Preux et audacieux: Una partida de En Garde!®por e-mail

 

REAL CRÓNICA DE MAYO DE 1642

Los dados son sabios, tío.
Joan Redon (André du Calamar)

GACETA MILITAR

En algún lugar de Flandes

Después de que el capellán terminara el oficio y les dejara sus bendiciones, los soldados se removieron inquietos ante la inminente incursión que iban a llevar a cabo. Entre ellos apenas se conocían unos a otros, puesto que el ir y venir de soldados en los Regimientos Fronterizos era continúo, y había muchas posibilidades que no volvieras a ver al hombre que había luchado a tu lado la semana anterior. A pesar de ello, un soldado intentó entablar conversación con otro, que además de una descuidada barba lucía una venda en la cabeza con rastros de sangre seca.
-Disculpadme monseiur. - El soldado vendado giró la cabeza y sus ojos hundidos se clavaron en el hombre que le hablaba. - Es posible que os suene raro, pero querría saber vuestro nombre. ¿Tal vez es Guillaume?
-Guillaume - sus ojos mostraron un pequeño brillo al oír el nombre. - Sí, creo que ese es mi nombre. Desde la herida en la cabeza apenas recuerdo cosas.
-Creo no equivocarme si os digo que vuestro nombre es Guillaume. Serví a vuestras órdenes en el rescate de prisioneros de Jaca, cuando comandabais a los Mosqueteros del Rey. Un rescate ingenioso y valiente, si me permitís la osadía.
-¿Mosquetero? Creo que sí, algo recuerdo. ¿Guillaume habéis dicho? Sí. Guillaume du Foix es mi nombre. -Con un ánimo recuperado el soldado herido se levantó y puso su mano en el hombro del otro. - ¿Y vuestro nombre soldado?
-Philippe d'Aramis, monseiur.
-No olvidaré vuestro nombre. A veces un pequeño gesto cambia para siempre el rumbo de la historia. Vuestro acto ha cambiado el rumbo de la mía, y quizás de la vuestra. Quedo en deuda con vos por rescatarme del vacío en que estaba sumergido, por traer una parte de mi que había quedado olvidada tras mi herida.
Sin tiempo para más, un renovado Guillaume du Foix se giró en busca del oficial responsable del próximo asalto que iban a hacer para discutir con él la estrategia a seguir. Aunque al buen Philippe más bien le pareció que se disponía a tomar el mando de la incursión, y eso le gustaba, pues bajo su mando siempre había vuelto vivo de las líneas enemigas.

ECOS DE SOCIEDAD

Primera semana

Se estrenó esta semana la polémica obra teatral "Aciago mayo", escrita por Olivier d'Arzac y que se basa en los sucesos de mayo de 1636. Asistieron al estreno Sevère de Montmorency, Pierre Chardin, Ch. d'H. y le Baron d'Alembert, estos dos últimos con sus damas. Asimismo, los dos primeros alquilaron sendos palcos. Además, el autor alquiló otro palco al que invitó a Joseph Lemaitre y Philippe Valmont.
La obra comienza con los sucesos previos al mes de mayo: la sublevación en Bretaña de noviembre de 1636, ignorada al principio por el gobernador militar, Armand de la Fère, y posteriormente supuestamente desarticulada.
La obra deja entrever que se alcanza algún tipo de pacto entre el Gobernador Militar y los cabecillas.
Posteriormente se hace eco de los movimientos de Villiers y su grupo de colaboradores, saqueando mansiones y reuniendo dinero para lograr sus planes, también el papel de du Heyn intentando deternerlos.
De nuevo, sin evidenciarlo totalmente, una figura encapuchada que participa en estas diabólicas reuniones tiene sospechosamente la forma de hablar y moverse del Gobernador Militar de Bretaña.
En el penúltimo acto se producen los ataques a la mansión Lavoisier y el asalto al cuartel del 69 por miembros de los 13 sapos.
Y en el último acto se presenta el desenlace final en el torneo de esgrima, con la lucha a muerte entre Lavoisier y Villiers.
El Epílogo muestra a Armand de la Fère abandonar París, con una sonrisa en los labios y un carruaje bajo cuyas mantas algo parece moverse...
La obra fue objeto de encendidas discusiones, y en el fondo del la platea se oyó algún grito de ¡JUSTICIA, JUSTICIA!, pero la cosa no pasó a mayores.

