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REAL CRÓNICA DE JUNIO DE 1636

GACETA MILITAR

¡REBELIÓN EN PARÍS!
¡París se encuentra bajo sitio! Una horda de campesinos enfurecidos, procedentes de los alrededores de la Cité, se abalanzó sobre las puertas de la ciudad la última semana del mes. En estos momentos los mantiene a raya la Guardia de Puertas, pero ésta no puede impedir que vuelquen y quemen todo carromato que intenta entrar en la ciudad. El Gobernador Militar, teniente general Laurent de Boisier, no ha podido ser localizado, aunque se espera que tome prontamente las medidas oportunas. Mientras tanto, en la ciudad se vive una tensa calma y los alimentos empiezan a aumentar de precio puesto que se están trayendo en barcazas a través del Sena.

Alrededores de Jaca
El Estado Mayor ha planeado un asalto contra la ciudad de Jaca, esperando tomarla y usarla como enclave para ampliar las operaciones a través del Pirineo Occidental. Ha participado en él el grueso de las tropas de nuestro Ejército. El resultado, sin embargo, no ha sido tan arrollador como se esperaba, y ha habido que acabar poniendo sitio a la ciudad. Este fallido asalto inicial se ha cobrado, además, las vidas de destacados militares franceses: Agrippa d'Aubigne, por ejemplo, insistió heróicamente en llevar a caballo unos despachos de su general a través de una zona infestada de campesinos españoles. A pesar de ir a uña de caballo, la superioridad numérica de los nativos y su tradicional pericia en la lucha de guerrillas hizo que el ayudante del general Picard nunca llegase a su destino.
Otra pérdida sensible ha sido la del Barón de Manequin, quien mandaba la Brigada de Guardias y recibió una bala perdida mientras inspeccionaba personalmente, desoyendo los consejos de su ayudante, la colocación de las defensas para el sitio.
Y por último, comentar también la muerte de René Boilot cuando regresaba al frente después de haber satisfecho ciertos asuntos personales de los cuales hablaremos más abajo. Monsieur Boilot se perdió y fue a dar con una patrulla enemiga, que acabó de inmediato con él.
Hubo, además, un prisionero destacado: Villiers Daugé de Chevreuse fue capturado durante una batida en busca de provisiones, de las que él es tan aficionado a dar personalmente.

Y, hablando de prisioneros, los Mosqueteros del Rey capturaron a un merodeador, que resultó ser no un espía o saqueador enemigo sino nada menos que Dominique Sanglant, que se movía cerca de las cocinas de campaña cuando un centinela le dio el alto apuntándole con el mosquete. Evidentemente, los Mosqueteros quieren aclarar qué estaba haciendo un Mayor de la Guardia del Cardenal en su campamento y, dada la animadversión existente entre ambos Regimientos, de la cual Dominique Sanglant es uno de los más radicales promotores, los Mosqueteros sospechan que nada bueno.

La gesta heroica del mes, sin embargo, ha sido el rescate del barón de la Papillotte. Pero oigamos el relato de labios de uno de sus protagonistas, ya que Guillaume de Foix, muy amablemente, nos ha contado cómo fue todo:

Una vez llegado al frente y tras asistir a la misa de campaña celebrada en honor del Mariscal de Francia muerto en este mismo campo, me dirigí al Coronel de los Mosqueteros y le expuse lo que sigue:

"Señor, me dispongo a emprender una arriesgada empresa. Como ambos sabemos, el Barón de la Papillote, Mayor de los Mosqueteros, está prisionero. Os solicito permiso para poder ausentarme un día de mis obligaciones en el Regimiento. Asimismo os pido que el soldado Maurice de la Fontaine venga conimgo, pues escapó hace poco y conoce los caminos a las celdas de Santa Catalina. Si aprobais mi empresa, os solicito permiso para llevarme una carreta con dos barriles de pólvora, que serán la distracción perfecta para llevar a cabo el rescate. Y si se me permite un úlitmo favor, os pido que intercedais ante el Coronel de los Coraceros del Delfín por Patrice de Lautremont que desea acompañarme. No penseis en los hombres que perdeis durante un día, en realidad unas pocas horas, sino en el Mosquetero que ganareis si tenemos éxito."

Tras obtener su aprobación partí hacia la Taberna del Turco donde me reuní con mis compañeros de operación: Patrice de Lautremont, Laurent Etcheverry y Maurice de la Fontaine.

Las sombras oscilantes producidas por el fuego de la chimenea de la Taberna del Turco (llamada así por el origen del tabernero), alumbraban a los tres hombres que se sentaban en la mesa del rincón y tapaban sus rostros. Éstos, reunidos con una botella de Borgoña en medio bebían silenciosos mirándose unos a otros silenciosos. De pronto, el más alto levantó la cabeza y susurró unas palabras.

