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REAL CRÓNICA DE JULIO DE 1636

Evitar la batalla es la mejor forma de ganarla.
Sun Tzu (siglo I)

GACETA MILITAR

¡REBELIÓN EN PARÍS!
Tomó por fin el Gobernador Militar de París cartas en el asunto de la rebelión. Después de los primeros enfrentamientos entre los campesinos y las tropas por él comandadas, Laurent de Boissier se presentó personalmente en las puertas de la ciudad y pidió hablar con el jefe de los insurrectos. Resultó que ni ellos mismos tenían muy claro quién era, y Laurent de Boisier tuvo que esperar casi una hora hasta que los campesinos nombraron un portavoz. El Gobernador Militar les planteó la situación muy claramente: o volvían a sus casas, o habría mucha más sangre. Señaló al batallón que previamente había hecho formar cerca de las puertas, en uniforme de gala y con una impecable presencia, y les dijo: "Os estais enfrentando a soldados profesionales; si lo que quereis es haceros matar, allá vosotros". Después de mucho hablar, se esclareció que el motivo de la rebelión era una posible subida de impuestos que se rumoreaba desde el pasado mes de mayo; tras la promesa del Gobernador Militar de que tal cosa no ocurriría, los campesinos se disolvieron pacíficamente.

Alrededores de Jaca
Siguen nuestras tropas ocupadas en la toma de Jaca. De todas formas, este mes se ha alcanzado una especie de status quo entre sitiadores y sitiados, de modo que no se han producido grandes bajas aunque sí numerosas rapiñas. Patrice de Lautreamont, por ejemplo, no podía creer lo que veían sus ojos cuando, casi al descuido, descerrajó de un culatazo un viejo y herrumbroso cofrecillo hallado en un pozo cercano. Más de mil quinientos reales de vellón relucían al sol ante sus asombrados ojos. ¿Quizás el botín oculto de alguna banda de facinerosos? Quizás. El caso es que ahora pertenece a nuestro héroe por derecho de conquista. Para redondear el mes, recibió pocos días después un ascenso a capitán. Otros que, aunque no tuvieron tanta suerte económicamente, obtuvieron ascensos, fueron Guillaume de Foix y Maurice de La Fontaine, a teniente coronel y subalterno respectivamente. Y, sin llegar a la importante cantidad de su compañero, Clément de Cazotte también obtuvo un ascenso y un buen pellizco de botín. Laurent Etcheverry, sin embargo, se conformó con éste último, que ya es más de lo que pueden decir Clément de Guer y Victor Respol.

No exactamente un botín fue lo que recibió la Guardia del Cardenal: al amanecer, un grupo de Mosqueteros del Rey se acercó a su campamento a caballo y dejó frente al centinela, no muy delicadamente, un saco de patatas que se movía con fuerza, tras lo cual salieron al galope entre risas. El asombrado centinela rompió el saco y se encontró, desnudo, al mayor Sanglant, sorprendido el mes pasado merodeando por las cocinas de su regimiento rival. Esperemos que este soldado aprenda, de ahora en adelante, quiénes son sus enemigos en el frente.

ECOS DE SOCIEDAD

Primera semana
Fue Hubert de Béthencourt el único que salió a la calle esta primera semana. Entre la asfixiante canícula que mantuvo a la gente en sus casas y las operaciones militares que mantienen movilizados a casi todos los Regimientos, solamente la discreta figura de Hubert de Béthencourt fue vista por las calles, encaminando sus pasos a le Théatre Royale. Con prácticamente todo el teatro para él solo y una excelente representación, nuestro caballero salió más que satisfecho: "Hasta se estaba fresquito", declaró.

Mientras tanto, Gerard Ampourdan nos sorprendió gratamente realizando una de las que el Catecismo califica como Obras de misericordia: acudió a visitar al convaleciente Armand de la Fère. Saliendo de la vivienda de éste, se dirigió a una breve reunión mantenida con Clément de Cazotte, Armand de Noisel y Jean Parrot. Tras unas breves palabras, los caballeros se dispersaron con la actitud de quien sabe lo que tiene que hacer.

Segunda semana
La segunda semana fue, en lo que a París se refiere, tan poco animada como la primera. Jean Cricton, con su flamante capote de Guardia del Cardenal, exploró fascinado los salones de les Tuiles Bleues y su gran variedad de vinos y licores. Aparte de esto, poca más diversión vieron los adoquines y guardacantones de la ciudad.

