no he cometido, pues tal como os ha dicho vuestro experto maestro arquitecto, y si no lo ha hecho os lo podrá corroborar en cuanto le consultéis de nuevo, ese acceso no ha sido abierto ni usado por mí desde el momento de su construcción hace años, a pesar de la ligereza con que valoráis su apertura, o a pesar de lo injustamente que me prejuzgáis con falsas suposiciones y ladinas insinuaciones.


»Sí, había una entrada a las catacumbas en las instalaciones de "La Cofradía de la Caridad" y, a pesar de que Su Eminencia Martin Du Heyn hiciera lo que creyera oportuno, sigue habiendo una. Eso es de conocimiento público y no atenta a la realidad, ¿verdad?. Y convendréis conmigo que tener una endeble puerta de madera y no usarla es como tener una sólida pared de piedra, con lo que a mi parecer bajo ninguna burda perspectiva se quebranta alguno de los edictos personales que hayáis podido dictar.


»Así pues, no me habléis de responsabilidad, ni de sinceridad o de mentira. Y menos de ¿¡confesión!? No debo confesar nada, pues nada he hecho. Si queréis una confesión firmada, escribidla y firmadla vos mismo.


Monsieur Valmont miró fijamente a Parrot, con una dureza respondida en igual medida por el sagaz caballero que tenía enfrente. La situación le recordó a una lucha de gatos, en la que cada vez que uno parecía tumbar al otro éste se volvía a levantar con la misma y grácil agilidad felina.


-Bien, monsieur Parrot. Al fin reconocéis que ocultabais una entrada a las catacumbas. Queda constatado en nuestros informes que a principios del año, durante el primer interrogatorio, no revelasteis la segunda entrada. Queda también constatado que al inicio de esta serie de preguntas, diez meses después del bando público sobre las catacumbas de París, seguías negando tal hecho y que solo al revelaros la información que hemos descubierto habéis finalmente admitido la verdad de los hechos.


»Os recuerdo, y si aún dudáis de ello el Comisionado os podrá mostrar el edicto pronunciado en su momento, que violará la ley todo aquel que posea un acceso a las catacumbas y lo oculte y no lo comunique. El hecho de que lo usarais o no es irrelevante en cuanto al fin mismo de la ley. En cuanto a que es del conocimiento público, es bastante probable que las gentes de bien, al ver la insistencia con que las fuerzas de la ley seguían investigando vuestros almacenes, pensaran que pudiera ser bien cierto que hubiera entradas, a pesar de que vos lo habéis estado negando una y otra vez, tanto en público como en privado. Pero que la gente tenga o no imaginación es indiferente al cumplimiento del edicto.


»Si no deseáis firmar vuestro reconocimiento estáis en vuestro derecho, pero vuestras palabras han quedado debidamente registradas. Por supuesto podéis negarlas en el juicio, si lo deseáis, aunque os informo que eso puede incrementar la pena. Cosa que al parecer no os importa.


»Bien. Prosigamos. ¿Podéis decirnos en qué fecha exacta reabristeis la anterior entrada y pusisteis la puerta y el resto de reformas para ocultarla? ¿Quiénes participaron en su construcción? No os preocupéis por el destino de los obreros que pudieron participar, de aquélla no había edicto y ello no les afecta.


-Gobernador, había una entrada en las catacumbas desde "La Cofradía de la Caridad" y una sigue habiendo. Así consta en vuestros archivos y en los del Comisionado, con fecha muy anterior a la proclama de vuestro edicto, y así está en la realidad. Reconozco que vos lo sabíais y reconozco que yo también. Por tanto, no informaros de algo que vos ya sabéis no es delito.


»En cuanto a las reformas necesarias en los almacenes y en cuanto a la adecuación del conocido paso subterráneo, saber quién lo hizo y cuando lo hizo -como bien decís- no os compete por caer el acto fuera de vuestra jurisdicción legal.


»No dudo que tendréis en mente un objetivo claro y conciso, Gobernador, y viendo que diga lo que os diga no os apartáis de él ni modificáis vuestra estocada, os invito a no perder más el tiempo aquí. Armad vuestro juicio.


Joseph Le Maitre, que pensaba que no sería necesario volver a intervenir, vio la jugada de monsieur Parrot y se apresuró a responderle.


-Caballero Parrot, os recomiendo que contestéis a las preguntas del Ministro de Estado monsieur Valmont. Incluyendo las que os parecen fuera de su competencia, pues sí que esa información entra dentro de las mías. Todas las investigaciones, todo lo relacionado con las violaciones de las leyes de Su Majestad, son de mi competencia. Así pues, considerad las preguntas del Ministro de Estado como las mías propias y respondedlas. Os lo agradecería.

-Comisionado, si omito alguna respuesta, hacedme vos la pregunta.


-De acuerdo Brigadier, decidme. ¿En qué fecha exacta reabristeis la anterior entrada y pusisteis la puerta y el resto de reformas para ocultarla? ¿Quienes participaron en su construcción? Como veis os hago yo, personalmente, las preguntas.


-Comisionado, a finales de junio de 1641 se acondicionó el único acceso al subsuelo de París situado en "La Cofradía de la Caridad". El nombre de su autor permanecerá desconocido, o anónimo -como prefiráis-, pues como ya sabéis los favores no tienen nombre.


El Gobernador Militar empezaba a cansarse del juego, y estaba claro que monsieur Parrot no iba a seguir contestando a nada más. Este tipo de interrogatorios, sin apoyarse en medidas más contundentes, tenían el inconveniente de hacerse tremendamente repetitivos. Habría que ir zanjando el tema.


-Bien, monsieur Parrot. No digáis más sobre dichos autores, pero no me vengáis con estupideces. Estamos hablando de dos entradas. El único conocimiento que teníamos era el de la primera entrada. La segunda no se descubrió hasta el mes pasado. Y habéis tenido tiempo de sobra para comentarlo. Que vos penséis que yo pudiera tener o no conocimiento es, de nuevo, irrelevante y vuestra imaginación. Amparaos en que pudiera tener sospechas de ello para pretender, mediante un juego de palabras, eludir vuestro deber de informar, es patético. Pero bueno, nosotros decidiremos cuándo parar. No vos. Pero ya que sacáis el tema del juicio, deseáis que alguien os represente o preferís ejercer vuestra defensa vos mismo?


-Y perdonad que lo pregunte de nuevo, pero lo repetiremos tantas veces como sea necesario. Ahora que habéis reconocido la segunda entrada, repito ¿sabía también fray Marcel de la existencia de este segundo acceso? ¿Preferís decir ahora que vos sí sabíais de la segunda entrada, pero fray Marcel no, que se lo ocultasteis todo el rato?


-¿Defensa? Hummm... Yo mismo me defenderé. No es necesario involucrar a nadie más en esto.


»Y, respondiéndoos de nuevo, Fray Marcel Du Calais no tenía constancia por mi persona de la existencia del único acceso al subsuelo de París. Acceso cuya existencia vos conocíais con total certeza.


»Gobernador Militar, si no tenéis inconveniente, abandonaré la primera semana La Bastilla para elaborar la defensa, y me presentaré la segunda y tercera, adecentado y compuesto, allá donde la Justicia me reclame y vos designéis.


»Asimismo, dado que posiblemente defenderé la inocencia de Fray Marcel, sería conveniente poder entrevistarme con él cuanto antes. Y añado, de la misma manera, que me sería vital poder hablar con mi criado, Gaston Lerroux, para hacer que se ocupe de mis asuntos cotidianos en cuanto le sea posible. Gracias por vuestra amabilidad y hospitalidad.

El Gobernador enmudeció y sonrió para sus adentros, por aquello de seguir mostrando semblante serio. En el fondo admiraba la frialdad con la que, mientras le iban cayendo las acusaciones unas tras otras, su adversario osaba solicitar marcharse a su casa bajo palabra de aparecer puntualmente en el juicio.


-Monsieur Parrot, obviamente no podréis abandonar la Bastilla, debiendo preparar vuestra defensa en la propia celda, la cual dispone de todos los recursos que necesitéis. Al estar acusado, no podréis ejercer de defensor de fray Marcel, aunque no encontraréis mayor problema en dar su versión de los hechos al declarar como testigo. Sin embargo, y dado que fray Marcel se encuentra en una celda de la Bastilla, si lo deseáis podréis escribirle alguna nota que será entregada diligentemente por nuestros carceleros. En cuanto a vuestro criado, no podréis visitarle por el momento, ya que actualmente se encuentra un tanto indispuesto debido a una huelga de hambre que ha iniciado.