 -Vuestro hombre tarda, Capitán. ¿Habrá dedicido no venir?

 -Tened paciencia- dijo otro de los hombres mientras sujetaba un vaso con la mano zurda-. Es un hombre de honor y seguro que nos trae lo que necesitamos.

El silencio volvió a levantarse en la mesa y los vasos se llenaron por segunda y última vez. Al cabo de unos momentos, la puerta se abrió y el todavía frío aire del exterior hizo estremecerse las llamas de la chimenea. Los tres hombres miraron a la puerta y vieron como un desconocido embozado en su capa se acercaba a ellos tras cerrar la puerta.

 - Señores -dijo el recién llegado tomando asiento.- Afuera nos espera la carreta. La noche es fría, acabemos con esto cuanto antes.

 -Esta bien -dijo el hombre al que habían llamado Capitán-. Voy a repasar por última vez el plan, bajad la voz y abrid las orejas, amigos. Lo primero será interceptar a una patrulla de españoles, cosa que no nos deberá ser difícil bloqueando el camino con la carreta y pillándoles por sorpresa. Una vez cogidos, les quitaremos los uniformes. Recordad que necesitaremos cinco, uno para el Barón y el resto para nosotros.

 -¿Entonces no los matamos? -murmuró el caballero que había permanecido en silencio hasta ahora.

 -Como deseéis, Mayor; lo único en lo que debeis fijaros es en que no agujereais los uniformes. Después nos dirigiremos con el carruaje hacia el enclave de Santa Catalina, donde el Barón de la Papillote se halla preso. Una vez estemos cerca nos separaremos. Tres de nosotros se dirigirán hacia la muralla oeste y esperarán en las sombras a oír la señal. El cuarto, que seré yo, llevará la carreta con los barriles de pólvora hacia la entrada que hay en el este y simularé un accidente con el carro lo más cerca posible de la muralla. Al ir vestido con uniforme español no levantaré muchas sospechas y podré maniobrar libremente durante el tiempo necesario para soltar una rueda que llevaré algo floja. Mascullaré un par de maldiciones que aprendí en mi tierra natal y le diré al guardia que voy a buscar el otro carro de provisiones para empujar a éste. Espero que no note mucho mi ligero acento hablando español. Prenderé fuego a la mecha antes de marchar y partiré con calma. Es esencial que la mecha sea lo suficientemente larga para que poder alejarme del carro antes de que explote e intentar echarme una carrera hacia donde vosotros esperareis. Cuando se escuche la explosión de la carreta será vuestra señal. Contareis hasta diez y mirareis que los guardias de las murallas vayan a ver que ocurre y entonces las escalais. Tenemos las cuerdas y los ganchos, ¿verdad?

 -Todo listo, cumplí mi parte -dijo el primero que había hablado.

 -Esta bien, entonces los lanzareis y subireis lo más rápido posible. Si habeis podido dejar una cuerda colgando subiré con vosotros y si no las recogeré y esconderé e intentaré colarme por alguna puerta. Si no puedo entrar os esperaré cerca para cubriros la retirada el mayor tiempo posible. Una vez dentro ireís directos a las celdas. Espero que recuerdes el camino Maurice.

 -Lo haré capitán, lo haré. No será fácil ni agradable, pero os he dado mi palabra de que lo haría -respondió el caballero que había llegado el último.

 -Bien. El final será fácil. Si quereis provocar algo más de distracción, provocad algún fuego en otra zona antes de bajar. Una vez allí, seais tres o seamos cuatro, direis a los guardias que el asalto a Santa Catalina es inminente y que debeis evacuar al prisionero. A la primera señal de que notan algo raro actuad con presteza y hundid vuestro acero en ellos. Sacais al Barón de su celda, le decís que vamos a sacarlo y le dais el uniforme de español. Debeis ser rápidos, pues la conmoción por la explosión y el fuego puede durar poco. Buscad algún establo y coged caballos para salir. Supongo que no será raro que una patrulla salga a buscar a unos posibles saboteadores que no andarán muy lejos. Una vez os acerqueis a la puerta debereis hacer volar a vuestras monturas y recogerme si no he podido entrar. Y una vez nos alejemos lo suficiente no olvideis en quitaros el uniforme de españoles, o al menos rasgarlo para que se vea que no sois el enemigo, no queremos que una bala amiga acabe con nosotros. ¿Alguna duda?

 -No -respondieron tres voces al unisono.

 -Entonces partamos - dijo el llamado Capitán, que se acercó al tabernero y le dijo: -Decidme, señor: ¿cuánto costó la botella?

 -Invita la casa, caballero -respondió mirando a los cuatro hombres-. Invita la casa y... buena suerte, podeis contar con mi discrección.