Pero eso no significa que no hubiese ambiente, sino simplemente que el ambiente estaba en otra parte. Esta Secretaría ha recibido una carta de monsieur Gerard Ampourdan que pasamos a reproducir íntegra:

A los Secretarios Reales M. d'Abril y M. de Bardine

Os escribo desde una posada de la frontera para relataros las experiencias que sufrimos para rescatar al tal Villiers Daugé, ese cómico del que tanto se habla. Veo que he debido de escribir bien la crónica de nuestro encuentro allá en la campiña francesa para que recurrais de nuevo a mí. Bien, esta vez os relataré lo sucedido como un favor que se os hace, y no para saldar deudas de dudoso origen. Una cordialidad por vuestra generosidad en la campiña. Sólo espero que esta vez no se modifique nada del texto original, o tendremos que ajustar cuentas.

Supongo que todo empezó con una carta de M. Armand de la Fère pidiéndome que me encargara del rescate de su amigo Villiers, preso en la fortaleza de Jaca. En una breve reunión a su casa la primera semana, donde permanece convaleciente de sus heridas, determinamos en quienes se podía confiar y cuales serían los problemas, aunque básicamente me encargó a mi todo el asunto. Sus heridas apenas le permitían levantar un vaso de vino. Así que me puse a mandar correos y a buscar a la gente adecuada. Pensé en mi reciente compañero Jean Parrot, con quien estuve hablando en la celebración de la fiesta de M.d'Abril y en los propios cadetes de la Gascuña, en concreto M. Armand de Noisel y M. Clement de Cazzote. También pense en la troupe de saltimbanquis que dirige Villiers, ya que nos podían hacer pasar por comediantes en tierras españolas, tanto a la ida como a la vuelta. Sin embargo, no encontré rastro de ellos, ni en París ni fuera de la ciudad. Así que no contábamos con ellos. Una cerdada, si se me permite la expresión. Y si no se me permite también.

Por fin, la segunda semana me reuní con Jean Parrot cerca del Sena para partir hacia el frente y encontrarnos con los cadetes convocados. Aunque debo decir que Clement de Cazzote puso algunas pegas a rescatar a su propio Coronel -algo de ayudar en la revuelta de parisienses, creo que dijo- finalmente se encontraría con nosotros. Para salir de Paris tuvimos que marcharnos en barcaza por el Sena, dado el levantamiento de campesinos del que a estas alturas aún no sabemos el resultado. El viaje hasta la frontera fue bastante pesado, teniendo que soportar todo el rato las exclamaciones de M. Parrot, <<¡por la gloria de Francia!>>, <<¡Que todos los caballeros conozcan nuestro temple y nuestro valor>>, y la ya repetitiva <<La vida es corta, la muerte eterna: morir por morir, ¡morir en la taberna!>>. Al llegar al frente contactamos con Armand de Noisel y Clement de Cazzote, donde les expusimos el plan de rescate. A partir de aquí nos disfrazamos de inocentes pastorcillos, puesto que de comediantes ya no podíamos ir, y nos acercamos al pueblo de Jaca, situado en las laderas de la fortaleza del mismo nombre. Allí, y mientras mis compañeros esperaban en el mercado, hice las oportunas averiguaciones, soltanto un poco de dinero aquí y allá mas alguna otra colaboración desinteresada, para conocer el paradero de Villiers dentro de la fortaleza. Compramos unos carros de aprovisionamiento y sobornamos a los suministradores de provisiones del ejército para que los cuatro, Armand de Noisel, Clement de Cazzote, Parrot y yo, ayudaramos en el reparto. También conseguimos un cadáver reciente de la guerra con características similares a las de Villiers, simulando la claridad de piel del comediante con la palidez del cadaver. Vestimos el cuerpo con una muda del uniforme de Coronel de los cadetes y le escondimos en uno de los carros de provisiones, dentro un saco enorme de papas, junto a otros de comida podrida que disimularían perfectamente el mal olor de la putrefacción. Finalizada la preparación nos dirigimos a la fortaleza para llevar los alimentos a los prisioneros. En todo momento, el comerciante al que sobornamos haría de intermediario con los españoles. Por supuesto se le dejó muy claro que si nos traicionaba sería el primero en caer. Nosotros sólo sabíamos decir algunas frases sueltas en español, tales como <<Todo bien, señores>>, <<de acuerdo, señor>>, <<sí, señor>>, etc. Cuando llegamos a la portana principal los guardias se taparon las narices para no oler el nauseabundo olor de los alimentos, pero en cuanto se explicó que serían para los prisioneros, que sin duda aceptarían tales manjares, se echaron a reir. Una vez franqueada la puerta fuimos, lentamente, dirigiéndonos a los sotanos, esperando el ataque sorpresa que los cadetes de la Gascuña, liderados por oficiales escogidos previamente por el T.Coronel de Noisel, tenían que dar en un campo cercano. En cuanto oímos el fragor de la batalla empezamos a repartir alimentos a los prisioneros, observando como disminuía el número de guardias de las celdas para aumentar en las murallas. Mientras Armand y Clement de Cazzote entregaban la putrefacta comida y vigilaban a los pocos guardias que quedaban, Parrot y yo averiguamos la celda de Villiers y fuimos a ella con el saco de papas que escondía el cadaver que iba a sustituirle. Le tenían en una celda apartada, por lo que tuvimos que usar un útil juego de ganzúas para abrir la puerta. Dentro encontramos a Villiers, muerto. -¡Maldición!, susurré. Tanto esfuerzo para nada. M. Parrot se acercó al cadaver, que ya apestaba, y descubrió el rostro debajo del harapo que sus captores le dieron por manta. -¡Este no es Villiers!, nos la han jugado con nuestra propia trampa- dijo. Oimos ruido acercarse y maldecimos no saber qué ocurría con Armand de Noisel y Clement de Cazzote, así que cerramos la puerta con nosotros dentro y nos dirigimos al rincón mas oscuro de la celda, escondiéndonos como pudimos. La puerta se abrió y aparecieron dos carceleros arrastrando un cuerpo, ¡el del propio Villiers!, dentro de la celda. -¡Ya que te has buscado compañía, ahora disfrútala, ja, ja!- se reía el de la izquierda. Dejaron al saltimbanqui Coronel, hecho una piltrafa, todo hay que decirlo, en el suelo y se largaron. Rápidamente, y sin saber muy bien que pasó, pero agradeciendo nuestra suerte, hicimos el intercambio. Dejamos el cadáver que traíamos nosotros junto al que ya moraba dentro, y escondimos a Villiers en el saco de papas. Como gemía un poco tuve que darle un golpe en la nuca para que callara. Pero bueno, no le importará. Salimos de la celda abriéndola de nuevo con las ganzúas y cargamos el saco en uno de los carros. Prestos estaban de Noisel y Cazzote a lanzarse a por los guardias si nos hubiesen descubierto, pero mantuvieron la sangre fría y todo fue para mejor. Nos largamos como vinimos. Al parecer los españoles <<ganaban>> a los cadetes y les <<obligaban>> a retirarse, y en la fortaleza todos celebraban la victoria. -Ya vereis cuando luchemos de verdad- se sonreía el T.Coronel Armand de Noisel. Conseguimos salir del pueblo de Jaca por la noche y, dado el débil estado de Villiers optamos por la huida rápida hacia el frente, en vez de dar rodeos disfrazados de pastores, donde nos encontramos con una patrulla francesa. Ya tranquilos y en el campamento, dejamos a Villiers, Armand de Noisel y Clement de Cazzote con su regimiento de Cadetes de la Gascuña, todos contentos por el retorno de su Coronel, aunque malherido e inconsciente, pero entero, mientras que Jean Parrot y yo volviamos a Paris, a proseguir con nuestros asuntos.

