Preux et audacieux: Una partida de En Garde!® por e-mail

REAL CRÓNICA DE MAYO DE 1637

Qui erit similis mihi?
    Armand-Jean du Plessis, Cardinal-Duc de Richelieu.

GACETA MILITAR

Orillas del Escalda
Debajo de los restos de un cobertizo, cinco soldados comparten un par de patos alrededor de una alegre fogata, guarecidos de la fina lluvia que cae. Uno de ellos es Frédéric Dupont. A su lado, un zurrón con aspecto de estar bien repleto.

  -No nos está yendo tan mal, ¿verdad? -comentó uno de ellos.

  -La verdad es que podría irnos mucho peor -respondió otro.

  -Y, lo que es más -terció Frédéric Dupont-, seguro que en París la vida es mucho más aburrida que aquí.

ECOS DE SOCIEDAD

Primera semana
-Desde luego, son como chicos grandes. Con esto del dichoso torneo de esgrima, nos tienen abandonadas.

-Y que lo digas, querida. Les das cualquier oportunidad de demostrar que son más hombres que nadie, y a nosotras ya no les interesa demostrárnoslo (risas).

-En fin, paciencia amigas mías; se les pasará, como de costumbre. Es nuestro sino ser un divertimento en las manos de los que amamos.

Esta conversación fue la que sorprendió Jean Parrot en una encrucijada de calles cuando se dirigía a les Tuiles Bleues a encontrarse con sus amigos Clément de Cazotte, Armand de Noisel y Pierre Chardin. Pensó en detenerse y dirigirles alguna irónica galantería, pero el tiempo apremiaba y la impuntualidad no era uno de sus vicios, así que siguió adelante hacia el lugar de reunión. Además, pensó, cierto es que no les faltaba razón, pero ¿qué saben las mujeres de lo que es realmente importante?

No todas, sin embargo, se sintieron tan abandonadas: Hubert de Béthencourt llevó a Charlotte al estreno teatral, y la verdad es que valió la pena. Fue una lástima que, seguramente debido al afán con que medio París estaba practicando esgrima, le Théatre estuviese prácticamente vacío.

También Dominique Sanglant se ocupó de su dama esta semana, llevándola al club a cenar. Al parecer Dominique Sanglant no tiene mucho interés por la esgrima, puesto que fue uno de los pocos que no se inscribió en el torneo.

Segunda semana
Y llegó, por fin, el tan esperado acontecimiento. Más que un torneo de esgrima, sin embargo, la ciudad parecía estar viviendo por lo menos una boda real (ejem): patrullas armadas ocupaban prácticamente cada esquina, y París parecía tomada por el ejército. Pese a ello, la sensación general fue de normalidad, y no hubo que destacar ningún incidente de importancia.

El torneo, con dieciséis participantes, se organizó en combates a tres toques, con dos fases eliminatorias por parejas a triple sorteo, más las semifinales y la final. Es decir, los dieciséis esgrimistas se emparejaron por sorteo; el ganador de cada pareja de combatientes pasó a la siguiente fase, donde se volvieron a sortear cuatro parejas. Los cuatro ganadores pasaron a las semifinales (que se celebraron la semana siguiente) y volvieron a sortearse. Obviamente, los dos vencedores de estos combates se enfrentaron por el título de Mejor Espada de Francia que Su Majestad en persona entregó al ganador.

En general, poco que destacar fuera de los combates en sí; solamente nos llamó la atención Pierre de Lille, comprobando una y otra vez su rapier para asegurarse de que estaba debidamente embotado, incluso cuando los jueces ya le habían dado su conformidad. Interrogado al respecto, respondió: “¿Con qué derecho moral podría convertirme en un hombre de Iglesia si dañase a un semejante?” Sin embargo, lo cortés no quita lo valiente, y nuestro seminarista llegó dignamente a las semifinales.

Tercera semana
Mientras todo el resto de participantes eliminados volvía a acudir al torneo como espectadores, algunos acompañados incluso de sus damas, los cuatro semifinalistas se concentraban en los combates aún por venir, puesto que todos sabían que iban a ser los más difíciles. Por cierto que Pierre du Fo hizo su aparición entre el público, todavía con un vendaje cubriendo su herida pero quitando hierro a la misma; de todas formas era evidente que este caballero no se sintió en disposición de combatir.