Y los cuatro caballeros franceses se vistieron las capas para resguardarse del frío y partieron a intentar el rescate del Barón de la Papillote. El Mayor de los Marines Reales Laurent Etcheverry salió el primero, detrás iba el Subalterno de los Coraceros del Delfín Patrice de Lautremont seguido del Mosquetero Maurice de la Fontaine, y el último salió el Capitán de los Mosqueteros Guillaume de Foix. El resto, es parte de la Historia.

Huelga decir que todo salió según lo previsto, y el Barón se encuentra sano y salvo en territorio francés.

Otros a quienes sonrió la fortuna: Clément de Guer, Dominique Sanglant y el general Picard, que obtuvieron sendas menciones en la Orden y botín, y también Clément de Cazotte y Victor Respol que, aunque no fueron mencionados en la Orden, obtuvieron también fruto del saqueo del territorio enemigo.

R.I.P.
Rogad a Dios por el alma de
AGRIPPA d'AUBIGNE
Mayor de los Dragones del Gran Duque Maximiliano de Valois

[Cruz para la tumba]

Sus compañeros del Regimiento agradecerán
UNA ORACIÓN


R.I.P.
Rogad a Dios por el alma de
ERIC DU PERPIGNAN
Barón de Manequin
Chevalier d'Honneur
Brigadier General de la Brigada de Guardias
Miembro honorario de la Guardia Real

[Cruz para la tumba]

Sus compañeros de la Guardia Real y del Estado Mayor agradecerán
UNA ORACIÓN


R.I.P.
Rogad a Dios por el alma de
RENÉ BOILOT
Brigadier General de la Brigada Pesada
Miembro honorario de la Guardia del Cardenal

[Cruz para la tumba]

Sus compañeros del Regimiento agradecerán
UNA ORACIÓN

ECOS DE SOCIEDAD

Primera semana

(Música de fondo recomendada: "Marche pour la cérémonie des Turcs", de Jean Baptiste Lully).

Un carruaje se para frente a la puerta principal del Palais Royal. Una figura alta y ricamente vestida, ligeramente entrada en carnes aunque sin acusar aún los efectos del sobrepeso, desciende de él y sube en una silla de palanquín cerrada, que lo transporta a través de los jardines hasta una entrada lateral del palacio de mayor superficie. Llegados a una de las escalinatas laterales, de nuevo el hombre desciende y, esta vez, conseguimos reconocer sus rasgos: se trata nada menos que de Su Excelencia el Ministro de Estado, le Comte d'Ille que, a juzgar por su vestimenta y por el itinerario tomado, se dirige a una audiencia real. Escalinatas, amplios corredores, más escalinatas, salones, más corredores y, al final, una gigantesca puerta que se abre al toque de los bastoneros, y Su Excelencia inicia la más profunda de las reverencias frente a Su Cristianísima Majestad Luis XIII de Francia, apodado "el justo". Al lado del trono, de pie, una alta y enjuta figura vestida de púrpura.

 -Alzaos, conde. Y contadme, ¿cuál es el motivo de vuestra visita?
 -Majestad, he venido a manifestaros mi profunda tristeza por la pérdida de Su Excelencia le comte de Saint Ruy. Como sabeis, la profunda amistad que me unía a él, y el hecho de ser sabedor del aprecio que Vuestra Majestad le tenía, me ha impulsado a compartir humildemente mi dolor...
 -Bien, bien, Excelencia -la voz de Richelieu lo interrumpió secamente-. Pero estoy seguro de que no estais aquí únicamente para llorar vuestro dolor en el generoso hombro de Su Majestad. Estoy convencido de que algo más os trae a la presencia real. ¿Me equivoco?
 -Como de costumbre, vuestra Eminencia está en lo cierto -la voz del Conde no pudo evitar una ligerísima inflexión de ironía, aunque sería imposible determinar en el impávido rostro del Cardenal si éste llegó a percibirla-. Como estoy seguro de que no habeis olvidado, Su Excelencia le comte de Saint Ruy era Ministro de la Guerra y Mariscal de Francia, y su pérdida pone a nuestros ejércitos en una situación delicada, dadas las circunstancias.
 -Como podreis, comprender, conde, -manifestó el Cardenal a una señal de Su Majestad indicándole que hablase- Su Majestad ya ha tomado en consideración el estado de nuestra cadena de mando al fallecer Saint-Ruy. Perded cuidado por Francia: el Rey ha decidido tomar personalmente el mando de los Ejércitos hasta que los cargos se renueven de la forma acostumbrada los próximos meses de enero y febrero. De todas formas, Su Majestad agradece vuestra consideración al preocuparos por tales asuntos.
 -En efecto, Conde -ahora era Su Majestad quien tomaba la palabra-. Las tropas agradecerán que su Rey se ocupe de ellas un tiempo; mejorará la moral. Pero insisto en mi agradecimiento. Podeis retiraros.
Viendo la partida perdida, le comte d'Ille empezó a retroceder hacia las puertas del fondo con una profunda reverencia, no sin antes tener que oír las palabras que comenzaba a aborrecer a fuerza de repeticiones:
 -Soy, señor, vuestro más humilde servidor.

