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REAL CRÓNICA DE NOVIEMBRE DE 1642

La madre de todas las bodas...
Jean Parrot

GACETA MILITAR

Rebelión en Bretagne

El pueblo de Bretagne, asfixiado e indignado por la extrema subida de impuestos que el Gobernador ha decretado, se ha levantado en armas. Al grito de "viva el Rey y muera el mal gobierno", el campesinado, probablemente apoyado por los nobles locales, ha derrotado incluso a la guarnición militar de la provincia. No parece que al Gobernador Militar, Olivier d'Arzac, le preocupe mucho la rebelión: D'Arzac atribuye el levantamiento a una maniobra de la nobleza bretona, siempre conspirando para desgarrar de Francia uno de sus territorios más queridos. La respuesta, nos dice, será de lo más contundente: para el próximo mes prepara la movilización de la Guardia Real, la Guardia del Cardenal, los Marines Reales y los Cadetes de la Gascuña. Suponemos que durante este mes publicará oficialmente la orden de movilización, de modo que se recomienda a los miembros de los citados Regimientos que se mantengan alerta.

ECOS DE SOCIEDAD

Primera semana

En L'Epée D'Or se celebró la despedida de soltero conjunta de Phillipe Valmont y Lestat du Pointlac. Los primeros en llegar fueron los organizadores, Joseph Lemaitre y Olivier D'Arzac, que conversaron brevemente con el dueño del club, ultimando los detalles de la velada.

Con el transcurrir de la tarde fueron llegando los invitados. Valmont en primer lugar, seguido a los pocos minutos de Lestat du Pointlac. Jean Parrot entró pidiendo vino a gritos nada más cruzar la puerta e inmediatamente empezaron a compartir unas botellas de buen vino de Champagne y a conversar animadamente. Tan animadamente que Valmont y Du Foix tuvieron un breve intercambio de impresiones acerca de si las seductoras damiselas de Portugal habían hecho perder forma a este último, o por el contrario seguía tan diestro con el rapier como siempre lo había sido.

Al poco, y mientras Du Foix se vendaba en un rincón la pierna derecha herida, hizo su aparición Cyprien Papillon. De repente, silencio, pues Papillon no venía solo: a su lado y atado con un cordel dorado tenía a un corderito, al que presentó con mucha pompa y ceremonia como Maese "Reverendo Bello Cino". Lo curioso es que el cordero venía vestido con unas ridículas ropas de astrólogo adornadas con trece sapos bordados en ellas. Pero lo que era la guinda del pastel era la pequeña pipa que tenía el pequeño animal colgando al cuello y que, curiosamente, era una réplica exacta de la que, en ese momento, Jean Parrot sostenía entre sus manos.

Mientras Valmont y Pointlac veían peligrar su fiesta de despedida, D'Arzac intentaba sin éxito aguantar la risa, Lemaitre miraba estupefacto, y Parrot fulminaba con la mirada a Papillon, éste tuvo la ocurrencia de colocar al animalito sobre la mesa y recitar lo siguiente:

-Bello Cino, Bello Cino,
¿dónde vas tú tan bonito?
-Me manda el Reverendo
a mostraros el Camino.

-Bello Cino, Bello Cino,
sálvame pues del Destino
y dime, te lo imploro,
las reglas de lo Divino.

-El Lobo ha prometido
que salvará del Delito
a todo el que hubiere
con Mayúsculas escrito.

-Y que será redimido
del Infierno calentito
el hombre que adivine
su animal favorito:

íCROAC CROAC!

Y mientras Parrot miraba de reojo su rapier colgado de la pared, D'Arzac pidió más vino y Lemaitre, disimuladamente, mandó retirar el cordero a los mozos del local con orden de que se lo sirvieran como segundo plato.

-Papillon, no hacía falta que os trajérais la cena. ¡Eso era cosa nuestra! -dijo el Guardia del Cardenal.
-Ha sido un placer- dijo Papillon con una sonrisa socarrona.