Dicho lo cual, ambos se miraron por última vez. No hacía falta decir más, ni preguntar más ni despedirse siquiera. Sobraban las palabras entre ambos interlocutores. Valmont salió de la estancia, Joseph le siguió y un cansado escriba recogió sus papeles con ganas de volver a su casa temiendo que si permanecía más en aquella celda la tensión del ambiente le aplastara contra el suelo.


Amigo Joseph, mucho me temo que el interrogatorio a fray Marcel seguirá las mismas directrices que el actual. No obstante, y dado que tengo que ir a preparar el juicio, hacedme el favor de formalizar el asunto.


-No os preocupéis, Excelencia -contesto el Comisionado- Pienso lo mismo. Acabemos rápido.


* * *


Ambos se despidieron al inicio del pasillo del ala oeste de la Bastilla, el primero en dirección a su despacho, y el segundo, acompañado del escriba, descendiendo al piso inferior, donde se hallaba la celda del sacerdote.


-Padre, recordaréis sin duda alguna, la conversación, que hace ya algunos meses, mantuvimos mientras paseábamos en el patio de la Bastilla, así como también recordaréis mi visita a la Cofradía. En aquellas conversaciones, negasteis la existencia de ninguna entrada a los túneles bajo la ciudad, así como también la realización de cualquier otro acto delictivo.


»Vuestra presencia a día de hoy en esta celda, responde a vuestras respuestas en aquel entonces y que, a día de hoy nos resultan un tanto irrisorias. Por respeto a vuestra persona y, en honor a la verdad, por simpatía hacia vuestra orden, os voy a dar la oportunidad de que declaréis sobre los actos delictivos en los que estáis involucrado y por los que seréis juzgado. Si colaboráis y admitís vuestras faltas, seré indulgente con la acusación. En caso contrario, os llevaré hasta las últimas consecuencias.


»Por ello, Padre, os rogaría que no insultarais nuestra inteligencia con mentiras y aceptarais vuestra parte de complicidad en las actividades que se desarrollaban en la Cofradía, así como en accesos prohibidos y demás argucias. Demasiado tiempo habéis colaborado con la organización de Parrot para que seáis ignorante de todo. ¿No os parece?


Marcel Du Calais escuchó atentamente y con paciencia eclesial la perorata de monsieur Le Maitre. Al terminar éste sus palabras, dejando la interrogación en el aire, el fraile respiró pausadamente un par de veces, sin decir nada, de pie, como había permanecido desde la entrada de sus interrogadores, y lentamente fijó su mirada en el Ministro de la Guerra señor Le Maitre, y con voz pausada y profunda comenzó a hablar:


-Caballero Le Maitre... aunque vos hagáis las preguntas, detecto la voz del Ministro de Estado en ellas. Duras son las acusaciones que me hacéis, así como duras son las amenazas que proferís hacia mi persona. Ahorráoslas, caballero. Soy un servidor de Dios y únicamente a Él debo rendir cuentas de mis actos y pensamientos. Y como tal servidor del Altísimo que soy, los dos deberían saber que entre mis obligaciones está indiscutiblemente la de respetar la verdad por encima de todo. La mentira es pecado, monsieur Le Maitre. Una vez dicho esto no puedo más que remitiros de nuevo a mis contestaciones de la entrevista a la que acabáis de hacer referencia. En mi conocimiento no estaba la existencia de túnel alguno en la Cofradía ni de cualquier otra cosa que no fuera una institución con fines benéficos de ayuda a los más necesitados. Eso es a lo que yo me dedicaba en cuerpo y alma, a organizar y coordinar el funcionamiento de la Cofradía de la mejor manera posible. Otras actividades no he llevado a cabo en ella y si habéis encontrado un túnel una entrada o lo que sea, a mi me era desconocida por completo su existencia.


»En cuanto al señor Parrot, solo puedo tener las mejores palabras para quien ha conseguido continuar el legado de la Cofradía y me ha transferido la dirección de la misma en los últimos tiempos, ésa es su obra y el Altísimo sabrá recompensarle. Y mi colaboración para con esa obra de la Cofradía ha sido total. Desconozco por completo a que ilegales actividades que tenían lugar en la Cofradía parecéis referiros, y si han tenido lugar, cosa que dudo ya que he intentado controlar todo lo posible el funcionamiento de la Cofradía, ha sido sin mi conocimiento y por supuesto sin mi consentimiento.

»No puedo deciros más al respecto porque sólo puedo hablar de la verdad que conozco, mi verdad, y es la que acabo de relatar. Si puedo ayudaros en algo más, gustosamente lo haré.


-Mentir es pecado... -se quedó pensativo el comisionado-. En todo el tiempo que he estado interrogando personas, nunca he oído una respuesta tan original. Hay que ver lo gracioso que sois, Padre. Pero que seáis original o simpático, no os exime de responder ante la ley de los hombres. Así que, de momento, vais a rendir cuentas ante nosotros. Lo que sí que os quiero decir es que si no colaboráis y continuáis con vuestra actitud, no tendremos más remedio que acusaros de obstaculizar la justicia de Su Majestad. Cuando muráis, ya responderéis ante Dios. De momento lo haréis ante nosotros.


Fray Marcel bajó los ojos al suelo mientras escuchaba las palabras de monsieur Le Maitre, una vez el eco de la última de sus palabras se hubo disipado, levantó su mirada y la clavó fijamente en su interlocutor...


-Monsieur Le Maitre, lamento no saber explicarme mejor. Me tengo por un buen orador como a buen seguro habréis comprobado en cualquiera de mis sermones, pero he de reconocer que esta situación es nueva y sorprendente para mi persona y tal vez por ello no logro explicarme con claridad. Disculpad si mis palabras no son todo lo explícitas que debieran, pero en ningún caso quiero decir que no me atenga a la justicia de los hombres, líbreme el cielo. Lo único que quería remarcaros es que hay otra justicia más alta que la de los hombres, la de Dios, y que sí me debo a ella cuanto más me debo a la justicia de los hombres, y sí he de respetar la justicia divina cuanto más he de respetar la humana. Y la respeto fielmente, siempre la he respetado y siempre la respetaré, cada día de mi vida, me queden más o me queden menos. Y ese respeto implica el respeto a la verdad, y evitar como decís el pecado de la mentira. Y eso hago, monsieur Le Maitre, eso hago una y otra vez. No ceso de repetiros a vos y a quien sea que no sé nada de todo eso que me preguntáis, no sé ni he sabido nada de esas entradas que habéis descubierto en la Cofradía, no sé nada de esas supuestas actividades que mencionáis, que si vos decís que han tenido lugar, a buen seguro será cierto, pero yo no he tenido jamás conocimiento de ellas. ¿Cómo queréis que os lo demuestre, señor? Sólo tengo mi palabra y ya os la he dado repetidamente. Me pedís colaboración y eso hago, responderos con la verdad, señor.


-Bien, fray Marcel, bien. La segunda y tercera semanas quedarán reservadas para vuestro juicio y el de monsieur Parrot. Monsieur Parrot va a representarse a sí mismo. ¿Deseáis alguien que os defienda en particular o seguiréis la táctica de auto-defensa de Parrot?


-Con la ayuda de Dios, me defenderé yo mismo.

* * *

En la sala principal del Palais de Justice reinaba el silencio, interrumpido ocasionalmente por los murmullos de los pocos asistentes al juicio de monsieur Parrot. Tan sólo algunos colaboradores habituales de la Cofradía de la Caridad, y algunos distinguidos caballeros de la cite como el Mariscal de Francia, el Barón de Muzillac, que comentaba curioso cómo podría transcurrir el juicio con su Excelencia Jean Du Mont Blanc, el cual creía que podría pasar cualquier cosa. En otro banco aparte, su Excelencia André Du Calamar escuchaba al nervioso fray Bernard Robier, recién ordenado sacerdote, que mientras hablaba escribía numerosas anotaciones en unos legajos. Al parecer, monsieur Christian Brass de Creville le había encomendado la tarea de asistir al juicio para recopilar toda la información que pudiera con el fin de presentarla en el próximo número de la Gaceta Ilustrada.


Enfrente de los bancos, custodiado por soldados de la Vieja Guardia se encontraban los acusados, fray Marcel Du Calais y Jean Parrot, aparentemente tranquilos, aunque un juicio siempre es motivo de preocupación. Al otro lado de la sala hablaban el Gobernador Militar de París y Marquis de la Garrigue, Phillipe Valmont, y el Comisionado de Seguridad Pública, le Baron Joseph Le Maitre. El primero, que ejercía como parte acusatoria, le indicaba algunas últimas instrucciones al comisionado. Sentado en el sillón del juez presidía el Ministro de Justicia, Jean-Baptiste Le Rond, que dió el primer turno al Gobernador Militar.