De vuelta en el carruaje, el malhumorado le Comte d'Ille se vio distraído en sus negros pensamientos por la vista de dos espléndidos caballos blancos de la mejor estirpe árabe. Inmediatamente pensó que serían ideales como broche de oro de sus cuadras, y su semblante se animó un tanto. Mandó parar al cochero, y le dio una voz al criado que los conducía:
 -¡Eh! ¡Tú! ¿Están en venta esos caballos? ¡Pagaré bien!
 -¡Lo siento, Excelencia! -fue la respuesta-. Los caballos pertenecen a mi amo, Laurent Etcheverry, y no puedo venderlos sin su permiso! ¡Además, los necesita para su Regimiento!
Un enfadado le Comte d'Ille dio la señal de continuar. "Parece que hoy es día en que se me niega todo", pensó irritado.

Segunda semana
Tales pensamientos, vertidos a comentarios la semana siguiente en L'Epée d'Or, encontraron eco en la persona del padre Martin du Heyn: "El Señor no desea que lo tengamos todo, amigo mío. Las negativas a nuestros deseos que Él nos dispensa en ocasiones deben ser tomadas como prueba de que solamente Su voluntad, y ninguna otra, es infinita. Yo mismo, en mi continua lucha contra el Mal, me encuentro con numerosas dificultades, dificultades que agradezco cada día al Señor porque me ayudan a superarme a mí mismo. Si algo nos niega, Sus razones tendrá, y sería pecado de soberbia intentar comprenderlas ya que se encuentran fuera de nuestro alcance".

Quienes también se encontraban fuera del alcance de S.E. el Arzobispo du Heyn eran Armand de la Fère y René Boilot, que a la sazón navegaban a algunas millas marinas de la costa de Francia, en un pequeño carguero. Llegados a una cierta distancia, el capitán echó el ancla y manifestó: "Este lugar es aparente". De inmediato, ambos caballeros se plantaron uno frente al otro y desenvainaron.
El combate fue furioso y complicado, en parte debido a las limitaciones de espacio que la cubierta del barco imponía. Finalmente, una entrada en tercera de René Boilot dejó a Armand de la Fère tirado sobre cubierta, con un charco de sangre empapando las tablas. Boilot enfundó y dio el duelo por terminado, mientras el capitán ordenaba levar anclas y regresar a las costas de Francia.

Tercera semana
Jean Parrot empujó las puertas de Les Tuiles Bleues y miró en derredor suyo. El salón estaba vacío. "Bueno", pensó, "se habrá retrasado". Y se acodó en una de las mesas dispuesto a esperar. Pero las horas pasaron, y la soledad seguía siendo su única compañera. Comenzando a impacientarse, decidió preguntar al encargado del club si René Boilot había dejado algún recado para él.
 -No lo sabeis, monsieur? -fue la respuesta-. Monsieur Boilot fue emboscado el domingo pasado, cuando regresaba al frente. Dios tenga piedad de su alma. Sorprendido, Jean Parrot no atinó a responder. Al cabo de unos momentos reaccionó: abrió la botella que aguardaba al que ya no habría de venir, y comenzó a beber en solitario.

Mientras tanto, después de dos semanas de vacío casi total, por fin los esfuerzos de la compañía del Théatre Royale se vieron recompensados: el público, impulsado por las excelentes críticas, comenzó a acudir al teatro. Laurent Etcheverry, por ejemplo, disfrutó grandemente de la obra, y su cara de satisfacción a la salida lo decía todo de tan excelente representación.

Cuarta semana
Tan elogiosos comentarios hizo Laurent Etcheverry de la obra en les Tuiles Bleues la semana siguiente que cada vez más caballeros sintieron deseos de ir a verla. Los elogios trascendieron las puertas del club y llegaron a lo más alto: le Comte d'Ille decidió llevar a su esposa y además invitar a S.E. el Arzobispo du Heyn, por supuesto alquilando un palco para el acontecimiento.

Y algo realmente espectacular cerró el mes: la noche del viernes, oscura y sin luna, se vio rasgada por una caravana de luces que descendía el curso del Sena. Al acercarse al área urbana, se hizo patente que las luces no correspondían a espíritus danzantes ni a ánimas en pena, sino a velas colocadas sobre barcas, las cuales, leídas en el sentido de su marcha, configuraban el siguiente mensaje:

E V E L Y N E ,   O S   A M O


 

 

NOMBRAMIENTOS HABIDOS ESTE MES