Con el transcurrir de la conversación y el correr del vino fueron apaciguándose los ánimos, y tras una cuantiosa cena en un saloncito del club, con plato de cordero incluido, finos pescados y ganso asado los comensales fueron relajándose de manera que hablaban entre ellos en voz alta y llevaban varios ganchetes de la ropilla desabrochados.
Viendo el buen ambiente que reinaba, los organizadores hicieron una señal a los mozos del local que colocaron unas enormes pipas en el centro del salón y cerca de los sofás del reservado. También dieron entrada a unas exóticas bailarinas de oscura piel y prometedoras curvas que fueron llevándose, poco a poco, a todos los caballeros cerca de esas "cachimbas", como ellas las llamaron, y que preparaban con asombrosa velocidad y maestría con una hierba llamada hashish, de fuerte aroma.
Y la velada continuó sin incidentes, mientras Valmont bebía abrazado a dos bailarinas, mientras Pointlac y Papillon reían sin motivo aparente mientras compartían varias botellas y una pipa, mientras D'Arzac bailaba con varias chicas y luchaba por mantenerse de pie, y mientras Parrot y Lemaitre comentaban que, inexplicablemente, tenían hambre de nuevo.
Y cuando casi ninguno podía articular palabra, casi arrastrándose, Phillipe Valmont se acercó a Lemaitre y a un semiinconsciente D'Arzac sólo pudo decirles:

-Osh felicito polr la fiessta...hip...amiggos mmíos...Perho una cosha osh digo...... -antes de caer al suelo desmayado por la tremenda borrachera.

Segunda semana

Una vez más, tal como nos tiene acostumbrados monsieur Parrot, las puertas de l'Epée d'Or se abrieron de par en par para celebrar otra fiesta en la que no hubo cabida para el desánimo o el aburrimiento. Comida, bebida, juego, animadas conversaciones e incluso rumores inverosímiles, todo hizo acto de presencia en el más lujoso de los clubes parisinos.
Deslumbrado por tanta fastuosidad, Émile Goulet se dirigió a sus compañeros de fiesta aprovechando que el anfitrión compartía confidencias con su dama:
-Caballeros, ¿por qué alguien tan renombrado como Parrot abre las puertas de su fortuna y de su reputación a desconocidos o recién llegados, aún a riesgo de perjudicarse?
Du Foix, apuntándole con una pata de conejo, le respondió:
-Monseiur Goulet, él empezó como vos aquí en París, sin nada. Agradecido al Destino que tanto le ha dado, lo comparte todo con el resto.
En otro espacio, André Du Calamar se enfrentaba a unos dados caprichosos, que daban y quitaban, pero lo mantenían profundamente entretenido. En otro rincón, sobre una mesa y apurando una botella, Jacques Cousteau y Joss Len Beaumont discutían acaloradamente sobre las posibilidades tácticas de una defensa de Notre Dame en caso de revuelta popular. Ligeramente apartado, Jean Du Montblanc sonreía satisfecho mientras el servicio de l'Epée D'Or ofrecía una nueva bandeja cargada de dulces...