-Estimada Señoría...


»Corresponde al Gobernador Militar defender el Edicto de Prohibición del subsuelo de París. Las conocidas y famosas catacumbas que recorren dicho subsuelo son propiedad de Su Majestad el Rey y de vez en cuando son utilizadas por malhechores para sus fechorías. Desde que accedí al cargo de Gobernador Militar fue mi labor organizar patrullas que inspeccionaran las extensas y laberínticas catacumbas. Dado que tenía la sospecha de que eran utilizadas con propósitos más siniestros recordé a principios de año, mediante bando público, la obligación de todo súbdito de notificar si tiene algún acceso al subsuelo parisiense, además de, claro está, no poder acceder a él. Constato aquí el bando público que envié en Febrero de este mismo año:


Se recuerda que las conocidas catacumbas y pasadizos subterráneos de París son propiedad exclusiva de Su Majestad el Rey. Con fecha de hoy se arrestará a cualquier individuo que se encuentre en dichos pasadizos mas allá de las quince varas de las entradas del Sena que sirven de resguardo a algunas pobres almas a las que se les recomienda acudir a la Cofradía de la Caridad.

Cualquier ciudadano que conozca con detalle una parte o una amplia zona de dichas catacumbas, o que posea una entrada desde su casa o algún establecimiento deberá comunicarlo al Comisionado de Seguridad Pública que se designe o renueve en el presente mes. De no hacerlo y descubrirse su ocultamiento a las autoridades pertinentes se procederá como sea más conveniente para la seguridad del estado.


»Pese a lo que pueda decir la defensa, quedan bien claras las dos partes del edicto. La primera habla de recorrer las catacumbas, y la segunda y mucho más grave, de tener entradas y accesos a ellas.


»Dado que desde hacía ya bastantes años la Cofradía de la Caridad había sido objeto de investigación por parte de anteriores Ministros de Estado y Comisionados de Seguridad Pública hablé con el recién nombrado Comisionado, su Excelencia Joseph Le Maitre, para comprobar si monsieur Parrot, patrón de la Cofradía, y fray Marcel Du Calais, Director de la misma, mantenían una entrada a las catacumbas.


»El Comisionado descubrió una entrada totalmente tapiada e inutilizada. En los interrogatorios, de los que tengo aquí copias de todos ellos, monsieur Parrot reconoció que conocía la existencia de dicha entrada desde siempre y que entendía la gravedad del asunto. Fue su Eminencia Martin Du Heyn quien hace seis años entró en la cofradía y cegó el acceso. Desde entonces, aseguró, el túnel no se tocó. Recalcó también que fray Marcel no tenía conocimiento alguno del túnel. En los interrogatorios a fray Marcel éste aseguró que desconocía su existencia.


»Aunque monsieur Parrot tenía la obligación de haber informado de todos estos hechos, aunque sólo fuera para demostrar su buena disposición con la Justicia, no lo hizo. Tuvo que ser el Comisionado quien lo descubriera. No obstante, y dado que el túnel estaba bien tapiado, le dejamos en libertad sin cargos.


»Recientemente y en salvaguarda de las catacumbas, ordené a la Guardia Vieja que comprobaran los pasadizos en los pasillos subterráneos cercanos a la Cofradía. Resultado de dichas patrullas, los soldados encontraron que el túnel que daba acceso a la cofradía disponía de una segunda entrada. Es decir, aunque el túnel original estaba tapiado se había practicado una segunda entrada cercana a la primera que permitía sortear el tramo cegado y acceder igualmente a las catacumbas. Desde el subsuelo había una trampilla de madera relativamente más reciente que el resto de la estructura. Por lo tanto se inició una nueva tanda de interrogatorios, al mismo tiempo que se registraba de nuevo cómo se podía acceder desde la Cofradía a esta puerta. La trampilla estaba oculta desde el otro lado por un cadre con unos sacos de arroz encima. Destacamos que retirar dichos sacos es sumamente fácil, y de querer abrir la puerta bastaría con destrozar la parte inferior del cadre con un simple hacha, o dedicar unas pocas horas a moverlo. Nuestro maestro arquitecto comprobó que la segunda entrada fue posterior al nombramiento de monsieur Parrot como Director de la Cofradía, y la databa más o menos del año 1641, es decir, hace dos años. Tenemos aquí sus estudios y si es necesario lo llamaremos a declarar.

»En los interrogatorios, y antes de comentarle nada a monsieur Parrot, le enseñamos de nuevo las respuestas que dio él mismo a principios de año, recalcándole que admitía la gravedad del asunto, ya incluso de antes de emitir el bando público, y que él mismo se quejó en público por aquel entonces alegando el escaso tiempo que el edicto permitía para informar de dichas situaciones. Además de que confesó la existencia de la primera entrada solo durante los interrogatorios. Monsieur afirmó de nuevo las respuestas que dio.


»Es decir, Señoría, que varios meses después, y habiendo descubierto una segunda entrada de acceso, le dimos la oportunidad a monsieur Parrot de revelar dicha información. No lo hizo en el momento y mantuvo su versión original. Fue entonces cuando le informamos del descubrimiento de la segunda entrada, con todos sus detalles. Para una persona que reconoce la gravedad de disponer de accesos a las catacumbas está claro que nos ocultó esta información no solo durante el primer interrogatorio, sino también a lo largo de los diez meses siguientes e incluso al principio del segundo interrogatorio. Solo al mostrarle las pruebas incriminatorias monsieur Parrot decidió finalmente confesar que sabía de este segundo acceso. También tenemos aquí todos los informes relativos a este segundo interrogatorio para que pueda consultar la confesión del caballero. Y, con la misma actitud de siempre, se declara único culpable de los hechos, liberando a fray Marcel de la violación del edicto. El sacerdote, en su interrogatorio, volvió a mantener su desconocimiento del asunto. Pero entraremos en más detalles sobre el sacerdote durante su testimonio.


»Señoría, Monsieur Parrot en su defensa argumentará posiblemente que sólo hay un acceso. Ante esto solo cabe recordar que son dos entradas al mismo túnel, una de ellas tapiada pero la otra accesible con un poco de trabajo. También dirá que desde su construcción no la ha usado. Recordemos que el edicto no sólo habla de su uso, sino también de informar de su existencia. Cosa que evidentemente no ha hecho a pesar de las distintas oportunidades que se le ofrecieron, y negándolo hasta el último momento, obstaculizando en la medida de sus posibilidades las investigaciones, cuando las evidencias pesaban tanto que ninguna otra excusa por parte de monsieur Parrot sería ya sostenible.


»Concluyo entonces mi exposición y llamamos al sacerdote fray Marcel Du Calais para que dé su testimonio de los hechos.


Fray Marcel se levantó y saludó con una inclinación educada tanto al tribunal como a todos los caballeros presentes en la sala, tras lo cual comenzó a declarar con voz firme:


-Señoría, caballeros aquí presentes, voy a declarar bajo juramento la verdad de los hechos que yo conozco. Quiero comenzar hablando del tema de los túneles de acceso a las catacumbas que se han descubierto en los sótanos de la Cofradía.


»Existía un tunel de acceso a las catacumbas que fue tapiado y cegado por Su Eminencia Martin Du Heyn hará cosa de unos 6 años. Esta tapia fue la descubierta a principios de este año cuando el Comisionado de Seguridad Pública Joseph Le Maitre entró en la cofradía y comprobó que estaba totalmente cerrada. Fue entonces cuando Jean Parrot, desde el frente, me preguntó si los hombres del Comisionado habían descubierto la segunda entrada que, desde las reformas que hizo a la Cofradía entre Octubre y Noviembre de 1641, arreglamos, remodelamos y protegíamos por si necesitábamos un acceso discreto a las catacumbas del subsuelo de París. Ante la presión del Comisionado y del Ministro de Estado, Parrot me aseguró que cargaría con todas las culpas en el caso de que hubieran acusaciones y que yo debería declarar que nunca había sabido nada desde el principio. Era mejor que el mundo pensara que yo había sido utilizado. Fue entonces cuando aconsejé al ministro que dejara pasar el asunto como un fracaso de sus acciones y una victoria de Parrot, porque era probable que al dejar pasar unos meses se calmaran las cosas y pudiera planear algo nuevo.