 

El ambiente habitualmente tranquilo de La Garde Montante se ha visto muy alterado esta semana por la celebración del torneo para elegir al Mayor Borracho de Francia. Organizado por Jacques Cousteau, asistieron André du Calamar, Armand de Payns, Cyprien Papillon, Joss Len Beaumont, Lestat de Pointlac, fray Marcel (obviamente a título de espectador), Renaud d'Anterroches y Jean Parrot, aunque éste último ya declaró que no aspiraba al título ya que ha decidido sentar cabeza, y que su presencia era puramente simbólica para transferir los honores al nuevo ganador. Tras un breve discurso en el que enfatizó la importancia del cargo, comenzó la competición. El primero en caer fue André du Calamar; un par de botellas más tarde cayó Renaud d'Anterroches y, tras reírse de él con un estúpido "ji ji ji" mientras lo señalaba con el dedo, Armand de Payns.
Después de estas bajas, la competición continuó durante un buen rato sin que nadie más acabase debajo de la mesa. Cuando ya parecía que la cosa se iba a eternizar, el estómago de Cyprien Papillon decidió que necesitaba más espacio, y un sonoro ¡BEEUURRGGGHHS! acompañado de un característico olor ácido llenó la sala, mientras los criados se afanaban con las bayetas y el cubo a eliminar el charco de los pies del interfecto. A pesar de sus alcohólicos gritos de "¡PUEDO SEGUIR! ¡PUEDO SEGUIR!", las normas del concurso descalifican a quien vomite, así que se le declaró fuera de concurso.
Con sólo tres concursantes en liza, empezaron los comentarios sobre Parrot: "¡Para una participación simbólica, estáis llegando muy lejos, Parrot!", o "¿Simbólica? Sí sí, ¡ya se nota que sois un símbolo del trasiego de alcohol!" Parrot, sin responder y con una beatífica sonrisa en su redondo y rubicundo rostro, continuaba bebiendo con parsimonia.
Finalmente fue el turno de Lestat de Pointlac de pasar a engrosar el informe montón de bebedores que yacía literalmente apilado en un rincón de la sala. Quedando sólo dos competidores, Joss Len Beaumont se desplazó en el banco sin levantarse, agarrándose a la mesa para darse impulso, y se arrastró hasta colocarse enfrente de Parrot, que en ese momento se esforzaba inútilmente en descorchar él mismo una botella, hasta que uno de los asistentes la tomó y la descorchó por él. Este cronista podría haberle dado dramatismo a la escena señalando que los dos rivales tenían sus aceradas miradas fijamente clavadas cada uno en el otro, pero lo cierto es que a duras penas podían enfocar la vista en el vaso que tenían delante, y ambos lo buscaban a tentones sobre la mesa. Ya nadie bromeaba ni hacía el menor ruido: todos los asistentes (excepto los competidores retirados, por razones obvias) estaban en el más inmóvil y absoluto silencio, siguiendo las evoluciones de los dos concursantes con extrema atención.
Pasó otra hora. Ambos rivales bebían cada vez más despacio, ya solamente poniendo el vaso sobre la mesa para que se lo llenaran, sin soltarlo, seguramente por miedo a no saberlo encontrar después, hasta que Joss Len Beaumont rompió el silencio y dijo algo así como:
 -Baggot, ahoga ge ya bo sois gadete do debeis digguda bosibilidGLUB*BOUAAAAARGHS!*COUGH*COUGH*COUGH*
El esfuerzo de hablar fue demasiado para él, y vació violentamente el contenido de su estómago sobre la mesa, tras lo cual cayó redondo hacia atrás, casi como si la misma fuerza de retroceso del vómito le hubiese empujado. Sin inmutarse ni perder la sonrisa, ya convertida en mueca, Parrot apuró su vaso, lo plantó vacío sobre la mesa, y se quedó inmóvil. Uno de los asistentes al evento le dio una palmadita en el hombro diciendo: "¡Enhorabuena, Parrot! ¡Habéis ganado!" Pero, ante la sorpresa general, sin perder la sonrisa ni alterar en lo más mínimo la expresión de su rostro, Parrot cedió a la palmadita y se desplomó lateralmente sobre el banco.