Tercera semana

Y la semana antes de la Boda del Siglo París hierve de rumores. El populacho ha empezado a fantasear sobre los fastos nupciales de la próxima semana, y se han podido oír las historias más disparatadas. La Cofradía de la Caridad ha sido objeto de numerosas visitas de caballeros que, respondiendo a la llamada de fray Marcel y Jean Parrot, Ch.d'H., han ido a visitar los comedores y almacenes y han hecho generosos donativos: entre otros pudimos ver por la Cofradía a le Viscomte d'Alembert, Jacques Cousteau con Claire Lagaine, JBM, Lestat de Pointlac y Renaud d'Anterroches, que por cierto comentaron jocosamente algunas de los rumores que se oían entre los que hacían cola para recibir la escudilla de caldo con tocino: se hablaba de que Villiers Daugé de Chevreuse, recuperado de sus quemaduras, había vuelto a París y preparaba algún golpe sonado durante la boda, esperando oculto en uno de los campanarios de Notre Dame. También se oyó que un grupo de hugonotes, en coordinación con los rebeldes de la Bretaña, planeaban secuestrar a fray Marcel y así frustrar la boda; otros en cambio aseguraban que era la novia la candidata a ser secuestrada, y que iba a ser escondida en el mercado de Les Halles después del secuestro, hasta que se la pudiere sacar de la ciudad. Pero no sólo de secuestros se habló: también, según se oyó, todos los cirios y adornos florales preparados en Notre-Dame para la boda iban rellenos de pólvora, con la idea de hacer saltar la Iglesia por los aires con todos sus ocupantes, acción combinada con un ataque militar en toda regla dirigido desde Bretaña. Sin embargo, el rumor que más popularidad tuvo, por su componente morboso, fue el retorno de Le Comte d'Ille, que sobrevivió al incendio del pabellón pero perdió la memoria, y finalmente la ha recuperado en virtud de una poción mágica y ahora ha vuelto para impedir la sacrílega boda de su todavía esposa. En fin, que circulan historias para todos los gustos.

Quienes no acudieron a la Cofradía prefirieron ir a Chasseurs, como Cyprien Papillon, al casino como Guillaume de Foix, o al teatro como Joss Len Beaumont, Joseph Lemaitre y Sevère de Montmorency. Pero curiosamente, esta semana el centro de atención ha sido la Cofradía de la Caridad. Lástima que fray Marcel no pudo asistir por encontrarse preparando la boda de Sus Excelencias Philippe Valmont y la Comtesse d'Ille.

Cuarta semana

Y llegó el dia del enlace matrimonial entre Su Excelencia Phillipe Valmont, hijo del Viscompte Aurélien Valmont y actual Ministro de Asuntos Exteriores de Su Majestad, y la Recta y Honorable Comtesse d'Ille Evelyne Caudelaire.

Gentes de todas condiciones de París se reunieron en la plaza frontal de L'Cathédrale Notre-Dame con la esperanza de ver pasar a la novia. Por lo visto nuestro Gobernador Militar de París, que en pocas horas abandonaría la soltería que le había caracterizado desde que franqueó las puertas de la Cité, debía de andar preocupado por que la gente del pueblo desbordara su alegría, o quizás otros sentimientos, puesto que allí se encontraba su Ayudante de Cámara en el generalato, monsieur Cyprien Papillon, organizando y dirigiendo a cinco decenas de hombres de la Guardia Vieja dispuestos ordenadamente para formar un pasillo de honor por el cual discurriría la comitiva de novios. Cabe señalar que Monsieur Papillon se mantuvo en un constante estado de alerta y se volcó realmente en su trabajo.

Otros conocidos caballeros de la Cité se acercaron y se mezclaron entre la multitud con el ánimo de ser meros espectadores del acontecimiento. Pudimos observar a monsier Sevére de Montmorency y al Brigadier Guillaume de Foix, antiguo Mosquetero del Rey y recién llegado de tierras portuguesas, paseando con aire distraido cerca de las escaleras de la Catedral, no sin pararse de vez en cuando para dejar descansar a su renqueante pierna derecha.

La multitud empezó a aplaudir y a gritar cuando se acercó la calesa descubierta (el día, aunque frío, despertó despejado) que traía a la Comtesse d'Ille. La comitiva iba precedida por seis pajecillos vestidos con el uniforme de gala de la Guardia del Cardenal, hijos todos ellos de soldados en activo de la Guardia de su Eminencia. Pero sin duda el centro de todas las miradas era la Comtesse Evelyne Caudelaire, que vestía un espectacular traje de novia de color celeste, con un lazo azul real a la cintura que ponía la nota de color. Sobre éste llevaba una torera, con encajes, detalles dorados y flores de varios colores bordadas. En su mano, un pequeño bouquet con flores blancas unidas por lazo azul. Llevaba el pelo recogido en un moño bajo y una elegante tiara sujetaba el largo velo de encaje. Acompañando a la novia y casi tan bellas como ella, se encontraban sus damas de honor, madame Constance Lacroix, madame Charlotte Mousse e, ilusionada por un día tan emocionante y especial, la pequeña Yvette Lavosier, la hija mediana de la novia. Todas ellas vestían de azul y con un lazo del mismo tono en el pelo. Cercanos a la calesa y saludando montaban los caballeros Olivier d'Arzac y Joseph Lemaitre, no sin apreciar algunas ocasionales miradas de complicidad que sus respectivas damas les brindaban desde la calesa de la novia.