»Cosa que no ocurrió. En esta última detención de Parrot y un servidor por el descubrimiento de la segunda entrada, Parrot logró indicarme antes de mi apresamiento que me mantuviera callado y siguiera el mismo plan de "no sé nada". Él se encargaría de entorpecer los interrogatorios y en caso de no poder engañar a la Ley asumiría todas las culpas. Todo ello lo hicimos con el fin de no revelar la existencia de Le Mortrou, una organización clandestina liderada por Jean Parrot y sucesoria de los Trece sapos cuyo fin es desestabilizar el poder establecido y de la cual yo tengo conocimiento de primera mano porque yo mismo pertenezco a dicha organización.


En este punto fray Marcel hizo una pausa para beber un sorbo de agua.

Jean Parrot, hasta entonces extrañamente relajado, se tensó y quedó inmóvil. Lentamente miró a Fray Marcel, enarcó una ceja, y tras apoyarse en el respaldo de la banqueta cerró los ojos mientras las exclamaciones ahogadas de asombro llenaban la sala.

Aplacando los murmullos generados, el Ministro de Justicia Jean-Baptiste Le Rond ordenó silencio. Más fue interrumpido por el Ministro de Estado:


-Un momento, Señoría -interrumpió Valmont-. Fray Marcel está haciendo referencia a asuntos muy graves que comprometen la seguridad del Reino. Como Ministro de Estado pospongo la resolución de este juicio para que el Comisionado de Seguridad Pública, Joseph Le Maitre, pueda formalizar la acusación de traición al Rey y a Francia contra monsieur Jean Parrot, y pueda continuar con el interrogatorio a fray Marcel du Calais, fiel servidor de Francia.


»Nos reuniremos aquí de nuevo mañana a primera hora para empezar el nuevo juicio.


Mientras los soldados se llevaban al atónito Jean Parrot por un lado, otros escoltaron a fray Marcel Du Calais por otra puerta diferente a la que había entrado. El Comisionado de Seguridad Pública observó cómo se marchaban los dos acusados, uno libre y el otro pendiente de un juicio mayor. Se quedó pensando cómo apenas unos días antes monsieur Valmont le contó el papel del fraile en toda esta historia. Todo este tiempo pensando que era cómplice de Parrot y resulta que era la pieza clave de toda la operación. Recuerda lo que le dijo Valmont entonces: "Mon cher ami, vos sabéis tan bien como yo que un espía depende de su discreción para seguir con vida, y cuantos menos sepan su secreto mejor. De hecho, sólo los imprescindibles deberían conocerlo; en este caso el propio Marcel y un servidor." Le Maitre no se ofendió ni lo consideró una falta de confianza. Sabía de que iba esto y también tenía sus propios asuntos y secretos que solo él debía conocer. Más bien se alegró: el asunto tomaba un semblante mucho más importante.


Finalmente reaccionó y recordó que aún le quedaba un trabajo que hacer: hizo un gesto a otros soldados cercanos, que se adentraron entre los asistentes. Los más cercanos, Olivier d'Arzac y Jean Du Mont Blanc, aún estupefactos por lo ocurrido, se preguntaban por qué venían los soldados hacía ellos, pero se aliviaron al ver que pasaban de largo por su lado. Bernard Robier y André Du Calamar se entrecruzaron las miradas. Fray Bernard bajó la mirada y siguió escribiendo como un poseso, consciente de que todo aquello sería tema de conversación para varios meses. Dejó de escribir cuando los soldados se plantaron enfrente de los dos caballeros. Extrañado por la circunstancia, se preguntó por un momento si es que iban a requisarle tan elaborados escritos y a punto estaba de protestar cuando André Du Calamar se levantó, se interpuso entre los soldados y el fraile, y serenamente miró a quienes le iban a capturar:


-Caballeros... -saludó a los soldados con cierta expresión mezcla de resignación y aceptación.

-Excelencia, tenemos orden de apresarle. Por favor, acompáñenos. -Está bien, caballeros. Iré donde me lleven voluntariamente, pero me gustaría saber el porqué.

-Sólo tenemos órdenes de llevarle a la Bastilla, Excelencia. No se nos ha dicho nada más

André Du Calamar respiró profundamente, aclaró su mente y acompañó a los soldados. Fray Bernard seguía anotándolo todo con fervor casi religioso.



* * *


Al día siguiente se reanudó la sesión, siendo los invitados los mismos, salvo André Du Calamar, que ya no se encontraba presente, y había otros destacables cambios: en el sillón del juez se hallaba el Ministro de Estado; a un lado, y siendo testigo de todo aunque no tuviera responsabilidad judicial, el Ministro de Justicia; en el banquillo de los acusados sólo se encontraba Jean Parrot, puesto que fray Marcel estaba esta vez en el de los testigos, intercambiándose miradas de vez en cuando; como acusación, su Excelencia Joseph Le Maitre, en calidad de Comisionado de Seguridad Pública.


El Ministro Le Maitre se puso en pie, y mirando a los presentes se dirigió al Juez:


-Señoría...


»Este Ministerio, en vista de las nuevas pruebas, procede en nombre de Su Majestad Luis XIV a acusar al Brigadier Jean Parrot de traición a la Corona y a su país.

»Para poder concretar y formalizar la acusación, el Ministerio necesita continuar el interrogatorio de Fray Marcel du Calais, al que realizo las siguientes preguntas que confío en que tenga a bien responder:


»¿Cuáles eran las actividades de esa sociedad heredera de los 13 sapos? ¿El fin último era la sedición y el desorden público?


»Contadme cuáles son las normas de Le Murtrou y si existe algún tipo de contraseña o modo de reconocer a sus miembros.


»Contad al tribunal la identidad de los miembros que conozcáis de Le Murtrou, así como también si hay alguno en esta sala y cómo conocisteis sus identidades.


»Contadme los hechos reseñables acaecidos en la Cofradía y Le Murtrou desde principios de año hasta el día de hoy.


Diciendo esto, echó una mirada a Parrot y girando sobre sus talones se dirigió a su sillón, mirando las caras atónitas de los presentes.


Fray Marcel se levantó y continuó su declaración, como si no hubiera pasado el tiempo desde el día anterior.


-Tras mi paso por los Cadetes de la Gascuña y los profundos cambios acaecidos dentro de mi persona que me llevaron a la firme convicción de que mi verdadero camino en este mundo era el de servir al altísimo, decidí ser consecuente con ellos y preparar mi ingreso en la orden franciscana. Fue por aquel entonces cuando monsieur Valmont, con el cual mantenía sin más una correcta relación hasta el momento, pero que poco a poco iba incrementándose por nuestra simpatía mutua (sería de necios negarlo), me propuso actuar de acuerdo con él y vigilar las acciones de la Cofradía. No tuve que pensarme mucho la respuesta, puesto que de una tacada conseguía dos importantes cosas, por un lado el ayudar directamente a los pobres, la misión por excelencia que el Altísimo me ha encomendado para mi paso por este mundo, y por otro lado y al mismo tiempo podía colaborar en favor de mi buen amigo monsieur Valmont y, lo que es más importante, de Francia. Fue por esa época también que surgió toda la historia del prófugo Pierre de la Foignerant, y el Comisionado estaba bastante ocupado con su persecución.


»Además de indagar y vigilar las acciones que se realizaban por y para la Cofradía, el objetivo principal era el de ganarme la confianza de su director, M.Parrot. Para lo cual no dudé en colaborar en toda iniciativa, trabajo o idea que dicho caballero tuviera para la Cofradía e incluso para otros menesteres.


»Los sucesos extraños no eran ajenos a la Cofradía, sucedían pequeñas cosas que no trascendían demasiado a la luz, y otras que si lo hacían, como los sucesivos asaltos a damas reputadas. El Comisionado de entonces, Jean-Baptiste Le Rond, seguía a monsieur Parrot y debido a esto no podía hacerse cargo de la cofradía al 100%. Fué en agosto de 1641 creo recordar cuando empezó a preguntarme que sabía de las historias de los 13 sapos y de Villiers Daugé de Chevreuse, asuntos que desconocía salvo por los comentarios que hacían de vez en cuando algunos caballeros.


»Entre Octubre y Noviembre monsieur Parrot hizo las reformas necesarias para la Cofradía. Además de las públicas que se conocieron, preparó la segunda entrada a las catacumbas, que debía bordear lo suficiente a la primera hasta traspasar la parte bloqueada. A mi me tocó posteriormente acondicionar el almacén para cubrir el nuevo acceso, y hacer que no fuera visible desde fuera y que sólo alguien que conociera su existencia pudiese saber cómo utilizar la entrada. Efectué fielmente el trabajo encomendado, procurando el mayor de los anonimatos, encargando las piezas y las instalaciones a gentes de fuera de Paris. Una vez terminado, el acuerdo con monsieur Parrot fue que me olvidara del almacén (salvo petición expresa suya en otro sentido) y que él se encargaría de cualquier cosa relacionada con su uso.