Segunda semana

A principios de semana un Jacques Cousteau cargado de flores y dulces se presentó en la puerta de Lili Montparnasse para pedir disculpas por el inadecuado espectáculo de la bailarina exótica del mes anterior. La dama no se encontraba en casa (estaba con Lestat de Pointlac en Les Chasseurs, pero eso no lo sabía Jacques Cousteau en ese momento), así que el caballero pidió recado de escribir y le dejó la caja de dulces y el ramo de flores junto con una nota de disculpa y una invitación a una "inocente velada teatral para compensarla por el sinsabor pasado".

 

 -¿De verdad no pensáis beber nada más que agua, mon ami? -preguntó le Baron d'Alembert en voz queda.
 -De verdad de la buena y, por favor, no gritéis tanto. Ya va para una semana, y mi resaca sigue igual que el primer día. Había tenido resacas monumentales, pero nunca me habían durado más de unas horas -el pobre Parrot, con el sombrero de ala ancha calado hasta más abajo de las cejas para evitar la luz, contemplaba tristemente el vaso totalmente transparente que tenía frente a él.
 -¡Es que ya no tienes edad para andar con esas chiquilladas! -la voz de Evelyne Garabedien arrancó un gemido de dolor de debajo del sombrero de ala ancha-. Me prometiste que sólo ibas a "formalizar el relevo", y ya ves. ¡Qué paciencia he de tener contigo!
 -No lo torturéis más, mademoiselle -terció Joseph Lemaitre mientras su dama se reía discretamente-. Bastante penitencia lleva ya su pecado. ¡Dejadle sufrir en paz!


Tercera semana

Esta semana se produjo una curiosa situación. Al caer la noche, Lili Montparnasse se arreglaba para ir al teatro, ayudada por su doncella.
-Mademoiselle, ¿estáis segura de no querer un abrigo? La cocinera, que es de campo, dice que esta noche va a refrescar, y sabéis muy bien que hay que hacerle caso en estas cosas.
Al poco rato, un carruaje se detuvo frente a la casa de Lili Montparnasse. Al oírlo, la doncellita sacó la nariz por la puerta y, acto seguido, se volvió hacia dentro y dio un grito:
 -¡Daos prisa, mademoiselle, que el carruaje ya está aquí!
 -¡Voy, voy, tranquila y que espere! Un buen caballero debe saber esperar -respondió la dama mientras bajaba apresuradamente las escaleras-.
Al llegar al carruaje, casi se precipitó dentro y, apenas el criado hubo cerrado la portezuela, los caballos arrancaron.

No bien tuvo tiempo de acomodarse en el asiento, casi no pudo ahogar un chillido de sobresalto al oír la voz del caballero sentado frente a ella. En aquel momento se dio cuenta de que había cometido una severa equivocación, ya que la voz no era la que esperaba oír:
 -No sabéis cuán contento estoy de que hayáis venido, Lili. Ni tan siquiera sabía si habíais recibido mi misiva. No me dísteis ninguna respuesta, pero la esperanza pudo más, y vine a buscaros a la hora convenida.
 -Pero... vos... vos no sois...
 -En efecto, no soy otro que el que suspira por vos día y noche. André du Calamar. ¡Pero no! No digáis nada -aquí puso delicadamente dos dedos sobre los labios de la dama, antes de que ésta pudiera objetar-. Sed mi reina por esta noche. Comenzaremos por le Théatre, y luego tal vez os apetezcan unas ostras para cenar. Dadme la oportunidad de trataros bien, y no os arrepentiréis. Pero, ¿habéis olvidado el abrigo con las prisas? Por favor, hacedme el honor de tomar mi capa.
Lili de Montparnasse tomó la capa y se la echó por encima, con un encogimiento de hombros. Total, la noche iba a ir exactamente como ella esperaba, con la única excepción del cambio de galán. ¿Qué importancia podía tener ese detalle?