Era el espectáculo que el público aglomerado en la plaza quería ver. La gente aclamaba y vitoreaba a la novia, lanzándole todo tipo de piropos -algunos de los más inusuales- hasta tal punto que monsieur Papillon pareció preocupado porque la gente llegará a presionar a la fila de soldados que había dispuesto. La Comtesse, algo sorprendida por la espontaáea aclamación, no se esperaba tal recibimiento y se limitó a saludar estupefacta hasta que mademoiselle Mousse le indicó que parecían querer alguna respuesta de ella. Evelyne recuperó la serenidad y se fijó que era cierto lo que su dama de honor le comentaba, así que miró entre la multitud hasta que reparó en una niña que se había colado entre los guardias y que le pidió un pañuelo de recuerdo que alegrase su vida y le sirviese de amuleto para cuando fuese mayor encontrar un marido tan guapo como el suyo. La novia entonces se lo soltó desde el carruaje, sonriente, y la niña, riéndose a carcajadas corría gritando "¡Es mío, es mío!". Varios niños, ¡e incluso unos cuantos adultos! se lanzaron a por ella con desesperadas ansias de apropiarse de la prenda, formando un montón de gente apiñada por la que se escurrió la niña dejando atrás a un montón de avariciosos pueblerinos. Fue entonces cuando Joseph Le Maitre, temiendo quizás una persecución de la inocente criatura, guiñó un ojo a Olivier y ambos lanzaron sendas bolsas de coronas que se esparcieron entre la multitud creando una gran confusión entre el gentío, que aprovecharon para acercar la calesa de la novia a la catedral. -"Caray, qué gente tan entusiasta", quién iba a decir que fuese tan popular"- comentó la Condesa con un poco de susto y asombro, pero sin alterarse mucho.

Mientras la novia descendía de la calesa, ayudada por sus damas de honor, y se preparaba para la entrada en Notre Dame, Olivier y Joseph se apresuraron a ocupar sus sitios como padrinos del novio. Su Excelencia vestía el uniforme de gala de la Guardia de Su Eminencia, con algunos ensalces personales. A su lado ya se encontraban sus padrinos "adicionales", los pequeños René y Pierre Lavosier, algo tímidos. No obstante el mayor, René, se esforzaba por sacar pecho e imitar a monsieur d'Arzac en todo momento. En la primera fila se encontraban, del lado de la novia, sus padres, hermanas y familiares más cercanos, al igual que en el lado del novio, los Viscomtes Aurélien y Lysianne, y el hermano mayor de su Excelencia, Vivien. En las siguientes filas podía verse al resto de invitados, entre ellos y en segunda fila a Lestat Du Pointlac y Lili Montparnasse, y a Jean Parrot acompañado de Evelyne Garabedien. Se encontraba el en breve nuevo Comte d'Ille leyendo una nota que alguien le había dejado, seguramente un apunte del protocolo o algunas palabras a memorizar, cuando fray Marcel du Calais, el párroco que oficiaría la boda, carraspeó para que el organista comenzara a tocar: la novia avanzaba hacia el altar. Las cabezas ahí presentes siguieron el lento caminar de la novia hasta su encuentro ante su futuro esposo. Las damas de honor se situaron en el lado que se les reservaba y fray Marcel comenzó la ceremonia.