El enfrentamiento final no estuvo exento de emoción: no en vano Su Majestad estaba contemplando el combate, el ganador del cual iba a recibir el premio de sus propias manos. Fue muy espectacular, con más exhibición de habilidades atléticas que de técnica ortodoxa, pero entretuvo y entusiasmó a Su Majestad. Salió vencedor Jean Monfort, que la cuarta semana recibirá el título de Mejor Espada de Francia y, según se rumorea, un título de Caballero con el que Su Majestad quiere expresar su aprobación a la excelente forma física y combativa de su súbdito.

Pero veamos en este gráfico cómo se desarrolló el torneo completo:



Cuarta semana
En el pabellón oeste del Palais Royal, todo está preparado. Su Majestad en persona concederá el título honorífico de Mejor Espada de Francia a Jean Monfort, y dicen los persistentes rumores que, además, el Rey le nombrará Chevalier. El pabellón se va llenando de nobles, generales y otros invitados a la ceremonia. Suena una breve fanfarria, y aparece Jean Monfort, en uniforme de gala de los Mosqueteros, seguido por Hubert de Béthencourt y Jean-Baptiste de la Tour Noir también en sus uniformes de gala, y Pierre de Lille con ricos ropajes de protocolo. Otra fanfarria más larga y aparece el Rey, seguido de la alta y delgada figura de su consejero personal el cardenal Richelieu y, más atrás, le Comte d'Ille en calidad de Ministro de Estado y organizador del torneo. Le Comte porta, sobre un cojín de seda, un rapier de plata con el guardamano engarzado en pedrería. A los más observadores no se les escapan las inquietas miradas que le Comte lanza a su alrededor, como si buscase a alguien ausente. En la parte baja de la escalinata, los cuatro caballeros se destocan y realizan una profunda reverencia molineteando con sus sombreros emplumados. Sosteniendo los sombreros en la mano, tres de ellos quedan de pie abajo mientras Monfort sube los peldaños uno a uno. Nueva reverencia y molinete al llegar arriba, y Su Majestad toma del cojín el rapier de plata y un rollo de papel, los entrega a Monfort, y le dirige unas palabras: “Chevalier, sois la mejor espada de Francia. Enhorabuena. Y no sólo eso: vuestro estilo de lucha me ha entretenido y gustado. Soldados como vos son los que hacen grande a Francia”. Jean Monfort, Chevalier d'Honneur, guarda el despacho de caballero en su casaca, toma el rapier y lo rinde a los pies de Su Majestad diciendo: “Sire, mi mayor recompensa es serviros y, llegado el caso, entreteneros como hoy he tenido la gracia de poder hacer”. Un leve movimiento de cabeza de Su Majestad, y Jean Monfort, Chevalier d'Honneur, retrocede sin levantar la cabeza hasta que sus pies tocan el borde de la escalinata y comienza a bajar sin darse la vuelta. Mientras, el Rey y Richelieu abandonan la sala, y los criados empiezan a servir refrigerios a los asistentes.

En cuanto el Rey desaparece, Lavoisier baja la escalinata, aún con el cojín en una mano, agarra por el hombro a uno de los criados (que casi tira las bandejas) y le pregunta:

  -¿Has visto a Su Eminencia el cardenal Du Heyn?

  -No, Excelencia, Lo siento.

Lavoisier sigue interrogando a criados y caballeros, y su enfado va creciendo a medida que pasan los minutos, hasta que una doncellita le dice:

  -Excelencia, me pareció verlo hace un rato cerca de la puerta del fondo; debe de encontrarse enfermo, porque andaba de manera muy extraña y no quiso comer ni beber nada.

Ya el Comte se precipitaba en la dirección señalada, abriéndose paso entre el gentío, cuando vio las espaldas del Cardenal subiendo la escalinata, y cambió el sentido de su marcha mientras gritaba:

  -¡Padre Martin! -la cólera y los nervios del Comte le hicieron apear el tratamiento que debería haber usado en público-. ¡Esperad! ¿Dónde diablos os habíais metido? ¿Por qué no ocupasteis vuestro puesto en la ceremonia?