Diez minutos más tarde, exactamente en el mismo punto, un enfurecido Jacques Cousteau se enfrentaba a la doncella de la casa de Montparnasse.
 -¿Cómo que se ha ido ya?
 -Hace diez minutos, monsieur. En un carruaje muy parecido al vuestro. ¿No érais vos, entonces? ¡Ay Señor, qué enredo! -exclamó la doncellita, conteniendo a duras penas la risa.
Dando un bufido y una patada en el suelo, Jacques Cousteau volvió a subir al carruaje y éste arrancó con furia.

 

Ajenos a los ires y venires de carruaje por las calles de París, Armand de Payns y Renaud d'Anterroches departían en una mesa de Les Chasseurs. El primero tenía trazado un cuidadoso plan para convencer a su amigo de que desistiera de la alocada idea del matrimonio, pero todo se vino abajo cuando el enamorado vino acompañado de su prometida. La velada transcurrió en conversaciones intrascendentes y aburridos planes de boda.

 

Donde no hubo aburrimiento fue en L'Epée D'Or: le Baron d'Alembert, Joseph Lemaitre, Olivier d'Arzac y Philippe Valmont bebían y charlaban, como ya empieza a ser costumbre. Y, también como empieza a ser costumbre, apareció Pierre Chardin, Ch. d'H.. A pesar de que intentó evitar al grupo, y a pesar también de que casi todos los presentes iban acompañados de sus damas, salieron a relucir los aceros. Saliendo a una discreta plazoleta trasera por una puerta excusada (sospechamos que el club, aprovechando su situación entre la calle principal y la plazoleta, mandó abrir esa puerta expresamente para los duelistas, aunque naturalmente el dueño sostiene que aquello es "la puerta de las cocinas"), se batieron en la penumbra Philippe Valmont y Pierre Chardin, Ch. d'H.. Ganó el primero, de una estocada rápida que pilló a su oponente desprevenido. Volvieron ambos al salón, y Pierre Chardin, Ch. d'H. se improvisó él mismo un vendaje con unos trapos limpios que le dio el cocinero. Dado que la herida, a pesar de no ser especialmente grave, le impedía mover con libertad el brazo, la velada no tuvo más incidentes.

Cuarta semana

A la Place Royale acudió una muchedumbre a observar el cruel espectáculo de las ejecuciones programadas por el Gobernador Militar de París. La mayor parte de ellos acudían para satisfacer su curiosidad por conocer quienes eran los desafortunados miserables que serían colgados por el pescuezo. Otros venían a rogar por sus almas, temerosos de que fueran familiares o conocidos. Unos pocos esperaban satisfacer su morbosidad. Entre el público pudimos distinguir a [lista de caballeros asistentes]. Por último, y entre los hombres y damas presentes, se encontraba Jean Parrot, el cual asistió con una llamativa capa de intenso color rojo. Desconocemos su significado, pero se le vió hablando aquí y allá con diversos conocidos.
Una fila de soldados de la Guardia Vieja rodeaba la tarima donde se alzaban las tres horcas, vigilando que no se produjera ningún tumulto o altercado.
Alguien gritó "por ahí vienen" y todas las cabeza giraron en dirección a una de las calles que provienen de La Bastilla. Un cerrado carruaje se aproximaba lentamente escoltado por unos 20 soldados que iban abriendo el paso entre la multitud. Se oyeron algunas voces de protesta y otras de lamentaciones, mientras que los más próximos al carruaje intentaban ver quienes iban en el interior del fatídico carruaje. Tarea difícil puesto que Cyprien Papillon, abanderado de la Escolta Real, dirigía la Guardia y mantenía un perímetro de seguridad alrededor. Delante del mismo se encontraba fray Marcel du Calais, rezando continuas oraciones por las almas de los penitentes. Los más atrevidos le preguntaron por los nombres de los condenados, pero fray Marcel negaba con la cabeza. Al parecer no se le permitió finalmente dar la última confesión a los prisioneros, asegurándole los guardias que la habían recibido del párroco de La Bastilla.
Algunos de los asistentes empezaron a preguntarse donde se encontraba el Gobernador Militar. No parecía haber acudido a la ejecución que él mismo ordenó.
Finalmente el carromato alcanzó uno de los laterales de la tarima y maniobró para que la puerta trasera quedara cerca de los peldaños de ascenso. Fray Marcel no dudó un instante y subió al entarimado dispuesto a acompañar a los reos hasta el final. Por otra parte Cyprien Papillon se hizo a un lado, habiéndo cumplido su misión, y pasando el testigo a un Mayor de la Guardia Vieja. Todo el mundo se encontraba ansioso por ver quienes eran los condenados cuando se abrió la puerta trasera del carruaje y los soldados sacaron a tres muñecos de paja, "vestidos" con ropajes habituales de caballeros. El asombro fué mayúsculo y algunos se preguntaron a cuento de qué venía este espectáculo. Mayor fué la sorpresa para fray Marcel, aunque aliviado en el fondo al intuir lo que ocurria, y para monsieur Papillon, al que no debió hacerle mucha gracia escoltar a unos muñecos. No obstante se enderezó en su silla y siguió observando a la multitud, que se inquietaba por recibir alguna explicación.