No vamos a detallar con esmero todo lo que fray Marcel recitó a los presentes, pero sí resumiremos los puntos principales de su homilia. El buen padre comenzó recalcando el papel humano de ambos contrayentes, especialmente el de su Excelencia, por ser una persona de alta posición social y hacerse cargo de un puesto relevante de gran responsabilidad nacional, para inmediatamente destacar que todos sus títulos y cargos había que olvidarlos en esos momentos, que todo eso no existe puesto que son tan solo un hombre y una mujer a los ojos de Dios, sin más aderezos ni adornos pero no con menos méritos por ello. Sólo un hombre y una mujer que quieren sellar su amor ante Dios y los hombres.

Finalizada la ceremonia, los recién casados salieron de la catedral donde ya les esperaba la multitud, encabezada por los familiares y amigos de los contrayentes. Cuando los novios se subieron a la calesa Phillipe Valmont pudo observar a monsieur Guillaume Du Foix, que seguía sentado en unos escalones apartados fumando tranquilamente su pipa y con su casaca de Mosquetero. Ambos se saludaron con respeto con las miradas y Guillaume le brindó una mueca socarrona al cardenalista. Después se caló el sombrero con un rápido ademán y se alejó del bullicio. Le Comte d'Ille se quedó varios segundos pensativo mirando cómo el mosquetero se perdía en el gentío, hasta que con una sonrisa dejó marchar sus reflexiones y siguió saludando a los asistentes y centrando su atención en su amada esposa. Un segundo carruaje acogió a los padrinos y a las damas de honor: Olivier d'Arzac, Joseph Lemaître, Constance Lacroix, Charlotte Mousse y los pequeños René, Yvette y Pierre. Un tercer carruaje llevó a los familiares directos y a monsieur Lestat Du Pointlac acompañado de Lili Montparnasse. Pero no fue el último carruaje en partir, ya que Jean Parrot había traido su propia calesa donde escuchaba con atención todos los detalles y pormenores de la boda que mademoiselle Evelyne Garabedien sí había percibido y Parrot no, mientras su criado conducía la calesa con resignación, lamentándose de no disponer de tapones para los oídos, hacia la mansión d'Ille.

La recepción en la mansión d'Ille fué tan íntima y personal como gloriosa y magnificiente lo había sido la boda. Los recién casados recibieron a la entrada a todos los invitados. Olivier d'Arzac regaló a su buen amigo Valmont un excelente juego de mosquetes, labrados y enjoyados, como felicitación por sus nupcias.

-Olivier -comentó Valmont-, no importa lo que ocurra. Siempre podréis contar con mi apoyo en el futuro.- Ambos se fundieron en un fuerte abrazo, lo que llevó a algún comentario personal entre Charlotte Mousse y Evelyne Caudelaire, camuflado por risitas y guiños de ojos. A continuación la pareja saludó a Joseph Lemaître y Constance Lacroix. -Mi buen amigo Joseph -continuó Valmont- lo mismo que le dije a Olivier lo reitero con vos. Nos unen lazos de sangre y de amistad que no pueden ser cortadas ni por la mas afilada espada.- Ambos se abrazaron igualmente. Lestat du Pointlac y Lili Montparnasse se presentaron entonces. Lestat regaló a la Comtesse una bella yegua de con una silla jineta, y de nombre Primorosa, que aguardaba en los jardines. Evelyne le manifestó su más sincero agradecimiento y alegría por el regalo, y felicitó a madame Montparnasse por la suerte que tenía al casarse con un caballero tan distinguido.

-Monsieur du Pointlac, sois ante todo un hombre de honor y armas, pero también sabéis combinarlo con la elegancia que caracteriza a todo buen francés -culminó Phillipe-.

Le tocó el turno a Jean Parrot y Evelyne Garabedien. Valmont y Parrot se estrecharon fuertemente las manos mientras las dos Evelyne se abrazaban discretamente.

-Monsieur Parrot, he ordenado que no os falte tabaco para vuestra pipa. He mandado traer de diferentes lugares para que podáis decirme qué tabaco es mejor. Llevaros por favor una muestra con vos y otra para el caballero Du Foix. Me alegra que hayáis venido. -A lo que el siempre alegre Parrot respondió con un sincero gesto que indicaba que no se preocupara, sabría elegirle el mejor tabaco.