El aludido, en lugar de responder, se quedó inmóvil en lo alto, sin girarse. Cuando le Comte llegó al pie de la escalinata, una voz familiar, demasiado familiar, viniendo de detrás suyo, lo paralizó.

  -¡Deteneos, Denis!

Con un pie en el primer peldaño, Lavoisier se giró y cuál no sería su asombro al ver al cardenal Du Heyn, vestido con harapos y escoltado por guardias, entrar en el pabellón, profundamente alterado.

  -Padre Martin... pero... entonces... quién...

  -¿No lo adivináis, mon ami?

La figura vestida de púrpura en lo alto de la escalinata se volvió, dejando caer la capa. Al mismo tiempo se arrancó bigote, bonete y varios postizos, dejando al descubierto la socarrona mueca de Villiers Daugé de Chevreuse.

  -¡Me ha tendido una emboscada con sus hombres! ¡Ha sublevado la ciudad y las calles están llenas de turbas enfurecidas! ¡Me ha robado el carruaje y las ropas, y ha entrado en el Palais a toda velocidad por la puerta oeste perseguido por mendigos armados de antorchas! ¡La guardia, cuando ha visto el carruaje en peligro, lo ha dejado entrar sin preguntarle! ¡En las calles se oyen explosiones por doquier! ¡Tenemos un ejército que se nos echa encima! ¡Esto es una rebelión en toda regla, y la ha orquestado él! -Su Eminencia Cardenal Du Heyn señaló a Villiers mientras seguía barboteando frases inconexas intentando explicarse, cuando éste, sin perder un ápice de su calma, lo interrumpió:

Duelo entre Denis y Villiers  -Me halaga que me sobreestiméis de esa manera, Eminencia, pero no puedo atribuirme el mérito de haber provocado la rebelión, aunque no es menos cierto que estaba al corriente de ella, he ayudado a coordinarla, y he sabido aprovechar la oportunidad que me brindaba. Las tropas que se dirigen hacia aquí proceden de la Bretaña. Aunque la mayoría de hugonotes fueron aniquilados en La Rochelle por vuestro cofrade Richelieu, algunos pasaron a la clandestinidad y han llegado, incluso, a ocupar posiciones de gran influencia... la suficiente como para tener tropas que mandar contra París. Las explosiones que se oyen por las calles son, sí, obra mía y de los Trece Sapos: unos conocimientos de pirotecnia, unos barriles de pólvora estratégicamente colocados, y voilà!

  -Maldita sea, ¡HACED ALGO! -le Comte se dirigía ahora a la multitud, paralizada por el estupor. Pero Villiers reaccionó antes que nadie, sacando una extraña bola de dentro de su jubón y arrojándola contra los cortinajes, que empezaron a arder en el acto. Se oyeron chillidos de damas, y la multitud se precipitó hacia las puertas, arrastrando a Du Heyn con ella. En ese momento, Villiers desenfundó su rapier.

  -Monsieur, me parece que vos y yo tenemos un asunto pendiente... ¡En garde!

Un Lavoisier enrojecido por la rabia sacó su rapier y, con un estremecedor rugido, se abalanzó sobre su odiado enemigo. Villiers, que ya lo esperaba, se apartó y Lavoisier falló su carga. A partir de ahí, el duelo fue encarnizado, sin cuartel. Las llamas alcanzaron las cuerdas que sujetaban las arañas al techo, y éstas se derrumbaron sobre el pabellón, con gran estrépito y aplastando bajo ellas a algunos de los asistentes en su frenética huida. Ajenos a todo ello, solos ya en el edificio devorado por las llamas, le Comte d'Ille y Villiers Daugé de Chevreuse entrechocaban sus aceros, los ojos enrojecidos por el humo y el odio fijos en los de su enemigo, obsesionados más allá de la razón o la cordura. Desde fuera, el resplandor de las llamas iluminaba el crepúsculo mientras los criados se afanaban arrojando cubos de agua por las ventanas sin atreverse a entrar en la gigantesca antorcha en que se había convertido el pabellón oeste.