Fué entonces cuando el Mayor de la Guardia Vieja pidió silencio y respondió a las miradas curiosas:

"Gentes de París:

>>Como observaréis no hemos traido hombres para ser ejecutados. Como probablemente sepáis, la Inquisición tiene por costumbre quemar hombres de paja que representan a herejes que han logrado huir como muestra de su determinación de atrapar y aplicar el castigo que tienen merecido. Hoy hemos querido aplicar esta misma simbología a los artífices de la revuelta. Pero estos hombres no se encuentran en la Bastilla ni los tenemos con nosotros. No. Los verdaderos cabecillas permanecen ocultos, escondidos bajo fachadas de caballerosidad y honor. Colgaremos y quemaremos estos hombres de paja para recordaros que velamos por vosotros, y que puede que no todas nuestras acciones sean medidas populares, pero al igual que los enemigos del Estado se esconden entre las sombras, nosotros también deberemos adentrarnos en la oscuridad para atraparlos.

>>Quizás éste no sea el espectáculo que esperábais, pero solo es un adelanto."
Dicho lo cual ordenó que colgaran a los muñecos y acercó a cada uno de ellos una antorcha para quemarlos. Los presentes se quedarón atónitos sin saber muy bien que decir, cada uno con su opinión personal. Poco a poco se fueron dispersando (algunos ya se habían marchado sin esperar a la quema total) y la plaza fue quedando vacía.

NOMBRAMIENTOS HABIDOS ESTE MES

  • No ha habido nombramientos de relevancia.

ANUNCIOS DE PRESENTACIONES A CARGOS

  • le Baron d'Alembert anuncia que se presentará a C05-Ministro de Ciencias.
  • Joseph Lemaitre anuncia asimismo que se presentará a C05-Ministro de Ciencias.
  • Olivier d'Arzac anuncia también que se presentará a C05-Ministro de Ciencias.

CARGOS PARA EL MES DE JUNIO

                                                 N.S.     Quien
         Cargo            Requisitos            minimo    nombra
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Ministro de Ciencias    Brigadier o Baron           10    Min.Estado


CARGOS PARA EL MES DE JULIO

	Durante este mes se renuevan los cargos religiosos (consultar reglas).



NOTAS DE LOS ÁRBITROS

Se me ha echado encima la temporada castellera y ando corto de tiempo los fines de semana, pero gracias a los esfuerzos de Víctor (Philippe Valmont), Jon (Olivier d'Arzac), Fernando (Guillaume de Foix) y Joan (André du Calamar), este mes ha salido una crónica más que decente. ¡Gracias!

El plazo de entrega del próximo turno finaliza el viernes, 3 de julio de 2009, a la medianoche (hora española peninsular).

¡Hasta pronto!

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