El resto de familiares y amigos entraron en la mansión. Los recién casados ofrecieron una suntuosa comida a todos los presentes en el gran salón de la casa, acompañado por vinos de buen cuerpo traídos de diversas regiones de Francia. La comida fue seguida de agradables conversaciones en una sala más pequeña amenizada por músicos que tocaron algunas melodías suaves hasta que los estómagos se aposentaran y poder pasar a los bailes. Volvieron más tarde el buen vino, las charlas más amistosas e íntimas y algunas sugerencias sobre quienes de entre los presentes podrían ser los siguientes en contraer matrimonio, excepción, claro está de Lestat y Lili, que ya habían anunciado su compromiso. Poco a poco se fueron retirando los invitados y los niños de la Condesa, ahora ya hijastros del Conde -aunque él ya los trataba como si fueran sus propios hijos-, fueron conducidos a sus dormitorios. Los Condes también se retiraron discretamente a su cuarto.

EPÍLOGO

La luz de las velas iluminaba a Phillipe Valmont, sentado en el escritorio del despacho vestido con un batín y calzado con unas sencillas zapatillas. Su mujer dormía plácidamente en la planta de arriba, descansando de las emociones del día y las pasiones de la noche, y mientras tanto le Comte leía con atención y detenimiento una serie de libros y documentos contenidos en un cartapacio abarrotado de numerosos papeles manuscritos e impresos, llenos estos últimos de anotaciones adicionales en los márgenes. Después de varias horas de lectura, los primeros rayos del sol se empezaron a vislumbrar por la ventana. El Comte sopló la vela y cerró el cartapacio, ya con ánimo de volverse a la cama y no despertar hasta el mediodia. En la etiqueta del legajo podía leerse:
Memorias y archivos de Denis Lavosier, Comte d'Ille.


AVISO

Debido a su delicado estado de salud, Su Eminencia Armand-Jean du Plessis, Cardinal-Duc de Richelieu, Jefe del Consejo Real y Primer Consejero de Su Majestad, anuncia que suspende sus audiencias hasta nuevo aviso.
A aquéllos que tuviesen audiencia concedida para los próximos días se les ruega se pongan en contacto con la Secretaría de Su Eminencia para concertar nuevas fechas y recibir aviso cuando Su Eminencia vuelva a despachar.


NOMBRAMIENTOS HABIDOS ESTE MES

  • Este mes no se han producido nombramientos.

ANUNCIOS DE PRESENTACIONES A CARGOS

  • le Viscomte d'Alembert anuncia que se presentará a Ministro de Humanidades (C03).
  • Joseph Lemaitre anuncia que se presentará a Ministro de Humanidades (C03).
  • Olivier d'Arzac anuncia que se presentará a Ministro de Humanidades (C03).
  • Pierre Chardin, Ch. d'H. anuncia que se presentará a Ministro de Humanidades (C03).



------------ Inicio de la estacion de INVIERNO ------------

CARGOS PARA EL MES DE DICIEMBRE
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Ministro de Humanidades Brigadier o Barón 0 Min.Estado
Ayudante del Obispo Abad 8 Obispo

CARGOS PARA EL MES DE ENERO
CargoRequisitosN.S. mínimoQuién nombra
Ministro de Estado General o Comte12 Rey
Ministro de la Guerra Tte.Gral. o Viscomte12 Rey
Rector Cura6Vicario

NOTAS DE LOS ÁRBITROS

Impresionante. No recuerdo un turno tan complicado desde hace años... ni tampoco una crónica tan deliciosa. Miles, miles y miles de gracias a Sergio, Enric y Víctor (el orden es únicamente el de las semanas con las que han contribuido) por esos fabulosos relatos de todo lo que ha ocurrido en este agitadísimo mes.

El plazo de entrega del próximo turno finaliza el viernes, 1 de enero de 2010, a la medianoche (hora española peninsular).

¡Hasta pronto!

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