Epílogo

La luz del amanecer tiene un color gris sucio. Los sirvientes de la Casa Real se afanan en las cenizas, aún humeantes, de lo que fue el pabellón oeste. Los cadáveres carbonizados, irreconocibles en su mayoría, se apilan, con poco o ningún miramiento, en una esquina del jardín. Se ha conseguido identificar solamente a unos pocos, entre ellos a Jean-Baptiste de la Tour Noire. Otros han tenido más suerte, y han salido con heridas más o menos graves: Guillaume de Foix, que consiguió escapar del edificio con Georgette en sus brazos; Grichet des Wardes, que aún no sabe dónde está Christine; Jean Monfort, Chevalier d'Honneur y mejor espada de Francia, inconsciente y con su despacho de caballero, milagrosamente intacto, agarrado tan fuertemente que no han podido sacárselo de las manos; Pierre de Lille, con un vendaje en una pierna, arrodillado y rezando incesantemente en voz baja en un rincón... El cardenal Martín du Heyn contempla toda la desolación, e intenta organizar sus ideas. Sabe que Su Majestad no corrió peligro en ningún momento puesto que cuando todo empezó ya se encontraba en sus pabellones, al otro extremo del recinto de Palacio. La guarnición de la Ille de France ha aplastado la rebelión del populacho, y los rebeldes de la Bretaña siguen luchando aunque llevan las de perder. Poco a poco, piensa el cardenal, todo vuelve a estar bajo control.

Nadie sabe qué ha sido de Denis Lavoisier ni de Villiers Daugé de Chevreuse.





 

NOMBRAMIENTOS HABIDOS ESTE MES

CARGOS PARA EL MES DE JUNIO

                                                  N.S.     Quien
         Cargo            Requisitos            minimo    nombra
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Ministro de Ciencias    Brigadier o Baron           10    Min.Estado

CARGOS PARA EL MES DE JULIO

Durante este mes se renuevan los cargos religiosos (consultar reglas).

NOTAS DE LOS ÁRBITROS

¡Ufffffffffffff! ¡VAYA TURNO! Sin lugar a dudas éste ha sido el turno más complicado que se ha dado jamás en los doce años de partida (y seguro que también el más espectacular). Cómo no, me ha tocado comérmelo yo solito. :-( Lo siento por Marc, porque seguro que lo habría disfrutado, pero en fin, sois vosotros, no yo, quien dicta el ritmo de la partida, y si los acontecimientos han sucedido este mes y no el pasado, hay que aceptarlos como vienen.

Sobre el torneo de esgrima: aparte de los puntos de status por alterne, también se han dado los puntos que marcan las reglas para los ganadores de duelos (y los aumentos de maestría, claro), es decir, cinco por ganar a un enemigo regimental y dos por ganar a un no-enemigo. La excepción, por supuesto, han sido los amigos regimentales: naturalmente si dos miembros del mismo regimiento o de regimientos amigos se han enfrentado, no han perdido puntos ni caído en desgracia puesto que ya se sabía que la cosa “no iba en serio”. Aparte de eso, el chorro de puntos por alterne ha subido el nivel de casi todo el mundo.

Otra cosa que quiero hacer es modificar el programa de proceso de esgrima para que me genere unos listados decentes de los combates, de forma que los pueda enviar a los combatientes en caso de duelos o, si se trata de torneos, ponerlos públicos para que todo el mundo pueda “seguir” los lances. También, después de los numerosos errores que he tenido que corregir, intentaré escribir un “manual rápido de esgrima” para explicar cómo se escribe una rutina. A ver si tengo tiempo de tantas cosas.

La fecha límite para el proceso del turno será el viernes, 2 de julio de 2004. Aparte de todos los cambios que seguramente habrá en la partida como consecuencia de los sucesos de este mes (no porque yo los provoque sino porque el devenir de la partida así lo dicta), en junio toca campaña de verano, o sea que muchos personajes tendrán que irse al frente. Oportunamente publicaré la lista de regimientos que se van, ya que actualmente el Ministro de la Guerra es un no-jugador, y por tanto la cosa va por tirada de dados (además, con la mayoría de gente en campaña me podré tomar un respiro con los turnos, que buena falta me hace).

Nada más por ahora. Saludos desde Taiwan.


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