»Ya finalmente en los inicios del año 1642 me ofreció unirme a Le Murtrou. ¿Qué es Le Murtrou? Inicialmente surgió como una sociedad de duelistas que desafiaban los edictos contra el duelo y buscaban maneras de incumplir dicha ley. Confesó su pertenencia inicial a los Trece Sapos y, siguiendo sus doctrinas, fundó Le Murtrou como una ramificación de dicha sociedad. Sus objetivos: desafiar y boicotear al Estado y sus Ministerios con pequeñas acciones. Nunca liderando ejércitos, más bien mediante la fuerza de la demagogia, procurando convencer al pueblo de que la realeza, sus nobles y los gobernantes que estos eligieran no eran capaces de llevar las riendas del poder, fomentando así, poco a poco, la sedición. No operaban como un grupo abierto: había distintos miembros y sólo Parrot conocía los nombres de sus colaboradores. Como manera de distinguirse entre ellos bastaba con mencionar las palabras "¡Habilidad! ¡Audacia!", que algunas veces habréis oído. Os traigo una copia de las reglas que conformaban le Murtrou por aquel periodo.


-"Le Murtrou" no tiene miembros: No conoceréis la identidad de ningún otro miembro salvo la mía. Si traicionáis a "Le Murtrou", sólo yo caeré con vos.
-"Le Murtrou" no existe: No hablaréis con nadie de la existencia de "Le Murtrou", ni en público ni en privado. En última instancia, no debéis confiar en nadie más que en vos mismo.
-"Le Murtrou" tiene un 'motto': Nuestro saludo, nuestra estampa, nuestra manera de reconocernos como iguales, es el mismo juego de palabras con el que certificáis vuestra membresía. Usarlo públicamente os desvelará ante los otros miembros de "Le Murtrou".
-"Le Murtrou" no interviene: Son sus miembros quienes actúan, a título individual o como otro grupo aparte.


-Así que me designaron con un nombre en código: sería el Caballero Blanco, y entré a formar parte de dicho grupo. Como observaréis, con tal cuidadoso secretismo tardamos años en descubrir sus operaciones.


»Al mes siguiente monsieur Parrot envío un mensaje dirigido a todo el grupo para robar parte del patrimonio de monsieur Valmont, con el fin de financiar sus operaciones, y en un par de ocasiones consiguieron dinero de esta manera. No sé la cantidad exacta. Posteriormente monsieur Valmont como Gobernador Militar realizó su falsa ejecución de los líderes de la revuelta popular en París, aquellos monigotes que recordaréis que se quemaron como efigie de los responsables. Parrot volvió a movilizar a Le Murtrou para organizar manifestaciones de rechazo, sabiendo que aquello podía incendiar nuevas revueltas. Siguiendo con el anonimato entre los distintos miembros de Le Murtrou, cada uno tendría un papel que los demás no conocerían.


»Como pudisteis comprobar aquello fue un total fracaso y los miembros de Le Murtrou sugirieron actuar con más coordinación y flexibilidad. Parrot tomó medidas para que la comunicación fuera más fluida, lo que facilitó deducir los nombres de sus integrantes comparando sus escritos con sus acciones. Y en algunas ocasiones, incluso alguno puso su propio nombre en notas escritas. Afortunadamente para mi vida, que estaba en constante riesgo, Parrot decidió que yo permanecería invisible (bueno, para ser sinceros me dejó a mi la elección de si ser invisible o participar de las decisiones del grupo dando a conocer la existencia del caballero blanco. Pero al yo optar por la decisión de permanecer en el anonimato, Parrot estuvo de acuerdo en que era una buena elección).

»Así pude averiguar la identidad de algunos de los miembros de Le Murtrou: Sevère de Montmoncery como Caballero Gris, Cyprien Papillon como Caballero Azul, Guillaume Du Foix, André Du Calamar y, por supuesto el propio Jean Parrot como Caballero Negro. La misión de Sevère era ser un doble espía del Gobernador Militar, que ya os contará oportunamente, al igual que la de Cyprien Papillón, que accedía como Ayudante General. André Du Calamar debía ir escalando posiciones dentro de los ministerios para poder usar su influencia en importantes decisiones de Estado, y Guillaume Du Foix se mantendría cautelosamente aparte, sólo para cuando fuera necesaria su intervención. Jean Parrot dirigiría todas las operaciones. Adicionalmente planearon algunos robos más para financiarse, como el de los caballos de algunos caballeros, sugeridos por Cyprien Papillon, el ingreso de nuevos miembros (se dieron algunos nombres) y también algunos planes para boicotear la boda entre Valmont y Evelyne Caudelaire. No todos ellos se ejecutaron o tuvieron éxito. Con las muertes en el frente de los caballeros Gris y Azul suspendieron sus actividades durante un tiempo. Fue un duro golpe para la organización.


»Pero a principios de año el Ministro estaba preocupado por la existencia del túnel a las catacumbas. La Cofradía era una excelente tapadera y el túnel una oportuna vía para desarrollar operaciones nocturnas a las que difícilmente se podría contrarrestar. Una cosa es patrullar la ciudad y otra muy diferente entenderse en el enrevesado laberinto del subsuelo. De ahí que el Ministro me avisara de que se tomarían las acciones pertinentes para clausurar dicha entrada sin poner en riesgo mi posición, acciones que no explicaré de nuevo porque ya las he narrado.


»Solamente recalcar, obviamente, que monsieur Parrot estaba totalmente preocupado por perder el acceso a las catacumbas y lo preparó todo para que, en el peor de los casos, él cargara con todo el peso del proceso y no se llegara a descubrir al resto de miembros de Le Murtrou. Sin embargo la inspección que llevó el Comisionado de Seguridad Pública sólo descubrió el primer acceso tapiado. A ninguno de los soldados se les ocurrió inspeccionar el cadre. Le recomendé al Ministro que no hiciéramos una segunda inspección porque sería demasiado evidente para Parrot que alguien le estaba espiando, mientras que un descubrimiento del primer y cegado túnel era normal dados los informes de anteriores Comisionados. Dado este inconveniente decidimos dejar esperar unos meses para dar credibilidad a la opción de descubrir el segundo acceso desde las propias catacumbas, en vez de por el almacén.


»Así que recientemente montamos la segunda operación de registro al finalizar la campaña militar de verano. Una cosa me preocupaba: no había nuevos contactos con los miembros de Le Murtrou y solamente hablaba con monsieur Parrot. Me temía lo peor: que Parrot pensara que había una filtración y que decidiera hablar personalmente con cada miembro, uno a uno. Cuando le comenté esto a Valmont contestó que había que acelerar las investigaciones. Si Parrot había cambiado los protocolos de comunicación dentro de la organización perderíamos gran parte de nuestra ventaja.


»Con las nuevas inspecciones y antes de ser arrestrado me llegó un nuevo comunicado de Parrot. Pretendía entregarse, pero lo dejaría todo dispuesto en el caso de que pasara lo peor. ¡Me comunicó que pretendía volar los tres almacenes de la cofradía! Así todas las entradas quedarían sepultadas y no habría pruebas. Intuyo, además, que en el fondo Parrot no deseaba que Valmont pudiera hacerse personalmente cargo de los almacenes, desplazándonos a nosotros. Al enterarse el Gobernador, Valmont dijo que no quedaba otra que apresar a Parrot y desmontar todo Le Murtrou. Parrot no solo había cambiado el sistema de funcionamiento de la organización, sino que había dado planes secretos y finales sin comunicárselos a nadie más. Y algo tan serio como la voladura de los almacenes no podía ser ignorado. Por muchas precauciones que Parrot tomara, muchos inocentes podrían morir. El Gobernador cerró los almacenes y puso guardias tanto dentro como por los alrededores para evitarlo.


Retomó entonces la palabra el Comisionado de Seguridad Pública:

-Señoría...


»Dados los testimonios y pruebas en nuestro poder, este Ministerio presenta los siguientes hechos al Tribunal, realizados por el Brigadier Parrot:


»- Pertenencia a la organización sediciosa de los Trece Sapos, liderada en su momento por Villiers Daugé de Chevreuse, traidor a Francia y asesino del Ministro de Estado Denis Lavosier, y organizador de revueltas populares y rebeliones de provincias, así como daños a las propiedades de Su Majestad el Rey.