Sin más, G.A.

Tercera semana
Para variar, ésta fue la semana en que hubo más animación. Por un lado, Gerard Ampourdan, Hubert de Béthencourt y Jean Parrot celebraron la recuperación de Armand de la Fère, quien también hizo breve acto de presencia y, fiel a su costumbre, llevó un pequeño grupo de bailarinas turcas para animar la fiesta. Poco rato después partió a visitar a su amigo Villiers Daugé de Chevreuse, quien se recupera de la grave herida sufrida en su rescate.

Una reunión mucho más distinguida tuvo lugar en L'Epée d'Or, donde los comtes d'Ille cenaron acompañados del arzobispo Du Heyn. Se habló, cómo no, de seguridad ciudadana, aunque el contenido de la conversación no ha trascendido.

Cuarta semana
Poco que destacar esta semana, aunque lo poco que hay es sorprendente: una cena ofrecida por S.E. el Arzobispo du Heyn en L'Epée d'Or a nada menos que Armand de la Fère. Hay que reconocer que las precauciones tomadas por el Arzobispo para evitar que le fastidiase la noche fueron innecesarias: Armand de la Fère se comportó correcto, cortés y totalmente respetuoso con el Arzobispo, aunque hay que reconocer que alguna observación punzante no le faltó. le Baron de la Papillotte quien, pese a haber pasado el mes descansando de su cautiverio, no pudo resistir la tentación de salir a dar un breve paseo la última semana, quedó tan asombrado que se quitó el sombrero y se pasó la mano por sus ralos cabellos cuando se cruzó con la menuda figura del arzobispo acompañada del inconfundible Baron de la Papillotte y los vio entrar juntos en el club.

 

 

NOMBRAMIENTOS HABIDOS ESTE MES