»- Fundación, liderazgo y pertenencia a la organización sediciosa Le Murtrou: sucesora de los 13 sapos y que construye con el fin de continuar la labor de la anterior bajo su propia dirección y metodología, cuyos objetivos consisten en el desafío y boicot a las reglas y leyes del Reino y a los métodos que empleen y consideren necesarios los representantes de Su Majestad -sean estos ministros, gobernadores militares o cualquier otro cargo elegidos directa o indirectamente por su Majestad- en lo que ellos consideran y llaman "un desequilibro".


»- Planificación y mantenimiento de infraestructuras de apoyo a Le Murtrou: los almacenes de la Cofradía ejercían de tapadera de sus actividades, medio de financiación y mantenimiento de acceso a las catacumbas de la Corona para el posible uso en actividades de la organización.


»- Inicitación al quebrantamiento de las leyes de Su Majestad: Le Murtrou nace como sociedad de duelistas que desafían los edictos contra el duelo. Aunque la persecución de duelistas individuales es jurisdicción del Gobernador Militar, la incitación y organización de una sociedad específicamente creada para tal fin constituye en su esencia un desafío a la autoridad del Reino y de sus leyes.


»- Planificación del robo de las finanzas privadas del Gobernador Militar de París durante la recaudación de impuestos de finales de 1641, en búsqueda de financiación para sus actividades ilícitas.


»- Organización de revueltas, manifestaciones y desorden público durante la ejecución representativa de los líderes de las rebeliones, en búsqueda de romper la paz social y la seguridad ciudadana.


»- Planificación de robos de caballos para la financiación de sus miembros.


»- Obstrucción a la justicia en el cumplimiento de su deber: escapar de los arrestos, ocultamiento de delitos en los interrogatorios, así como mentir reiteradamente en los interrogatorios a los que fue sometido.


»- Planificación de atentados contra la seguridad pública, con riesgo extremo de incendio: voladura de los almacenes de la Cofradía de la Caridad con las consecuencia de más que probables muertes inocentes.


»Por lo tanto, este Ministerio acusa al Brigadier Parrot, por cada uno de los cargos anteriormente expuestos ante este tribunal, de Sedición, Conspiración y Traición a la Corona y a Francia.


* * *

Todos los ojos de la sala se dirigieron hacia Jean Parrot, que hasta el momento y durante todo el juicio no pudo más que seguir escuchando, una a una, las intervenciones de los distintos actores. El silencio se hizo palpable. Olivier d'Arzac, con el semblante muy grave, estudiaba con atención los gestos de Parrot; Jean Du Mont Blanc no salía de su asombro; y fray Bernard estaba listo y dispuesto para escribir cada una de las palabras del acusado.


Durante los últimos minutos de la acusación formal de Joseph LeMaître, Jean Parrot se hundió -notoriamente abatido- en el banquillo de los acusados. Su eterna mueca burlona se desdibujó de su cara y su pipa se deslizó de su mano, lánguidamente, hasta caer al suelo. Clavó una ensombrecida mirada a Fray Marcel Du Calais, y del religioso pasó al Comisionado de Seguridad Pública, quien tras finalizar la lectura de los cargos había vuelto a su sitio.


Tras unos breves instantes de pausa, Parrot miró de nuevo al juez y, levantándose pesadamente del banquillo, se dirigió a los presentes con semblante rígido y grave:


Señoría, caballeros...


»Permítanme confesar lo atónito que me dejan las palabras del que ha sido, hasta hoy, ayudante y confidente. Vislumbrando las catastróficas consecuencias que derivarán de ellas me veo obligado a objetarlas y hacerles frente. No pongo muchas esperanzas en ello pues, habiendo apreciado el efecto que han causado en el Gobernador y el Comisionado los sutiles enfoques y las imaginativas interpretaciones con que Fray Marcel Du Calais las ha decorado, y tras encajar la dura relación de cargos puestos en boca del Comisionado, la sentencia condenatoria máxima parece inevitable.


»Aun así, vayamos por partes:


»Recuso la pertenencia a la organización llamada "los 13 sapos". Pese a mantener una buena y pública amistad con Villiers Daugé de Chevreuse, no participé de ninguna manera en ninguno de los actos que se le imputan a su persona. Disculpo de ésta manera a Fray Marcel quien, desconociendo la curiosa simbología de muerte y vida y cambio de estados asociada al sapo, creyó interpretar en mis palabras -metafóricas y conocidas públicamente por todo París- vestigios de traición pasada o asociación ilícita.


»Recuso, asimismo, la fundación y liderazgo de una organización que, en caso de existir y por su funcionamiento -tal como el mismo Fray Marcel ha interpretado, descrito y todos hemos escuchado- impide la existencia de un líder o un método. Tampoco hay una conexión clara y probada que apunte a la existencia de ningún fundador ni a ninguna relación entra ésta y aquella otra organización anteriormente mencionada.


Asumo, sin embargo y a mi pesar, la rotura del Edicto de Prohibición del Subsuelo de París al haber habilitado un acceso no registrado a las Catacumbas de la Corona desde uno de los almacenes de "La Cofradía de la Caridad". Como descargo a la falta, al ser consciente de la responsabilidad de las implicaciones, me cercioré que no fuera factible de manera azarosa o casual su descubrimiento y uso, hecho que se ha conseguido infaliblemente desde el momento de su concepción hasta el día de hoy, contrastado esto por el Maestro Arquitecto de la acusación durante la vista previa. Es una paradoja... Si no se ha usado, ¿cómo puede haber servido para apoyar algún tipo de actividad ilícita, mía o de ninguna posible organización? Fray Marcel Du Calais, como miembro y conocedor de ésa supuesta organización y como garante del correcto funcionamiento de las dependencias y el día a día de "La Cofradía" puede corroborar tal punto, y puede confirmar la impermeable separación entre mis actividades personales y las relacionadas con "La Cofradía".


»Recuso, por tanto, la planificación y mantenimiento de infraestructuras para cualquier actividad ilícita promovida por mí o terceros, o llevada a término por mí o terceros.


»Asumo -personalmente y desde que me hice cargo de ella- todo el coste de alquileres, mantenimiento, funcionamiento y servicio que genera mensualmente "La Cofradía de la Caridad". El estado saneado de mis finanzas personales me permite tal excentricidad sin la necesidad de recurrir a prestamistas, a usureros, al Tesoro de la Corona o a cualquier otra actividad recaudatoria impropia de un Chevalier d'Honneur. Al ser "La Cofradía" una institución privada esencialmente deficitaria -no genera beneficios-, las puntuales aportaciones que algunos caballeros han hecho a lo largo de los años se han destinado de manera íntegra a sufragar una parte ínfima de dichos gastos, y no para ningún otro uso particular ni personal.


»Recuso, por lo anterior, la malversación de los fondos de "La Cofradía de la Caridad" para financiación de cualquier actividad ilícita promovida por mí o terceros, o llevada a término por mí o terceros.


»Recuso, por lo mismo, la atribución a mi persona de la planificación de robo de ¡¿caballos?! como potencial fuente de financiación -y aquí Parrot se giró indignado hacia el Gobernador Militar-. ¿Por quién me tomáis, por un desharrapado mozo de cuadra? -y volvió la mirada otra vez hacia el Comisionado-. Nadie que se precie de caballero caería en algo tan miserable e impropio, y el hecho es tan inconcebible en sí mismo como réprobo es escucharlo en mis oídos proferido por vuestra boca.


»Recuso, también, la obstrucción a la Justicia. Sin una identificación previa de los agentes de la Ley no tengo por qué detenerme y prestar atención al primero que pase por la calle inquiriéndome. En anteriores ocasiones ya me habéis citado como las formas y las normas mandan y, para vuestra satisfacción, he comparecido.


»Recuso la ocultación de información en los interrogatorios. Ante una pregunta jamás me he negado a contestar. Si mis respuestas han pecado de crípticas o de simples, es culpa de los interrogadores el no haber hecho nuevas preguntas o haberlas reformulado con un enfoque distinto.


»Recuso la mentira reiterada en los interrogatorios. Si os referís a las implicaciones en mis asuntos de Fray Marcel Du Calais que siempre he negado, estáis errado. Así como un subordinado vuestro no responde ni es condenado por vuestras órdenes directas, así he protegido al mío evitándole exponerse por las mías. Si os referís a otros asuntos, no habréis formulado la pregunta correcta, y os he dicho la verdad.


»Asumo que en algún momento dado me he asociado, tratado y mantenido confidencias con la casi totalidad de caballeros que habitan París. Incluso con Vos y el Gobernador Militar. Pocos son los que no han brindado conmigo en medio del jolgorio de mis fiestas. Incluso algunos han encontrado en mí a un inversor proclive a creer en sus ideas o proyectos. Incluso con el Gobernador, en sus inicios, hicimos planes para mejorar el Mundo. Y todos, es cierto, se encuadran en círculos de amistad más o menos próximos o lejanos. A los integrantes de uno, por ejemplo, los llamo por gradación familiar, a los integrantes de otro por colores... y supongo que os referís a éste último cuando me atribuís el romper el Edicto Contra el Duelo firmado repetidamente por ilustres del Reino. Un duelo es aquella civilizada ceremonia de reconciliación entre hombres de Honor cuando uno le falta al otro, no lo que unos caballeros ociosos ejecutarían -según vos- para practicar y mantener el temple. ¿Rotura de Edicto? ¿Desafío a las Leyes del Rey? Recuso este punto.


»Y acabemos ya... Me acusáis de planificar robos para obtener dinero cuando es evidente que no lo necesito. Me acusáis de romper la paz social y de atentar contra la seguridad pública. Me acusáis, me acusáis, me acusáis... pero no tenéis nada: no me tenéis con la mano en el bolsillo del Gobernador Militar, tampoco me tenéis azuzando al pueblo durante las ejecuciones, ni tampoco lidiando en duelos clandestinos, ni correteando por catacumbas prohibidas a través de una trampilla que nunca se ha usado... Os habéis estado sustentado en interpretaciones erróneas, en translúcidas evidencias, en planes imposibles, en conspiraciones inocuas, en sospechas infundadas y en relaciones confusas que -casi en su totalidad- no os llevan a ninguna prueba ni a ningún hecho contrastable que demuestre que se hayan llevado a cabo o que, en caso de hacerlo, hayan fracasado. Para unirlo todo sólo tenéis las declaraciones de un hombre, Fray Marcel Du Calais, iluminado por la Fe tras su paso por primera línea de combate, que ha visto y oído lo que ha querido ver y oír, y que ha interpretado lo que ha querido interpretar, para hacernos llegar a nada.


»Y aun así, me acusáis.


»Por lo tanto, Comisionado de Seguridad Pública, me veo en la obligación de recusar la casi totalidad de los puntos que habéis expuesto ante este tribunal, manteniendo mi declaración de inocencia y rechazando la imputación de Sedición, Conspiración y Traición a la Corona y a Francia.


El silencio se hizo en la sala. Nadie quiso añadir nada más. El Comisionado hizo un gesto queriendo indicar que no haría preguntas a monsieur Parrot. Por lo tanto, Philipe Valmont, Ministro de Estado y juez del caso, se retiró para deliberar a uno de los despachos cercanos.


* * *


Tras una media hora de ausencia, el Ministro de Estado entró de nuevo en la sala, con rostro serio y sin reflejar emociones. Tras acomodarse en el sillón, comenzó su deliberación:


-Excelencias, caballeros...


»Graves son los cargos que pesan sobre el caballero Jean Parrot. Tras una seria deliberación procedo a dictar sentencia para cada cargo.


»Sobre el cargo de pertenencia a la organización sediciosa de los Trece Sapos: considero que el testimonio de fray Marcel, en el que narra como fue su ingreso en Le Murtrou y donde monsieur Parrot le comenta su pasado, es perfectamente válido. Aunque queda la posibilidad de que el acusado no participara activamente en ninguna de las delictivas actividades de la organización, conocía de su existencia, de sus miembros y de su finalidad. Como buen servidor de la Corona debería haber denunciado a sus integrantes. Su silencio le delata y le hace cómplice, invalidando metáforas y simbologías oscuras.


»Es por ello que le declaro culpable de este cargo.


»Sobre el cargo de Fundación, liderazgo y pertenencia a la organización sediciosa Le Murtrou: que por mucho que las reglas internas de la organización declaren que no hay líderes, los actos, guía y coordinación de monsieur Parrot con respecto al resto de los integrantes le definen claramente como alma y dirigente de Le Murtrou.


»Es por ello que le declaro culpable de este cargo.


»El Comisionado no ha formulado el cargo de rotura del Edicto de Prohibición del subsuelo de París, dado que compete resolverlo al Ministro de Justicia, cuyo juicio y sentencia queda postergado hasta la resolución definitiva del actual. No obstante, y al ser ésta una declaración oficial, quedan anotadas las palabras de monsieur Parrot para ser presentadas al Ministro Jean Baptiste-Le-Rond.


»Sobre el cargo de planificación y mantenimiento de infraestructuras de apoyo a Le Murtrou: habiendo comprobado que en la declaración de fray Marcel no hace referencia a las cuentas de la Cofradía y pareciendo éstas satisfactorias una vez revisadas por contables expertos en la materia, doy credibilidad a la recusación de monsieur Parrot sobre la parte perteneciente a la malversación de fondos de la Cofradía.


»Por lo tanto le declaro inocente de la malversación de fondos.


»Respecto a la parte del cargo relativa a usar la Cofradía como tapadera, habiendo reconocido el caballero la existencia del segundo acceso a las catacumbas, teniendo en cuenta los informes de la Guardia Vieja y del maestro armero, y certificándolo con toda la declaración de fray Marcel, queda constatado que la entrada se reabrió con el fin de mantener una vía que pudiera encubrir las posibles actividades de le Murtrou. Que no se haya utilizado no exime de su posible uso futuro, y este tribunal debe tenerlo en cuenta por el bien y la seguridad del Reino.


»Le declaro por lo tanto culpable de usar la Cofradía como tapadera de las actividades de su organización.


»Respecto al cargo de Incitación al quebrantamiento de las leyes del Rey, se ha demostrado que Le Murtrou nació como una sociedad de duelistas, y acabáis de reconocer que aprobáis el uso del duelo como protocolo adecuado para resolver las disputas entre caballeros y de proveer a los mismos de lugares donde ejecutarlo.


»Le declaro culpable de este cargo.


»Respecto al cargo de Planificación del robo de las finanzas privadas del Gobernador Militar de París. Constatando en la declaración de fray Marcel el plan de monsieur Parrot de robarme... de robar al Gobernador Militar parte de su patrimonio, verifico personalmente que efectivamente una cantidad destacable que no revelaré me fue sustraida, y que al menos en otra ocasión se intentó. Las denuncias formuladas están archivadas en los informes de la Gobernatura y se mantuvieron bajo secreto por motivos de Estado relativos a las investigaciones que llevábamos entonces en torno a este caso.


»Le declaro culpable de la planificación de dichos robos, y por extensión a todos los integrantes de Le Murtrou de complicidad en el delito.


»Y aunque no existen pruebas determinantes que vinculen a monsieur Parrot con la ejecución misma del robo, sí las hay de que tales robos se organizaron y finalmente se llevaron a cabo, siendo tan culpable quien lo ejecuta como quien lo planifica.


»Recalcamos y recordamos en este punto que todos estos planes y actividades, al igual que los mencionados en el resto de los cargos, demuestran claramente el carácter delictivo de Le Murtrou y el propósito final de la organización.


»Respecto al cargo de organización de revueltas, manifestaciones y desorden público. Considerando las conversaciones de los integrantes de Le Murtrou previos y posteriores a la ejecución representativa de los líderes de las rebeliones se evidencia claramente vuestra participación en el asunto al ser el promotor de las mismas. Si bien ya se ha dicho que todos vuestros planes al respecto quedaron en nada y fueron un fracaso total, fue gracias a la magnífica labor de su Excelencia Joseph Le Maitre, que obstaculizó minuciosamente todos vuestros movimientos y vigiló de cerca a todos los miembros de Le Murtrou, consiguiendo además que no se sospechara en ningún momento que conocíamos vuestros planes, cosa que hubiera puesto en peligro la vida de fray Marcel Du Calais. Si no se os detuvo en el momento fue porque se consideró más importante no desvelar que se conocía la existencia de Le Murtrou y era crucial seguir recabando información, pruebas y conocimiento de los miembros del grupo.


»Hubiera sido más fácil para la Gobernatura Militar haberos dejado cumplir vuestros planes, que incentivarais la revuelta y esperar a que se hiciera fuerte y numerosa, aplastándola con efectividad y arrestándoos in fraganti. Sin embargo siempre consideramos, y consideraremos, más importante la integridad física del pueblo, que podría haberse puesto en peligro de dejar crecer la revuelta.


»Le declaro por lo tanto culpable del cargo.


»Respecto al cargo de planificación de robos de caballos: anotamos según la declaración de fray Marcel Du Calais que fue una idea sugerida por el Caballero Azul, es decir, monsieur Cyprien Papillon. No teniendo más pruebas de que su iniciativa fuera respaldada por el resto de los integrantes de Le Murtrou entiendo que fue una, según vuestras palabras, miserable e impropia idea de alguien que se precie de caballero.


»Le declaro inocente del cargo.


»Respecto al cargo de obstrucción a la Justicia en el cumplimiento de su deber. Os debo recordar que la Guardia Vieja siempre se identifica cuando requiere de la colaboración de un ciudadano o cuando debe arrestarle, y así lo ha hecho siempre. No así lo suelen hacer los hombres del Comisionado, cuya vital misión es otra y requiere por fuerza de otros procedimientos. En relación a los interrogatorios, un honesto y honorable caballero francés dirá toda la verdad relativa a la cuestión que se le hace, directamente, sin rodeos ni ambigüedades, sin ocultar información que deba ser reconocida posteriormente al revelar nuevas evidencias. Hacer lo contrario puede ser más propio de españoles u otros enemigos de Francia; no así de franceses.


»Le declaro culpable del cargo.


»Respecto al cargo de planificación de atentados contra la seguridad pública. Bien, una vez más no hemos esperado a ver como se cumplían vuestros propósitos por el bien del pueblo de París. Evitar la voladura de los almacenes desencadenó vuestra detención, el desmantelamiento de Le Murtrou, y todo este proceso judicial, al considerar la enorme gravedad del asunto.


»Le declaro culpable de su planificación.


»Sin embargo os recomiendo, y personalmente os ruego por el bien de las almas que podrían morir, que nos ayudéis a desarticular los planes que pudierais haber puesto ya en marcha. Esperemos sinceramente no tener que añadir el cargo de ejecución de las voladuras. Vuestra colaboración podría tener importancia para el Rey.


»Por último, os debo recordar que la conspiración para delinquir es por sí misma un delito igualmente grave. Que posteriormente los planes de Le Murtrou no se hayan realizado o hayan sido eficazmente desbaratados por la seguridad del pueblo no os exime de culpa.


»Queda demostrado que habéis cometido delitos de gravedad, que otros los habéis iniciado aunque fueron hábilmente desmantelados, y que conspirasteis para ejecutar otros a pesar de que finalmente no los llevarais a cabo. Queda demostrado que pertenecisteis a los Trece Sapos y que pertenecéis y lideráis Le Murtrou, cuyo fin mismo es, vista su extensa lista de actividades y conspiraciones, incentivar en definitiva la sedición.


»Por la suma de todos los cargos en los que os he declarado vuestra culpabilidad os declaro a su vez Traidor a la Corona y a Francia, y por lo tanto os condeno a muerte por decapitación, ejecución que se llevará a cabo durante la segunda semana de Diciembre.


»Os recuerdo vuestro derecho a apelar a Su Cristianísima Majestad, cuya sabiduría y buen juicio podría conmutar la pena por otra de menor envergadura. Vuestro caso será presentado a su Majestad la semana anterior a la ejecución.


»Se levanta la sesión. Conduzcan al prisionero a su celda.


-¡SI OS DETENÉIS AQUÍ Y AHORA, APELARÉ A LA JUSTICIA DEL REY!


Fue lo último que se oyó decir al sentenciado. El Ministro de Estado observó como monsieur Parrot era llevado de nuevo por los soldados camino a la Bastilla. Quien le viera no podría asegurar en qué podría estar pensando, o qué clase de sentimientos podrían estar recorriéndole. Su semblante durante todo el juicio se había mantenido serio y calmado. Al poco se retiró junto con el Ministro de Justicia Jean-Baptiste Le Rond. Mientras tanto, el Comisionado Joseph Le Maitre se ocupó de asegurarse de que el acusado volviera a su celda sin mayor percance y, Fray Marcel, libre ya de todos los cargos y con la conciencia tranquila, salía como hombre libre. No obstante algunos se fijaron en cómo dos soldados le seguían de cerca, con evidentes instrucciones de servirle de escolta. El resto de los asistentes se fueron retirando unos tras otros, espectadores privilegiados conscientes de que en los próximos días tendrían que relatar lo acontecido a buena parte de París. Así se retiraron Olivier d'Arzac y Jean du Mont Blanc. Finalmente, fray Bernard agotó las últimas gotas de su tintero, ordenó y recopiló todas sus anotaciones y se dispuso a salir, creyéndose el último de la sala, cuando oyó un sollozo en una esquina. Al final del banquillo para los asistentes, acurrucada en un rincón, se encontraba una mujer encapuchada, que guardaba entre sus ropajes un pañuelo de color blanco, agraciado por secar lágrimas de tan pura naturaleza. Fray Bernard se dirigió hacia la dama.


-Mademoiselle, disculpad, ¿puedo ayudaros en algo?


La dama se levantó, miró con aire triste al monje, y con voz templada le contestó:


-Sí, mi querido fraile, Podéis ayudarme en una cosa, si no es molestia. ¿Podríais acompañarme de vuelta a casa?


-Por supuesto, mademoiselle, por supuesto.


Fue así como fray Bernard salió de la sala junto a Evelyne Garabedien.

* * *

Epílogo

 

Horas después la sala estaba en silencio, la luz del atardecer poco a poco iba desapareciendo y Phillipe Valmont, de pie y con aire ausente, observaba el escenario de su mayor obra. Ahora daba igual lo que ocurriera. Puede que el joven Rey, seguramente aconsejado por su madre la Reina, perdonara a monsieur Parrot al considerar los años de buen servicio en la Cofradía o en el frente, conmutando la sentencia por unos años en prisión o en galeras. O quizás aprobara su ejecución sin más, sin pensárselo mucho, como le había visto hacer a su padre años antes. Así son los reyes de caprichosos: unos días te alzan y al siguiente te hunden, sin saber si saldrás de nuevo hacia adelante o morirás recordando tiempos mejores. Un camino de incertidumbre, en definitiva.


Cuando ya se disponía a salir, su pie tropezó con un pequeño objeto, que se vio desplazado unos pocos metros hacia adelante. Valmont se agachó para ver qué era y una sonrisa se dibujó en su rostro: una pipa, una sencilla pipa de madera con algunos restos de cenizas de tabaco.


-Será un bonito recuerdo -dijo en voz alta, y se la guardó en el bolsillo mientras salía.
 

Tercera semana

Qué decir de la tercera semana... París está anonadada, paralizada ante los acontecimientos. Bullen, eso sí, las conversaciones en clubs, tabernas y mentideros. Pero todas ellas se detuvieron en seco una mañana en L'Epée d'Or, cuando dos sonrientes figuras hicieron su aparición:


 
Mañana de celebración

Sergio (Le Baron de Lemaitre) y Víctor (Philippe Valmont) celebrando la detención de Jean Parrot


-¡Traednos vino del mejor! ¡Tenemos una victoria que celebrar!

-Er... sí, Excelencias, enseguida.

Cuarta semana

Poco a poco, la actividad va volviendo a París. Le Baron d'Arzac visitó su club, acompañado de su dama, mientras que Le Baron de Lemaitre se dirigió al casino también en buena compañía.


ANUNCIOS DE PRESENTACIONES A CARGOS

  • Le Baron de Lemaitre anuncia que se presentará a Ministro de Humanidades (C03).


------------ Inicio de la estacion de INVIERNO ------------

CARGOS PARA EL MES DE DICIEMBRE
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Ministro de Humanidades Brigadier o Barón 0 Min.Estado
Ayudante del Obispo Abad 8 Obispo


CARGOS PARA EL MES DE ENERO
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Ministro de Estado General o Comte12 Rey
Ministro de la Guerra Tte.Gral. o Viscomte12 Rey
Rector Cura6Vicario


NOTAS DE LOS ÁRBITROS

Bufff... impresionante, ¿no? Creo que es el turno más largo y complejo en los más de dieciocho años de partida. La obra maestra que suponen los interrogatorios y los juicios es trabajo de Sergio (Le Baron de Lemaitre), Enric (Jean Parrot, Ch.d'H.), Charli (fray Marcel) y Víctor (Philippe Valmont), coordinándose a base de correo electrónico durante toda la semana.
En fin, qué os voy a decir... hasta yo me he quedado sobrecogido con la complejidad de lo que ha estado pasando estos años. Algunos hechos incluso los desconocía yo mismo. Turnos como éste (pero, ¿ha habido algún otro como éste?) son la respuesta a esa pregunta que oigo a veces: "¿dieciocho años con la misma partida? ¿Y no te aburres?"
En fin, qué más puedo decir... GRACIAS y felices Fiestas a todos.

El plazo de entrega del próximo turno finaliza el viernes, 7 de enero de 2011, a la medianoche (hora española peninsular).

¡Hasta pronto!

PrincipalVolver a la página principal.


®"En Garde!" es una marca registrada de Margam Evans Limited